Reflexiones de un sábado por la mañana (L)

2009/01/31

COMUNICARSE.

 

Lo echamos de menos en las casas a la hora de comer, con los que compartimos domicilio fiscal, y lo buscamos de la mayor cantidad de formas posible:

En la taberna, bareto, botellona, pub, peña o asociación cultural de intensos juegos de mesa. De todos esos sitios quedan. Allí decimos lo que pensamos de aquellos con los compartimos domicilio fiscal, que no nos comprenden.

En el siquiatra. Pagamos bien al profesional, de modo que no me cuente historias, las suyas, y escuche las mías, que para eso hemos venido.

En  el desayuno de trabajo. Si pillamos un día con poca gente en la máquina de café, aceptamos el debate de la jornada liguera o la crisis mundial (por supuesto de valores, no sólo económica  y financiera). Conseguimos mantener el vacío.

Hasta que no podemos más.

Y ahí, de ahí, sólo nos salva un amigo. Quizá, o seguro, EL amigo o LA amiga que hayamos sabido tener.

El proceso es simple: Te mira a los ojos y te pide verdades. Sin dosificación. Entras como un miura, no las piensas.

Cuando te has desahogado, empiezas a pensar en cuánto has tirado del brazo de esa persona. Y, más de una vez, surge la pregunta de cuánto dolor has traspasado al corazón de tu amigo. Es un momento de magia: Surge la pregunta que tenía que surgir ¿Y tú?

Aprendido/recordado el esquema, nos lo clavamos en el alma con algo de fe y mínimo de aplastamiento de soberbia, y nos dirigimos a casa. Allí, abrazamos a los que tienen el mismo domicilio fiscal y le preguntamos si están bien y le podemos ayudar en algo. Lo más gordo será tener que hacerlo más de una vez, sin periódico en la mano, sin la tele encendida y, seguro, sin tres chats de Internet  esperando nuestros sinceros deseos de comunicarnos con desconocidos.

Que esperen, que atiendo primero a los que tengo a mi lado.

 

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XLIX).

2009/01/24

El futuro. Los cambios.

 

Adaptarse, aceptar que las cosas evolucionan. Intentaré concretar. No es fácil.

Lo que era pecado ya no lo es.

Lo que era dogma, tampoco.

¿Sigue siendo eterno lo que antes lo era?

El amor se negocia, se pacta. ¿No ha sido siempre así? Quizá ahora se permite a la mujer leer la letra pequeña, la que decía poco más o menos “a cuidarlo y a tragar”, como os juro que he oído en una boda no hace más de tres o cuatro años.

El trabajo se tecnifica, pero se esclaviza en la parte de la nómina, al parecer la única vía capaz de subir los beneficios al empresario, o disminuir sus pérdidas. El resto de las partidas contables es difícil de modificar a la baja.

Casi no hay caminos. Se los han tragado las autopistas. Pero no reclamamos ir por ellos en carros de bueyes; queremos que las mercancías lleguen frescas lo más lejos y antes posibles. Nadie echa de menos a los carreteros.

 ¿Equilibrio entre tradición y evolución?¿Costumbres y modas? Complicado.

Es difícil para mí mantener una mínima coherencia en el asunto de hoy. Tengo demasiadas preguntas, algunas imposibles de responder. Por ejemplo ¿Sólo la economía condiciona la forma de construir el mundo? Puede que sí, pues se imponen formas de vestir y de comer, de viajar y de conocer que nos intoxican para bien o para mal, de modo que, una vez asumido como nuestro, ya no será puesto en duda. Ya será el futuro que era impensable poco tiempo antes.

“El sano es el que tiene las mismas enfermedades que los demás”. Tal vez aquí esté mi idea de hoy. Si no acepto los cambios para lo que no me interesa, no puedo seguir jugando. O aprendemos a nadar o nos pilla la ola.

Al grano.

Se condiciona el futuro de demasiada gente por decisiones tomadas por demasiados pocos, esos de los que nosotros recogemos las migajas, pero que nos han hecho olvidar la siembra. Nuestra aristocracia de elegidos nos impide partir de cero y nos hace enfrentarnos a frenéticos  cambios en el ritmo de vida sin el alma cargada de futuro.

Me da que, sin mucho ruido aparente, se nos vienen encima razas despreciadas durante siglos. Parecen traer su folclore, sus túnicas de colores y su sonrisa, mucho más fresca que la nuestra. Se tragan trabajos inmundos, los que pensamos indignos o muy duros. Pero ellos no tienen miedo al futuro.

Son más fuertes porque sueñan precisamente con un tiempo donde les toque vivir mejor. Y se adaptarán, porque se quejan menos. Para ellos no habrá cambios bruscos, sino evolución lógica. Porque viven con más atención a los giros en todas las direcciones.

Aprendamos de los inmigrantes. No sólo sus bailes. Moderemos sus horarios, para que aprendan también el ocio, pero copiemos su lucha y su entrega. Merece la pena. Es la propuesta de subirse a un tren para que no nos arrolle ante nuestra desgana. Porque nos dan lecciones que nos hacen falta: Los países envejecen por desánimo, la gente se hace vieja por creerse saberlo todo. Por no aspirar a aprender nada. Ellos están construyendo el futuro. El suyo, si no nos sabemos mezclar para rejuvenecer.

Es cuestión de saber que, dentro de un instante, llega el futuro.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


OSCURIDAD.

2009/01/23

Mi miedo al oír que llegaba era más fuerte que lo que sufría después. Sabía cuando me despertaba y ahí estaba para renovar mis dolores. Día a día (¿días?, ¿sin ver noches ni luz?) medía mis reacciones y tomaba notas de las señales que dejaba tras su estudio sobre mí; decía apuntar las horas en las que investigaba.

Sabia que apenas podía dormir y que trataba de encontrar referencias en esa oscuridad distinta a la de una cueva, pero el fuerte olor de los productos de limpieza que esparcía tras cada sesión me dificultaba aprender algún detalle sobre el lugar. Lo mismo con los ruidos: Ponía una música muy alta justo cuando empezaba a gritar.

Un día noté un ruido sordo, de algo que giraba. Tomó mis manos sin desatar y comenzó a tocar mis uñas. Supe que las estaba destrozando y que no me daría nada esa vez para calmar las punzadas de después. No pude saber en qué estado quedaron, aunque olí a quemado y a sangre durante pocos momentos, antes de aspirar algo con amoníaco, muy intenso, que se difuminó en el aire. Chillé fuerte, pero un cantante desconocido lo hizo aún más con la ayuda de unos altavoces “capaces para un estadio” creí entender de su distorsionada voz. Dudaba de si seguir confiando en que, si acertaba quién era, me dejaría libre. Me agarré a ese juego: No tenía nada más.

Me trajo algo para beber, que parecía agua, fría y parece que limpia, y me sirvió para saber que aún tenía los labios y la boca sin tratamientos. Notó mi sensación y me animó de nuevo a reconocerle diciendo que comería lo mismo “que todo un regimiento” si lo lograse. Sé que notó que, por fin, me derrumbé:

Se produjo en mi columna vertebral un espasmo que ninguna de sus torturas había conseguido antes y se dio cuenta. Hubo un silencio que ninguno de los dos logró medir. Tomó aire, y noté que va a decirme algo con aire solemne.

-¿Cómo lo has adivinado? –preguntó entonces con voz clara.

-Dar de comer a un regimiento, ¿una muletilla de tu trabajo en catering?

Cortó las cuerdas sin cuidado de lo que cortaba y me dijo que, si salía antes de veinte minutos, estallaría la bomba que me había dejado pegada al cuerpo; y yo me reí porque ya no sabía lo que eran veinte minutos. Esperé lo que aún sabía que era mucho tiempo y busqué una salida. Caí al suelo cegado, casi desnudo y mucho más herido de lo que mi cerebro quería aceptar en la oscuridad. Me reconocieron, me ayudaron, me llevaron en una ambulancia…

Sólo sé el tiempo que pasó desde que desperté en el hospital con una buena colección de cicatrices. Los cirujanos aprendieron cosas que no esperaban ver nunca. Y la policía ya no viene tanto a verme.

