Con el permiso del maestro don Eduardo Mendoza y tras reconocer haber leído a su maravilloso Horacio Dos, me permito hacer mi aportación al mundo de la conquista galáctica. Va por usted, querido lector:
Veintitantos de octubre. Leo en el suplemento dominical del periódico:
“Se necesita personal cualificado para viaje largo.
Proyecto: TrinkaStars I.
Promueve: Ministerio de Asuntos Interplanetarios. Buen sueldo.”
Como me da que esto es lo mío, sigo leyendo:
“Asignación de las distintas plazas: Sorteo público ante el ilustre Notario don Povea Luis Alfonso Juanes (desconozco dónde empiezan los apellidos), quien agitará unos papelitos doblados dentro de sus manos cerradas.
Presupuesto: Inicial de una compra completa en el HiperMerca y lo que se vaya pillando de camino, Galaxia a Galaxia. Colabora Petroquímicas Martos, que pone combustible para los tres primeros meses de vuelo interestelar, si no se corre mucho más allá de los novecientos noventa y cinco millones de kilómetros por hora”.
Llego, me apunto, desdoblo mi papelito y salgo comandante. Con dos cojones.
Firmo unos folios y me pruebo distintos modelos de uniforme. Hay que cogerle los bajos a los pantalones, pero me aseguran que para el martes estarán listos.
Tripulación a bordo: Un servidor, Waldo K. Andrade, capitán indiscutible, la pilota de primera clase Josefina Penillas, y el técnico y estorbo don Avelino De Niro con su hermana Jacinta, junto a la perrita Cantautora, que ladra lo que le pongan de Sabina. Nos hemos conocido a bordo.
Sin más, despegamos temprano el uno de noviembre para evitar los atascos y empezamos a buscar otras bolas gordas en el Universo.
Inicio mi diario para la posteridad. Datos personales que iré dejando caer: Soy solterito.
Caso 0: Despeje de la pista, despedida y despegue.
Sencillo en sus dos primeras partes, al haberse dado un error en la comunicación a familiares, que vendrán mañana con sus ramos de flores y –lástima- unos filetes empanados. En cuanto al salir parriba, he anotado cómo alguna prenda interior no muy bien ajustada ha venido a caer en vertical sobre el parqué de la cabina de mandos tras la vertiginosa maniobra de toma de altura. He tratado de meter un par de chistes sobre el asunto: gente que se sale de tanto correr, para qué tantas prisas si no nos podemos bajar en marcha, etc., sin ningún resultado de aumento de popularidad.
Distribuyo con sequedad a cada miembro de la tripulación el manual de instrucciones y normas básicas de convivencia y establezco natillas de postre para el primer día.
En cuanto suena la nana del automático de luces, decreto que piloto automático y a dormir. Mañana será nuestro primer gran paso hacia la conquista del Universo. Del resto del Espacio, que se encarguen otros.
Caso 1: Planeta oblongo de nombre Q-Lito. Pronúnciese “Tresmegas”.
Enciendo la Mapantalla y ahí está: Primer objetivo. Preparo banderines y gorras.
Hora de aterrizaje, las doce y media de Móstoles, sede de la base de despegue. Cambiaremos a horario y fecha locales de modo automático en cada escala.
Para esta primera travesía anoto algún que otro acelerón por culpa del embrague, sin consecuencias: Ni una vomitona. Descendemos a la órbita más templada y nos preparamos para lo nuevo, lo desconocido y puede que comida rápida.
Primera toma de contacto con la población (NO hostil a simple vista) del planeta: Un bautizo. Por no hacerles el feo, nos bebemos unas copitas de anís de más y acabamos con cantes de Badajoz, un poquito subidos de tono en la parte esa que dice “Y vaya lo que raja, raja, raja, la tía tan baja… “, momento en que el padrino ha dado la orden de desalojo, llevándonos custodiados a la nave. En un tupperware, nos han puesto cuatro generosos pedazos de la tarta.
Y esto lo hago constar y lo firmo en Tresmegas, a 42 de Bolburo del 22.000, 5 de noviembre nuestro. Nos damos una cabezadita y anoto claramente: Recapacitar.
Partimos después de la siesta con la sensación de haber hecho el ridículo y sin maderas finas, especias ni nuevos modelos de faldas que merezca la pena haber copiado de este mundo recién descubierto. Jacinta, que les ha caído mejor, sube dos panderetas a la nave y seis millones de joslavis, la moneda local, equivalente a dos euros justos.
