ÓRGIAS Y DESÉNFRENOS.

2009/04/04

La famosa Madame Natasha Nosdiokova recibía cada martes, de quince a veinte clientes de quince a veinte. Lo hacía en lo que su familia denominó postura “atragantante”, que consistía en no soltar la nuez al cliente en la misma puerta hasta que el cliente no soltara la mosca por adelantado.

Una vez distribuidos por los salones de su suntuosa mansión, Natasha hacía sonar una campanilla distinta para llamar a cada una de sus pupilas, las niñas de sus ojos, dependiendo de gustos, costumbres o apetencias.

Ya emparejados con sus respectivas en sus respectivas habitaciones, Natasha solía realizar una encuesta a pie de cama para valorar los aspectos más significativos de la atención personalizada que dispensaban sus trabajadoras.

En general, las respuestas venían agitadas, dadas “como si les faltara el aire”, lo que la llevaba a colocar ventiladores en las habitaciones. Por otro lado, al producirse su entrada en los recintos, alguna vez tras echar la puerta abajo, más de un incondicional se quejó de “frío en los riñones, con esa corriente”, lo cual le hacía quitar los ventiladores.

En la traca final de sus servicios, celebrada sin coste adicional para sus clientes más veteranos, Natasha solía intervenir dejando pinceladas de su magisterio. Si veía alguna postura demasiado exigente para hombres de edad provecta, se colocaba ella misma sobre el cliente y daba a sus empleadas pequeñas explicaciones sobre cómo hacer más llevadero el cometido. Si, por el contrario, la poca efectividad de un lance era a su juicio debida a falta de energía por parte de algún caballero abrumado por sus preocupaciones, animaba el ambiente a base de refregones y palabras de aliento junto a algún que otro azotillo en las nalgas de los intervinientes, que agradecían el apoyo con evidentes muestras de entusiasmo, traducidos a gritos en múltiples idiomas.

Al final de la velada, Natasha repartía un nutritivo caldo de verduras y carne que restablecía los cuerpos de sus habituales, los cuales se marchaban a las veinte y diez.

A las veintiuna, todas sus chicas recogían sus uniformes y se dirigían al parque de bomberos número doce de París, donde realizaban el turno de guardia de noche. Por su parte, Natasha tomaba un avión para encender a tiempo el Faro de Saint-Mathieu, en Finisterre, no lejos de Brest, donde pasaba el resto de la semana en su laboratorio de observación astronómica como colaboradora de la Agencia Espacial Europea.


DUELO EN POKOMATOS.

2009/03/31

El sheriff  Andriu Long Trebols de Pokomatos (situado justo en la frontera de México con otro país) entró en el saloón y ofreció a los hermanos Klincher una posibilidad :

-Causad baja voluntaria en el censo municipal u os mato a todos por igual en caso contrario. Tenéis hasta las cuatro pe eme para responder mediante carta por triplicado, a doble espacio, tamaño doce y sin manchas de embutido. Os estaré esperando en mi despacho, en horario ininterrumpido de ocho a dieciséis, también pe eme obviamente, aunque fuere en prolongación de jornada, dado que recupero tres horas esta semana por haber llegado tarde el lunes, fruto de unas horas de intenso y prolongado placer tras yacer con vuestras esposas de modo alterno y sucesivo.

Los hermanos Klincher, cuatro en total contándolos todos, se miraron mientras el sheriff les daba la espalda vacilando tanto o más que Toro Sentado con paraguas plegable.  Mas no fueron capaces de matarle al dorso, como ansiaban todos, sino que dejaron enfriar su sangre para, más tarde, acabar con él previo recital de torturas, tormentos, tortícolis y tortitas de maíz para merendar ellos, los Klinchers, las cuales no compartirían con el sheriff, salvo que lo pidiera como última voluntad.

El mayor de los Klincher, Llou Klincher, se bebió una cerveza de un trago. 

El segundo, Llak Klincher, quiso imitar a su hermano mayor pero se cayó de lado sobre un enorme cubo lleno de esponjas, que evitaron que se rompiera la cabeza.

El tercero, Guorren Klincher, el más rápido pistolero de Pokomatos, liberó adrede un cuesco a modo de aviso de que él estaba allí y nadie le había hecho caso. “¡Menudo Guorren!”, exclamaron varios parroquianos del saloón.

El cuarto, Llensen, quiso poner algo de música en el ambiente y le dijo a Lles Bartólomiu que tocara algo al piano de cola que ellos, los Klinchers, habían traído al pueblo expresamente desde Austria, a porte recibido. Lles optó por un rapsodia de Liszt con leves toques de yas, y colocó la partitura de la pieza en el atril, en el mismo mes.

Pero no pudo ser. ¿Por qué?

Pues porque los cuatro hermanos Klincher se quedaron helados cuando la figura del patriarca de los Klincher, Güiliam Klincher, el más fiero hacendado de la comarca, el tipo más duro desde el Cid Campeador, se paró en medio del saloón y casi sin mover un músculo facial dijo “Me cisco en los productos lácteos básicos que habéis ingerido mediante succión durante vuestra infancia, grandísimos soplabollas del esfínter”[1], en agria aunque consecuente respuesta a la sosa actitud que nada menos que cuatro Klinchers habían mantenido minutos antes con un mierdisheriff del 3 al 4º.

Llou tomó la palabra y dijo:

“Padre Klincher, tes lo juramos a viva voz en grito; que le vamos a dar para el pelo en forma ágil y eficaz al mierdisheriff, devolviéndote el orgullo que nunca has sentido por ninguno de nosotros, tus primogénitos”.

Bebieron los cinco Klinchers hasta que pararon de hacerlo, casi una importante fracción de hora más tarde, a pesar de que los empleados del saloón barrían con fuerza hacia ellos y les mojaban las botas con lejía para provocar, fueran quienes fueran, que se fueran donde fuera, pero fuera del local.

Cuando abandonaron el sitio de los bebedizos, todos los habitantes del pueblo corrieron para todas partes con gran rapidez y mayor desorden, escenificando correctamente la situación donde se huele el peligro y un segundo cuesco Klincher, ahora de emisor desconocido o anónimo. Aires apócrifos corrían, pues, por Pokomatos.

El sheriff salió de su oficina-cubil, mirándoles a todos a la cara, muy deprisa para no menospreciar a ninguno, si bien dedicaba la mirada de mayor atención al padre Klincher, que sólo tenía un ojo y resultaba más fácil.

En medio de la tensión, la ex encantadora ex bailarina Doli Mortenton ex tendió su ropa (dejó de tenderla) y quiso intermediar, por lo que pasó por medio de todos. Pero Doli tenía setenta y dos años y sus nietos llevaban meses pidiéndole que dejara su papel de heroína del pueblo; junto al de hashish y las pastillas que tanto le alteraban. Más no sirvió de nada;  ni un solo Klincher se ablandó: Los cinco siguieron, según lo previsto, desplegándose por la calle central del pueblo de Pokomatos, con la idea de saturar de proyectiles al sheriff, quien no soltaba el ojal de su chaleco de percal, en un claro ejemplo de autosuficiencia y capacidad prevista de reacción, oliéndose el percal: Justo lo que te pasa cuando se te queda el dedo metido en el ojal.

El heredero de la funeraria Horizontal Eterna veía venir descuentos a grupos y se ofreció a contar hasta tres para que todos empezaran a disparar, pero Llou Klincher votó en contra porque muchas veces “se dice una, dos, tres y después ¡ya! y entonces no queda claro”, argumentó.

Se estableció que, cuando el reloj de la torre de la casa de la calle principal del pueblo de Pokomatos diera una campanada, la primera pe eme, todos dispararían y ¡hala! ¡al que le toque haberlo pensado antes!: Todos dieron por buena esa alternativa en votación a mano alzada.

