Reflexiones de un sábado por la mañana (XV).

2008/05/31

ELLA (VERSIÓN VITAL SUBTITULADA)

¿De qué se escribe cuando se cambia la visión del mundo a los 50 años? Comencé a blasfemar como un deporte, una afición más. Ahora me aburre y lo que querría sería más bien una exclamación algo por encima en calidad expresiva, contundencia y, si pudiera ser, eficacia.

El asunto es que estoy hasta los zimbawes de Casi Todo, con el problema añadido de no estar seguro de que sea la Nada Absoluta lo que haya al otro lado del biombo. Si así fuera, no me preocuparía Nada En Absoluto pegarme el piro y mandar todo esto al güano. Pero, viejo como estoy ya, me pregunto ¿Y si hay Algo Organizado en Ministerios o similar y me dan a posteriori  eternamente con cantos gregorianos o algo peor, con el agravante del suicidio? Un coñazo, créanme, un verdadero pello.

Con estos mimbres, no hago sino volver al sillón, mullido pero poco acogedor para estancias largas, y escoger al azar uno cualquiera de los seis libros que leo simultáneamente de manera habitual. Si es posible, con cómics de por medio, para desentumecer.

Periódicos, cada vez menos; me molesta mancharme las manos de tinta con ellos. Mucho papel y pocas nueces, sin olvidar que empapan el aceite de freír pescado al limpiar las sartenes. Hay que tenerlo en cuenta.

Radio, las de siempre, con alguna amable que se cuela con voces de toques ingeniosos y rápidos, que recuerdan que Todo puede volver a tener sentido, ser divertido, o algo similar.

Televisión, olvidada la de cuando era niño, insoportable por agresiva y estúpida. 

Sexo como prioridad ¿Para qué? Si él me ha abandonado, sabrá por qué lo ha hecho. Si me llevó en volandas de joven, supo engatusarme para devolver el favor de haber nacido, ahora no le reprocho que se largue. Tendrá a otros más alegres por atender, que lo entenderán mejor, sin tantos preámbulos como solía yo pedirle.

¿Dinero? Bien, lo justo para no tener que pedirlo, lo cual es la finalidad primera para lo que se inventó. No excluyo una lotería salvaje, de esas que permiten vivir en El Caribe rodeado de cinturas vertiginosas de morenas cuya visión compartiría con mi mujer, la única razón real y tangible para que aún no me haya dado la baja permanente en todo este embrollo/sarao/tinglado:

La única razón verdadera, la que reinventa el respeto, la tolerancia, la vida al despertarse, la Navidad y dar un abrazo y un beso. La que no te hace llorar nunca. La que siempre está ahí, pendiente de todos y de mí.  

Seguiremos informando. 

Tengan ustedes muy buenos días.


CONAN, EL BÁRBARO.

2008/05/30

-Mañana por la noche, no quedará nada de esta ciudad –dijo Conan, con la mirada en los ojos de la reina Zirea, la única habitante de Rassum que no se había refugiado en el castillo tras la caída de las defensas. A su alrededor, las calles sin murallas sembradas de muerte y el ejército de Conan, vociferando como chacales ante el delicioso cuerpo de la mujer.

Zirea apenas se preocupaba de sostener sobre sus hombros una capa de piel de oso, su única vestimenta.

Conan, sin soltar la espada ni modificar la expresión de su rostro, agarró por la cintura a la mujer, atrayéndola hacia sí sin el menor esfuerzo. La mujer no recompensó el gesto, no premió la fuerza sobrehumana del bárbaro y, cuando sus labios se acercaron a la boca del guerrero, sucio de sangre y sudor, sus ojos despejaron las dudas: era ella, la reina Zirea, quien le besaba a él. El hombre compuso una sonrisa con su mirada, a sabiendas por dentro de que nunca se equivocó al tratar durante toda su vida y de la misma forma a reinas y prostitutas, sin rogar ni robar su amor, sin un reproche.

Mientras la depositaba en el suelo, Conan gritó a sus sanguinarios soldados para la retirada, sin saqueo aún, volver al día siguiente y escribir la última batalla contra esos refinados reyes y caballeros que, llamándole bárbaro a él, sí eran capaces de traicionar y vender a los hombres como esclavos.

Zirea no aceptó salir de la ciudad.

-Eres un asesino, un carnicero, no podré ir a tu lado -dijo Zirea.

Desde la parte alta de la ciudad, la reina había visto la forma de luchar del cimmerio, sin dar ni pedir tregua. Siempre el primero en el asalto, rompiendo las líneas de defensa contra las lanzas y los escudos. Derramando toda la sangre del mundo.

Sin levantar la vista del suelo, Conan respondió:

-Hace diez años, tu marido, el rey Kaler, esperó a que mi aldea se quedara sin hombres y, por diversión, la arrasó. No sobrevivió nadie y he tardado mucho en saber quién fue. No me pidas piedad para quien no la sabría ver.

Ya se iba para su campamento, a escasa distancia de la ciudad sin murallas, cuando se volvió y, otra vez con su sonrisa que no movía un músculo de la cara, miró a la mujer y le dijo:

-Cuando esos hombres estén muertos, te pediré que compartas mi cama y mi vida. No he llegado hasta aquí sólo por venganza. Danzaste en la corte de BaahDar hace un año, antes de tu boda. Yo luchaba entonces para ese reino. No me quitaste ojo y no lo he olvidado.

-Si mueren mis amigos, no seré capaz de amar, bárbaro, -le dijo la mujer.

-Los que han dejado que recibieras sola y desnuda a un ejército de bandidos sin ley no pueden ser tus amigos, -dijo Conan, esta vez sonriendo de verdad.

-Si destrozas el castillo de Rassum mañana por la noche, la oscuridad me impedirá encontrarte, -respondió Zirea, clavando los ojos en Conan mientras dejaba caer su capa.

Conan soltó su espada y, dándose la vuelta, fue hasta la mujer, la levantó de nuevo y, con una voz que pudieron oír tanto sus camaradas mercenarios como los enemigos escondidos en los rincones del castillo, le dijo a la mujer:

-Reina Zirea, mi reina, mi mujer. En la noche de mañana, el fuego en el que arderá esta maldita ciudad será la antorcha que ilumine tu camino hasta mi tienda.

 


INSPECTOR NILLO. EL TRIPLE ASESINO DE LONG BEACH.

2008/05/28

Nillo, Néstor Nillo, el famoso inspector de policía, fue llamado el diecinueve de agosto por su superior, uno cualquiera del departamento.

El mensaje era claro: “Venga para acá. Deje lo que tenga entre manos”. Con una sonrisa pillina, Nillo hizo caso al mensaje y soltó el mantel de ganchillo casi terminado.

Había que resolver un gran problema: La prensa y la televisión esperaban como buitres ver caer a John Pakrostomos, un magnate de Long Beach, Estados Unidos.

El pésimo inglés de su secretario lo había presentado como un mangante ante el gran público. Puede que eso tuviera algo que ver con el exceso de cemento encontrado en los zapatos del secretario, habitualmente muy limpios.

De otro lado, otro colaborador fuera de servicio: Su asesor en Bolsa. Otro cadáver difícil de explicar. Encontrado dentro de una bolsa, su muerte fue calificada por el forense como desconcertante para la víctima. Era cierto: No se lo esperaba.

Finalmente, su esposa, Noa Ikea Wuántartant, que siempre quiso mantener su nombre de soltera. Murió al soltarse un cable del andamio donde solía pintar la fachada este de su mansión. El cable era de alta tensión.

Eran tres fiambres. Los tres demasiado cerca de Pakrostomos.

Nillo aceptó el caso. Un diecinueve de agosto, pensó para sí al ver el calendario.

Tomó un avión y luego otro, hasta seis. De todos le hicieron bajar, hasta que entró en su avión. Doce horas más tarde, aterrizaba en el aeropuerto Joe Kélesdi.

Le esperaba Walter Mitta, agente especial para intentar condenar a alguien famoso y rico, quien le dio rápidas instrucciones sobre cómo esquivar los carros de equipaje de los equipos de baloncesto. Tomaron un taxi hasta el hotel donde Nillo se hospedaría si hubiera traído dinero. Después se dirigieron a la fonda de Nicolettá Dandocobba, una italiana opulenta que besó a Nillo en la boca apasionadamente al entregarle las llaves de su habitación. Nillo pidió las llaves de su habitación y dejó el equipaje. Más tarde compraría algo con qué llenar las maletas.

