Reflexiones de un sábado por la mañana (XC).

Sobre la corrupción.

Agradeceré a priori cualquier valoración graduada del 1 al 1.000 de la cantidad de demagogia que, a sabiendas o no, suelte hoy por aquí, aunque no debería ocurrir.

El asunto es el dinero público ¿no? El que ponemos entre todos con impuestos más o menos confiscatorios para unos, ejemplo de modelo de vida para otros. Pero el dinero es de todos.

Y resulta que, al que lo trinca sin pudor, resulta que no lo devuelve.

Pero ¿esto qué coño es?

Vamos a ver: Si la forma jurídica de coger en directo dinero que no es de uno se traduce por presunta apropiación indebida de fondos, malversación de caudales en lugar de pagar las obras y servicios públicos y falsificación de documentos en lugar de trampa tras trampa, me parece bien. Yo me adapto a cualquier nomenclatura políticamente imbécil. Pero, insisto, ¿por qué no devuelven la yesca? ¿Cómo es que el mayor crimen tras el ataque a las personas, el defraudar la confianza colectiva, no desemboca al menos en la devolución de lo trincado?

Estoy harto de ver que la realidad pura, dura y caradura, directa y abyecta, del representante público que se queda con dinero ídem resulta que cumple unas penas de cárcel mínimas, por debajo de las solicitadas y encima no repone hasta el último céntimo de lo que ha desviado a su bolsillo.

No puedo concebirlo.

Cualquier dinero recaudado tiene el carácter sagrado de la puesta en común del esfuerzo individual y la infinita carga de confianza. No olvidemos los tiempos en que un general que fracasaba en una misión era sacrificado al regresar ante su rey. Aceptaba así haber defraudado una confianza ilimitada en su capacidad, lo que le había llevado a vivir rodeado de privilegios.

No es posible que las noticias se carguen de gilipolleces relativas a corrupción para tenernos entretenidos a base de especulaciones y ninguna, ni una sola, haya girado en torno al balance final de lo rapiñado y lo repuesto. Resulta descacharrante.

Trabajo en una empresa donde cada gestión, por mínima que resulte, está identificada por una persona, su clave y su contraseña. Y me consta que así se funciona en muchas más, algunas de ellas públicas: Con un registro informático de cada decisión con repercusiones patrimoniales. Como conclusión, no me entra en la mollera que no se realice una auditoría por sorpresa, de manera esporádica, para establecer en ese momento el cuidadoso ejercicio de la administración y aplicación de los caudales públicos. Al menos, que fuera verdad el adagio de mi amigo Antonio: “Las cuentas claras aunque el dinero no aparezca”… de momento. Pero que esté en algún sitio diez minutos más tarde.

No es de recibo que en un mundo informatizado para ordeñar vacas no cuadren los números de ningún balance. Los auditores tienen la obligación de preguntar el menor pormenor de una factura y quien la ha pagado debe sabérsela de memoria. No hay más que hablar.

No olvidemos que miles de proyectos de futuro que saldrían adelante con inversiones públicas dejarán de llevarse a buen término por la intervención de un sinvergüenza que se inventa una empresa fantasma para generar facturas y  hacerse rico. La justicia debería ser inexorable e inmediata. Si hoy pesco a un jeta con los bolsillos sobredimensionados, antes de mañana ese pájaro está firmando una orden de transferencia a favor de la Hacienda Pública cuyo importe contenga el nominal de lo trincado y un buen puñado de plusvalías que no se merece y que suponen la cancelación del progreso de mucha gente y la pérdida de calidad en los servicios públicos. Su cabeza, en términos decapitativos, no me interesa. No vale para nada bueno. Y, por los motivos expuestos de traición a la solidaridad mínima y básica que supone administrar con seriedad los impuestos, no le perdono. Ni lo haré jamás. Al menos que tenga un par de cojones y se lance a robar como se ha hecho siempre y no meta más la mano en el bolso de los pensionistas, los parados y la educación.

Midan ustedes el índice de demagogia. Yo todavía estoy maldiciendo cada céntimo robado por esta pandilla de canallas.

Pero, eso sí, tengan todos ustedes muy buenos días.

2 comentarios para “Reflexiones de un sábado por la mañana (XC).”

  1. Comodoro Dice:

    Estoy de acuerdo: primero las cuentas claras, aunque el dinero no aparezca, luego ajustarle las cuentas, hasta que aparezca, y finalmente, que se haga la cuenta que va pasar mucho tiempo entre rejas.

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