Cambios estructurales.
Como mucho, me creo un cambio de sitio de las mismas estructuras. Pero no de materiales. Sólo de personas. Pero no de ideas. Quizá de corbatas.
La idea de una tercera gran guerra mundial asusta más que nada si pensamos en edificios rotos, puentes cortados y falta de fluido eléctrico que impida ver la televisión.
En cambio, deshacer un sistema de protección al débil no se cuenta como tal. La falta de dignidad inducida no se contempla. Lo de proteger al desvalido peligra al parecerse con admitir la cobertura del pícaro, del vago, del que se beneficia de la sopa boba.
Nos indignamos del dinero tirado para dar de comer al que no quiere trabajar por un sueldo de miseria. Qué equivocados están, decimos, los demás, esos que no valoran un Estado en su complejidad, sus presupuestos y su organización, que debe, ante todo, proteger la propiedad privada y el libre comercio. Aunque la primera se haya generado de lo que sisamos en los cargos públicos y el segundo no se libre de la trampa y la exención de impuestos.
Pero ahora estamos muchos más en el ajo.
Nos pueden llegar las puñaladas por más sitios.
No quedaba más remedio que hacer una reforma. Allá Lutero, con sus pretensiones: para reforma, la estructural de los mercados de trabajo, donde nadie pueda ser dueño de su destino, gracias a la infinita libertad de despedir a quien nos está desequilibrando –por sí solo- nuestra cuenta de resultados.
Y el Estado, protector, sonríe desde su palco. Le han votado para eso, para que haga lo que ya estaba hilvanado: reventar las leyes reguladoras de la colaboración entre empresa y trabajador. El capital vence una vez más. Se vuelve la burbuja al centro del nivel sin que nadie empuje por el otro lado.
Los sindicatos, demasiado tarde, ven el tiempo perdido. No avisaron ellos, tampoco ellos, de las ínfulas financieras en las que nos metíamos, más oscuras que la boca del lobo y de noche cerrada, sin faros. Sin la menor linterna.
Se han socializado las pérdidas. Por fin. Ya era hora de que volviéramos a perder todos menos unos pocos. Como está mandado.
La estructura del mercado de trabajo. Ja. El valor añadido de la cualificación de las personas, al guano. El prescindir de ellas con más facilidad que hacerlo de las máquinas, concedido y logrado. Ya iba siendo hora.
Los convenios, poquito a poco, que las prisas por rematar no son buenas.
Las huelgas, que las carga el diablo, mejor las pensamos y las dosificamos. Poco más nos queda. Y nada de amagos. Paremos esto del todo. A ver cuántos aguantan en el dique seco. Muchos ya vamos sabiendo vivir de esa manera.
Cambios en la estructura laboral. Anda ya, chaval. Lo de siempre, pero con leyes.
Tengan todos ustedes muy buenos días.
Hola. Magnifico artículo. Deberían leerlo muchos de esos que aún les parece que todo marcha muy bien, porque cobran sueldos de sueños, cómo se arreglarían con pensiones de risas y teniendo que ayudar a sus hijos parados y nietos que no entienden si hay dinero para comprar un capricho. Estamos desalentados, esperemos que alguien tome cartas en el asunto y cambie este modelo de vida para bien de todos.