AUTOBUSES. DESDE DENTRO.
Ventajas. No dependen de las vías, como el tren y su rectitud, ni de la falta de aire o de agua, como le pasa a los barcos en tiempo de sequía. Porque pueden, y lo hacen, circular por cualquier camino de cabras, como, pongamos por caso, la A92.
Me ciño a los urbanos. Y me ciño aún más: el autobús urbano de Cádiz capital en vacaciones de verano.
Es comprobable que en esta ciudad, la mía, se toma el autobús cuando no se tiene prisa para ir a ninguna parte. Ahora bien, es medio de transporte muy socorrido para llevarse a la orillita lo más necesario, consistente en mesas, sillas, sombrillas y maridos, todos plegables. Los cuadros se quedan en casa.
Situaciones. No tan improbables.
-¿Cómo que no tiene cambio de 500€? Ya me está usté dando el libro de reclamaciones, que lo quiero ya y lo exijo en hojas individuales y numeradas, no vayamos a tener pamplinas y tonteras.
Reacciones.
–Del conductor. (Suspiro). Amoallá, don Cosme, que tiene usté que comprendé…
–De solidaridad con el conductor: ¡A la calle con él!
–De solidaridad con el posible viajero, con un pie en la acera y otro en un escalón: Pobre, si le pagan en mano, porque el dueño de la Central Nuclear donde trabaja no le domicilia la nómina. Es vecino mío, añade.
–En general: ¿Pero nos vamos o no, o qué hacemos si no? ¡Esto, con Stalin, no pasaba!
Aquí la convivencia se desata en todas direcciones. (Posible Tesis del artículo).
-Mucho drogadicto es lo que hay, -comenta una vieja baja por lo bajinis.
-Señora, me deje usted de pisar primero y se calle justo después, que es usted más bien bajita de cuerpo pero mú jaleoza, -le responde y recuerda un joven alejado del concepto “peine”.
Ante la parada biológica que se prolonga, surge de un asiento donde el silencio se aislaba, una iniciativa: pagar los 0,93€ que suponen el viaje a don Cosme, que esgrime todavía su billete como una bandera al viento.
El autobús arranca. Parece que por primera vez.
Siguiente parada. Pasen patrás, que está vacío en sí. Señora, el carrito y los tobillos. Letanía del conductor. Falta el ora pro nobis.
-¿Me toca el botón para parar? –pregunta una de muy, pero de muy bien ver.
-Más bien el de encendido tocaba yo por usted, tigresa, -responde el gracioso de turno de mañana.
-Sscché, no te vaya dá un calambrasso, -surge el novio de la tigresa.
-Nnnnseguía iba a consentir Stalin esta desbarajusticia, -suelta el nostálgico, desde su posición retirada, en los asientos de minusválidos.
Silencio de tumba, porque el término jurídico cala en toda la población del autobús.
Frenazo. Un niñato en patines. Ni treinta cuatro años tendrá la criaturita inconsciente.
Comprobación del buen estado de los airbags de serie de la tigresa, sobre la que ha percutido el botones.
-Chaval, te traigas un almohadón de tu casa, si no quieres lo que sería un disgusto, -esgrime el novio, muy atento siempre.
Siguiente minuto, siguiente parada.
No puede subir nadie porque “no cabe nadie”. La cola observa el interior por los cristales y regala insultos rápidos y útiles a los viajeros, con especial dedicatoria a los que se agolpan en el centro, que harían posible subir a lo menos veinte. Pero son menos veinte y el autobús sigue. Como la vida.
Siguiente y última parada. Cerca de dos minutos después. Se ve el mar. Y, gracias al Levante, se saborea la arena.
Emerge la señora bajita, que jura que se baja aquí. No la dejan pasar a pesar de sus años, pues se baja todo el mundo aquí. Al final la ayudan con las bolsas. El autobús parte a la búsqueda de otras vivencias, a distancias cercanas a los dos kilómetros y medio.
Antes de dispersarse, los pasajeros, nostálgicos, se detienen un momento. Valoran la capacidad del ser humano para hacerse la puñeta o ayudarse en breves espacios de tiempo y hay quien se abraza. Otros lo intentan, pero lo evita el novio.
¿Quién sabe? Puede que no se vean hasta el día siguiente, en esta misma línea.
Tengan ustedes muy buenos días.
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