VUELTAS SOBRE LA EDUCACIÓN.
¿Se educa para convivir por encima de cualquier otra consideración?
¿Merece la pena gente desagradable con los demás en cualquier reacción de cercanía, pero eficiente en su trabajo? ¿Por ejemplo un gran cirujano grosero?
¿Soportamos a quien no cumple con su deber pero se levanta a ceder un asiento a la primera anciana que se le echa encima en un autobús?
Parece que nos hemos metido en un período de demasiadas preguntas, porque no hace mucho tiempo aceptábamos que “había” que educarse. Y, por supuesto, había que formarse.
¿Toda nuestra bendición a los estudios y aprendizajes era “porque sí”?
¿Pensamos ahora que había demasiados “porque sí” para nuestras preguntas?
Generaciones que se enfrentan antes que confrontar sus formas de ver la vida. Porque tal vez se trate de eso: Gente que ha luchado y ha cumplido un ciclo: Devolver a la Naturaleza el favor de haber nacido y luchar por ver a sus hijos encarrilados y capaces de repetir, a su modo, lo de aportar trabajo y mantenimiento de las cosas de todos, es decir la tribu es decir la ciudad es decir un país…
A una edad –me repito mucho por haber llegado a una edad- uno se piensa que conoce la lógica del mecanismo social. Los niveles de niños sin caprichos, jóvenes con capacidad de esfuerzo, maduros en plenitud desarrollando labores y viejos respetados y cuidados, constituían una estratificación aceptable por lo aceptada a lo largo de mucho tiempo.
Pero…
Al niño lo peinan como un predelincuente, por las fotos. Y le dejan un ordenador para que no dé mucha jarana. Si dice tacos, hay que ver lo gracioso que resulta.
Al joven se le ponen vehículos de potencia imprudente en las manos y bebidas muy subidas de decibelios que, junto a los grados de la música que le anima, confunde el madurar con satisfacer caprichitos y la búsqueda de un lugar propio con encontrar a oscuras la habitación en la casa paterna sin despertar a nadie.
El maduro se da por cansado y desprecia la desconexión con los jóvenes, a los que reprocha el egoísmo pero envidia la vidorra que se está pegando, de donde nadie queda para avisar de que Esto hay que mantenerlo entre todos.
Nadie se acuerda de que la educación, constante, diaria, de conocimientos y actitudes, es lo único que hace de pegamento. Elimina reacciones violentas y venenosas, porque, al conocer las normas sin hablar tanto de ellas, se emplean como el aire al respirar y nadie tiene que recordárnoslas.
Saber cosas y saber usarlas. Formarnos para relacionarnos.
Para mí, una mezcla de las dos.
Fuera el relativismo: El fracaso escolar es una tragedia que se ha quedado en sainete –ni siquiera en drama- y quien se tiene que formar no le concede el mínimo carácter sagrado que ha tenido durante miles de años.
Transmitir conocimientos es dar el relevo de lo que se ha aprendido y la forma de conservarlo. Dentro de saber dónde está un país está incluido las personas que lo levantaron y quienes ahora lo sostienen. Esa cuestión hay que reivindicarla miles de veces al día para que se nos meta en la mollera que un suspenso al que no se le hace caso es un desprecio absoluto a la formación, al formador y a la dignidad humana, el motivo primero por el que cualquier mostrenco, el más cenutrio de los que dejan la escuela, debería pararse antes de tirar una farola. Y un minuto después, buscar a quien le ayude a elegir un buen libro. Hay y debe haber tiempo para todo.
Tengan todos ustedes muy buenos días.