Sin embargo, siendo como eran nada más que las diez menos veinte a eme de la mañana, y dado que todos tenían cosas que hacer, los hermanos Klincher, su padre y el sheriff volvieron a sus ocupaciones y quedaron a eso de las trece menos cuarto, para tener tiempo, que luego todo son prisas y carreras.

Pues a lo que iba: Dar la campanada en el reloj del pueblo y  empezar lo que sería dispararse el clan Klincher contra el sheriff y viceversa, supuso un ejemplo de cumplimiento de horario previsto y mucho e intenso ruido. Más que en una pescadería, cuenta la leyenda.

Fueron pues seis hombres puntuales los que descargaron sus revólveres en su totalidad, con resultado de seis cargadores vacíos.

¿O fueron siete revólveres?

Cuenta la leyenda también que, de todas las balas encontradas en los seis cadáveres, cinco Klinchers y un sheriff, una sola bala por cada uno era de oro y no había más balas. Hay que echar cuentas, pero no es complejo. Y es que los seis murieron sin las gafas puestas. Y más cosas: Yo no sé si es verdad o no, porque no me gusta meterme en líos, pero lo rigurosamente cierto es que, en fin, pasó lo que pasó. Y a partir ese día, el pueblo fronterizo de Pokomatos tuvo en Doli Mortenton a la mejor representante de la Ley y el Orden desde que se fundó el pueblo, allá por dos o tres semanas antes del gran duelo en la cumbre, la matanza de Pokomatos, a la una en punto. Y pe eme, según dice la leyenda.

 

Que sí, demonios, que sííííííííí, que fue Doli Mortenton quien los mató a todos por igual con seis balas de oro, y ellos no acertaron ni un solo tiro. Qué rabia da tener que explicar las cosas…

 


[1] Traducido hoy día como: “Me cago en la leche que mamásteis, tontos del culo”. (Nota del autor)


SIMETRÍA.

2009/03/27

El tipo del espejo me imita lo mejor que puede, y a veces noto que le cansan mi rapidez de movimientos o mis cambios de humor. Y es que los que viven al otro lado juegan con grandes probabilidades de hacer lo mismo que nosotros, en función de una tenaz observación de nuestras costumbres, pero no son tan inmediatos como creemos, no son “nosotros repetidos”. Hasta ayer no me había importado su juego.

Pero, al volver de la fiesta con Silvia, no pude más: Se adelantó en cada uno de mis pasos: Al entrar en el dormitorio, cerró la puerta, abrazó a la mujer que estaba a su lado e hizo que su vestido se deslizara suavemente hasta el suelo. Quedé paralizado con el parecido de la mujer con Silvia, que permanecía junto a mí sin hablar. Y la cosa no  quedó ahí; en un abrir y cerrar de ojos, cogió en brazos a la mujer desnuda y la arrojó a la cama entre risas.

Grité “¡Basta ya!”, atravesé el espejo y solté al tipo un bofetón que heló el ambiente de su lado. Se taparon su desnudez y volví a la habitación con mi mejilla derecha ardiendo.

Con la gente simétrica, insisto, suele funcionar lo de las probabilidades. Y, aunque reconozco que anoche pensaba hacer el amor a Silvia, lo prudente habría sido preguntar si había bebido. Mis amigos saben que no rindo borracho y él, el del espejo, me conoce mejor que nadie. Debió tomar menos iniciativas, sobre todo con Silvia delante, que se quedó muy triste. Pudo esperar a que me encontrara mejor.

De todos modos, mañana, sin falta, le pediré disculpas. 


FÚTBOL EN EL CARRANZA.

2009/03/18

Salen los dos equipos, el arbitral y el visitante. El local ya lleva un rato en el campo, con sus mantas de cuadros, bolsas neveras y tortillas de papas. El capitán ayuda a recoger y manda a los niños a tirar las latas  a la basura. “Resiclando niño, que es lo suyo”. Se despeja el césped.

Comentarios desde la grada.

“¡Ábitro, sácate er  balón de la esparda!”

“Po yo no lo veo tan jorobao, Crishtoba”

“¡Er siete, er siete, er siete!”

“¡Quiyo, ya vale, que lo va a agobiá!”

“Aquístamo con un binguito hasta que empiece er partío. Usté a lo suyo, o compre cartoneh.

 Recomendaciones previas.

“¡Shé, tú, er sentrá, a ve si dejamoh lah revihtitah verdeh pa otro diíta, y calentamo dotramanera, catupadre se lo viadisí!”

Empieza el partido.

¡Hostigassle, hostigassle, que no puedan rehpirá! ¡Una presión mah grande que la asmoférica hay casehle al cuatro de elloh, serebro indudable!

“Deje usté que pite el inisio el de negro y que empiece a moverse er balón y no noh anguhtie, joén” (responde el marcador del equipo local)

 Gol del equipo local.

¡Tomá por el bujerillo negro e insondable en generá! ¡Ahí tenéi, pa que contéi por esoh mundo que vení a jugá a esta tierra y este campo é poco meno que un suisidio colestivo, panda damateures!

 Gol del equipo local.

¡Por si no habéi tenío bahtante, drascuines, que soih unah drascuines! Er golaso que lemoh metío, Lucah, por tor er barisentro de la portería defendida sin fe arguna por el portero delloh.

 Descanso.

Vi a llegarme por servesita. Te traigo papah fritah. ¿No? Po ná, tú te lo pierdeh.

 Segundo tiempo. Se pone el balón en movimiento y gol del equipo visitante.

“¡Eso, como loh día dinvienno, noh lan metío en frío, sin grasia ninguna! ¡Cagon lohmihmoh primoh del nueve de elloh, un tunante, lo malamente que ladao ar balón, que la quitao casi tó er brillo, con lo bonito que era de nuevo!”

Quedan dos minutos. Gol del equipo visitante. De penalti dudoso.

“¡Yo ya tenía preparao lo que desihle a mi Juani cuanti que llegara a mi casa! ¡Niña, te vi a narrá en directo cómo san perforao las metas hoy por la tarde. Y con repetisioneh!” “¡Pero er nueve de elloh mamargao er finá der domingo, quiyo!”

 Tiempo añadido. Tres minutos. Gol del Cádiz.

            “¡Déhame er movi, Lucah!¡Juaniiii, vete otra vé pa casa, y orvida o simplemente desaparta de tu mente loh trihteh comentarioh  de lah llamadah anterioreh.”


ATRACO A CUATRO.

2009/03/14

Un atraco no falla si se tiene todo previsto. Pero, ¿cómo imaginar lo que puede pasar? Da igual, porque todo ocurre así:

Juan 1 conducirá. Es un valor seguro. Ha hecho el recorrido tantas veces que se ha comprado su piso por esa zona, con una distribución preciosa y trastero. Hasta con los ojos cerrados en taxi. Y hasta sin coche, dice él. Nos fiamos… Juan 4 toma notas, en su libreta de rayas. Nueva para este trabajo.

Juan 2 ha estudiado los hábitos de los monjes guardianes del banco: No llevan hábito y se turnan en la caja y la atención al público exactamente “cada ratito”, o cuando maitines. Juan 4 toma notas y un buen trago de anís.

Juan 3 tiene grabadas (en un muslo) las señales que Juan 2 debe hacer cuando logre asir la hucha con forma de cerdito. Señales claras, aprendidas en sus tiempos de mimo y discusiones con la portera de su bloque, que mueve las manos muy rápidamente, como un molino, soltando algún guantazo sin querer.

Juan 4 es el cerebro del golpe. Aún con los golpes que llevaba en el cerebro, es el más brillante. Y sabe bien cómo gastar el dinero. Trae folletos de Viajes Alolej.

