-Buenas noches, soy el príncipe Feluchi, hijo de Tormentoso de Arganatasia y vengo (aún no sé en qué orden) a enamorar, desposar y tralará, tralará a la princesa Muelasblancas, hija del gran Perentorio de Globinchado. Déjame pasar, por favor, -dijo un esbelto remero que se detuvo en el centro del redondo lago del reino de Globinchado frente a un enorme y escamoso dragón, encargado del control de las entradas y salidas al castillo.
-A la niña no me la engolfas tú, bribón, parrandero, crapulón, mujeriego, cierratascas y botellonista, que te crees tú que tu fama no te precede, -soltó sin respirar el dragón, por cuyos comentarios supo al instante el príncipe que se trataba de una dragona. Y suegra.
-Mira tú que hoy vengo en bote, pero mañana me planto aquí con un barco de acero y ladrillonio, metales durísimos, y lleno de misiles antidrago que se te pongo las escamas en una bolsa de basura y me sobra sitio para lo reciclable.
Tras una llamarada fina, estilo soplete de chief para dorar la crema catalana, el príncipe se quedó con los calcetines y el sombrerito puestos. El resto estaba chamuscado, pelos del chindasvinto incluidos.
A partir de ahí, venga a soltarse de todo:
-¡Mojamierdas, calavera!
-¡Dragaminas, lagartija de alcantarilla!
-¡Chuleta de portada del interviú!
Dos minutos más tarde, se empezaron a encender antorchas por las ventanas del castillo, las altas de los sirvientes y las bajas de los señores.
-Pero qué escándalo es éste? –preguntó un somnoliento rey asomándose por un ventanuco.
-Tranquilo y a dormirse, majestatis, que esto lo soluciono yo en menos que canta un corral, -dijo la dragona en un susurro de doce mil decibelios justos.
El rey, recolocándose un graciosísimo gorrito de dormir, se volvió a la cama. Los sirvientes ni se habían levantado.
La reina, entre sueños, le dijo que sssiieraa el niiññaaito ese del ffeluusshi, ouuuaaaaaiii, que se fuera paaal caraho, que no tenía ni er título de la ESSO y que mañiana sin farta llamaba ella a la maree ooouuuuaaaaai, nas noshe cariñio, y añadió “a vé si esta semana meesha un par de porvoh realeh”, mientras el rey se hacía el dormido.
Afuera, mientras tanto, dragona y príncipe no se ponían de acuerdo.
-¿Pero tú te has planteado qué futuro le vas a dar a la niña, niñato?, -preguntó la dragona sentándose en el lago como en una bañera, con las patas delanteras cruzadas.
-Yo vivo la vida loca, o sea ¿no? y me planteo en sí mismo el presente, digo o sea, ¿mentiendes? Yo se me pienso en mi totalidad que hay que no observar un futuro que, o sea, me lastre mi actual posición vitalista o similar. A ver si me explico.
La dragona, sin llegar a dormirse, cogió el móvil.
-Buenas noches, Tormentoso, -dijo cuando descolgaron del otro lado-. ¿Cómo estáis por casa? Por aquí liados, que tengo aquí a tu niño diciendo tonterías, pero con ganas de que le deje pasar y montarse una ensalada con mi niña princesita, que también se las trae con tanto mensajito. Anda, llégate por él que me van a dar las tantas y mañana tengo congreso al que no quiero ir con ojeras.
Al rato, una zodiac real recogió al principito, el piloto lo envolvió en una manta y le fue preparando para la que le iba a caer en cuanto desembarcara. En la oscuridad, la dragona, sin ver que era la princesa Muelasblancas quien conducía la zodiac hacia la puerta opuesta del castillo, se durmió con la conciencia del deber cumplido.
Escrito por Gabriel