No pienso denunciar a la que fue mi hija. No debí comerme a su madre.


POR DELANTE.

2009/01/21

Óscar Casasola presumía de la impunidad de sus crímenes, y de tener a veinte policías, nosotros, trabajando para pillarle en un delito y mandarlo a la cárcel sin haber logrado ni una detención. Incluso se permitió celebrar ayer una fiesta y nos invitó a los veinte.

Tanto se reía de nosotros, los sabuesos, que, en medio del reparto del vino blanco de su última cosecha, nos propuso hacerse una foto con el grupo.

Nos ajustamos las corbatas y le abrimos un hueco en el centro para posar.

En general, el botoncito de disparo tiene un nivel intermedio, que permite enfocar la imagen antes de realizar la foto.

Y él, dueño de una de las grandes empresas de cámaras digitales, pidió hacer ese ajuste previo. Siempre quería ser el protagonista. Siempre iba por delante.

La bala salió por su nuca a tal velocidad que hirió en el brazo a Gómez, el único situado detrás de Casasola; el que no quería salir en la foto ni se enteró de cómo montamos un arma para disparar hacia el que pulsa el botoncito para su ajuste previo. 


SIN PEDIR PERDÓN.

2009/01/21

Desde el primer movimiento, un fulgurante introito, el director atacó la sinfonía con un ritmo frenético, sin preámbulos. Se unieron a su entusiasmo las dos primeras violinistas, que se quitaron el vestido antes del allegro ma non tropo, al constatar que se había levantado la batuta con una energía endiablada. Desde el palco central caían numerosas prendas interiores femeninas. El público masculino lo comprendía y guardaba silencio.

Algo se moderó en el segundo movimiento, un andante discontinuo, pero todavía brillante, que, sin dejar de atacar su melodía con brío, hizo que la pianista acudiera a un abrazo intenso con el director, quien, a pesar de las bajadas y subidas constantes de la batuta, no parecía el mismo del principio. En su ayuda acudieron los instrumentos de viento, para que arreciara el temporal. Después, a la desesperada, tronaron los tambores.

El final, de súbito, fue de funeral. En un desesperado intento de relanzar el trepidante y vertiginoso tempo que llevó el teatro al éxtasis, el movimiento se vino abajo.

Igor Van Dálic, el gurú de los directores de música, se limitó a acariciar con delicadeza los rizos de las tres mujeres, y, sin recoger siquiera la ropa del escenario ni volverse a saludar, salió del teatro con la batuta en la mano. De nada le sirvió ver, entre bastidores, cómo llegaba con retraso su proveedor de viagra, que esa tarde no había podido dejar a los niños con nadie.

Ningún dios es capaz de pedir perdón si le falla un planeta o planifica mal una tarde con ninfas en un bosque dorado. El público masculino lo comprendió y guardó silencio.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XLVIII)

2009/01/17

Separaciones-Fronteras, Líneas-divisiones… y límites.

 

            Si es la religión la que os da esas ganas de matar, olvidadla. No hagáis nada más en nombre de ningún dios.

            Basta de muertes, por Dios. Por ese dios que os separa, y que decís que os empuja a terminar el uno con el otro.

            Prefiero ver niños palestinos ateos, agnósticos, descreídos… y sanos, sin que hayan visto una muerte violenta desde que nacieron. Los que hay ahora ya han aprendido la proporción del ojo por ojo y familia por familia que hay que barrer del otro lado. De “ellos”. Aunque no os hayan mirado a la cara jamás. Jamás, como suena el partido que tiene que provocar con cohetes el genocidio brutal de los que tienen tanques en lugar de piedras.

            ¿De qué lado debo ponerme?¿Qué niño muerto o gravemente mutilado en su cuerpo y en su niñez me tiene que doler más para razonar bien y pedir el alto el fuego de una vez y para siempre?

            ¿Al otro lado está la mentira y a este no lo está?

            ¿Qué verdad de las que tenéis es suficiente para que una madre vea enterrar a su hijo y no reniegue de tanto odio?