Llega el día señalado (con boli rojo). Apostados en la esquina, pierde Juan 4 y paga los desayunos. El vigilante jurado del banco de enfrente los mira y aguanta la risa. Juan 2 nunca se ata bien los cordones. Al agacharse Juan 3 para atárselos se raja el pantalón por detrás, arrancando carcajadas de otro vigilante jurado,  que trae los fondos para una empresa de tinajas. Pasan, aún así, desapercibidos para el gran público.

Tras el bicarbonato, Juan 4 entra en la sucursal. Las gafas de sol, una talla menos, le hacen meter el pie el cubo de la fregona, impensable según el reconocimiento de Juan 2 durante los últimos seis meses. Pero… ¡la limpiadora es nueva, y viene más temprano! Echando pompitas por la boca, Juan 4 protesta por la marca de detergente usado para el suelo, de sabor agrio. La discusión es breve, pero se acuerda adquirir un producto que hace menos espuma y deja muy bien el mármol. Lo vende Juan 3.

Ya en la cola, Juan 4 coordina el tiempo y mide exactamente la distancia hasta el cerdito de barro. Mira a Juan 2, junto a la puerta, para valorar con qué fuerza lanzárselo. Un nuevo imprevisto:

“Pasen por esta otra ventanilla” dice un monje nuevo, en prácticas en la sucursal. Si la cola se acelera, todo se puede ir al traste, porque el vigilante  no dará la ronda completa, según Juan 3 ha estudiado, ofreciendo un “ángulo medio muerto“ que aprovecharían. Afortunadamente, un pensionista con cuatro cartillas, todas de otro banco, lo va a tener entretenido y Juan 4 puede seguir en su cola, la del cerdito…

Y algo inesperable, por muy bien pensado o medido que pueda estar un golpe de altura internacional. Entra un niño con una pelota de goma durísima, chuta y Juan 4 se dobla como una bisagra al recibir el esférico en los esféricos de los bajos fondos. Sonríe como puede a todo el mundo y se rehace, para hundirse al ver que… el monje interino, mientras su cliente de noventa y dos años encuentra otra cartilla, esta vez del seguro, ve que el niño es el hijo de la limpiadora y… le regala el cerdito, lleno de calderilla, “para que te compres lo que quieras, chavalín”.

Reunión urgente de Juanes esta tarde. Seis y diez. Casa de Juan 1, que pone hoy la merienda. Se entra a intervalos de dos minutos. Orden 3, 2, 1 y 4. Recomenzamos.

 


INCOMPLETO.

2009/03/07

El caballero se detuvo al amanecer. Bajó del caballo, bajó el pantalón, bajó el calzoncillo, agachóse hasta la mitad de su estatura e inició una gran presión social. Su rostro, de color rojo intenso y en aumento hasta para un daltónico feroz, no se vio correspondido con resultado tangible alguno, al no ir más allá de una sonada mascletá en tono de barítono que ahuyentó a una liebre. El caballero desistió y, en orden inverso, recuperó altura, subió el calzoncillo, luego el pantalón y por último a su persona sobre el caballo, que no hizo comentario alguno, y siguió su camino.

Por la tarde, el caballero fue requerido de amores por la excelsa y pizpireta dama doña Parmenia de Florete, ante cuya torre bajó del caballo, subió por la escala y, una vez en el aposento de la dama bajó de nuevo sus prendas de vestir inferiores en el orden ya expuesto para otros menesteres. A pesar de subir y bajar con tesón sobre una extensión de sí mismo a la dama, en un deslizar que hoy recordaría a un bombero de guardia, doña Parmenia se dijo poco conforme a su gestión, y tampoco el caballero consiguió esta vez  ningún resultado aparente en un sentido de aspersión propiamente dicho. Dado que al menos hubo reiteradas muestras de agradecimiento por parte de doña Parmenia a su tesón, el caballero izó sin llantos su vestimenta y partió en su caballo, animal discreto que no añadió sal a la herida.

