Carnavales.
Dícese de los avales que se obtienen para hacer con las carnes lo que se quiera.
Dícese del espíritu burlón, sin miedo ni cortapisas, ni petición de permiso para buscar unos ojos sin mostrar más que los propios, pero no por ello la propia mirada.
También se oye que es el tiempo de abrir las puertas del Cielo para que, por fin, se pueda pasear libremente por el Infierno, cogidos de la mano del diablo.
No hay duda de que se ríe el alma, por fin.
Se hacen infinitas las noches y los días, caballerosos, se apartan por los rincones y se ofrecen para dormir los derroches.
Se hallan besos no buscados, dicen, llenos del aroma del misterio, de la boca que sin saberlo nos buscaba. Besos que sólo el azar permitirá devolver, gracias a la turbamulta de los disfraces, de la oscuridad del ruido, de la luz de los gritos.
Carnaval para pescar pecados. Dentro del inmenso mar negro de los bailes callejeros, guiados por reflejos de antifaces, en busca del plateado que la Luna manda a rayos discontinuos, intermitentes, para que el ansia de un talle nos vuelva locos hasta creernos, pobres ilusos, volver a verlo en un callejón. Ese callejón que vive sin nombre cobijando a los amantes frenéticos con sus portales y su silencio imposible, impenetrable.
Carnaval para no pensar. Él mismo se encarga de recordarnos el tiempo del vértigo. Dicen que vendrá después el tiempo de arrepentirse. Rompamos entonces el Universo en millones de pedazos que, cuando llegue ese tiempo, alguno quedará para reconstruirlo. Ahora, en Carnaval, déjame acercarme a unas carnes tibias, una mirada de asombro que sabe cómo engatusarme. A unos labios que no están, en Carnaval, para rezar nada.
Es tiempo de brillo, aires de remolinos, de papelillos. Te hablo siempre de Cádiz, siempre, chiquillo.
Tengan todos ustedes muy buenos días.
Vivan tus talones, qué escrito más precioso de carnaval; creo que a muchas al leerlo se le ha caido el antifaz por no decir otra cosa: sigue escribiendo pedazo de poeta no sé si te llegará esto un besazo.