Ricardo Newton Gento, nombrado general grandísimo de la OTAN, salió al escenario del teatro Tallares para explicar su estrategia de defensa conjunta al lado del presidente de la República de Mihitalandia con una sonrisa espeluznante, y tropezó con un pliegue de la alfombra del escenario. Él no era hombre que se definiera completamente de bulerías, pero sus brazos, para evitar rodar los ocho escalones hasta el público, giraron vertiginosamente en el aire y sin la menor duda con ese estilo, por lo él no perdió el equilibrio, si bien su reloj de acero y plata recién recogido como recuerdo de su ascenso salió disparado por los aires.
El reloj fue a caer limpiamente dentro de una taza de váter que por alguna razón estaba situado justo en la parte de detrás del escenario, junto a las cuerdas del telón y con la tapa levantada, en clara alusión a su sino fatal. No sólo no hubo aplausos, sino que, localizado el punto de caída, se produjo un silencio respetuoso en el que se buscaba promover un plan de rescate inmediato para la medida del tiempo.
Para ello se estudió, propuso y votó, con unanimidad absoluta, la reunión en comisión paritaria de los militares asistentes, escogidos de entre los mandos aliados y los anfitriones pertenecientes al ejército autóctono.
A las dos horas y treinta minutos, estaba claro que nadie iba a meter su mano por el hueco curvo y descendente del trono de porcelana para rescatar el cronómetro; hubo alguna idea –y muy atractiva e ingeniosa dado lo macizo de la correa metálica- pero, a pesar de su religión mayoritaria, no había imanes disponibles en el país.
A las tres horas se disolvió la comisión y, sin vislumbrar otra solución, se propuso y aceptó llegarse al quiosco a por dinamita suficiente como para hacer volar Oceanía. Y así se procedió.
Una vez conectados los temporizadores alrededor de la pieza de reluciente cerámica blanca, marca KgaT, el personal al completo fue evacuado sin esfuerzos ni apretones del teatro y provisto de chalecos blindados.
Un minuto antes de la hora prevista para la explosión, doña Agustina Borrallos Callaghan, directora de atrezzo del teatro, subió al escenario a recoger un pedido necesario para la próxima obra a representar en su local: Aire a presión, del dramaturgo genovés Giacomo Mafibra. Firmó un albarán, guardó una copia en un sobre para enviarlo al remitente y levantó con facilidad la pieza de cruel e indudable utilidad. En el suelo, antes de irse a guardar el mueble en el almacén, vio el reloj de pulsera.
Con el tiempo justo, los técnicos acudieron a desactivar la programación de los explosivos destinados a liberar el simbólico reloj, el de su comandante en jefe. Mientras eran retirados los artilugios, doña Agustina vio cómo, tras recogerlo el propio dueño de un suelo sin mancha alguna y ajustarse la correa en la muñeca, comenzaron a saltar en todas direcciones manecillas, tuercas, pequeñas ruedas y tornillos diminutos, que se esparcieron por el suelo.
-Estaba claro su destino, -dijo doña Agustina, mientras se retiraba sin soltar su mueble-. Era un reloj de mierda.
Escrito por Gabriel