Como buen consumidor (antiguo cliente) me he levantado pensando en Dios, cuyos servicios, en una concesión cuyo contrato no se revisa desde hace ya más de dos mil años, dejan mucho que desear.
De hecho, me he leído la letra pequeña de las Tablas de la Ley y algunos de sus artículos se caen, como la propia tabla, a pedazos.
Pero lo que más me preocupa es la exclusividad del contrato de obras y servicios que tenemos con Él. Y, para qué ocultarlo, tomemos el ejemplo del mantenimiento de las instalaciones. Se nota la dejadez.
Un caso concreto es el polvo. Demasiado bajo las camas y cada vez menos encima de ellas. Y encima, la manía de que nos convirtamos a él o en él. Pero ¿esto qué viene a ser?
Hablemos de su sede social. ¿Desde cuándo no manda un tipo alegre, que haga buenos trucos? Supe por un amigo que tuvo que mandar a su propio hijo para animar el ambiente, casi al principio, para poner orden. Pero el muchacho tenía sus propias ideas al respecto y encandiló a la gente con un poco de diversión en medio del mensaje. Y ahí está: Muy pocos, después del trabajo, se pueden concentrar en la Vida Eterna o algo parecido. Son conceptos profundos, que se digieren mejor con un salmonete y una pieza de pan que no se gastan. Y todo después de haberlos pescado sin barca, andando sobre el mar sin apenas mojarse la túnica.
No quiero que nadie se ofenda. Ya me encargo yo, pero hablando medianamente en serio ¿qué decir del personal actual a su servicio? Podemos comentar de modo jerárquico sus funciones:
Cura de pueblo: Muy distinto cometido a sanar las heridas de un municipio, como parecería literalmente su trabajo, se limita a visitar el casino para intimidar a los parroquianos y fustigar al camarero. Si bien consigue la convidá gratis, tarda en absolver al que no le deja pagada otra o carga con el aperitivo del día anterior. Ya lo trincará en el confesionario, a solas.
Obispo: Ropas ya ajadas, por su excesivo alquiler a grupos para carnavales. Una vestimenta a todas luces impropia para saltos de altura. De ahí su escasa comunicación con el Altísimo.
Cardenal: Nivel de curia conseguido a base de golpes suaves, pero sin parar y todos en el mismo sitio, sabiéndose imbuidos del don de la constancia.
Santo Padre: Persona que consigue que el puesto de barbero en El Vaticano esté vacante con frecuencia, y se vayan todos, hartos de pelar Papas. Se entiende que tiene hilo directo con Ya Sabemos Quién, pero no dice nada de con qué frecuencia lo hace ni en qué frecuencia tampoco. Nadie le ha pedido el detalle de la factura telefónica.
Veamos el apartado de rentabilidades:
Sus locales requieren una aportación que, ingenuamente, comenzó a pagarse en limones (limonáh, sánscrito) deviniendo en nuestra actual limosna. Y hay gastos, como el del bordado del borde izquierdo del palio de la abadía de Santa Pangelines de Úbeda que no acaban de hacer cuadrar el balance. En el apartado de “pagos pendientes”, la auditoría del Banco Molocos encontró textualmente en su informe lo siguiente:
“Dios te lo pague”, sin fechas concretas de acuerdo para regularizar.
Tras lo expuesto, no creo que el plan General de Contabilidad Universal “cuadri et cobri” se cumpla con el mínimo rigor.
Para concluir nuestro breve repaso, hablemos de la competencia:
Sus promesas no dejan de coincidir en algunos apartados. Se mantiene la vida eterna, con una felicidad no garantizada salvo en reposiciones de series de éxito. No dicen nada en sus prospectos de “con qué edad” ni “con qué aspecto” viviremos por siempre jamás. Y concreto ésto:
Encontrarme a mis profesoras de geografía con la edad en que las conocí y sus mapas del Cosmos debe ser interesante, pero me fastidiaría que una vieja desdentada que me guiñara el ojo nada más entrar jurara que es Pamela Anderson.
Ninguno entra en detalles. ¿Y las reclamaciones? Horas y horas agachándote, días y días dándole a la pandereta, meses y meses de molestar a la hora de la siesta con manga corta y corbata… ¿Todo para qué? Para quedarme al final con el conocido, quizá por tradición, infraestructura, intermediarios, y muchas más oficinas donde presentar una queja.
En conjunto, y apoyado por la asociación gastronómica-religiosa-determinista de “Al que el ajo dio” a la que pertenezco desde hace horas, propongo una revisión del contrato en varios de sus apartados, a la espera de aportaciones del exterior, en el supuesto de que alguien, alguna vez, lea esto.
Mi propuesta primera, lógica, es el tipo de contrato: De indefinido, a temporal, con cláusula de revisión automática en cuanto a dogmas específicos. Nada de “hoy sí hay infierno, mañana no se sabe nada”. O se preocupa de que la caldera se mantenga o se apaga, nada de medias tintas, que manchan las piernas.
Tengan ustedes muy buenos días/tardes/noches (táchese lo que no proceda).
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Escrito por Gabriel
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