Día siguiente: Resaca y el tal Avelino siempre por medio, cuando estaba a punto de soltarle unos decires a la pilota que la iba a dejar muerta. Pues nada, a tragarse diálogos simplones sobre tuercas y no sé qué de propulsión subtomáticopercherónica o similar. Se creerá que sabe mucho de aeronaves el cara péndulo éste.
No sé cómo emprenderé la tarea de declararle mis intenciones a la pilota. De momento, me centraré en mi trabajo, ir para arriba y para abajo vestido de uniforme con las manos cruzadas detrás, como debe hacer un comandante en su nave.
Anuncio una cena ligerita y luces apagadas a las 21:00:00 hora de Móstoles. Piloto automático y a dormir.
Caso 2: Planeta Ñeño. Sin satélites.
Estudiamos el terreno desde lejos con los prismáticos de Jacinta, e identificamos los siguientes países importantes: Bollelia, Gazmoñatown y Extramuros, éste último sede de los últimos mundiales de béisbol (algo distinto al nuestro: pierde el que le da).
La población es bajita tirando a fea, con narices rectas de un solo agujero y una proporción de seis hombres por cada seis mujeres.
No nos rinden la pleitesía esperada, pero lo comprendemos de corazón, sobre todo las mujeres, al intentar conquistarles en plenas rebajas. Dado que andamos fatal de manteles y ropa de cama, nos hacemos con docena y media de bajeras, fundas para almohadas y tres juegos de mesa para doce comensales. Intento pagar con VisEstelar, pero no hay línea. La cajera me mira mal y paro la cola de la caja. Al final, pasamos por atención al cliente, donde explicamos al encargado que venimos de conquista. Nos hace el 10% de más.
Salimos con el certificado de invasión que incluye dos convenios de colaboración agrícola, pero al llegar a la nave y hacer inventario, echo en falta la grapadora.
-Se despreocupe usted, -dice Jacinta- que se ha afanado dos pamelas propiedad de la Vicemperadora, doña Andrea de Miguel, valoradas en seiscientos mil dólares el par por la propia doña Andrea.
Por la tarde, ordeno descanso y lectura comprensiva.
Pongo el piloto automático y aunque rasca entra la primera y seguimos adelante.
Caso 3: Planeta Vicever.
Caemos con la sensación de ganar altura y chocar con el techo de una nave industrial al aterrizar. La población, una vez observada, vive en enormes y cómodos charcos de los que salen para pilotar con singular maestría sobre motos de arena, en cuyo centro se detienen, se quitan el albornoz, y se zambullen. Algunos prefieren nadar en grava.
Nos desplazamos sobre la cabeza y asistimos al primer tiempo de un partido de su apasionante deporte nacional, el sinet, donde dos tipos, de espaldas, lanzan raquetas al campo “del otro” mientras aprietan bolas con las manos.
Marco con una X la casilla “No conquistado de momento” y, salvo dos fuentes de ensaladilla a base de mayonesa y algo de patata por encima, no sacamos nada en limpio de este mundo, aburridos al no entendernos con los seis millones de dirigentes que gobiernan a catorce súbditos en una democracia parlamentaria.
Al subir a la nave, Avelino intenta entrar antes que yo y le zancadilleo. No creo que, en virtud de mi rango, cuando vuelva en sí, me guarde rencor.
Se nos ha echado la tarde encima en un día sin provecho. Por megafonía, promulgo una circular sobria: Cena de sopa con fideos, queso fresco y luces apagadas a las 22:00:03 horario de Cabo de Gata, al no haber conexión con Móstoles.
Después de dos horas, tengo que tomar la sopa directamente del tazón, porque alguien ha agujereado mi cuchara. Me acuesto y me tapo con la manta hasta la cabeza.
Subrayo este día con boli marrón en mi diario.
Caso 4: Planeta Chachistar.
Nos desviamos de la ruta prevista al oír, desde dos días luz, una música en directo que proviene del estado de Miraeste, orientado según su nombre al Sol Tura, para venir a aterrizar en un ático en pleno centro de su capital, Buchelona.
En un descuido del guardia, una lagarta altísima con dos colas, nos encalomamos en la fiesta y, salvo lo obligatorio de usar cofia, nadie nos pone pegas.
Un rato después les propongo ser conquistados y anexionados al Imperio que estoy montando con unos amiguetes desde hace unos días y me dicen que hable con el de la barra. De allí volvemos a la pista de baile con un vaso de mojito en cada mano, porque ponen una conga irresistible.
No sé cómo hemos llegado a la nave. Me he despertado con una caída de dos mil cacerolas en el cerebro a las que serían las 32:22:47 en Cáceres y a duras penas cumplimento este diario.
Tras conseguir levantarme, he comprobado a tumbos que no faltaba nadie. Más bien al contrario, pues un añadido, un tal Jorge (cara de lechuza, tres piernas) agitaba una coctelera de varias cosas y mucho limón, según me decía sonriente. Le he invitado a sentarse y he accionado el botón que lo mandará, si todo funciona bien, de nuevo a su casa/bar. Encuentro la aspirina que buscaba y me vuelvo a la cama.
En una nota escrita a mano, decreto un día de descanso. Pongo el automático, le conecto el hilo musical y a dormir.
Caso 5: Cometa “Delito”.
Un peño sin aparente interés, pero en el que hemos considerado detenernos para su estudio al chocar con él de mala manera.
Como el del taller tenía para dos días, estudiamos el asteroide con cierto detalle:
Civilización. Tosca y cateta, con tocadiscos de vinilo y bailes regionales verticales.
Lenguaje. Prácticamente cheli de Carabanchel, predominando expresiones del tipo “yo que tú o de ti no me lo pensaba ni esto de nada”, o “¿quién se lo iba a creérselo, fijaté por tanto?”
Vestimenta. Mono azul calcadito de los de la empresa de galletas Crujarina de Ponferrada, pero sin el casco amarillo.
Pasan las horas y extiendo el albarán de conquista, pero me dejan frío porque allí no firma nadie sin leer la letra pequeña.
Me aguanto una bofetada al líder mundial (ya se la soltaré a Avelino por cualquier cosa) y les dejo su copia sin sellar. Ahora bien, por éstas que conquistados se quedan. Vaya si se quedan.
Con la mitad del fuselaje rehecho (porque todo hay que decirlo, tienen buenos mecánicos), salimos al espacio.
Doy la tarde libre y pongo el nivel donde corresponde: La pilota ni se esperaba, al dar al pasillo 22B que lleva recto a su habitación, iba a estar yo con mi batín satinado verde apoyado en el quicio y diciendo “¿Qué?, ¿ein?”, con más de media pierna fuera. Ha respondido “¡Oicchh, qué basshhto!” y, sin más, nos hemos dado las buenas noches.
Caso 6. Reunión en la salita verde.
Según circular interna Hoy-1 del día de hoy, se suspenden los planes de conquista hasta nueva orden. En su lugar, limpieza, baño semanal y revisión de habitaciones. Antes de ello, reúno a la tripulación. Tal vez, después de dos meses terrestres de viaje, debamos conocernos algo mejor. Algo.
Para no contravenir la Ley de Protección de Datos, reparto cuestionarios en blanco con preguntas como: ¿Quién es usted y quién se cree que es? ¿Disfruta del viaje? ¿Considera correcta la línea de autoridad seguida por su líder?
A la salida, me entregan los papeles marcados y, al recoger el de la pilota, bajo la mirada. Ella no.
Una vez en mi despacho, evalúo las respuestas:
1.- Servidor es técnico diplomado en fontanería y cohetes de alto standing.
2.- Yo me creo que mi nombre es del carné. Pero vaya usted a saber, con la que tienen liada ahora con los Nifes…
3.- El jefe no es malo. Ni bueno. Porque no sabe. De momento es tontorrón, sabidillo y con muy malísima uva.
No sigo con el resto de las respuestas. Sé quien ha podido responder así y, para que la ira no me ciegue, decreto cena cero y apagón de luces, junto a piloto automático en “volteretas” y camas sin sábanas. Quizá mañana, con más calma, dicte justicia.
Caso 7. Relanzamiento.
Una vez recuperados la disciplina y el principio de autoridad, confecciono el plan del día: Nos haremos con el Sistema Bisolar Osmosis, compuesto de cinco planetas helados y uno con vida, el Almudio de la Gallarra, con sus dos satélites respectivos, La Pitraco y el Totamari. Tomamos tierra en este último, junto a un balneario.