En su castillo, esa misma noche, el caballero se adelantó y, antes de que le fuera ofrecido por su criado, él mismo rechazó el postre de la cena: El también sabía dejar sin completar las cosas por su propia voluntad, se dijo. Su caballo fue quien se tomó sus natillas, recordando cómo esa mañana recogían a su paso abundante fertilizante natural para la huerta cercana y el relincho de la yegua de doña Parmenia de Florete por la tarde, para la que había realizado una faena encomiable. Ante la mirada de reojo de su amo, guardó silencio.


XXL PREMIO DE LITERATURA CIUDAD DE BORBOTONIA.

2009/02/28

(¡No, no, no está mal escrito!: No se trata de la edición número 70 de dicho concurso. Es que el premio es muy grande, como la talla de las  camisetas de Romay)

Normas para la presentación de las obras.

  1. Que se entienda algo.
  2. El papel limpio y sin manchitas de chorizo o huevo (aunque escriban sobre experiencias intensas realizadas mientras se hace una cena rápida.)
  3. Que no se haya publicado antes cambiándole el título ahora. (Eso va por José Luis Pérez Montes, y MI obra El Bonsái que huyó de la maceta.)
  4. El resultado será bastante inapelable. Sólo se admitirán reclamaciones que no envuelvan una piedra.
  5. Los premios se pagarán a plazos.

Tras la lectura de la portada y contraportada de casi todos los manuscritos presentados, se pesan y seleccionan los que pasan a la final. Los restantes son devueltos a la basura. El jurado (vigilante) hace entrar al jurado (deliberante) para estudiar a puerta cerrada estas obras que han jurado (prometido) leer.

 

Título: El motor del molinillo.

Autor: Fernando Mingas.

Sinopsis: Una familia se pega por doquier. Los vecinos la echan del vecindario, luego dejan de ser sus vecinos (primera tesis del autor). Acaban todos desdentados y viviendo en una salita del famoso estomatólogo don Alterio Estrógen. El libro tiene un final inesperado en la página 20. Lo escrito después son listas de la compra y eso.

 

Título: El sopor que da el  vinillo.

Autor Amaraldo De Funes.

Sinopsis: En una plantación centenaria, hay disparos un lunes seis de marzo. Todos dejan de cuidar las uvas. “A ver quién va por uvas si te pueden dar una perdigonada” es un ejemplo de la intensidad dramática con que se expresa el personaje principal, Aníbal Cántaro. En la página 103 ya están todos borrachos, incluyendo varios jubilados. En voz baja, se comenta/reprueba este factor entre los miembros del jurado.

 

Título: Un robot con dos tornillos:

Autor: Rafael Maresme.

Sinopsis: Un niño se encariña con un androide de la NASA. Aunque antes de dormir acaba con los ojos morados al intentar boxear con él, llorará mucho el día (no tan lejano, aunque él no lo sepa) de su desguace.

 

Título: El fulgor de los colmillos.

Autor: Práxedes Peines.

Sinopsis: Lobos, perros, gatos, tigres,… un exhaustivo recorrido por la vida de un lavadientes con plaza fija por oposición. El prestar servicio en clínicas veterinarias y parques zoológicos le hará vivir exóticas aventuras con las encargadas de mantenimiento, las administrativas, o las dueñas de los animalitos.

 

El jurado, cansado, deja sin leer textos titulados El rencor del monaguillo, El grosor del pepinillo, El cantar del pajarillo, El follón de los pasillos, El frescor de este tomillo, El condón contra el frenillo, El sabor de este membrillo, El borrón del cuadernillo, y otros… Ningún título cuaja. Pero les suenan conocidos…


ÍMPETU.

2009/02/15

Saliste a las 18 horas. A las 18h 15m no lo dudé ni un segundo y salté del sofá como un gato. Bueno, como un gato gordo.

