Eso de repartir.
A la hora de recoger un beneficio, tienen que estar fijadas las reglas del reparto. En general parece que es así: un señor feudal daba gachas a sus vasallos y éstos se lo agradecían.
Después se inventó/desenterró el comercio y un sistema de “trabaja o que te den” se dejó caer por el planeta.
Y pareció que el asuntillo de las castas, las clases, los niveles… se venía a poner en un vamos a llevarnos bien. O cada día un poco mejor.
Pero ahí estaban los que veían que lo suyo era suyo aunque no se lo hubieran ganado. Y que si tenían ventaja no tenían por qué perderla. Y sus métodos, miedo previo, guerra posterior y colaboración religiosa al nivel fanático, volvía una y otra vez a poner las reglas de cómo se reparte la riqueza, el bienestar y la dignidad que –nos guste o no- trae implícita un nivel de vida donde no falta la buena comida y el gusto por lo exclusivo.
Y es que de lo bueno no hay para todos.
No hay un coche de lujo para cada ciudadano. Ni siquiera uno por cada comunidad de propietarios o urbanización de adosados.
Tampoco están las grandes marcas de ropa con capacidad para vestir a seis mil millones de personas al año. Todo lo más a unas mil quinientas.
Repartir pérdidas, en cambio, incluye la solidaridad. Hace que nos mentalicemos en acudir al necesitado, ese pobre –aunque más descarriado que malo- especulador que acuciado por su sangre caliente de reventador de sistemas monetarios juega desde su ordenador personal a ver si los dígitos le son propicios.
Nadie ha parado al caprichoso –más engañado que malo- del desequilibrio entre el capital y su finalidad original. Nadie, ni siquiera un gobierno, se ha parado a decirle –no hay por qué gritarle, es más juguetón que malo- que esas cosas no se hacen, porque después tenemos que arreglarlo entre todos.
Aunque ya se ha hecho. Bailan miles de millones de euros, dólares y demás diciendo que rescatan a los grandes bancos. Y ahora otro pelotazo más. Más juguetes para que los chiquillos se entretengan.
¿Cómo es posible?
En realidad nadie lo sabe.
Quizá el agujero sea tan grande que –una vez más- se parta de cero. La mentira financiera nos hará tocar fondo y tendremos que empezar de nuevo. Sería curioso.
Sería volver a repartir las cartas.
Tengan todos ustedes muy buenos días.