Nos reciben con banda de música, que deja de sonar en cuanto descubren que no venimos a traerles las revistas de actualidad que esperaban. Como respuesta, Avelino suelta una risita nerviosa, a la que ellos, líderes universales en fabricación de instrumentos musicales, nos tiran dos oboes, un contrabajo y una batería completa con dos juegos de palillos. Antes de cerrar la puerta en nuestra huída, su alcaldesa trinca a Jacinta, por quien acabo teniendo que pagar cerca de mil lentejas limpias de piedrecitas.
Otro mundo sin anexionar. Prefiero achacarlo a la mala suerte y arranco la hoja.
Antes de cenar, afinamos nuestro piano y el bombo de la batería en la sala de ocio. Como tiene que meterse dentro de este último, aprovecho y pateo sin querer los riñones de Avelino, para mí el claro culpable del fracaso de hoy. En general la perrita no se mete en nada, pero esta vez me ha mirado torvamente y me ha despreciado la copita de pacharán que le pongo junto al plato después de comer.
Hago constar que se han sucedido seis jornadas Luminoácidas (dos meses, ocho días y quince segundos terrestres) sin el menor altercado. Incluso en un rato de ensayo general, al emprender la serenata Pastores volved, de Gianni Carlo Poltrona, nos emocionamos en el arrebatto finale ejecutado con maestría por Avelino, momentos en que nuestros rostros delatan que sincronizamos unos cuescos con el bombo.
Seguiré informando más tarde. He decidido no escribir en la libreta mientras termino el tazón de chocolate migado. Odio los tachones.
Salimos de la órbita y seguimos surcando el espacio.
Caso 8. Galaxia Trotona.
En un aterrizaje que le valdrá una medalla de segunda clase forrada de nácar a la pilota, se ha venido a posar la nave en la azotea del centro comercial Komprón, inmenso local que reúne salas de cine junto a pastelerías, fruterías y tres empresas funerarias, lo que nos da la característica fundamental del planeta Kduk2, donde nadie vive más tiempo que el necesario para tener hijos, hipotecarse y dejar el trampazo a los herederos más cercanos.
He intentado que la autoridad, señor Don Iván Cortos, reconozca nuestra conquista, pero se ha quedado tieso al descapsular la pluma antes de firmar. Dado que tendría que esperar elecciones, decido clavar un millar de banderas de Almería en el planeta, pidiendo disculpas a un señor delgado a quien no había visto por ponerle un mástil en la espalda. Nadie vivirá para encabezar una revolución contra nosotros.
-Ahí os quedáis, chavales, -les digo antes de embarcar.
Dado el mínimo esfuerzo empleado en la toma de posesión del planeta anterior, decido por unanimidad lanzarme a la conquista de toda la Galaxia que lo contiene, llamada Trotona o Mudona, porque cambia de forma cada dos o tres días. La componen un millar de lunas vacías anexionadas sin resistencia, dos cometas compuestos de goma espuma porosa y un sol menor sostenido por la atracción de dos planetas descomunales, el Garete y el Conchaspina, que tiran cada uno para un lado.
Cuando vuelvo exultante de mi gira conquistadora, no canto la contraseña y entro sin avisar. Al ver a Jacinta, la pilota y Avelino juntos en la bañera, enjabonándose la espalda por turnos, cierro y quiero morirme. Pero decido que, puestos a elegir, la palmen ellos. Finalmente, sólo les cierro el grifo del agua sucia caliente, la que tienen asignada. Por la mirilla de mi puerta, disfruto al verlos pasar tiritando a sus habitaciones.
En conjunto, no ha sido un mal día.
Caso 9. Birlibirloque.
Ha tenido su gracia la conquista de hoy. Debido a la postura y velocidad de la nave, el vertiginoso aterrizaje en el asteroide Birlibirloque ha supuesto que se me fuera la faja hasta las rodillas, mientras la tripulación, que esperaba algo así, permanecía sólidamente agarrada a sus asientos de barbero respectivos.
Después de las negociaciones, hemos disfrutado con la cena servida por el ministro de asuntos solares de este mundo, comandante en jefe Pajares Olmedo, donde me he encargado de que la sopa de fideos les sea servida a mis compañeros de viaje con palillos japoneses.
En los brindis, he estado a punto de picar y firmar como si la Tierra se quedara como provincia externa de este planetilla, pero al echarle algo de sorbete de limón por la espalda, se ha girado lo justo para firmar él los impresos que hacen de su población súbditos del sur de Murcia, donde la mano de obra falta como el agua.
Nos despedimos con un abrazo y varios obsequios: Me llevo un destornillador, un mantón de Manila bordado a mano y media vajilla. A cambio, le entrego las botas reglamentarias de Avelino, la pilota y Jacinta, cuya relación de hermana del mecánico veo cada vez más difusa.
En la nave, archivo y sello los documentos y cierro la puerta de mi habitación justo a tiempo: Un pequeño motín con perra incluida me hace dar por megafonía las instrucciones del resto de la jornada. Arroz blanco con arroz negro para cenar y luces apagadas a las 22:23:24 hora de Santander capital. De Móstoles, ni tantito. Llamo y no lo cogen. Como si no hubiera nadie.
A punto de dormirme, una patada en mi puerta hace que me desvele. Han conseguido abrir el armario de la ropa y el calzado, donde guardo las revistas verdes.
Caso 10. Primeras y graves incidencias.
Es mi deber anotar el ambiente que se respira a bordo. Siento dos ansiedades diferentes y añugos en la garganta que no se quitan ni con miga de pan. Prefiero escribir con rigor lo que se vive en nuestra pequeña comunidad.
Avelino no tiene el don de la oportunidad. Él coge su caja de herramientas y ya es feliz, como si la vida se redujera a poner tornillos y darles vueltas y vueltas. Hoy ha faltado al protocolo interno en dos ocasiones, haciendo que me levante en medio del segundo plato y antes del café. No le pongo un parte de milagro, porque bien es verdad que si no aprieta las patas de mi silla me doy una ostia que me escarcho. De todos modos, le digo a la cara que lo primero es la autoridad.
De la perrita no tengo quejas concretas, pero me consta que ha aprendido a escupir por el colmillo y que alguien, ya veré quién, le está poniendo algo más fuerte que el pacharán en el plato.
Jacinta es rara, sin más. Lo mismo, como antesdeayer, me baila un tango frenético en calcetines que no me habla en tres días. Ciclotimia, creo que se llama lo suyo.
Y de la pilota, prefiero hablar lo justo. Tiene la idea de la línea recta para llegar antes, pero la hace movida si la pinta a mano en la Mapantalla del piloto automático y nos hemos dado dos rozones con cometas perdidos. De consecuencia, el retrovisor derecho se fue pegado a una estrella fugaz que llegará a la Tierra dentro de mil doscientos años. A ver qué dicen los del seguro.
Yo, como responsable de la misión, tengo que elevar la moral del grupo.
Para mañana, tengo preparado un recital de arias cantábricas y unos fandangos. Habrá entremeses y refresco de limón. Con todo ello, seguro que la convivencia mejora.
Caso 11. Reacciones. Distancias. La vida sigue.
De desagradecidos está el mundo lleno. He recogido y borrado tres veces la acogida que tuvo mi propuesta de hermanamiento y he decidido que, si estamos para conquistar, a conquistar se ha dicho. Somos, como mucho, compañeros de viaje. De amigos, ni pizca. Ni la perra.
Recobrado mi espíritu profesional, le tenía yo echado un ojito a una estrella a punto de apagarse, la Brasera, y nos hemos dirigido a ella temprano, antes de que la tripulación pudiera organizar un motín en el que yo pudiera salir escaldado.
En un terreno suave y recién planchado, nuestra nave se ha posado en silencio. Apenas sin tiempo, los dirigentes nos han recibido en pijama y camisones transparentes, lo que ha hecho muy fácil la confraternización con mi tropa, que, en el caso del mecánico, apenas tenía puesto una negligé vaporosa por encima.
Cuando han vuelto, muy sonrientes, yo ya les tenía comprado unas rebanadas de pan frito con aceite y azúcar que se han tomado con sonrisa de bobos.
En mi sitio, como siempre, he extendido la documentación de conquista que el emperador, don Manolo Manuel, ha firmado sin rechistar. Estaban locos por pertenecer a alguien, me dijeron, hartos de una independencia que sólo les ha traído quebraderos de cabeza y baches en las carreteras.