Fueron al módulo de detenciones de personas ricas y famosas. Nillo pidió hospedarse allí, pero no, no pudo ser.

Encontraron al abogado de Pakrostomos. Era tan elegante que Nillo le escupió primero, le abrazó después y le pidió que le contara por qué, por qué, siendo tan afortunado. Si lo tenías todo, ayyyy…

El abogado se apartó dejando ver a su cliente, y Nillo, junto con Mitta, comenzó el interrogatorio. Y ahí Nillo supo para qué había volado al otro extremo del mundo. Se sentó sobre un taburete varias veces. Y comenzó su trabajo:

-Eh, oiga, disculpe: ¿usted no habrá matado a esas personas?¿no?

-No me presione, no puedo más. Quiero un tiempo para hablar con mi abogado.

-Tómese quince segundos. Yo no soy un tipo que disfrute con un adversario deshecho, un pelele, un juguete roto, un guiñapo. Y otras cosas que podría decir.

Cuando volvió a su celda, Pakrostomos no era el mismo hombre de éxito que destilaba seguridad y aplomo por cada poro de su cuerpo. Era un animal acorralado y sin capacidad de reacción. Confesó todos los crímenes que se le imputaban en orden alfabético.

Antes de pasar a su celda, esposado, miró a Nillo con admiración. Nadie había podido antes con él. “No es humano”, pensó.

Nillo no apartó la mirada. 

A su regreso, traía dos pesadas maletas llenas de hilo bueno para las servilletas que harían juego con su mantel de ganchillo.

 


DOÑA PETRA. ENCUESTA.

2008/05/25

 

Muy buenas, aquí vengo a lo de las encuestas radiotelevisivas que me han enviado ustedes  por telegrama en Nochebuena; no me pude poner al teléfono porque me acudió una risa tonta que me duró hasta las diez y cuarto –más o menos- hora a la que cené el pavo, descansé un ratito y me puse otra vez a reír hasta las doce o doce y cinco; a esa hora les  puedo asegurar que entré muy seria en la misa del gallo.

Yo siempre me organizo por partes, como con los castigos del Instituto de mi nieto, el Agus. Y lo hago porque sé que esa forma de ordenarles a ustedes las preguntas va a ser mejor para todos. Voy que me lanzo, así que apunte. Y nada de tirar el bolígrafo al suelo para cachondearse de mí con sus compañeros bajo la mesa ¿ein?

Punto primero. La educación y los colegios (como si tuviera algo que ver)

Los niños deben ir temprano. Los profesores deben ir. El colegio estaría mejor abierto. Y con bobicallos no se van bien desayunados los niños: Su fiambrera con chocos lentos al vapor y su tartita de menta de postre. Los viernes, manzana.

Punto segundo. El tráfico en la ciudad. Velocidad media.

Nada de motores para los carritos de la compra. Al mío se lo puso una vez mi yerno José y fui a dar con mis lubinas de piscifactoría justo en la parte de papillas cinco cereales de una céntrica farmacia cercana a la Catedral. Dado que nadie se decide a que haya menos coches, me ofrezco voluntaria a vaciar neumáticos. Esa medida hará que la mitad de los automóviles que intenten pasar por el núcleo gordo de las grandes ciudades se lo piensen mejor.

Punto tercero. Los mercados.

Si sobra mercancía no vendida, tiene que acabar eso de la guerra entre puestos a naranjazos y tomatazos podridos. Mire que un día vamos a tener una desgracia. A mí me dieron en la cervical c2 una vez, y tengo que reconocer que me uní entusiasmada a la refriega, enviando una ciruela podrida a la oreja del responsable del puesto 28, vendedor antiquísimo de pollos modernos, huevos duros y gallina blanca. Pero no estuvo bien y lo reconozco.

Punto cuarto. La sanidad pública.

Estuve acompañando todo el día a mi cuñada Matildina para cambiarle el camisón seis veces, por lo presumida que es. Y al final no vino el doctor cubano que está en prácticas. Pero casi no criticamos a nadie salvo a la enfermera jefa; y es que se tiñe fatal. Y lo hicimos en una voz tan baja que las camas dos y tres nos tenían que pedir que repitiéramos muchas de las cotillerías que nos traíamos entre manos. Pero mi protesta más energética fue contra la familia de cantantes -familiares de la cama cuatro- que no pararon de ensayar, si bien los comprendo porque tenían gira la semana siguiente.

Punto quinto  y último. El conjunto en general.

Se vive bien tirando a regular. Hay que poner más papeleras, más bancos para sentarse, y pañales para perros; pintar los autobuses a cuadros no me parece mal, siempre que no sean abstractos, de esos donde la nariz empieza en cualquier bolsillo de un pantalón. Lo más importante, que los jóvenes y los viejos aprendan a vivir juntos, sin creer unos que los tontos son siempre los otros. Por mi parte, pienso seguir viviendo aquí, a pesar de que el alcalde tiene cara de pimiento morrón almendrado y viste como un afilador. 


VISITA DE MUSA AMIGA.

2008/05/25

Veo que esperas, a ver qué se te ocurre:

Si las letras se quedan hoy contigo,

o si han dicho que mantienen su castigo

y te cansas de pensar, y que te aburres

persiguiéndolas sin pausa en tu condena,

proponiéndoles que formen unos versos,

y que olviden por fin  ese perverso

regocijo provocado por tu pena.

 

Pero ¿cómo te atreves, irascible,

a obligarles que encajen como piezas?

Un sinfín de cabellos da una trenza:

en un verso esa medida es imposible.

 

Vuelve a ser aprendedor humilde,

mira atento las cosas que suceden;

si pasando ante ti verlas no puedes,

se irá el punto,  con la coma y con la tilde.

 

Vamos, vamos, poeta desde lejos;

no hables tanto de ver Venus o Urano:

Lo que no puedas tocar con tus dos manos,

puede el alma aprender sin catalejo.

 

De lo visto a tu lado harás acopio,

que tampoco lo cercano es tan visible:

Hay quien pierde, por perder, un imperdible

y lo quiere buscar con telescopio.

 

Siempre intento, poeta intermitente,

que te hagas persona antes que escriba

y no pierdas el tiempo yendo arriba:

Sé mejor observador, constantemente.

 

De una forma elegante, sin un lazo

de cadenas para atar ramos de flores,

invéntate las nubes de colores

y hasta plumas de cristal, en un plumazo.

 

Si has tenido el coraje de empezar

un poema, híncale el diente,

no dejando todo esfuerzo en un azar

y afírmalo con fuerza, sé valiente.

 

Ya te dejo en tu sueño, poetilla,

como Musa que pasaba por tu casa,

he venido a ver qué es lo que pasa,

viendo tanto vacío en tu cuartilla.

 

Y me voy algo más tranquila que antes,

cuando vi tan poco verso y tanta prosa.

He sentido ya palabras que, rasantes,

han volado a formar verso generosas

al ver que, antes que poeta, eres amante.


HOMOGÉNEO.

2008/05/24

Gertrudis, mi asistenta española de seis a ocho de la tarde, sirvió los sartenes de café. La partida, como de costumbre, comenzó justo después de ponernos de rodillas primero, más tarde de lado y, por último, sobre un solo pie. Nada nuevo.

Marco Antonio daba las cartas según el resultado de lanzar los dados redondos, y cada uno cogió su ficha con el cubilete del color de la pared que tenía enfrente.

El resto de los jugadores, sentados al fin en sus propias camas traídas de casa, apostaba su primer fajo de monedas depositándolo en la silla del centro geométrico del cuarto de baño. Eran José Luis, Carmen, y Alfonso. Yo no jugaba, pero ponía el local y me llevaba el diez por ciento de las ganancias de cada uno al final de la partida.

Vi que los cuatro iban de farol, así que apagué los que había cerca y se pusieron a jugar en serio con fluorescentes. Carmen tenía miedo de sus tics, aquellos que la delataban cuando tenía una buena mano, y optó por desenroscársela y echarla en uno de los cajones de la bañera. Barajaba y repartía con la izquierda como el mejor crupier. 