            Del resto del mundo, no sé deciros por qué demonios (¿quizá mejor por qué coño?) no manda cien mil tanques y un millón de soldados a desarmar a Israel y a Hamás, ni cuantas muertes más tenemos que esperar. Tampoco cuántos análisis sesudos antes de prohibir que se encienda una sola cerilla en diez años.

            No sé dónde estará el límite.

            Cada mirada de una mujer herida o de un cuerpo infantil destrozado es tragedia suficiente, pensadlo bien.

            ¿No se os ha ocurrido salir a campo abierto, sin armas, y, antes de mataros a puñetazos, miraros en silencio? Pues eso he dicho, todos los hombres de uno y otro lado, sin hacer daño a las que os cuidan la casa y los hijos. Así, no tendré que ver cómo un inocente se cruza en el camino de los asquerosos cohetes y las bombas repletas de veneno anti vida.

            ¿Cómo haría que me escuchárais?

            Territorios, derechos históricos, protectorados occidentales, estados y fronteras artificiales: Coste en vidas de quienes iban al colegio después de llevar al ganado y ahora aprender a disparar. Demasiadas vidas a los que ahora les da igual vuestra lucha por la tierra: No van a sembrarla de nada, aunque la hayan regado con su sangre.

            A unos, nuestro apoyo descarado a quien puede comprar misiles: Pensad que se juega con ellos sin ir después a pedir perdón por las consecuencias. No sabéis el nombre de quién matáis. Parad de una vez.

            A los otros: cohetes que provocan. Mecanismos de picadura de avispa que os devuelve una lluvia de bombas gigantes. Las que destrozan a vuestros vecinos. ¿Cuántas muertes son suficientes para vuestra causa?

            Parad los dos, y mirad  a vuestro dios. A ver en qué coño está pensando.

            No estoy dispuesto a seguir sin la práctica de la utopía: Hoy hay soldados de sobra en el mundo para que, casa por casa, se desarme a las dos partes. Si tanto matar les quita fuerzas para hablar, hay que recogerles los fusiles. Hasta que se les olvide para qué servían.

            Cualquier cosa que otro niño sin futuro en Palestina o Israel.

            Hoy es el momento. Ayer sobrepasásteis el límite de la locura. Ayer fue el primer día que dejásteis entrar a la muerte en vuestras vidas.

            Ojalá pueda deciros que tengan ustedes muy buenos días. Oj Alá.


ANDALÚ.

2009/01/15

Arrebujados, en ese sielo tan infinito,

que está en lo arto, no te lo niego, que queda  a un tresho,

con tanta gente, siendo tan largo y siendo mu estresho,

pueh hay refregone, entre hombre y ánge y no ehtá bonito.

 

Se ehtá inventando la Tierra toa, er mundo entero;

se ehtá poniendo nombre a lah cosah con musho ehmero.

Pero estí viendo, pa asé galasia, gente mú sosa,

y ví ayudahles , si puedo en verso, mehón quen prosa.

 

Tengo quencontrá gente pahcribí una jartá de cartah.

Y é nesesidá, si no, no loh llamo, eh que me hasen farta.

Si dises “venid”, te lo escushan dié y viene uno por pena

pero dises “vente” y de loh presente van doh desenah.

 

No eh que ellohablen mal, o no tengan duende,

no eh por criticá suh composisioneh,

pero hay quién no eh má que pronunsiasione,

sin desí de ná, versitumentiende.

 

Ya llegando er jefe  organisasión,

noh encarga parteh mu diferenteh:

Cauno cohe un troso ordenadamente

y a mí man dejao a improvisasión.

 

Pa echandá er futuro del Universo,

cojo mi tierra, pongo lah floreh

y con la ayuda de cantaoreh

siembro poesíah, plantando versoh.

 

Meseshanensima los capatase de ordenasioneh

disiendo, mira, loh que bien hablan van mú de prisa

yo eso ya lo sé, que me da la risa

si loh pobresito son de otrah regione.

 

De miformablá se han quejao ar Dueño mushoh capatase

“Nolentiendo ná, cuandodise cosa,

pero la verdá, no sé quehloquehase

que ha inventao la sal y ha inventao la rosa”.

