El sheriff Andriu Long Trebols de Pokomatos (situado justo en la frontera de México con otro país) entró en el saloón y ofreció a los hermanos Klincher una posibilidad :
-Causad baja voluntaria en el censo municipal u os mato a todos por igual en caso contrario. Tenéis hasta las cuatro pe eme para responder mediante carta por triplicado, a doble espacio, tamaño doce y sin manchas de embutido. Os estaré esperando en mi despacho, en horario ininterrumpido de ocho a dieciséis, también pe eme obviamente, aunque fuere en prolongación de jornada, dado que recupero tres horas esta semana por haber llegado tarde el lunes, fruto de unas horas de intenso y prolongado placer tras yacer con vuestras esposas de modo alterno y sucesivo.
Los hermanos Klincher, cuatro en total contándolos todos, se miraron mientras el sheriff les daba la espalda vacilando tanto o más que Toro Sentado con paraguas plegable. Mas no fueron capaces de matarle al dorso, como ansiaban todos, sino que dejaron enfriar su sangre para, más tarde, acabar con él previo recital de torturas, tormentos, tortícolis y tortitas de maíz para merendar ellos, los Klinchers, las cuales no compartirían con el sheriff, salvo que lo pidiera como última voluntad.
El mayor de los Klincher, Llou Klincher, se bebió una cerveza de un trago.
El segundo, Llak Klincher, quiso imitar a su hermano mayor pero se cayó de lado sobre un enorme cubo lleno de esponjas, que evitaron que se rompiera la cabeza.
El tercero, Guorren Klincher, el más rápido pistolero de Pokomatos, liberó adrede un cuesco a modo de aviso de que él estaba allí y nadie le había hecho caso. “¡Menudo Guorren!”, exclamaron varios parroquianos del saloón.
El cuarto, Llensen, quiso poner algo de música en el ambiente y le dijo a Lles Bartólomiu que tocara algo al piano de cola que ellos, los Klinchers, habían traído al pueblo expresamente desde Austria, a porte recibido. Lles optó por un rapsodia de Liszt con leves toques de yas, y colocó la partitura de la pieza en el atril, en el mismo mes.
Pero no pudo ser. ¿Por qué?
Pues porque los cuatro hermanos Klincher se quedaron helados cuando la figura del patriarca de los Klincher, Güiliam Klincher, el más fiero hacendado de la comarca, el tipo más duro desde el Cid Campeador, se paró en medio del saloón y casi sin mover un músculo facial dijo “Me cisco en los productos lácteos básicos que habéis ingerido mediante succión durante vuestra infancia, grandísimos soplabollas del esfínter”[1], en agria aunque consecuente respuesta a la sosa actitud que nada menos que cuatro Klinchers habían mantenido minutos antes con un mierdisheriff del 3 al 4º.
Llou tomó la palabra y dijo:
“Padre Klincher, tes lo juramos a viva voz en grito; que le vamos a dar para el pelo en forma ágil y eficaz al mierdisheriff, devolviéndote el orgullo que nunca has sentido por ninguno de nosotros, tus primogénitos”.
Bebieron los cinco Klinchers hasta que pararon de hacerlo, casi una importante fracción de hora más tarde, a pesar de que los empleados del saloón barrían con fuerza hacia ellos y les mojaban las botas con lejía para provocar, fueran quienes fueran, que se fueran donde fuera, pero fuera del local.
Cuando abandonaron el sitio de los bebedizos, todos los habitantes del pueblo corrieron para todas partes con gran rapidez y mayor desorden, escenificando correctamente la situación donde se huele el peligro y un segundo cuesco Klincher, ahora de emisor desconocido o anónimo. Aires apócrifos corrían, pues, por Pokomatos.
El sheriff salió de su oficina-cubil, mirándoles a todos a la cara, muy deprisa para no menospreciar a ninguno, si bien dedicaba la mirada de mayor atención al padre Klincher, que sólo tenía un ojo y resultaba más fácil.
En medio de la tensión, la ex encantadora ex bailarina Doli Mortenton ex tendió su ropa (dejó de tenderla) y quiso intermediar, por lo que pasó por medio de todos. Pero Doli tenía setenta y dos años y sus nietos llevaban meses pidiéndole que dejara su papel de heroína del pueblo; junto al de hashish y las pastillas que tanto le alteraban. Más no sirvió de nada; ni un solo Klincher se ablandó: Los cinco siguieron, según lo previsto, desplegándose por la calle central del pueblo de Pokomatos, con la idea de saturar de proyectiles al sheriff, quien no soltaba el ojal de su chaleco de percal, en un claro ejemplo de autosuficiencia y capacidad prevista de reacción, oliéndose el percal: Justo lo que te pasa cuando se te queda el dedo metido en el ojal.
El heredero de la funeraria Horizontal Eterna veía venir descuentos a grupos y se ofreció a contar hasta tres para que todos empezaran a disparar, pero Llou Klincher votó en contra porque muchas veces “se dice una, dos, tres y después ¡ya! y entonces no queda claro”, argumentó.
Se estableció que, cuando el reloj de la torre de la casa de la calle principal del pueblo de Pokomatos diera una campanada, la primera pe eme, todos dispararían y ¡hala! ¡al que le toque haberlo pensado antes!: Todos dieron por buena esa alternativa en votación a mano alzada.
Sin embargo, siendo como eran nada más que las diez menos veinte a eme de la mañana, y dado que todos tenían cosas que hacer, los hermanos Klincher, su padre y el sheriff volvieron a sus ocupaciones y quedaron a eso de las trece menos cuarto, para tener tiempo, que luego todo son prisas y carreras.
Pues a lo que iba: Dar la campanada en el reloj del pueblo y empezar lo que sería dispararse el clan Klincher contra el sheriff y viceversa, supuso un ejemplo de cumplimiento de horario previsto y mucho e intenso ruido. Más que en una pescadería, cuenta la leyenda.
Fueron pues seis hombres puntuales los que descargaron sus revólveres en su totalidad, con resultado de seis cargadores vacíos.
¿O fueron siete revólveres?
Cuenta la leyenda también que, de todas las balas encontradas en los seis cadáveres, cinco Klinchers y un sheriff, una sola bala por cada uno era de oro y no había más balas. Hay que echar cuentas, pero no es complejo. Y es que los seis murieron sin las gafas puestas. Y más cosas: Yo no sé si es verdad o no, porque no me gusta meterme en líos, pero lo rigurosamente cierto es que, en fin, pasó lo que pasó. Y a partir ese día, el pueblo fronterizo de Pokomatos tuvo en Doli Mortenton a la mejor representante de la Ley y el Orden desde que se fundó el pueblo, allá por dos o tres semanas antes del gran duelo en la cumbre, la matanza de Pokomatos, a la una en punto. Y pe eme, según dice la leyenda.
Que sí, demonios, que sííííííííí, que fue Doli Mortenton quien los mató a todos por igual con seis balas de oro, y ellos no acertaron ni un solo tiro. Qué rabia da tener que explicar las cosas…
[1] Traducido hoy día como: “Me cago en la leche que mamásteis, tontos del culo”. (Nota del autor)
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel