Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVIII).

Y VUELTA A EMPEZAR.

Amstrong Blade, tras superar de nuevo la barrera del tiempo, cada vez más espesa y reacia a permitirle viajar entre universos paralelos, aterrizó de nuevo en su cama, junto a su mujer, Amaranta, que mantenía los veintinueve años recién cumplidos, la edad en la que Amstrong había decidido mantener su relación de pareja con ella.

De nuevo la acarició y de nuevo sonrió al oír de sus labios que “le parecía haber hecho el amor una sola vez en la vida”.

Antes de salir para la oficina, dejó programada la máquina. Decía a su mujer que su necesidad de diálisis obligaba a que nadie tocara los mandos y, cuando ella se quedaba de nuevo dormida, Amstrong se ajustaba al viaje que le haría comenzar de nuevo el mismo día, una y otra vez.

No pensó jamás que en el infinito del espacio se cruzaran infinitas mujeres iguales a Amaranta para detener el tiempo de una maldita vez y hacerle parar. Rodeado de ellas, en una parada que la máquina no le había obligado a hacer nunca hasta ahora, recibió un número infinito de demandas de divorcio por poligamia.

Firmó los papeles que le presentaron y buscó la garantía de la máquina.

El pequeño cuento anterior me lleva a pensar en ciertos roles preestablecidos: El donjuanismo, certificado en poligamia, dirige una obsesión por la juventud y se apoya en unos medios –técnicos o inmateriales, pero al alcance de unos pocos- para evitar la aceptación de la madurez.

Tener en el alma la experiencia de mucha vida y poderla saborear con un cuerpo que no envejece está realmente bien como idea. Pero, sin más, afirmo que es inviable. Y los cosméticos garantizan que el/la del espejo nos sonríen durante un breve tiempo cada día, pero no pueden hacer más.

El hecho nos lleva a intentar –lo he planteado más de una vez y me quedan muchas- reflejarnos en la mirada de quien comparte con nosotros muchos días llenos de cosas mejores que otras.

Hay mujeres sabias que me dicen que aprenda a valorar los años que mi pelo ha aguantado sobre la cabeza, y que lo agradezca. Y, si puede ser, que pierda el menor tiempo posible en echarlo de menos.

También hay algún amigote que se para a recordar y a agradecer los buenos tiempos. Sólo les suelo hacer caso si, al contarme sus batallitas, tiene un gesto, entre consciente e inconsciente, de complicidad con su pareja. Ahí le suelo dar el mínimo crédito que merece su reflexión.

Achaques, pérdida de frescura: Desgaste. Pues sí, pero en comparación con cualquier máquina que se haya inventado salimos mucho más rentables y nos alimentamos de sabiduría si no nos da por ponernos tristones a base de remiendos y alegrosucciones.

Demasiado nos cuidan en comparación de sólo unos años atrás. Estamos más protegidos, aunque siempre pongamos una cruz en “eterna juventud” al pedir servicios sanitarios públicos.

Esto es lo que hay, sin perjuicio de –lo digo para todos- avisar a los jóvenes de que son unos pobrecitos engañados a quienes el torrente de energía que no manejan ni controlan los puede hacer volar sin repostar. Les aviso para que no griten de dolor ante la primera arruga. Y que la vean junto a quien comparten su vida. Para que les dé la risa y se lancen a la cama juntos. Y dormir después abrazados, que suena cursi, pero es un instante de felicidad que ni el más capullo de los dioses ni el más vaina de los demonios han conseguido deshacer.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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