-Buenas. Soy el anestesista.
Doña Petra, que estaba boca arriba, patas arriba y hablando con su vecina Paqui Isidora, la Paquisi, no le hace el menor caso. La moda otoño invierno tiene prioridad.
-Estooo, por favor, oiga, que si se levanta usted de la camilla… y desenchúfese del oxígeno, que es para la enferma, -propone el especialista en dejar callados un ratito a los enfermos.
-Paquisi, que vive en el ático -responde fríamente doña Petra-, se traga todas las humaredas de fritanga del vecindario y agradece una poquita de aire de primera categoría, no respirado a priori, señorito de usted.
La rechifla es generalizada, pero cada uno se va a su puesto: Doña Petra se acomoda para ser más o menos diseccionada y Paquisi, después de abrazar a todo el personal del quirófano, que se tiene que esterilizar otra vez, se va de espectadora a la grada, desde donde observar con detalle e intervenir si fuera menester, para ayudar a su vecina favorita.
Al momento, Petra se adormila con una copla en los labios que dice algo parecido a si le interesa la frivolidad a alguien, es que ha besado por casualidad a una española y cae como desmayada. Paquisi también se desmaya, ante el drama de ver a su amiga indefensa, en medio de tanta gente con armas blancas en las manos.
Comienza la intervención con un corte limpio a la altura del riñón derecho de doña Petra, que despierta lo justo para llamar la atención al cirujano jefe, don Emiliano Dino:
-No coja usted más que lo necesario, que cuando llegue a casa hago inventario y a ver quién responde si falta algo, -amenaza la resucitada, sorprendiendo al equipo quirúrgico.
El anestesista intenta sin éxito dormir del todo a la paciente, pues un dedo en el ojo pica y escuece. Sigue la intervención. El cirujano segundo protesta por lo excesivo de la capa de grasa que impide llegar a algún órgano. “O, por lo menos, carne”, -suspira.
Hay una enfermera de muy buen ver, Mabelita, que deja abierta una revista y muestra las páginas centrales a la pacienta, con quien ha cogido mucha confianza desde que quedó ingresada en la clínica:
-¿Pues no se ha divorciado Pochota Marinagoitia del que fue segundo marido de la modelito esa, la que anuncia los yogures para la tercera edad? ¡Menuda pelinis!
-A esa la ponía yo a trabajar de verdad, fregando, barriendo, cocinando, planchando y cotilleando a la vez. A ver si entonces mantenía ese tipito, -comenta doña Petra.
-Amosanda, como si yo, -dice la enfermera- mantuviera estas curvas sin dejarme la paga en masajes, cremas y algún que otro retoque en esta clínica.
-Pues yo te digo mi verdad: si me dejan el cuerpo como a ti, pienso pagar la factura –jura doña Petra por sus muertos, juntando pulgar e índice de la mano derecha y besándolos con fruición.
El anestesista, después de gastar un bote de colirio, sorprende por detrás a doña Petra y la adormila con una dosis para elefantes de Dormideltod, y la paciente, al estilo de la Dama de las Camelias, se deja caer sobre la almohada y suelta la revista que, planeando con suave cadencia, cae al suelo abierta en una página que ofrecía los servicios de una agencia de sementales canadienses con total discreción.
Terminan, tiran lo que sobra y cosen.
A las seis horas, doña Petra despierta en su habitación, rodeada de los familiares que visitan a la paciente de la cama de al lado, una centenaria que no termina de firmar el testamento, ahora que está al gusto de sus herederos.
Doña Petra se siente algo mareada y toma prestados dos bocadillos de la bandeja de la vieja, aprovechando la distracción de los visitantes, la mayoría provistos de bolígrafos de tinta líquida.
Al pasar del baño a su cama, no se cree la imagen que refleja en el espejo. Si bien el color del camisón de la clínica es de un estilo remordimiento/angustia, el tipo que le han dejado le permitirá sentarse de nuevo en los teatros sin clavar sus dos codos a los espectadores pegados a ella.
Mientras la nube de herederos cierra el cerco sobre la vieja semi momia, doña Petra arrampa con un tercer bocadillo sin vigilancia y se lanza al pasillo de la planta: En una fugaz maniobra de emboscada, consigue dos platos de sopa de fideos, una tortilla, una ración de boquerones y tres flanes, acompañados de bollitos de pan; eso sí: integral.
A las diez, le traen la cena: Coliflor hervida y media manzana.
-Así, así es como va usted a mantener su nueva figura, querida, -celebra el médico de guardia al verla dejar a un lado la piel de la fruta.
Doña Petra sonríe plácidamente. La vieja de al lado, que conoce la verdad, intenta denunciarla, pero se coloca la dentadura al revés y el resultado al hablar se asemeja al grito de una pescada dos días después de ser ídem.
Al día siguiente le dan el alta, recoge sus pertenencias y, a pesar de la mirada asesina de la vieja pelleja resistente, se incauta de dos bocadillos a la vista y los mete en el bolso; uno es de lomo y el otro de queso curado, como procede en una clínica.
Dos semanas después, en una reunión de comunidad:
-Pues yo te juro que Petra se ha sometido a una operación para perder peso, porque yo la vi allí, con la barriga al aire, dispuesta a todo. Recuerdo lo que tardó en dormirse, mucho más que yo -jura Paquisi besando una medalla de San Cristóbal Lotero.
-Pues será verdad que fue, -responde Hortensi Perales- pero esta mañana la he visto en la mercería de Lali, mi cuñada, y ha comprado la ropa interior del mismo color verde persiana de siempre, pero con una talla más. Y eso no se lo pone nadie más que ella.
En ese momento, aparece doña Petra en la reunión, pues se discute poner, o no, la antena parabólica. Se queda un ratito, vota, se levanta y se va sin parar de sonreír un momento.
Lleva bajo el brazo la publicidad de un herbolario.
La faja la está matando.
Este relato deja algunos interrogantes trascendentales:
¿Firmó el testamento la vieja?
¿La palmó?
¿Se aprobó colocar la antena parabólica?
¿La faja era de color verde persiana?
¿La compró en la mercería de Lali?
Estos interrogantes me quitan el sueño. Tendré que tomar una dosis de Dormideltod para poder dormir.