 

Y digo mu bien, pero der trabajo tú no vaqueharte

doña entonasión, don inventadó de fraseh mejoreh,

¿va sé portavó, tú va a dá loh parteh?

po yo vi a contá cuentoh de coloreh.

 

Y pregunta Er JEFE trah el ehcuchá lah alegasione

¿Toíto ehtefollón y tormundohcuro?

Y me dise “¡tú!”,

Y digo yo: “andalú”

y ar desíhlo El, con fuersa, mandando,

La galasia entera se llenó de lú.

Y salió tó andando.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XLVII)

2009/01/10

La edad.

 

-No me da tiempo a construir una vida contigo, mujer. Desvía tus ojos de los míos y ya intentaré olvidarte.

-Menos frases, campeón de los  cincuenta recién cumplidos. Ni soy un hada, ni de momento busco la eternidad contigo. Estamos en un bar, el templo a punto de ser profanado por la búsqueda a ciegas de Internet. Y aquí es donde se han cruzado las miradas hasta que nos eche la sensación de estar pasados de moda. Y aquí es donde te he pedido que dejemos de beber y no rehúyas decirme quién eres. Tu nombre puede bastar si no te atreves a más.

-Me llamo Alfredo.

-Ya es algo. Yo soy Alicia. Y tengo bastantes años más de los que aparento. Procura evitar algunos tópicos más, aparte del que ya te he evitado yo.

-¿El tiempo, el cine, algún libro fácil?

-¿Tus ganas de comerme, las mías por invitarte a hacerlo? Yo juego algo más fuerte.

-Es verdad que tengo miedo a relacionarme. Es verdad que he venido con un amigo, mucho más joven, que sí…

-Es verdad que estás aquí. Que estoy aquí. Partamos de lo sencillo. Después da igual qué lógica sea la que mande. Me parece que mejor que sea la mía.

-Verás…

-No me creo que quieras que te deje en paz. Sé que esperarás a tu amigo si él sale solo de aquí.

-Disculpa, Alicia, no querría que te sintieras desairada.

-Rescatas expresiones del siglo XIX. Algo habrás leído. O vive tu bisabuela.

-Eres un encanto, pero para de una vez. Me siento viejo: Soy viejo. Hace tiempo que sentí que el deseo me llevaba, que me obligaba a buscar una mujer. Ahora lo veo como química, nada más.

-Ya has desembuchado una parte. Espera que voy por un diván.

-Pero, ¿de dónde has sacado ese sofá tan raro?

-¿Crees que me da por perder el tiempo? Túmbate y sigamos hablando.

-Pero, ¿y el resto de la gente?, ¿dónde están todos los que bebían? ¿y el camarero?

-No se ha perdido su existencia, ni su espíritu. Deja de preocuparte por ellos.

-¿Quién eres?

-Ya te lo he dicho, soy Alicia. La auténtica.

-No he bebido tanto como para preguntarte por tu espejo.

-Pero sabes que he salido de él. Y ahora sí quiero llevarte al otro lado. Decide si quieres venir.

-¿Qué edad tendré allí?

-Igual que aquí, la que decidas tener con los mismos años. La fecha de nacimiento no es lo que tienes que cambiar.

-¿Puedo pensarlo un momento?

-Por supuesto que no. Levántate y sígueme o vuélvete y aparecerá de nuevo la barra del bar, con tu copa intacta y tu amargura esperándote.

-Voy contigo.

-Coge aire. Vamos allá.

-Esto no es tan distinto como esperaba.

-Esto es la copia de aquello. Pero has decidido pasarlo junto a mí. Es la única diferencia. Salvo que aquí nadie te pregunta la edad. No lo hagas tú.

Por cierto, desde aquí,

 

Tengan ustedes muy buenos días.


SAL DEL MAR

2009/01/03

Mis redes enredadas

queriéndote atrapar.

Mis manos ocupadas

soñándote abrazar, te canto:

 

Casa de pescadores

que viven de pescar,

te ofrezco sol y flores

si aceptas respirar

mi aire.

Deja de ser sirena,

sirena sal del mar.

 

Tus ojos anegados,

tus labios sin hablar.

Tu cuerpo bautizado

de espuma al salpicar

mi espera, desatada.