Dieron las ocho y Débora, mi criada boliviana hasta las diez, trajo cacerolas llenas de aperitivos crujientes que acompañaron a las bandejas de cerveza. Más tarde, Alfonso pidió vino y ella se lo escanció en la nariz con embudo, para no usar el tenedor.

José Luis levantó su torre y dijo “me cuento veinte después de comerte” a su opuesto en el juego, Marco Antonio, quien sorbió el chocolate espeso de su plato con una pajita que diligentemente le acercó Débora. La jugada siguiente, entre miradas cómplices de Carmen y Alfonso, fue demoledora pues Carmen consiguió coronar una dama y saltar de oca a oca cinco veces seguidas. El dinero pasó a su mano, la izquierda y única, muy diestra en estos lances. José Luis reaccionó al instante y su póquer echó del tablero a la reina negra junto a uno de sus afiles en un movimiento táctico genial del seis doble. Eso equilibró algo la partida, lo que para mí resultaba fatal pues mi porcentaje se calculaba sobre las ganancias finales netas, sin contar los vaivenes. Recibía una comisión fija, que cubría el alquiler del local y las consumiciones.

Decidieron parar. Alfonso parecía el más cansado. Quizá su edad, casi dieciséis,  tuviera algo que ver, y se acostó sobre una de las mesitas de noche de la cocina.

Serían las doce y cuarto de la noche, ya el día siguiente, y Frida, mi criada mejicana, trajo una reconstituyente sopa caliente que tomamos en bolsas de plástico con ayuda de una jeringuilla pequeña. Nos sentimos reconfortados y los jugadores volvieron a sus lugares tras plegar sus paraguas. En esto me he mostrado siempre inflexible.

La noche transcurría tranquila hacia su desenlace, como en tantas otras veladas. Hasta que alguno hizo trampas. Aún no sé quién fue; sólo días más tarde pude ver los somníferos caer de la cafetera de papel. El caso es que dos de los jugadores apostaban cada vez con menos prudencia y los otros dos ganaban sin hacer nada; bastaba con que estos juraran que los dos primeros habían perdido y cogían el dinero para repartírselo.

Tuve que intervenir y ordené a Zulaima, mi criada marroquí hasta el amanecer, diluir estimulantes en zumo de naranja y servirlos en cucuruchos de cerámica toledana.

Cambiaron las tornas y se igualaron de nuevo las ganancias tras la reacción de los que perdían, que consistió en lanzar a la ruleta siete bolas a la vez, de modo que el resto no podía evitar que se tacharan los números del cartón del bingo.

Entró la luz del amanecer por la ventana, y, aunque gané mucho menos de lo previsto, me pareció mal dejar que alguien se fuera de allí engañado. No es mi estilo.

Gladys, mi sirvienta nacida en Florida que se queda hasta las diez de la mañana, empezó a recoger y limpiar mientras veía a los jugadores dirigirse a sus helicópteros situados en medio del lago que rodea mi casa. Y yo, antes de dormir un rato, tiré de la cadena del fregadero después de guardar allí mi dinero.

 

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (XIV)

2008/05/24

CURSO ESCOLAR. ASPECTOS GENERALES

                       Nos basamos en el estudio del profesor Norberto Doclaro, en relación a la actual situación de las clases en institutos de enseñanza media, con el programa siguiente:

El alumno.

Posible consideración como ser humano. ¿Se debe corregir la preinstalación del cerebro? El hueco dejado para ello, ¿es demasiado grande? La silla para los alumnos, ¿debe ser eléctrica?

Los padres del alumno.

¿Es harto complejo el mapa que indica la situación del centro educativo? ¿Debe pasar un autobús a recogerlos los días de reunión? “¡¡Pero bueno, ¿otra vez libros nuevos!!?” ¿es su frase?

Los profesores.

¿Se dio la debida importancia a los ensayos para la depresión en el último curso de carrera? ¿Por qué faltaron a las clases de Boxeo I, Lucha Callejera II e Introducción al Insulto Rápido? Después, que no se quejen.

Los tutores.

Concepto y legalidad vigente. Ojalá haya alguna y pronto. Deben procurar la amistad de sus vecinos del bloque y del apartamento de la playa. De los alumnos, olvídense. Sobre todo de los que van de suaves, no les gusta el fútbol y han sido vistos con libros abiertos.

El equipo directivo.

Dirección, secretaría, bedeles… Instrucciones para esquivar tizas. Qué producto deja medio bien las paredes tras la salida de los grafiteros. Mantenimiento de la disciplina. Ver cuanto antes la palabra en el diccionario. Mantenimiento de contacto con los padres, a través de cartas, correos electrónicos o haciendo manitas.

La Inspección.

Firmeza como fin. Es difícil, pero como hay cremas reafirmantes para CASI todo… Su sitio en la comunidad educativa. Se intentará que sea dentro del edificio. Colaboración con todo el que coja por medio, legionarios jubilados incluidos.

Delegación del Ministerio.

Personas que YA saben que hay que ir a trabajar. Y te lo dicen con la frente bien alta. Han encontrado la póliza verde que perdió el vicesecretario Sotomontes en  marzo. El nuevo lema: Eficacia y sintonía con la realidad.

Conclusiones, anécdotas y entrega de premios:

1)    El alumno Bernardo Pardo Tordo, que sabe leer, recibe mención honorífica. Más tarde, informará sobre dónde ha aprendido.

2)    La alumna Marta Borrasca, diploma de asistencia. Recoge el premio su madre.

3)    Nueva mejor marca mundial del año: Eduardo Lamboria, que venía suspendiendo las ocho asignaturas propias durante el curso, se hace cargo de los errores de sus dos mejores amigos y suspende seis asignaturas más, recibiendo por ello la bronca de tres abuelas maternas. Recoge al niño un equipo de fuerzas especiales, entre golpes con revistas enrolladas y alpargatas roídas por los lados.

4)    Ni es buen precio lo que da el promotor ése ni nuestra dignidad y amor por la educación nos permiten echar abajo el colegio Nuestra Señora del Perdón Total. Espera un añito más. Verás como sacamos un pico por el solar. Digo yo que no estaría abierto todavía el micrófono, ¿no José Ángel?


Reflexiones de un sábado por la mañana (XIII)

2008/05/17

Nacer.

Se le considera el paso opuesto, pero previo, a la baja permanente del censo. Suele venir acompañado de la gordura barriguera previa de una mujer joven, a quien llamaremos madre, paralelo a una serie de caprichitos de la misma, como tomar helado de fideos a las cuatro de la mañana.

El proceso en sí mismo, es jaleoso. Todo el que puede, dice algo, en voz alta, para animar a la madre, o parturienta, quien responde con un apretón de manos, aunque lo que coja entre manos sea más blando. Quizá en algunos casos concretos de apretón concreto, se comparta la emoción del parto de un modo mucho más preciso.

Ya en la recta de salida, la madre, o progenitora, se pone a respirar dejando el aire justo para que no se desmaye nadie a su alrededor. Ella necesita concentración y atención. Después de respirar, dice algunas palabrotas gordas. A su lado, arrecian los gritos de ánimo. Enfrente, un/a receptor/a espera para recoger al segundo protagonista del evento…

Pero, ¿cómo se vive la experiencia desde dentro? Analicemos en síntesis algunos factores.

En contra de salir:

• Cambio de temperatura. Quién sabe si te sueltan un chorro de aire acondicionado y logras la mejor marca mundial del resfriado.

• No tienes nada que ponerte. Te enfrentas a un mundo donde la moda marca quién eres y quien no eres. Si alguien se apiada, te ponen un pañal. Si el padre, después de compartir la emoción del parto de modo más preciso a lo esperado, se ha traído la bolsita, te incrustan un modelito cinco tallas más grande.

• Gravedad cero y volteretas. Se acabó. Llegarán las agujetas.

• Alimentación. Bastaba con tirar de un cordón y el servicio era inmediato. Ahora hay que dar gritos a todas horas.

• Descanso. Antes no había horarios. Ahora habrá que hacer pausas para mirar a la cara al tito Pedro, a la tita Chana y a la vecina Neli, mientras los tres hacen pedorretas y dicen ¡iiiiiiiiii, que te como!, antes de soltarte para que sigas durmiendo.

