COMUNICARSE.
Lo echamos de menos en las casas a la hora de comer, con los que compartimos domicilio fiscal, y lo buscamos de la mayor cantidad de formas posible:
En la taberna, bareto, botellona, pub, peña o asociación cultural de intensos juegos de mesa. De todos esos sitios quedan. Allí decimos lo que pensamos de aquellos con los compartimos domicilio fiscal, que no nos comprenden.
En el siquiatra. Pagamos bien al profesional, de modo que no me cuente historias, las suyas, y escuche las mías, que para eso hemos venido.
En el desayuno de trabajo. Si pillamos un día con poca gente en la máquina de café, aceptamos el debate de la jornada liguera o la crisis mundial (por supuesto de valores, no sólo económica y financiera). Conseguimos mantener el vacío.
Hasta que no podemos más.
Y ahí, de ahí, sólo nos salva un amigo. Quizá, o seguro, EL amigo o LA amiga que hayamos sabido tener.
El proceso es simple: Te mira a los ojos y te pide verdades. Sin dosificación. Entras como un miura, no las piensas.
Cuando te has desahogado, empiezas a pensar en cuánto has tirado del brazo de esa persona. Y, más de una vez, surge la pregunta de cuánto dolor has traspasado al corazón de tu amigo. Es un momento de magia: Surge la pregunta que tenía que surgir ¿Y tú?
Aprendido/recordado el esquema, nos lo clavamos en el alma con algo de fe y mínimo de aplastamiento de soberbia, y nos dirigimos a casa. Allí, abrazamos a los que tienen el mismo domicilio fiscal y le preguntamos si están bien y le podemos ayudar en algo. Lo más gordo será tener que hacerlo más de una vez, sin periódico en la mano, sin la tele encendida y, seguro, sin tres chats de Internet esperando nuestros sinceros deseos de comunicarnos con desconocidos.
Que esperen, que atiendo primero a los que tengo a mi lado.
Tengan ustedes muy buenos días.
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel