DUELO EN POKOMATOS.

2009/03/31

El sheriff  Andriu Long Trebols de Pokomatos (situado justo en la frontera de México con otro país) entró en el saloón y ofreció a los hermanos Klincher una posibilidad :

-Causad baja voluntaria en el censo municipal u os mato a todos por igual en caso contrario. Tenéis hasta las cuatro pe eme para responder mediante carta por triplicado, a doble espacio, tamaño doce y sin manchas de embutido. Os estaré esperando en mi despacho, en horario ininterrumpido de ocho a dieciséis, también pe eme obviamente, aunque fuere en prolongación de jornada, dado que recupero tres horas esta semana por haber llegado tarde el lunes, fruto de unas horas de intenso y prolongado placer tras yacer con vuestras esposas de modo alterno y sucesivo.

Los hermanos Klincher, cuatro en total contándolos todos, se miraron mientras el sheriff les daba la espalda vacilando tanto o más que Toro Sentado con paraguas plegable.  Mas no fueron capaces de matarle al dorso, como ansiaban todos, sino que dejaron enfriar su sangre para, más tarde, acabar con él previo recital de torturas, tormentos, tortícolis y tortitas de maíz para merendar ellos, los Klinchers, las cuales no compartirían con el sheriff, salvo que lo pidiera como última voluntad.

El mayor de los Klincher, Llou Klincher, se bebió una cerveza de un trago. 

El segundo, Llak Klincher, quiso imitar a su hermano mayor pero se cayó de lado sobre un enorme cubo lleno de esponjas, que evitaron que se rompiera la cabeza.

El tercero, Guorren Klincher, el más rápido pistolero de Pokomatos, liberó adrede un cuesco a modo de aviso de que él estaba allí y nadie le había hecho caso. “¡Menudo Guorren!”, exclamaron varios parroquianos del saloón.

El cuarto, Llensen, quiso poner algo de música en el ambiente y le dijo a Lles Bartólomiu que tocara algo al piano de cola que ellos, los Klinchers, habían traído al pueblo expresamente desde Austria, a porte recibido. Lles optó por un rapsodia de Liszt con leves toques de yas, y colocó la partitura de la pieza en el atril, en el mismo mes.

Pero no pudo ser. ¿Por qué?

Pues porque los cuatro hermanos Klincher se quedaron helados cuando la figura del patriarca de los Klincher, Güiliam Klincher, el más fiero hacendado de la comarca, el tipo más duro desde el Cid Campeador, se paró en medio del saloón y casi sin mover un músculo facial dijo “Me cisco en los productos lácteos básicos que habéis ingerido mediante succión durante vuestra infancia, grandísimos soplabollas del esfínter”[1], en agria aunque consecuente respuesta a la sosa actitud que nada menos que cuatro Klinchers habían mantenido minutos antes con un mierdisheriff del 3 al 4º.

Llou tomó la palabra y dijo:

“Padre Klincher, tes lo juramos a viva voz en grito; que le vamos a dar para el pelo en forma ágil y eficaz al mierdisheriff, devolviéndote el orgullo que nunca has sentido por ninguno de nosotros, tus primogénitos”.

Bebieron los cinco Klinchers hasta que pararon de hacerlo, casi una importante fracción de hora más tarde, a pesar de que los empleados del saloón barrían con fuerza hacia ellos y les mojaban las botas con lejía para provocar, fueran quienes fueran, que se fueran donde fuera, pero fuera del local.

Cuando abandonaron el sitio de los bebedizos, todos los habitantes del pueblo corrieron para todas partes con gran rapidez y mayor desorden, escenificando correctamente la situación donde se huele el peligro y un segundo cuesco Klincher, ahora de emisor desconocido o anónimo. Aires apócrifos corrían, pues, por Pokomatos.

El sheriff salió de su oficina-cubil, mirándoles a todos a la cara, muy deprisa para no menospreciar a ninguno, si bien dedicaba la mirada de mayor atención al padre Klincher, que sólo tenía un ojo y resultaba más fácil.

