Escribir por escribir.
-¡Como si eso fuera poco! –me dijo un buen amigo, gran lector, cuando dije que por encima de todo buscaba entretener. Y se lo agradezco siempre que le veo.
Se mete uno en tantos charcos cuando quiere explicar las cosas que incluso –es muy doloroso- se queda con frases muy difíciles de terminar.
Hay gestos, actitudes, miradas, que serán siempre definitivas. Pero lo curioso es que, si tratamos de disculparnos por ellas, lo hacemos con palabras.
Si dos naciones se meten en follones fronterizos o comerciales, las disculpas se piden y dan por escrito o de palabra. No siempre se detienen de manera inmediata las agresiones o injerencias a pesar de mil peticiones: sólo manda el poder real de quien se sabe más fuerte y las palabras no resuelven gran cosa. Pero se piden explicaciones oficiales y por escrito.
Entre personas hay cartas de reproche que tienen más amor en sus renglones de lo que han sabido pedirse o darse dos amantes desde que se conocieron. Por muchas faltas de ortografía que incluyan, esas cartas están llenas de verdad. Quizá la limpia verdad que no se sostiene cuando, mirándose uno al otro, en directo, no se sostienen las miradas.
-Tenemos que hablar, -dice uno de los dos cuando ha llegado el tiempo en que no volverán a hablar.
-No sé de qué me hablas, -dice quien no se atreve a hablar de recuperar verdades para vivir con ellas y ser más fuerte.
“Lo escrito, escrito queda”, decían antes de que la grabación de las imágenes fuera tan fácil –o más- que la de las palabras. Me da que aún tiene esa fuerza mágica, la del signo implantado sobre un soporte antes vacío, como lo está un papel en blanco. Ahora hay billones de palabras impresas que desbordan. Libros sublimes y artículos plenos de agilidad. Las dos cosas conviven con una zafiedad incontrolable.
Pero, vuelvo al título, se plasma en letrillas escritas mucha más comunicación entre las personas. No tienen por qué sustituir a la voz, pero infinidad de páginas virtuales se dejan talladas con mensajes que no siempre se borran.
Y de tantos mensajes, comerciales, pesados, repetidos… te encuentras alguno que algún amante no fue capaz de pronunciar y, en cambio, sí de escribirlo.
-Teskiero, Vane, ¡kedamo oy?, -se podía leer en una de esas redes sociales.
-Povale, Jonan, -se leía como respuesta.
El resto, llamadas publicitarias incluidas, era escribir por escribir. Pero que no falte.
Tengan todos ustedes muy buenos días.
Escrito por Gabriel