SENTIMIENTOS BIRRIOSOS (Sin motivo aparente).
De furia vengativa, de asco por la ensalada sin aliñar, de desarraigo. Acompañados de somnolencia pastosa.
De no estar bien con nadie. De obsesión por el orden a pesar de la infinita falta de disciplina y capacidad de esfuerzo. Todos, seguro que sin excepción, tienen la culpa de algo; menos yo. Vaya. Hasta ahí podíamos llegar. La conciencia de uno, más tranquila que una sardina con la dosis de valium de su amiga Yayi, la ballena.
Impaciencia, incapacidad de reír, de leer, de pensar con claridad, de aprender nada nuevo. Dificultad evidente para pronunciar paralelepípedo o arquimediano sin soltar perdigonadas.
Caer en rutinas una y otra vez, para sentir nada. Si acaso, meterse con la programación televisiva, esa que no se preocupa por la cultura. Menuda vergüenza pasé cuando me enteré en diferido de que Potolita Segreras se había divorciado del que fue su primer novio nigeriano, Lafundo Amondongassos y se peleaban por unas minas de diamantes.
Tiempo de ansiedades, de desganas. Incapacidad de dar más de dos volteretas hacia atrás seguidas. Algo impensable hace meses.
¿Cansancio vulgar o algo más? Si es que hasta los periódicos deportivos aburren, salvo los leídos en el bar durante el frugal desayuno de tres escasos cuartos de hora.
Limpieza en la intención. Punto de partida. Partir de cero.
Probable, pero quizá imposible cuando no se tiene esa pizca de alegría, el ingrediente mínimo con el que se ha montado una vida, mezclado con la inocencia más simple. Los demás, unos siete mil millones, deberían tener en cuenta algo de esto y comprender lo duro que es un ataque de mandanga aguda, sazonada con caraja espesa.
Aceptación de la decadencia física y mental.
Se vislumbra durante muy pocos momentos. Seis, todo lo más. El resto, mala baba. Envidia de los cuerpos jóvenes, ansia de la caricia turgente. La Vida será la Vida para los demás; que los años los cumplan ellos. Yo no tengo tiempo. Andacoñiiiio.
Cosas que hacer.
Un puente de plata. El famoso sentido de la vida y una buena forma de olvidarse de que, aún con los mayores privilegios y ventajas, uno es capaz de hacerse la puñé. Basta con empezar temprano, luchando contra el despertador y perdiendo siempre, salvo pequeñas batallitas de fines de semana, donde guarda el silencio del que se sabe ganador a la larga. Jodidas máquinas exactas.
Después, uno tiene imaginación para protestar porque unos cuatro kilos, sin sentido ni origen conocidos, se han “posicionado” en la descuidada barriga de uno, sin que lo inmediato de la posición en el sofá parezca que vaya a repatriarlos. Por la noche, el calor del verano, un mosquito maricón (nunca pica a mi mujer) y unas motos conducidas por los reyes del ruido hacen que uno se dispare en su indignación y se dé la vuelta en la cama hasta ochenta y siete veces, mi mejor marca mundial del año. No hay derecho. No lo hay.
Porque, claro, eso de fijarse en lo que padecen, física y espiritualmente, enfermedades, privaciones e injusticias, se hace, si acaso, en Navidades ¿no? Que es cuando uno compone la sonrisa/mueca del Joker y brinda por ellos para bajar el atasco de alfajores. Después se canta un villancico, se ríe uno de no se sabe qué y abraza al de al lado, tras de un año entero pensando que no es que sea feo, sino de facciones abstractas, con especial atención a su nariz, clara reproducción de un candil de 1832.
¿Qué culpa tiene uno? ¿Estrés postvacacional? ¡Haber avisado antes, reostias!
Si hubiera tenido conocimiento del golpe emocional a sufrir en la vuelta al trabajo, habría montado las estructuras mentales precisas (chocazos contra la pared) que me habrían permitido demorar unos meses el retorno al sitio donde me pagan puntualmente, todo hay que decirlo. Y habría vuelto en Navidad, donde uno quiere a todo el que se le pone por delante.
Seguiremos informando, de todos modos. De momento,
Tengan ustedes muy buenos días.
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