Vuelta a empezar.
Como si el latido primero de cada año nuevo fuera mágico. No más que el anterior, el último del año viejo.
Sin embargo, la duodécima uva, el primer beso, un sorbo de cava fresco y un griterío en directo a través del televisor le dan la ilusión que necesitamos. Estrenar ganas, buena cosa.
-Llevo todo el año sin fumar,
-Pues yo no he hecho el amor desde el año pasado,
Etc.
Son graciosas verdades, irrefutables si aún no hemos desenvuelto el papel de regalo del nuevo año.
Estrenamos también hora, minuto y segundo. Día y mes. Pero eso es frenético de celebrar y gritar. Lo dejamos para el año, solemne colección de momentos nuevos donde cabrán cosas que hacer.
Ideas nuevas.
Propósitos de ser mejor.
Etc.
La función debe continuar. Tenemos que seguir jugando nuestro papel: procuremos elegirlo.
Se trata de administrar nuestra libertad, fíjense ustedes qué salto de lo descriptivo y trivial a lo rotundo y trascendente.
Pero es verdad.
Eso sí, suponiendo que sabemos luchar por ella y conservarla, claro está.
Nos organizan la vida. Los horarios, las obligaciones y el propio cansancio, que normalmente nos rinde cuando mejor nos lo estamos pasando.
Entonces, ¿hasta dónde valen nuestras decisiones personales?
El ritmo diario, la cantidad de cosas que tenemos que hacer. Los compromisos.
No parece muy distinto este año del otro.
Las caras vienen a ser las mismas. Las prisas parece que también.
¿Entonces?
Entonces, aclaremos esto de una vez: Valoremos cada día como nuevo y –mucho más-, como único. E intentemos un relleno de verdad y no hagamos la puñeta. Sin más.
Rescato al día como unidad real de vida. Viva el día. Despidamos cada uno como un regalo y aceptemos de buenas el siguiente como otro lujo.
Lo de las uvas cada noche puede atragantarse. Un beso, en cambio, seguro que no. No esperemos un año para darlo.
Feliz año.
Tengan todos ustedes muy buenos días.