El pe(d)o. Sin más.
Eufemismos conocidos: Pluma, pufo, chicharillo,… son muchos.
Algún micropoema: “Entre hemisferios feroces, sale a veces dando voces”. No atenderemos otros de mayor contundencia. El hecho, en sí, tiene la suya propia.
Sería difícil la recopilación de referencias culturales y casi imposible la enumeración de sus equivalentes sinónimos, tanto en España como Sudamérica.
El problema que vengo a plantear sobre él, ellos, los escapes airosos, es una mezcla no determinante de fases de desarrollo, cuestiones químicas y aspectos sociales.
En relación a su concepción, promoción y difusión, existen mil situaciones que lo elevan a la categoría de atentado social, rotura de inhibiciones en Consejos de Ministros, con posibles caídas de popularidad, o bien reconocimiento de cocidos bien aderezados. Animan bastante las expresiones populares como ¡Arsa!
Hay aspectos mecánicos, de colocación y ángulo, que distinguen al, por ejemplo, piragüista, del administrativo. Mientras que el primero se balancea con distinción, difundiendo su mensaje de manera uniforme, acostumbrado como está al aire libre, el segundo deja que la Naturaleza siga su curso, quizá aleatorio, y la propagación se realice sin consideración alguna en dirección a las mesas de los interinos, arrinconados en general en la sección de expedientes pendientes.
La Química tiene mucho que ver. Si somos conscientes del uso militar de muchos descubrimientos científicos, sería ingrato no reconocer cómo aumentó la eficacia del repelente para tiburones. Fue el día aquél en que Alenjandro Medario, jefe de sección de buzos de Galicia, se hizo una inmersión rodeado de escualos que, a la primera emisión personal de Alejandro, en plena digestión de tres raciones de lacón con grelos, huyeron al fondo del mar. Para no volver.
Se detectan problemas musculares de distinta índole gracias a la propulsión involuntaria. Pero resaltamos el más común, haciendo de camino un llamamiento tanto a la elegancia al agacharse a recoger algo, como al hecho de levantarse de un sofá de altura exigua. Es en este par de momentos donde se produce una huída, descontrolada, inesperada, sorprendente para todos los presentes, que destruye horas y horas de prestigio labradas sobre conversaciones intrascendentes, que en un futuro se relacionarán con unos centímetros cúbicos de metano y butano que escaparon de mengano, fíjate.
No dejan de merecer un espacio las (levemente ya citadas) cuestiones folclóricas relacionadas con nuestro asunto del día: Se citan tormentas, truenos en concreto, para su descripción en casos subiditos de decibelios. Se mencionan Juicios Finales, en casos de incapacidad respiratoria. Se mencionan los familiares del, aunque desconocido si hay más de dos, artillero que viaja en ascensor más de siete plantas.
Pero, sin menoscabo de lo citado hasta ahora, resumamos el evento, cuyo discontinuo proceder debería dar trabajo a logopedas de índole trasera, como un hecho universal, de dirección única, con distintos ritmos de salida (en tromba, siseante, fragmentado…) que no deja indiferente a nadie. De hecho, se dan casos en que el color rojo granate del rostro del emisor declara ante los demás al expropietario del colofón.
Tengan ustedes muy buenos días.
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