RECORRIDO SEMANAL.
El lunes, clásico golpe de mesilla de noche en la espinilla derecha (siempre la misma) tras la mala colocación del despertador el domingo por la noche. Acompaña una ducha con agua un tanto marrón gracias a las obras realizadas en las cañerías del vecindario, un calcetín de cada color y un café torpemente descafeinado por alguna industria del colchón…
Digamos que no hay casi nada que añadir. Salvo, quizá, la esperanza de que nos hable el más nuevo de la oficina, sea del asunto que sea, para gritarle con mal aliento lo intempestivo y desabrido de lo que nos ha dicho. Conforme avanza la mañana, un café legal y la lectura atenta del diario deportivo van recomponiendo la vida.
El martes, resulta ser verdad y la realidad duele: Había que volver. Se ausenta uno para resolver cualquier cosa del coche, si hace falta se lava el coche, y pasan esas dos horas malditas que dejan llegar las doce del mediodía, una hora decente para que no siente mal el tinto de verano. Siempre con algo de comer, eso sí. Un poco de queso y tomate, por ejemplo.
Podríamos, quizá, mejorar la tapa con una de tortilla recién hecha, y un vino entre oloroso y rioja, pensando en entonarnos, con lo que llevamos sufrido de jornada.
Miércoles y jueves, transición. Dos días que, piensa uno, hay que invertir en ir de compras, al cine y después una cena íntima con la pareja. De hecho, llego con el carro hasta arriba al videoclub automático, me llevo una peli de Martínez Soria, y pido una pizza de cuatro estaciones con dos latas de refresco sin identificar.
Llega el viernes. A buenas horas, cansado, venido a menos por el deterioro, minado en las fuerzas, erosionado el ánimo. Lo mejor, volver a salir (siempre con el permiso del jefe, aunque él no lo sepa) para lo que quedó pendiente del coche. Se vuelve a entrar en el trabajo y en el reloj son las trece y trece, que no son las veintiséis como yo creía de chico. Ahora sí, ahora empieza a correr por las venas la sangre de la libertad condicional que supone el fin de semana. Me cojo dos docenas de papeles para revisar y guardar, y me hago fuerte en el archivo, entre cajas, de donde nada ni nadie podrá sacarme hasta las quince. Eran los papeles que el nuevo quería arreglar el lunes.
Nos despedimos deprisa, nos espera la aventura. El lunes queda lejano. Vamos a partir el tiempo, inconscientes, plenos de lo que sea. Así, un siestazo hasta las diecinueve treinta del viernes. Lengua espesa, caraja densa, golpe con la mesilla, zapatillas cambiadas de pie. Entramos al salón, con la pareja lista para salir desde las dieciocho cuarenta, según se quedó el día anterior.
Entonces, ¿tú querías ir al teatro, no? Como no te tira nada a la cabeza, te cambias el chándal y acabas saliendo por la puerta. Acabas el viernes aplaudiendo una obra de un noruego que escupe a las olas del mar para decir que el amor no existe. O algo así es lo que defiendes en la tertulia, con la copita, entre amigos.
Sábado y domingo hasta el mediodía. Diversidad, viajes, lectura, familia. Nada de eso. Partidazo en la tele y surtido de tapas en casa Mellito, que ponen una ensaladilla con colores que hacen juego con cualquier camisa.
Domingo por la tarde. Víctimas del sistema atosigante, nos metemos en el sofá, con la mantita de viaje del coche, y cogemos el periódico. Hojeamos la parte de economía, para estar actualizados. Después, los estrenos cinematográficos. Pero no hay nada, nada que nos consuele del destino inexorable de trabajar al día siguiente. Y así, a las veintitrés cuarenta y seis, nos levantamos hacia la cama, ponemos el despertador con desprecio en cualquier hueco que haya entre los calcetines y a dormir.
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Escrito por Gabriel
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