Un “No te vayas más.”

Risa de marejada…

y no miras atrás.

 

Pero por no estar sola

me alisas para andar

un caminito de olas

y empiezas a cantar:

 

Casa con estrellitas,

caballitos de mar.

Correr por las corrientes

si aceptas respirar

mis mares.

Deja a los pescadores

y ven conmigo al mar.


MIRADAS.

2009/01/02

La cuñada arribista no es de comer pavo, pero traga. No sólo lo que mastica, cinco pequeños muslitos por no hacer el feo, sino su orgullo vegetariano y la mirada triunfadora de su cuñada más antigua y enemiga mortal. Cruce de miradas.

La matriarca, suegra común que se decanta según se levanta, hoy toma partido por la veterana. Esgrime lo que ha pasado en la cocina para guisar y preparar la cena familiar y sentencia que “no es cualquier cosa, el pavo está hasta relleno de alfajores en la parte donde estaba ubicado el hígado”. Lo hace con la mirada de un juez de paz.

Los detalles anatómico forenses de la suegra detienen en seco la masticación y el choque de los cubiertos. Un cuñado de poca monta aún hace como que se le ha escapado el tapón de una botella de champán que ha quedado justo en el retrato del abuelo materno de doña suegra común. Tras romper el cristalito. Pura dispepsia en la mirada.

La suegra dice “hilipollia ere, hiho de mi vida”, pero pone la copa. Su mirada, ya  parcialmente bizca, recorre la mesa y encuentra un plato de mejillones dejado de la mano de Dios. La simple mirada autoritaria hace que alguien, un primo venido de Alcobendas, se lo acerque. Su mirada, la del primo, es la de un primo: El que ha hecho las compras y, además, ha puesto el dinero que, a los postres, dicen que le darán.

Un nieto al que se le ha caído el móvil dentro del pavo pone una mirada desesperada a su mami, para que se lo busque. La mujer, con una mirada que pide perdón por tener un  hijo tonto y traerlo a cenar, se pone unos guantes y se mete a toquetear. El ruido, algo como “reflesbesh, reflesstrisk ssgoush”, hace que se sugieran cosas a hacer pero no con un pavo. Al menos, la mayoría, que mira hacia arriba.

Llaman a la puerta. Mirada colectiva al despistado que se ha sentado al lado de la puerta, que va y se levanta. “Así estiro las piernas”, dice mirando al suelo.

Es el último cuñado, el que decía que traía las bolsas de hielo para después. No mucho después, porque las ha aplicado ya a su ojo derecho, por culpa de unas trompadas con el marido de la amante de su mujer, un hombre que no tiene una mirada moderna, que es corto de miras.

-Mira tú por donde, -le dice su hija mayor, adoptada-. Es que donde pones el ojo pones el puño de otro.

Mirada fría del padre, aún con hielo en el ojo, y llamada a la cordialidad por parte de la suegra común, que se ha adueñado de los mejillones y la botella.

Están a punto de caer las doce campanadas, pero lo que se cae es la bandeja de las uvas y hay que buscarlas bajo la enorme mesa, donde surgen miradas cómplices de recién presentados: “Como te coja por asquí, te vi a comé en directo, Carmeluchi”, “y yo, mira tú”, se dicen dos recién conocidos con miradas derretidas; son acompañantes de dos solteros pelmas, de miradas perdidas.

Vuelta a la mesa. Con uvas, con champán, con mejillones, con miradas que se van  volviendo vidriosas, pero que reconocen aún a la mayoría de los familiares.

-Dong, dong,… y dong hasta doce veces. Atragantaciones varias. Toses y toses.

Abrazos que se devuelven tras miradas que dicen “¿y ehte quién é, que se parese ar que salía con mi prima Yoli, la de tita Carmen?” Y más abrazos, algunos no devueltos por la lámpara halógena de pie, tan distante como siempre aunque en su sitio…

Ojos que al fin se paran a mirar de frente. Miradas ahora serenas, de ojos viejos; miradas nuevas, recién estrenadas. Las que se venían a buscar, las que brindan en silencio, sólo con miradas.