A favor:

 • No tienes que volver a compartir el sitio con un tipo alargado y rojo, con las venas saltonas, que cada dos o tres días se colaba, te empujaba y se largaba sin decir nada.

• Conoces gente, y las noticias son de primera mano. Mientras aprendes a leer un periódico deportivo, escuchas radiosport o ves el canal Goletes 24 horas.

Una vez resuelto, pasará el tiempo. Creceremos, nos pelearemos, nos afeitaremos, (la cara o las piernas, pero nos afeitaremos) y dejaremos de ser protagonistas inmediatos.

Habremos soportado el cariño paterno, y encima repartido entre “los que ya estaban más uno”, y aprendido cuanto antes a morder y golpear a esos que ya estaban para que nos devuelvan los lápices que les hemos quitado. Aprenderemos a acariciar de la misma forma, con ejercicios prácticos.

Pasará más tiempo, por supuesto, al que llamaremos, por ejemplo, edad. Si se nos olvida, nos lo recordarán un año tras otro con una tarta con velas y corbatas o bolsos. Y lo curioso es que lo harán unos tipos que, tras unos procesos gimnásticos que detallaremos en otro artículo, han dado en repetir el procedimiento citado en éste.

A base de llegar gente, nos organizamos en tareas distintas. Si no naciera nadie nuevo, los viejos tendríamos que patalear, tirar la comida y dejar caer los dientes. No sería exactamente lo mismo.

Tengan ustedes muy buenos días.

 


INSPECTOR NILLO. DRAMA FAMILIAR.

2008/05/16

En el quirófano número dos, el de las operaciones tan difíciles que hay que llevar calculadora, se debate entre la vida y la muerte Pepe Gatinas, un luchador incansable a favor de la Naturaleza. Ha sufrido una gran caída. Los cirujanos se afanan por salvarle el pellejo. De los huesos y demás, hay muchas dudas.

La familia de Pepe, en un descanso de los médicos, corre a conocer las noticias. El jefe de recomposición anatómica, conocido como Luis el del Mecano, intenta reconfortarlos mientras toma un café con peladillas.

“No es fácil. Ni aunque encontremos todas las piezas” afirma entre sollozos de la esposa, que pregunta a cuánto sale un entierro digno, sin grandes lujos. El hijo menor, Arsenio, también solloza buscando el testamento en el bolso de la madre. Cuando  -en su torpeza- todos los de la cafetería se dan cuenta, llora muy fuerte y pide pañuelos de papel, que son más higiénicos.

Llega el inspector Nillo, requerido por el hospital al tratarse de un caso de golpe fuerte con resultado de pérdida de ideas. Y hace lo que le gusta: reunir a todo el que puede para interrogarle. Los del butano y el de la ropa limpia, consiguen quedar exentos, dado que tienen trabajo acumulado.

“Yo, que me he caído cuatro veces de un olmo, el mismo, y tres de distintas higueras, no alcanzo a comprender, señora futura posible viuda, la gravedad del estado de su señor futuro posible fiambre.” Explíquese, le dice dirigiendo perdigones a la todavía esposa, vestida de negro hasta en los pendientes. Da un paso atrás cuando la mujer también escupe, pero con más descaro, porque se ve que ella sí tiene dientes.

“Pues verá,” contesta ella, “El peral, en sí, no tiene más de cinco metros. Y todas las veces que cayó del mismo por el lado de la casa no pasó de tres o cuatro fracturas y desollones, pero esta vez la caída fue hacia la parte del precipicio, de 8 decámetros justos hasta el primer peñasco, más cuarenta y dos metros de cuesta abajo que también rodó escrupulosamente. Él no dejaba las cosas a medias.”

Nillo hizo una lista de los que se beneficiarían de la muerte de Pepe. Al leer el testamento, comprobó que todo el dinero quedaría en las manos de sus hijos y esposa, algo normal. Si bien con un pequeño detalle a cumplir, consistente en que dicho dinero no estaría disponible para quien no hubiera sembrado un libro, escrito en un hijo, o tenido un árbol. En este punto, hasta Nillo se quedó sorprendido. “¿Me lo explican?”, dijo a los parientes del inminente occiso. “Había leído mucho la noche que redactó dicho testamento”, contestó el hijo mayor, de un metro noventa.

Las caras de los familiares, tensas y feas, no le daban ninguna pista. Algo de asco, sí. Propuso ir al lugar del suceso. Cogieron taxis hasta el lugar. Nillo llegó algo más tarde, en bici. Aparcó, se cayó y volvió al trabajo. No se sabe en qué orden.

Encontró rastros de piel, que pudo rápidamente identificar como del siniestrado. Vio la escalera que Pepe utilizaba para subir por las tardes y tomar las frutas más maduras, para hacer macedonias o mermelada. Vio las herramientas, para podar y cortar… Lo único que no vio fue el peral.

Interrogó a doña Jacinta Desiva, ama de llaves.

“¡Oiiiiiiii por Dios, pero si lo arrancamos podrido el lunes pasado! Le dejamos una nota en el frigo, porque nos íbamos al pueblo. ¡Oiiiiiiiii, mira que se lo tengo dicho! ¡don Pepe, no haga nada hasta que pase una hora de la siesta! “

Pepe, hombre metódico para todo, se había subido a un peral que no existía, que debía estar ahí. El resto, desfiladero incluido, permanecía en su sitio.

Una hazaña más en el currículum del inspector Nillo. Su leyenda continúa. 



SUPERHÉROES.

2008/05/11

Me llamo Higinio D.D. y oculto el resto de mi identidad (por ejemplo, mi letra del NIF) al resto de la sociedad, incluida la Agencia Tributaria. El motivo es que soy un superhéroe entre pijo y meapilas, cuyo conocimiento por el gran público echaría por tierra mi anonimato. Un razonamiento extraordinario, a mi modo de ver.

La cuestión es que un tipo en apuros, un tal Gabriel del Blog Cuensías, me ha pedido una breve entrevista, monólogo después de noquearle, para hablar del mundo de los superhéroes.

Pues bien:

Mis poderes. En qué consisten y cómo los adquirí.

Fue de pronto, casi al final de un bautizo. No suelo acudir (ahora ya sí) a eventos donde te sientan sin preguntar con quién NO quieres estar, pero ese día iba yo alegre y me dejé guiar. El caso es que, cuando ya se iban los invitados, surgió el clásico “esto me lo llevo que está pagado” entre cuñadas. No tardaron en golpearse con los bolsos y las pamelas y, en el fragor de la batalla, producirse una situación de peligro: El cochecito del niño, de unos cien kilos de peso (el cochecito) se soltaba y amenazaba con atropellar a la bisabuela materna, mujer mayor y enclenque. Al ver que todos se metían en la pelea por llevarse los canapeses de salami, me dejé llevar por una fuerza desconocida y, girando como una broca del seis, atravesé un biombo de cartón y, sin medir el riesgo que corría, me coloqué en medio de la vieja pergaminosa y el coche, que avanzaba con el niño dentro. En un salto, con la momia de bufanda, conseguí meternos los tres en el cochecito y frenarlo, no sin antes cogerle el culo a una morenota invitada, que andaba de paso.

Fui consciente de la dificultad de la proeza cuando la había contado doce veces. La última a la morenota, de la que pude esquivar el bofetón, que recibió la vieja.

Desde entonces, soy Koordineitor: El hombre que, por alguna mágica razón, ha sido capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo.

Mi uniforme es reversible. El color más chillón lo dejo para que los conductores, ya sean supervillanos o repartidores de la madrugada, me vean surcar el arcén y no tengan roturas en sus guardabarros delanteros en caso de atropellarme. El azul, que pega con todo, lo utilizo para ruedas de prensa después de salvar niños, gatos o peluches de un incendio. Los loros los tiro por la ventana. No nos llevamos bien.

Según decía al principio, mi identidad debe permanecer en secreto. Si se descubriera que puedo bajar la basura y sacar al perro en simultaneidad, sería el precursor de las multitareas domésticas, un caos para el género masculino.

Debo por ello estar atento para intervenir sólo en casos graves, como aquél que me descubrió mis asombrosas facultades.

Como veo que el dueño del blog se levanta con una estaca en la mano, recobro mi personalidad de  ciudadano corriente y me lo llevo a tomar un cafelito.