Aparece el féretro, a hombros de diecisiete vecinos del bloque de la fallecida, doña Eloísa Melania Calatrava, la que vivía en el cuarto izquierda, todo exterior.
Aparecen después los conocidos y allegados. Entre ellos, doña Petra.
-Hola Cosme, qué pena y cuanto lo siento no sabría decírtelo, así que no te lo digo.
-Hola Petra, gracias por venir a molestar, tú tan cumplida como siempre. Y dime, ¿de qué conocías tú a mi tía Eloísa?
-La verdad, de poco tirando a nada, porque la vi una vez en el pueblo, cuando yo era pequeña, al levantarse después de una pedrada que le di en la espalda. Pero en estos casos, todo lo malo se olvida y aquí estoy, presentándole mis respetos a la finada y, de paso, mi nuevo modelo de sombrero.
-No, si te queda como un guante, y, además, consigue taparte la totalidad de la calva.
-Gracias hombre cósmico; a ver si te estrellas.
Sigue el cortejo hasta introducir la caja en el monovolumen que ha preparado al efecto la funeraria “Eterna Horizontal”. Después de una maniobra con frenazo, algunos portadores quedan atrapados dentro del habitáculo, pero son rescatados con rapidez.
Arranca el coche y sólo la experiencia del conductor evita que las acciones de la funeraria suban como la espuma ese mismo día, al esquivar a un pequeño microbús conducido por el tesorero honorario, por doble mérito, de la Asociación de Mancos de Fuente de Cantos.
A doce kilómetros por hora, el reguero de seguidores del coche tiene que gritar que “¡menos prisas, que en el cortejo hay dos con el flato!”. En la esquina de la calle Pandereta, junto al bar de Asun, se detiene la comitiva y se compran veintisiete botellines de agua.
A los pocos minutos, se reanuda la marcha.
A las once y media de la mañana se traspasa el umbral del cementerio, con doña Petra a la cabeza. Cosme, al verla de nuevo, vuelve la cara hacia una papelera, mete la cabeza dentro de ella y comenta a gritos que las desgracias nunca vienen solas, pero podrían hacer una excepción.
-Sigo aquí, como es mi deber, -se adelanta a decir doña Petra, que hace de abanderada de los seguidores de la fiambre.
El calor aumenta con el avance de la mañana y la gente se impacienta. Además, surgen otros cuatro coches con relleno similar custodiados por sus respectivos seguidores. Se concentran todos en un punto de división de calles, donde se tienen que parar.
Doña Petra se pone de pie sobre unos ladrillos y se dispone a regularizar el paso de los diferentes grupos:
-A ver, los que sean de barriadas pobretonas que se echen para atrás, o que se pongan los últimos; pero que no molesten.
Una señora de la Plaza de la Marianilla, a la que acaba de tocarle la Lotería Nacional y se va a mudar al mismito centro, se ajusta la mantilla y avanza hacia doña Petra para empujarla a dos manos y enseñarle lo que es una señora bien vestida y de posición desahogada. La intercepta su hija Remedios, que no quiere disgustos en el óbito de su abuela paterna, doña Fuensanta Galbarino.
Interviene el gerente del camposanto, don Álvaro Pinillas, quien viene acompañado de suficientes sacerdotes para atender las exequias de todo el que lo solicite. Agradece a doña Petra su empeño y distribuye a los diferentes cortejos por las distintas capillas disponibles. No quiere que se repita lo del año 1984, cuando se confundieron los sermones de dos fallecidos distintos, y no se pudo evitar que se dirigieran al difunto don Práxedes Tucumán, director vitalicio de la Biblioteca Municipal, como “Una hembra de armas tomar, buena cantante, actriz de tronío y con unas piernas de vértigo, orgullo de la ciudad”.
Se disuelve el tapón y prosigue su curso la comitiva de doña Eloísa, que tiene su lugar asignado en la última fase, cerca de la autopista.
Con el transcurrir de los acontecimientos, han dado las doce y tres cuartos de la mañana y anda el termómetro cerca de los cuarenta grados. Al mirar hacia atrás, Cosme ve cinco de los veintitantos vecinos iniciales. Uno de ellos, por supuesto, doña Petra, la única que no suda, ni se queja del calor ni carga con la caja.
Llega el momento de poner las flores y el féretro en su nicho, situado en la pared, a dos metros sobre el suelo.
Doña Petra busca soluciones.
-No es que sepa nada de Física, apartado de Dinámica y estudio de las Fuerzas y sus puntos de apoyo, pero me da a mí que sólo un complejo pero ordenado juego de poleas resolverá con garantías el traslado de tu tía a su destino definitivo, Cosme, qué quieres que te diga.
Cosme suda a chorros y busca a un responsable del lugar para que organice aquello y se acabe todo de una vez. Pero no aparece nadie.
Petra no decae ante las dificultades.
-Cabe una alternativa a mi propuesta anterior, que consiste en establecer entre el coche y el nicho un plano inclinado, difícil de usar al principio, pero que gasta menos esfuerzo que llevar el fardo a cuestas, y culmina con mayor facilidad la colocación del mismo en su plaza en propiedad.
Los cuatro vecinos que quedan, junto a Cosme, se rinden a la evidencia: Doña Petra parece tonta, puede que sea imbécil, pero resuelve el problema con teorías irrefutables.
Poco a poco, y con la ayuda de una puerta sin dueño que cubría la entrada al nicho familiar de los Villariños de Povea y Perales, los esforzados vecinos, junto a Cosme, trasladan el féretro desde el coche y, en un último empellón, logran introducirlo limpiamente dentro de su hueco, en el número 234-A.
No es una celebración propiamente dicha, pero la cara de satisfacción de los que intervienen, incluido el conductor de la furgoneta, es de las grandes.
Doña Petra, que ha dirigido las operaciones, mira a Cosme y al resto como lo haría una maestra tras un buen examen.
Suben al coche, todos delante, y salen del lugar, cada uno a su casa.
Celebran el trabajo bien hecho, sin saber que el ataúd de doña Eloísa se ha salido por el agujero del otro lado del muro, fruto quizá del gran impulso final, y, llámese destino, viene al fin a reposar en una zanja de cuatro por cuatro metros y seis de profundo, destinada en principio a guardar los restos/escombros de la antigua necrópolis llamada Candóngalur, que data del siglo XXIII a.C., mucho antes de la invención del bocadillo, dato que corrobora el hecho de que, de las muestras de pan descubiertas, ninguna tiene forma de rebanada.
Escrito por Gabriel