En medio de la tensión, la ex encantadora ex bailarina Doli Mortenton ex tendió su ropa (dejó de tenderla) y quiso intermediar, por lo que pasó por medio de todos. Pero Doli tenía setenta y dos años y sus nietos llevaban meses pidiéndole que dejara su papel de heroína del pueblo; junto al de hashish y las pastillas que tanto le alteraban. Más no sirvió de nada;  ni un solo Klincher se ablandó: Los cinco siguieron, según lo previsto, desplegándose por la calle central del pueblo de Pokomatos, con la idea de saturar de proyectiles al sheriff, quien no soltaba el ojal de su chaleco de percal, en un claro ejemplo de autosuficiencia y capacidad prevista de reacción, oliéndose el percal: Justo lo que te pasa cuando se te queda el dedo metido en el ojal.

El heredero de la funeraria Horizontal Eterna veía venir descuentos a grupos y se ofreció a contar hasta tres para que todos empezaran a disparar, pero Llou Klincher votó en contra porque muchas veces “se dice una, dos, tres y después ¡ya! y entonces no queda claro”, argumentó.

Se estableció que, cuando el reloj de la torre de la casa de la calle principal del pueblo de Pokomatos diera una campanada, la primera pe eme, todos dispararían y ¡hala! ¡al que le toque haberlo pensado antes!: Todos dieron por buena esa alternativa en votación a mano alzada.

Sin embargo, siendo como eran nada más que las diez menos veinte a eme de la mañana, y dado que todos tenían cosas que hacer, los hermanos Klincher, su padre y el sheriff volvieron a sus ocupaciones y quedaron a eso de las trece menos cuarto, para tener tiempo, que luego todo son prisas y carreras.

Pues a lo que iba: Dar la campanada en el reloj del pueblo y  empezar lo que sería dispararse el clan Klincher contra el sheriff y viceversa, supuso un ejemplo de cumplimiento de horario previsto y mucho e intenso ruido. Más que en una pescadería, cuenta la leyenda.

Fueron pues seis hombres puntuales los que descargaron sus revólveres en su totalidad, con resultado de seis cargadores vacíos.

¿O fueron siete revólveres?

Cuenta la leyenda también que, de todas las balas encontradas en los seis cadáveres, cinco Klinchers y un sheriff, una sola bala por cada uno era de oro y no había más balas. Hay que echar cuentas, pero no es complejo. Y es que los seis murieron sin las gafas puestas. Y más cosas: Yo no sé si es verdad o no, porque no me gusta meterme en líos, pero lo rigurosamente cierto es que, en fin, pasó lo que pasó. Y a partir ese día, el pueblo fronterizo de Pokomatos tuvo en Doli Mortenton a la mejor representante de la Ley y el Orden desde que se fundó el pueblo, allá por dos o tres semanas antes del gran duelo en la cumbre, la matanza de Pokomatos, a la una en punto. Y pe eme, según dice la leyenda.

 

Que sí, demonios, que sííííííííí, que fue Doli Mortenton quien los mató a todos por igual con seis balas de oro, y ellos no acertaron ni un solo tiro. Qué rabia da tener que explicar las cosas…

 


[1] Traducido hoy día como: “Me cago en la leche que mamásteis, tontos del culo”. (Nota del autor)


Reflexiones de un sábado por la mañana (LVIII)

2009/03/28

Parece inevitable definirlo como lo haría un médico con un diccionario en la mano: Sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior. O bien: Sentimiento de pena y congoja.

Trivial cuando te han dado una pedrada en la espalda, no tanto en el caso de la patada en los simétricos pendulantes… Insufrible en las muelas finales, las del juicio, lo que explica al final lo del Juicio final.

¿Es un fin o es un medio, un aviso de que algo funciona mal?