Al arrancar, se me queda el faldón del frac entre dos bisagras y recorro el pasillo central hasta la cabina mostrando al viento mi tanga amarillo. No tengo por qué dar explicaciones cuando la verdad es que puse la lavadora de ropa blanca antes de acostarme.
Digo que “pelillos a la mar” y doy la orden de partir.
Por la noche terrestre, música de zarzuela, cena de fruta escarchada y a dormir.
Caso 12. Rebelión descarada.
Y todo por unos míseros millones de dólares. Detallo algo más la historia. Hemos estado toda la mañana conquistando la Luna principal del sistema Poncho, llamada Maleni. Los dirigentes, unos apostadores natos, se han jugado doce a uno a que éramos dos matrimonios y han perdido todos sus depósitos de oro y divisas. Entre que no veo bien sin las del cerca y que me gusta el efectivo, he terminado cogiendo cuatro sacos de dormir y, llenos de billetes hasta arriba, los he puesto debajo de mi cama.
Mientras rellenaba los datos de la invasión para grabarlos en el ordenador central, sito en plaza de Soria num. 6 duplicado, 28932 Móstoles, he dado dos horas libres a la tripulación por si querían jugarse unas monedas en las ruletas o el bacarrá. Los muy botarates han vuelto envueltos en barriles que tendrán que devolver justo antes de entrar en la nave.
Al enterarse del pelotazo que he dado, porque en mis borracheras me pongo a hablar lo que no debo, la turba ha saltado al grito simple de “¡a por el cagarrutas!” Armados de porras y cadenas (no estaban en el inventario inicial) han ido a por mí. Sólo mi instinto natural de conservación me ha salvado: Cada mañana unto de tocino fresco un semicírculo de dos metros alrededor de mi puerta y así han resbalado hasta parar en la pared del fondo del pasillo 114a, el que acaba en la lavandería, donde los he podido encerrar hasta que cuente el dinero y haga fajitos de cien billetes con gomillas.
A pesar de los gritos, se oyen mis instrucciones: Cena de peras en almíbar, dos por cabeza, música de fandango vasco y apaganza de luces a las 22:00:00. Mañana será otro día.
Parada en la Galaxia Clarisas.
Viendo que no mejora ni tantito la relación hiperjefe-empleaduchos de mierda, decido que nos detengamos en la sala de fiesta itinerante Percha´Space para darnos unas alegrías, ingerir unos vidrios, menear el sistema huesudo y, qué demonios, entregarnos frenéticos a un karaoke.
Aterrizamos y bajo yo solo. Desde lejos, por lenguaje de signos, me dicen que ya me recogerán. Si serán carajotes, que los veo durante un minuto saltando a través de los cristales de la puerta, con cortes de manga y matasuegras para treinta segundos después venir a poner cara de ajo pochado tras comprobar que tengo colgadas del cuello las llaves de arrancar el motor y abrir los grifos.
Los dejo un ratito encerrados y me largo a dar unos bailongos.
Veinte minutos después, con el desahogo que da una juerga bien llevada, regreso a la nave y me los encuentro arrebujados en un rincón, junto al armario de las escobas, hasta arriba de aspirinas y batido de chocolate. Verdaderas piltrafas humanas.
-Os daba así… -les digo mientras indico con la mano libre de botellas cómo se ejecutaría un revés de tenis.
La tarde la planifico para limpieza general de pasillos y despensa de la cocina, con fregado completo de sartenes y ollas hasta que salga lo requemado. Superviso la tarea y no tengo el menor reparo en sacar la basura para dar ejemplo. Abro la escotilla doce, la de soltar las mierdas, y por culpa de un viento solar en contra me quedo con una cáscara de plátano en las gafas.
Por la noche, música de jazz repetitiva, yogur natural y apagación de luces a las 23:00:00 de Móstoles, que ya recibe nuestras ondas y emite el parte, música y noticias sobre el ayuntamiento.
No sé cómo voy a enderezar el ambiente de la expedición. Antes de dormir, atranco la puerta con dos barras de acero que he cogido de la barrera antimeteoritos de la parte delantera de la nave.
Decreto num. 1, ó primero: Esto se ha terminado.
Crónica de, por mi madre que sí, la última jornada de vuelo en este proyecto.
En la pizarra de tiza, con subrayados en rojo y azul, dicto las siguientes instrucciones: Todo el mundo para casa. Cada uno recibirá en su habitación, por duplicado, el pliego de cargos que les imputo yo como tribunal, juez, jurado y lo que haga falta para dictar justicia y responder de su asquerosa actitud para con su superior, el hombre que les ha sacado de unos puestos infames de trabajo administrativo para llevarles a la gloria.
Lo dicho: Para casa.
Empiezo a hacer el equipaje.
No encuentro las carpetas de conquista, ni siquiera la relación a lápiz de los mundos anexionados en nuestra gira y un sospechoso olor a billete de cien quemado me llena de ansiedad.
No es para menos: Ahí están los tres, armados de lo que han podido encontrar, es decir, cucharas grandes de palo y servilletas tiesas que pican si te dan en los brazos.
No me queda tocino ni otra arma disuasoria, pero es igual. No podría enfrentarme a quienes sonríen viendo volar a velocidad de la luz miles y miles de billetes que salen por la escotilla de las balas.
Los billetes son falsos, pero alguno habría colado. Lo que de verdad me duele es la ingratitud.
Conecto el automático y me largo a mi habitación, donde esta vez no obtengo el refugio esperado: han desmontado la puerta.
Cuando trato de escapar de la turba, la perra ladra como si la hubiera pisado en el rabo, cosa que he hecho sin querer. Alcanzo el lavabo de las visitas y allí me hago fuerte hasta que aterricemos.
Termino estas notas espaciales en la más ardiente oscuridad. Aquí se está torrando hasta el piano. Me da que queda lo justo de cohete para posarnos con dignidad y de una pieza en la cancha de baloncesto del instituto Lorente del centro de Móstoles.
Regreso a la Tierra, madre.
Un aterrizaje sencillito, aunque el cuello de Avelino, al agarrarnos en la bajada, tardará en soldar. El orden de salida de la nave, en contra de mi criterio, ha sido el analfabético y he salido el último, lo que ha hecho que no queden para mí ramos de flores ni pantalones limpios. Todas las fotos me las han hecho con las bermudas de flores que pude encontrar en el planeta Calimocho, todo playa y chiringuitos, que dejé sin conquistar por falta de crema bronceadora.
La carpeta de mundos conquistados, la verde, me la han pedido nada más llegar. No sabía qué cara poner, aunque seguro que tiraba a magenta oscuro y más al ver cómo agasajaban al resto de la tripulación con una copa de vino español y acosándolos a preguntas fáciles de responder, mientras yo me enfrentaba al bisnieto de Frankenstein con cargo de director general de invasiones.
Antes del reconocimiento médico, yo ya estaba en la línea 42 del autobús camino a casa, donde pensaré qué cuentas doy del proyecto.
Mientras, llamo desde el teléfono del vecino (tengo su llave, está de vacaciones, dice en una nota) a la pilota para darle algunas explicaciones sobre mi conducta y pedirle que se venga a vivir conmigo, que esto está hecho una pocilga. No lo coge.
Un par de boniatos en lata con azúcar glasé sobrantes de la nave y a dormir.
Sólo conservo el diario y porque lo guardé por entre medio de la manta de la perra.
Hago otro intento de llamada a la pilota y esta vez el contestador es claro: “Cualquiera que oiga esto, que sepa que no estoy. En caso de ser Waldo K. Andrade, que sepas que no voy a estar. Salvo si eres él, saludos cordiales y deja un mensaje”.
Una semana más tarde, oigo pasos por la escalera. He sido prudente al quedarme en casa del vecino. La sentencia es aparentemente clara: Embargo de mis bienes, incluidas las bermudas. Respirando bajito, los veo perderse en el rellano.
Llevo una rutina sencilla: Comidas y cenas gratis en casa y aperitivo en el bar de Mellito. El frigorífico está bien surtido entre lo que había y las latas que me traje de la nave.
Leo, por fin, un anuncio en el periódico: Se necesita director de plataformas energéticas para planetas conquistados recientemente. Buen sueldo y tripulación con experiencia.
Justo antes de llamar para apuntarme, leo también que se hará un casting previo para el puesto de comandante, “con la idea de que gente como Waldo K. Andrade, dado de baja con todos los deshonores, ni aparezca por aquí”.
Ellos se lo pierden.
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel