Factor. Proporción. Número y Personas.
Tengo guardado para toda la vida un trozo de papel enriquecido por un artículo de uno de los grandes del periodismo. Concluye con un porcentaje, una proporción que relaciona los buenos con los malos. En su generosidad dice que, por lo menos, los primeros ganan por cuatro a uno.
Eso de “por lo menos” me lleva a pensar en un número que no se queda quieto, como los que se mueven con los corredores para pararse con ellos en la meta. Pero sin pararse.
Me fijo en la gente aunque la edad me vaya obligando a mirar cada vez más al suelo. Quizá por no tropezar, no sé si por sentirlo cerca y firme.
El caso es que mido en décimas de segundo las decisiones de tirar al suelo los envases, los papeles y las colillas. Ya vendrá alguien a recogerlos. Y aún menos décimas en ver cómo un conductor obligado a pararse insulta con las palabras más sólidas e hirientes. Y amenaza. Algunos cumplen la amenaza. Se cumple un ritual de compensación, de equilibrio, gracias a la barbarie. Se reordena la proporción entre personas que ayudan y las que destruyen. No me atrevo a decir en qué relación.
¿Hasta qué extremos, si vivimos con apuros, tenemos la autoridad para romper la baraja y procurar que el que tenemos al lado también sienta dolor? ¿Es que ese número bailón incansable no se puede quedar quieto y avisar?
Las caras que observo, de paseo o cuando voy a trabajar no parecen preparadas para sonreír como respuesta inmediata. Me dicen los viajeros que en la India la sonrisa es gratis, sin necesidad de invitación. Allí, muchísimos no tienen nada y temo que el rictus de resignación se les haya congelado. Aquí muchos de los que tenemos algo queremos más, nos seguimos mirando en los más agraciados, los de la televisión y las revistas.
Gracias a tener juguetitos para ostentar, marcas para mostrar y niveles de palco y suites de hotel, nos dejamos clasificar y clasificamos. Y la proporción entre los que ayudan, al menos con lo que les sobra, busca un número que sólo es exacto en un instante, el que define cuándo empezamos a ser buenos. Se obtiene mediante una fórmula de cálculo terrenal manejada desde el Cielo y el Infierno al mismo tiempo.
El número se abre paso como un río de lava entre las rocas más tiernas. Igual quema flores que ilumina su camino. El número se ajusta con sus decimales para dar el balance de las personas, de las almas. Perdón: De las almas de las personas.
Y después se viene a lo concreto.
Y mide el miedo de cada momento.
Y dice: ahí están los sueños ya hechos.
Sin saber en qué cálculos nos perdimos.
Quizá sea bueno pararse para ver cómo, en su infinito baile de dígitos cambiantes en el aire, se escribe sin parar un número del abismo, el que nos separa de ayudar o volver la cara y se acerque o no a esas cifras de las que hablaba el gran maestro.
No me atrevo a decir que cumplo con la proporción del número imposible. Pero ya sé algo: No rectifico el artículo mágico, sino que digo que el número no es único para todos. El número nos marca con nombre propio: Es el número de cada uno. Y necesitamos que informe de una proporción donde el egoísmo, ese numerador que se expande, no crezca y, al dividirlo por la única constante verdadera, la dignidad de los demás, la fracción se haga pequeña, muy pequeña.
Bien podría ser el factor humano el nombre del numerito del que llevo hablando hace unos renglones. Quizá haya mucho más que decir de él. Entre otras cosas, que la hipocresía no nos lo presente con ningún redondeo. Queremos verle todas las cifras.
Tengan todos ustedes muy buenos días.
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel