Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVII).

Qué pena de muerte.

Si algo es noticia/novedad, nos llama a su comentario para que su interés no decaiga pronto, o mejor, para que se exprima el máximo contenido en opiniones y debates. Trae una fecha de caducidad escondida, que se activa con la dejadez, el aburrimiento o, mucho más generalmente, el cansancio que produce hablar de lo mismo.

Menos mal que hay quien tiene paciencia y tenacidad. Gracias a ellos los asuntos que sabemos –todos- que son importantes, no se pierden en discusiones de un día, con acaloramientos que dejan paso a la sección de deportes.

Oigo hablar de la torpeza reciente para aplicar una inyección letal, que deja al descubierto que en cualquier lugar se encuentra el esperpento. Por esa noticia entro a opinar en contra de la pena de muerte porque –insisto tras dejarlo claro en el título- no hay pena mayor para el que la sufre ni para el que la aplica, el mismo ser humano.

Hemos glorificado a demasiada gente después de dejar de vivir. Y, menos mal, magnificado hasta que se tome en serio el hecho de abortar, para que se reconozca que es, ante todo, una tragedia con límite el respeto a la libertad de la mujer, según mi criterio. Pero no hemos valorado todavía lo suficiente quitar una vida con la ley soplando a favor.

Hay ya demasiadas muertes inevitables. Tanto jugar a beber por beber y esnifar por aguantar de pie la bebida, tanto conducir para llegar antes al final de la vida, consiguen una mortandad que, vista desde fuera como especie, nos informa bien del valor real que no le damos a la vida.

Demasiadas como para añadir las que se hacen en países que se llaman democráticos y generadores de estados de derecho.

Argumentos: Uno sólo. Si se mata a un inocente, uno sólo, ya no hay más que hablar. No me sirven de nada exámenes de ADN que se aprueban en septiembre, en lugar de la convocatoria que coincide con una ejecución. Aunque esas notas sean brillantes y digan que no, que el sacrificado no tenía nada que ver con los cabellos, la sangre o la piel de la víctima. Si no se le ha matado, se le puede intentar devolver algo del tiempo que ha vivido recluido. Si se ha hecho, no hay nada que hacer.

No nos queda más que reconocer errores de educación. No hemos sido firmes con generaciones de caprichosos, de vagos y de egoístas que afloran como los vinos, con los años, pero hechos vinagre fuerte.

Está, por supuesto, la reacción en caliente contra el asesino despiadado. Ese que no sabe respetar y nos destroza si nos quita a quien queremos. Pero vivir protegidos por un Estado nos hace ceder en confiar en el sistema judicial y en el ejecutivo. No en el ejecutor.

Es probar que no somos como ellos, quizá, otro argumento. Es, casi seguro que sí, exigir el cumplimiento íntegro de las condenas. Ningún crimen execrable debe salir gratis. Por puro respeto a la víctima y a las personas que le querían. Por puro respeto a la vida, nuestra primera obligación. Incluso la de los criminales.

Aún con lo anterior, por valorar la vida humana sin letra pequeña,

Tengan todos ustedes muy buenos días.

Una respuesta para “Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVII).”

  1. Marta Dice:

    Estoy de acuerdo, Gabriel, con el cumplimiento de las penas íntegras, con un sistema que nos de seguridad al mismo tiempo que consiga que todos lo tomen en serio porque sea justo y no haya agujeros por donde escapen letras pequeñas y grandes culpables.

    La verdad es que me parece increible, al menos a mí que estoy descontextualizada históricamente y no he vivido determinados episodios, que aún se siga castigando con la muerte. ¿Con qué derecho se señala a alguien para que sea el siguiente, quién tiene esa potestad?

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