Yo apuesto porque es una alarma. Pero reconozco que, para decirme que tengo que arreglar algo, no necesito que me griten al oído. Así pues, propongo la búsqueda del dolor mitigado justo en cada caso y bien clasificado. Si me duele el pie, que no signifique encontrar una dolencia rara en medio de un pulmón.

Pero da la impresión de que el dolor se ha hecho dueño de sí mismo. Y que dolores terribles, como el del parto, se llevan una vida de mujer esperando y no dan miedo. Y que el miedo a la soledad, a lo desconocido, al desamor, a la muerte, no se han aprendido a tolerar.

Si voy a una consulta dental, antes de escoger la antigua revista de motor para la espera y sentarme, un señor me tiene preparado su historial detallado de padecimientos, muela a muela, diente a diente. Con el tiempo, antes de que empiece le amenazo con contar mis penas y las de mi abuela. La única forma de no entrar en celebrar dolores pasados, ni propios ni ajenos.

Se hablaba mucho hace años del dolor de corazón, que se refería a la pena por haber ofendido a Dios. Es curioso que hoy parezca un dolor menos latente. Puede que lo relativo de las normas de la Iglesia haya supuesto anestesia suficiente para ese dolor del alma. Aquí querría plantear la sustitución por el dolor causado al provocar dolor a los demás. Tendría que ver con la dignidad. Sería más concreto.

Hay dolores intensos, agudos, pero pasajeros. Unos tienen que ver con el del codo, el de la viuda, que no siempre tiene la culpa. Otros se ven compensados por un gozo paralelo. Véase un gol tras una enorme patada en la espinilla, o un primer beso tras una primera bofetada en la primera aproximación. Hay riesgos compensados.

Por desentrañar quedan el dolor de la traición y el de la humillación del ser humano. Más sutil que ninguno y sin medida, rompe en pedazos el alma de quien esperaba un apoyo y es dejado de lado en un momento terrible. Hay ejemplos tan monstruosos, que, una vez detenido y juzgado el culpable, al propio abogado defensor se le oye pedir la existencia de un infierno como Dios manda.

El dolor también nos califica. En pequeñas dosis deriva a la pereza y basta con levantar el culo del asiento, ayudar en algo y esa pequeña victoria nos ha hecho mejores.

En dosis que se acerca a nuestro límite de sufrimiento, el dolor nos lleva a convencer de que nadie ha padecido así antes. Seremos insoportables.

Ya lo dijo Remington Steel: No es el dolor que la vida te cause, sino cómo te enfrentas a él. Ahí está el secreto a voces. Aprendamos de las mujeres que, recién paridas, piensan más en el niño que en sus dolores. Son un buen ejemplo. De los mejores.

Y bueeeeenoo:  A un par  de días en casita, con gripe, entre mantas, todos tenemos derecho. La cosa está en no abusar. Si no consumimos nuestro crédito de quejicas, siempre habrá quien nos cuide y nos mime. Al tercer día, parriba que la vida es muy corta.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


SIMETRÍA.

2009/03/27

El tipo del espejo me imita lo mejor que puede, y a veces noto que le cansan mi rapidez de movimientos o mis cambios de humor. Y es que los que viven al otro lado juegan con grandes probabilidades de hacer lo mismo que nosotros, en función de una tenaz observación de nuestras costumbres, pero no son tan inmediatos como creemos, no son “nosotros repetidos”. Hasta ayer no me había importado su juego.

Pero, al volver de la fiesta con Silvia, no pude más: Se adelantó en cada uno de mis pasos: Al entrar en el dormitorio, cerró la puerta, abrazó a la mujer que estaba a su lado e hizo que su vestido se deslizara suavemente hasta el suelo. Quedé paralizado con el parecido de la mujer con Silvia, que permanecía junto a mí sin hablar. Y la cosa no  quedó ahí; en un abrir y cerrar de ojos, cogió en brazos a la mujer desnuda y la arrojó a la cama entre risas.

Grité “¡Basta ya!”, atravesé el espejo y solté al tipo un bofetón que heló el ambiente de su lado. Se taparon su desnudez y volví a la habitación con mi mejilla derecha ardiendo.

Con la gente simétrica, insisto, suele funcionar lo de las probabilidades. Y, aunque reconozco que anoche pensaba hacer el amor a Silvia, lo prudente habría sido preguntar si había bebido. Mis amigos saben que no rindo borracho y él, el del espejo, me conoce mejor que nadie. Debió tomar menos iniciativas, sobre todo con Silvia delante, que se quedó muy triste. Pudo esperar a que me encontrara mejor.

De todos modos, mañana, sin falta, le pediré disculpas. 


Reflexiones de un sábado por la mañana (LVII)

2009/03/21

Día del progenitor.

 

Por el simple hecho de dar a posteriori[1], lo haré coincidir con el día del padre. Analicemos los dos.

Parece que, de entrada, tienen que realizar similares introducciones parciales de su integridad personal, agitarla con algo de gracia sin desprenderse de ella y, valiéndose de una puntería que pertenece más a la diana que al arquero, poner en marcha un mecanismo multiplicador de células. Vayamos ahora a otros aspectos.

El progenitor, una vez observado el resultado del depósito involuntario, suele aparecer o no. El padre abraza al nuevo o a la nueva y a su colaboradora.

El progenitor, según el ruido de los llantos de la madrugada, busca un sofá o se va a otra habitación, porque él tiene que trabajar al día siguiente. El padre aprende a cambiar pañales, coger en brazos y acunar y preparar biberones. En medio, aún con los ojos cerrados, pisa cosas y se cae o al menos tropieza.

Si el nuevo o la nueva tiene ese toque que da la edad hasta los dos años, un regalo de chispa, de rizos, de gracia, padre y progenitor suelen pasarse un buen rato hinchando el buche como palomos.

Pasado el tiempo de ser bebé, vuelve la exigencia de atención y disciplina que quita tiempo de gimnasio, televisión, algún libro y esas cervecitas obligatorias a las que los dos tienen derecho. El padre se toma una para no ir de víctima ni de monje, se acuerda de su familia y se toma la segunda en casa o en la calle una vez arreglados los mil preparativos para poder salir todos juntos si hay niños chicos. El progenitor gasta un tiempo en explicar lo difícil de llevar adelante una familia, con la pérdida de libertad que eso supone. A sabiendas, además, de que todos los solteros que le oyen le comprenden perfectamente.

Y llegan los doce, los trece y los quince años. Y se acaba, en frío, ese tiempo del que he oído hablar hace poco: El tiempo en el que tus hijos quieren incondicionalmente. Y la primera discusión de autoridad se vuelve violenta en el progenitor, que sólo ve desafío. El padre se gasta la paciencia y negocia. Suelta el hilo sin dejar de estar atento a dónde y con quién está. Por dónde se lo lleva la vida a su hijo. O a su hija. Y sufre en cada noche que no lo ve durmiendo antes de irse a dormir él.

Los años no se detienen para nadie. Surgen los principios difíciles donde los padres avalan créditos, firmando papeles que le comprometen porque creen de verdad en sus hijos. Confían en sus ganas de lucha y su capacidad de cumplir y ayudan hasta donde pueden. Los progenitores regalaron motos y no firmaron notas por no estar en ninguna de las entregas ni reunión con los profesores.

Los padres, con nietos en los brazos, suelen decir a su mujer: Dile al niño que me llevo al chico al parque. Los progenitores, en general, han soltado a su mujer: Dile a tu hijo que baje la música, que no se oye nada.

Claro que no soy imparcial ni objetivo. Pero cuando se ha tenido el mejor padre posible, se ha aprendido lo que hay que intentar cada día. Uno detrás de otro. El éxito o el fracaso viene muchísimas veces cuando se le llama. Como la famosa inspiración de Picaso.

Así que, con estos antecedentes, con los que trato de justificar su onomástica, señor progenitor váyase usted al carajo. Cuanto antes. O aprenda de los que son padres.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.


