El cadáver fue hallado por el tipo que lo encontró. Estaba tendido en una posición inverosímil, sin duda el resultado de alguien que se hubiera tomado mucho tiempo en colocarlo de ese modo: mano derecha sobre rodilla izquierda, varios caramelos cerca y cabellos desordenados. La labor de un desequilibrado, tal vez.
La muerte se produjo temprano, se dijo el Inspector Nillo. El instinto se lo decía, en pijama y con el despertador en el bolsillo izquierdo de su batín. Volvió al coche patrulla, diciendo a Martínez Ponce, oficial de guardia, una frase de manual: No hay nada que hacer aquí, Martínez. Y se fue andando porque vivía en el portal de al lado.
Horas más tarde, con el pijama bajo el uniforme, Néstor Nillo llegaba a la comisaría. Desplegó un documento sobre la mesa que había traído del lugar del crimen. Se trataba de un folio en blanco doblado cuidadosamente en siete partes, rompiendo con toda la Geometría conocida. Dibujó un arbolito y lo tiró. Sabía cómo perder el tiempo.
Algo más tarde trajeron las fotografías hechas por los muchachos de la policía científica al cadáver inmóvil. La mayoría estaban movidas. Pero en una de ellas, tal vez con un encuadre simple y con una luz débil, halló un detalle que a cualquiera le habría pasado desapercibido: Bajo su oreja aparecía una piel de plátano. Decidió volver a la escena del crimen. Menos mal que me coge cerquita, pensó.
El lugar era una lóbrega salida de camiones del mercado sur de la ciudad. Cogió su lupa y maldijo de nuevo la falta del cristal. Con unos guantes rebuscó entre los alrededores y pintó un bigotito en la parte del rostro –aproximadamente- de la figura de tiza del cadáver. No encontró la cáscara que buscaba. Cáscaras, se dijo. Y se fue. No sabía que estaba siendo observado desde muy cerca por alguien que, en su mano izquierda, acariciaba un plátano poco maduro, sobre cuya piel estaba escrito con tinta invisible un nombre: Néstor Nillo.
Al llegar a casa, su mujer le dijo a gritos ¡¿qué horas son éstas de llegar?! Néstor contestó con voz trémula y su esposa pudo poner el reloj de la salita en hora. El inspector se acostó pronto. Estaba hundido. Al día siguiente, sin falta, cambiaría el somier, pero no el colchón. No era necesario.
Se levantó temprano y su mujer no le permitió llevar el mismo pijama de patitos bajo el traje. Subió a regañadientes a la habitación a cambiarse y terminó después su desayuno sin levantar la vista. El furor que le dominaba se hizo patente al no recoger su manzana habitual. Ella se mantuvo firme: nada de pijamas bajo el traje.
Al entrar en su despacho, Nillo vio su correspondencia: Un sobre grande amarillo sobre su mesa. Lo abrió con la rutina del que sólo abre un sobre al año. Dos tal vez. En el interior, una carta con letra gótica y el siguiente mensaje:
“Te vi a dá poco. Tú ere er siguiente, shavá. A mí no me mete en shirona otravé ni tú ni tré como tú, hilipolla, que eso é lo que tú ere: un hilipolla; ná má“.
Nillo estudió el trazo de la escritura. No era su cuñado Luis, pero le llamó por si acaso para decirle que le devolvía el vídeo, la máquina de afeitar y el palustre esa misma tarde sin falta. El cuñado le dijo más o menos que “por mí como si te la machacas Néstor, pues no soy tu cuñado tras el divorcio entre tu hermana y yo, hará cosa de tres meses”.
Repasó rápidamente los casos donde la gente que él buscaba o detenía –veintidós años de trayectoria profesional- acababan en la cárcel. Eran cuatro:
Eugenio Garcés, ladrón de bancos. Devolvió todos salvo los de piedra y se pasó al tráfico de sillas y butacas, mucho más fáciles de colocar. Andaba en Caracas desde hacía unos meses. No podía ser él.
Juanito Magenta, un exterminador nato. Pero no había devuelto el cambio en sus últimos trabajos a domicilio, y en uno de ellos dejó dos cucarachas de distinto sexo, con la clara intención de hacerse necesario, el jodío. No era fácil que se tratara de Juanito, porque le estaba haciendo burlas a través del cristal, en el calabozo seis.
Eduardo Taranto, un extraordinario exhibicionista. Se proponía tantos puntos de vista al día que, viendo que no llegaba por el tráfico, ponía vídeos suyos en esquinas concurridas. Pensó en él como posible asesino, pero era difícil, cuando se trataba del cadáver hallado el día anterior. No, -se dijo-, seguro que no.
Antonio Percas, frutero. Lo envió a chirona por… ¡sorteo! Recordaba perfectamente el caso. Se dedicaba entonces al tráfico ilegal de frutas, verduras y hortalizas. Lo llamó por teléfono:
-Oye, Antonio, ¿tú te has cargado a Eduardo? -le dijo.
-No, qué va -dijo Antonio.
-Lástima -respondió Nillo-. Pues nada, buenas tardes.
-Buenas tardes.
Terminó su jornada y salía por la puerta principal, desengañado. No iba atento a nada, como siempre, y no vio la lluvia de cáscaras de plátano que brotaba del cielo. Comenzó resbalando en el primer escalón y cuando iba por el quinto sus pies volaban al estilo de un saltador de longitud. No pudo evitar el camión que se dirigía al hotel. Pero el camión giró y su contenido, mantelerías limpias, amortiguó el impacto de Nillo en su caída y provocó decenas de cenas con papel de periódico, haciendo por tanto el papel el papel de mantel en las mesas esa noche.
Se levantó tan rápido como pudo. Y esa media hora que perdió le hizo imposible buscar en el tejado para perseguir al resbaladizo criminal. Había descubierto su modus operandi, la forma en que quitaba de en medio a sus víctimas.
Entró en su casa por la puerta de atrás, armado con una escoba y un cubo de basura. No le sorprenderían fácilmente.
Su mujer le dijo que estaba de su lado. Tienes razón, estoy desolado, le respondió, pero no tengo tanto miedo como parece.
Pasó la noche en vela, esperando a su enemigo. Y éste no tardó en llegar. Lo supo cuando se apagaron todas las luces y sonó el teléfono. Su mujer le propuso un buen plan, que resultó decisivo: bajaron las escaleras arrastrándose, y con bolsas de plástico. Recogieron poco más o menos un montón de cáscaras de plátano, de ingestión reciente unos, comido hacía unas horas el resto. Y allí estaba el tipo: Bajito, cabezón, vestido de negro. Lo atraparon entre los dos y no pudo gritar: aún masticaba el último plátano. Pronto llegó el comisario Poniente con dos coches patrulla. El caso estaba cerrado.
Mientras Nillo y su mujer tiraban a la basura el último despojo bananero, el asesino se volvió hacia él, para que le preguntara por qué quería matarlo. Nillo no lo hizo. El homicida le habría respondido con chulería que no podía ni verle, y que le odiaba muchísimo, pero no pudo ser. Nillo no le dio esa satisfacción, ocupado como estaba en cerrar la bolsa de la basura.
Al entrar en su habitación, Nillo y su esposa pisaron una cáscara traidora casi invisible y salieron disparados hacia el colchón, donde quedaron atrapados. Decidieron aprovechar la situación. Ya llamarían al colchonero al día siguiente.