[1] Forma finolis que me da para nombrar una expresión bastante más basta.


FÚTBOL EN EL CARRANZA.

2009/03/18

Salen los dos equipos, el arbitral y el visitante. El local ya lleva un rato en el campo, con sus mantas de cuadros, bolsas neveras y tortillas de papas. El capitán ayuda a recoger y manda a los niños a tirar las latas  a la basura. “Resiclando niño, que es lo suyo”. Se despeja el césped.

Comentarios desde la grada.

“¡Ábitro, sácate er  balón de la esparda!”

“Po yo no lo veo tan jorobao, Crishtoba”

“¡Er siete, er siete, er siete!”

“¡Quiyo, ya vale, que lo va a agobiá!”

“Aquístamo con un binguito hasta que empiece er partío. Usté a lo suyo, o compre cartoneh.

 Recomendaciones previas.

“¡Shé, tú, er sentrá, a ve si dejamoh lah revihtitah verdeh pa otro diíta, y calentamo dotramanera, catupadre se lo viadisí!”

Empieza el partido.

¡Hostigassle, hostigassle, que no puedan rehpirá! ¡Una presión mah grande que la asmoférica hay casehle al cuatro de elloh, serebro indudable!

“Deje usté que pite el inisio el de negro y que empiece a moverse er balón y no noh anguhtie, joén” (responde el marcador del equipo local)

 Gol del equipo local.

¡Tomá por el bujerillo negro e insondable en generá! ¡Ahí tenéi, pa que contéi por esoh mundo que vení a jugá a esta tierra y este campo é poco meno que un suisidio colestivo, panda damateures!

 Gol del equipo local.

¡Por si no habéi tenío bahtante, drascuines, que soih unah drascuines! Er golaso que lemoh metío, Lucah, por tor er barisentro de la portería defendida sin fe arguna por el portero delloh.

 Descanso.

Vi a llegarme por servesita. Te traigo papah fritah. ¿No? Po ná, tú te lo pierdeh.

 Segundo tiempo. Se pone el balón en movimiento y gol del equipo visitante.

“¡Eso, como loh día dinvienno, noh lan metío en frío, sin grasia ninguna! ¡Cagon lohmihmoh primoh del nueve de elloh, un tunante, lo malamente que ladao ar balón, que la quitao casi tó er brillo, con lo bonito que era de nuevo!”

Quedan dos minutos. Gol del equipo visitante. De penalti dudoso.

“¡Yo ya tenía preparao lo que desihle a mi Juani cuanti que llegara a mi casa! ¡Niña, te vi a narrá en directo cómo san perforao las metas hoy por la tarde. Y con repetisioneh!” “¡Pero er nueve de elloh mamargao er finá der domingo, quiyo!”

 Tiempo añadido. Tres minutos. Gol del Cádiz.

            “¡Déhame er movi, Lucah!¡Juaniiii, vete otra vé pa casa, y orvida o simplemente desaparta de tu mente loh trihteh comentarioh  de lah llamadah anterioreh.”


TU POEMA

2009/03/16

Sigo temblándote hoy.

Después del amor contigo

no sé si sé lo que digo,

que si vengo, que si voy

de resbalar las laderas

de tu boca hasta tus pies,

por tu delante y tu envés,

acampando en tus caderas.

 

Por querer resucitar

y regresar a tu lecho,

me negaré a respirar

más aire que el de tu pecho

 

Tú, diosa y sacerdotisa

y mi corazón tu altar.

Haré de mi vida misa,

para que te aprenda a amar

con la oración de tu risa.

 

Soy atea y descreída

de alternativas eternas.

Y no soy tan engreída.

 

No me inventes tanta fama,

no convoques tantos ritos…

y vente para mi cama.

 

   


ATRACO A CUATRO.

2009/03/14

Un atraco no falla si se tiene todo previsto. Pero, ¿cómo imaginar lo que puede pasar? Da igual, porque todo ocurre así:

Juan 1 conducirá. Es un valor seguro. Ha hecho el recorrido tantas veces que se ha comprado su piso por esa zona, con una distribución preciosa y trastero. Hasta con los ojos cerrados en taxi. Y hasta sin coche, dice él. Nos fiamos… Juan 4 toma notas, en su libreta de rayas. Nueva para este trabajo.

Juan 2 ha estudiado los hábitos de los monjes guardianes del banco: No llevan hábito y se turnan en la caja y la atención al público exactamente “cada ratito”, o cuando maitines. Juan 4 toma notas y un buen trago de anís.

Juan 3 tiene grabadas (en un muslo) las señales que Juan 2 debe hacer cuando logre asir la hucha con forma de cerdito. Señales claras, aprendidas en sus tiempos de mimo y discusiones con la portera de su bloque, que mueve las manos muy rápidamente, como un molino, soltando algún guantazo sin querer.

Juan 4 es el cerebro del golpe. Aún con los golpes que llevaba en el cerebro, es el más brillante. Y sabe bien cómo gastar el dinero. Trae folletos de Viajes Alolej.

Llega el día señalado (con boli rojo). Apostados en la esquina, pierde Juan 4 y paga los desayunos. El vigilante jurado del banco de enfrente los mira y aguanta la risa. Juan 2 nunca se ata bien los cordones. Al agacharse Juan 3 para atárselos se raja el pantalón por detrás, arrancando carcajadas de otro vigilante jurado,  que trae los fondos para una empresa de tinajas. Pasan, aún así, desapercibidos para el gran público.

Tras el bicarbonato, Juan 4 entra en la sucursal. Las gafas de sol, una talla menos, le hacen meter el pie el cubo de la fregona, impensable según el reconocimiento de Juan 2 durante los últimos seis meses. Pero… ¡la limpiadora es nueva, y viene más temprano! Echando pompitas por la boca, Juan 4 protesta por la marca de detergente usado para el suelo, de sabor agrio. La discusión es breve, pero se acuerda adquirir un producto que hace menos espuma y deja muy bien el mármol. Lo vende Juan 3.

Ya en la cola, Juan 4 coordina el tiempo y mide exactamente la distancia hasta el cerdito de barro. Mira a Juan 2, junto a la puerta, para valorar con qué fuerza lanzárselo. Un nuevo imprevisto:

“Pasen por esta otra ventanilla” dice un monje nuevo, en prácticas en la sucursal. Si la cola se acelera, todo se puede ir al traste, porque el vigilante  no dará la ronda completa, según Juan 3 ha estudiado, ofreciendo un “ángulo medio muerto“ que aprovecharían. Afortunadamente, un pensionista con cuatro cartillas, todas de otro banco, lo va a tener entretenido y Juan 4 puede seguir en su cola, la del cerdito…

Y algo inesperable, por muy bien pensado o medido que pueda estar un golpe de altura internacional. Entra un niño con una pelota de goma durísima, chuta y Juan 4 se dobla como una bisagra al recibir el esférico en los esféricos de los bajos fondos. Sonríe como puede a todo el mundo y se rehace, para hundirse al ver que… el monje interino, mientras su cliente de noventa y dos años encuentra otra cartilla, esta vez del seguro, ve que el niño es el hijo de la limpiadora y… le regala el cerdito, lleno de calderilla, “para que te compres lo que quieras, chavalín”.

Reunión urgente de Juanes esta tarde. Seis y diez. Casa de Juan 1, que pone hoy la merienda. Se entra a intervalos de dos minutos. Orden 3, 2, 1 y 4. Recomenzamos.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (LVI).

2009/03/14

La Vergüenza.

Pudor, incomodidad, sofoco, sensación de masticar papel de aluminio… son muchas las puntas que se le pueden sacar. Mientras se tiene. Cuando se siente.

Ventajas de perderla en según qué casos.

- Poder enseñar el cotolengo en playas y hospitales, por ejemplo; o las partes verendas, muy próximas al Valle de los Molletes, y quedarse tan pancho.

- Zamparse con quien se aprovecha de la prudencia de los demás, o hace trampas. Aquí la pérdida de la vergoña va pareja con dar un paso y parar los pies a los caraduras o jetapiedras. Ejemplo: En la pescadería. “Pero pongámonos a ver, ¿usté ha cogío número ni ná, tía guarra? ¿Pos no quiere llegá y pegá? Andaqueporque soy una señora de siempre, que, si no, le daba con el carrito en plenas trenzas”. La que intentaba colarse huye dejando olor a azufre y se mete en la primera peluquería que encuentra. Problemas de dejarla suelta, sin control.

- Te llegas a poner bermudas con sandalias marrones y calcetines verdes de hilo en pleno junio, por las tardes, y no sólo para bajar la basura, sino en el chiringo, dándole al tinto poco cargado, con casera blanca.

- Te crees que las reglas y las normas son para los demás, esos pringados. Llegas poco a poco a no pagar ni una sola factura con IVA. Total… Pero, ¿y eso de relacionarla con la dignidad? Lo de sentir que no nos podemos engañar en algunos casos:

- Pasar de largo cuando los niños de unos cuarenta y algo tiran los ceniceros por las ventanillas de los coches y comparten además de la ceniza unos cientos de watios de sonido cañí con el resto de las transeúntes.

- Desconectar el audio y el alma a los dos minutos de la visita a la abuela, que va a repetir aquello de cuando llegó a conocer a Concha Piquer: Lo que el Alzheimer le haya permitido quedarse.

- Mirar de reojo en lugar de apagar la tele, con empate a dos y en los últimos diez minutos, esos momentos aislados en que tu hijo se sienta contigo para, de refilón, contarte sus problemas, sus atascos; su vida. Resulta difícil. Pero no por lo complejo, sino por lo sutil. Porque son momentos microscópicos, instantes sin tiempo, los que nos ponen a prueba. Aquellos en que, o bien no reconocemos un “no lo sé”, seguido de “pero puedo aprender contigo” o bien soltamos un “claro, claro… ajá”, con la idea de salir del paso y haber cumplido.

En cualquiera de los casos, pequeños o tremendos, la vergüenza nos avisa. Siempre lo hace. Es cuestión de un pellizco de tiempo lo que hay que pararse para que nos lleve por la puerta grande. Y no tener que escapar por las rendijas ni por la puerta de atrás.

Que ya está bien, cojoños. ¿O es que no hay vergüenza?

Tengan ustedes muy buenos días.


INCOMPLETO.

2009/03/07

El caballero se detuvo al amanecer. Bajó del caballo, bajó el pantalón, bajó el calzoncillo, agachóse hasta la mitad de su estatura e inició una gran presión social. Su rostro, de color rojo intenso y en aumento hasta para un daltónico feroz, no se vio correspondido con resultado tangible alguno, al no ir más allá de una sonada mascletá en tono de barítono que ahuyentó a una liebre. El caballero desistió y, en orden inverso, recuperó altura, subió el calzoncillo, luego el pantalón y por último a su persona sobre el caballo, que no hizo comentario alguno, y siguió su camino.

Por la tarde, el caballero fue requerido de amores por la excelsa y pizpireta dama doña Parmenia de Florete, ante cuya torre bajó del caballo, subió por la escala y, una vez en el aposento de la dama bajó de nuevo sus prendas de vestir inferiores en el orden ya expuesto para otros menesteres. A pesar de subir y bajar con tesón sobre una extensión de sí mismo a la dama, en un deslizar que hoy recordaría a un bombero de guardia, doña Parmenia se dijo poco conforme a su gestión, y tampoco el caballero consiguió esta vez  ningún resultado aparente en un sentido de aspersión propiamente dicho. Dado que al menos hubo reiteradas muestras de agradecimiento por parte de doña Parmenia a su tesón, el caballero izó sin llantos su vestimenta y partió en su caballo, animal discreto que no añadió sal a la herida.

En su castillo, esa misma noche, el caballero se adelantó y, antes de que le fuera ofrecido por su criado, él mismo rechazó el postre de la cena: El también sabía dejar sin completar las cosas por su propia voluntad, se dijo. Su caballo fue quien se tomó sus natillas, recordando cómo esa mañana recogían a su paso abundante fertilizante natural para la huerta cercana y el relincho de la yegua de doña Parmenia de Florete por la tarde, para la que había realizado una faena encomiable. Ante la mirada de reojo de su amo, guardó silencio.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LV).

2009/03/07

Violencia.

 

Diferentes manejos de la palabra para que se pueda definir según convenga.

En la guerra.

Consecuencia lógica del coraje necesario para defender el territorio nacional a cuatro mil kilómetros del territorio nacional, jodiendo lo más posible a gentes que no has visto en tu vida, y que no verás.

En la Naturaleza.

Para que se produzca el estallido de fuerza que supone la misma vida, se necesita el brusco impacto de los cuerpos, de la emergencia del dolor en los partos, de la estampida de cada flor. Pues bueno, sin olvidar los huracanes, que bien podríamos haber estudiado para algo más que para verlos venir, por decir algo.

En las parejas.

Si no hay sumisión, no más de un puñado de parejas aprende a vivir. En el momento en que se plantea la discusión (que NO es pelearse), llega la pelea. La violencia sustituye a cualquier tiempo perdido en hablar, comprender y aceptar que existe la OTRA FORMA de ver la vida. Antes morir que ceder. O mejor, antes golpear y humillar que escuchar.

En los deportes.

Serán o no formas actuales y civilizadas de sustituir la confrontación a muerte, pero incluyen demasiada mala idea para creerlo. Se compite con la idea de derrotar al contrario antes que ganar un trofeo.

En los colegios.

¿Cómo se tiene aprendido a pegar al más débil desde tan temprana edad? Aquí es donde parece tener cabida la idea de que el ser humano, único capaz de la sonrisa y la crueldad, está hecho para hacer daño a otro. La cuestión en el colegio es establecer cuanto antes que a ése sí, para que a mí no. Y aunque no tenga nada contra él, es a él, al débil a quien ataco. Ya hay blanco para los golpes y las humillaciones.

En las colas de los bancos.

Hasta ancianos de más de setenta años he visto que se insultaban y amenazaban con golpearse por un turno de más.

No hay más soluciones que contener la primera reacción. Por lo menos la primera. Así se consigue que, poco a poco, “el otro”, el posible adversario, también considere frenar a tiempo.

Muchas versiones de la violencia tienen que ver con “ponerse uno en su sitio” o no “dejar que te coman por sopa”, con la muy universal de hoy “no ser un pringado”. Lo que aterra es que las tres formas suponen, presuponen, que “la gente” va a lo suyo sin importarles nada lo de los demás.

Pero bueno, ¿no somos todos “gente”, cojoños? ¿no somos nosotros también “los demás” de “los demás” y “gente” para la “gente”?

Si la violencia, la reacción de ataque se nos viene encima como la primera, algo falla. Y es el miedo lo que la provoca. Y ese miedo echa raíces por las noticias, que nos amargan, de unos inmigrantes a los que echamos la culpa de la delincuencia, o de una juventud que no cede el asiento y se emborracha. ¿Nunca de nuestras actuaciones personales? El miedo echa raíces por la falta de comunicación. Tanto para decir a los pícaros que tienen que trabajar, como para enterarse bien de las leyes, y aceptar de verdad los derechos de los que tenemos cerca, hay que ser firmes, decididos y respetuosos. Aunque nos dé miedo o no esté de moda. Aún a riesgo de jugarnos la comodidad.

Los transmisores de las normas somos los de a pie. Puede ser la única forma: Ser policía de uno mismo, es la mejor solución, quizá la única, para evitar la violencia inútil.

Tengan todos ustedes muy buenos días.