No sabía si acudir a la policía, mucho más pacífica que tu madre. O si llamar a los bomberos, más ágiles que tus hermanos porque siempre van juntos los cuatro charlando de sus cosas. Aunque se paseen  por un trampolín.

Decidí que una mezcla de los dos: Protección Civil. Antes de diez minutos, tenía yo el plan de acción en un folio sobre la mesita del café. El sargento civil, un tipo listo donde los haya, decidió darle la vuelta al papel para que se viera la parte escrita. Dos cabos, unos aguilillas, se trajeron sendos perros pastores alemanes que, jugando, se comieron las cortinas nuevas. Animalitos. Unos pocos de minutos los tuvimos oliendo calcetines tuyos de esos tan finos que a mí me dan tanta grima. Se comieron tres pares.

El operativo era ágil, muy fácil de llevar a cabo. En una hora estarías localizada, tú o tu cuerpo inerme. Pensé que la funeraria me haría un precio estupendo –por si acaso pedí catálogos- por ser tú tan joven y tan fotogénica. Seguro que les harías una publicidad increíble a su trabajo en cadáveres mutilados como el tuyo estaría digo yo, a base de disparos y/o cortes con sierra mecánica, según opciones que le expliqué a los distintos grupos, que se dispersaban en las cuatro direcciones desde el buzón del jardín, centro de operaciones…

Cuando apareciste alas 18h 27m con la marca de pan del supermercado de la calle esa que yo no me sé ni el nombre, me metí en casa y dejé que tú dieras las explicaciones. A mí no me iban a entender, María Charito: no sé improvisar.


ANIVERSARIO.

2009/02/04

El matrimonio Fernández Gabinoaga, para celebrar el quinto aniversario de su boda, emprendió un crucero por el Mediterráneo a bordo del JJ Sister, un barco lleno de oportunidades para hacer un viaje agradable.

Primer día de travesía.

Se sentaron juntos a comer y al poco rato el marido se había levantado dos veces de la mesa, una para recalentar el filete y pedir más patatas fritas, y la otra, definitiva, para llevarse la bandeja a la sala de proyecciones, donde daban una muy buena de Clint Eastwood.

Se encontraron junto a la enorme piscina de olas y al poco rato la mujer había  salido dos veces del agua, una para buscar el gorro de baño y otra para pedirle al socorrista que le ayudara a colocarlo, lo que llevó a ayudarle antes a recogerse el pelo y desistir de nadar más y acabar tomando un refresco en la barra.

A la hora de la cena, establecido como un buffet libre, ambos llenaron varios platos de lo que pensaban que le gustaría comer al otro. Después de un buen rato, encontraron una mesa vacía y cada uno ofreció lo que había amontonado en los platos. Tras inspeccionar los contenidos y comprobar que ninguno había acertado en nada, salieron a pasear a cubierta.

Al poco rato, los botes salvavidas de babor y estribor anunciaban cada uno por radio haber recogido a un pasajero tratando de llegar a nado a ninguna parte, según declaraciones de cada uno por su lado.


DORADO.

2009/02/03

El capitán David Salas era el único que quedaba vivo de toda la expedición. Agazapado entre las rocas, observaba aterrado cómo los seres de aquella isla se comían crudos a los compañeros con los que bajó en un bote desde el Serrallo hasta tierra, sin poder hacer nada por ellos, sin siquiera poder oír sus gritos.

El día antes, cuando los cegó el oro de las piedras del suelo, pudieron coger un trozo que les habría hecho ricos y huir. Pero la tentación era demasiado grande. Los habitantes de la isla sabían cómo atraer a sus presas, con juegos premiados siempre con trozos de oro: el oro se manejaba como el aire, no había nada más en la isla. El oro lo ocupaba todo. No escuchó nada de lo que decían aunque parecían gritar mientras corrían hacia el interior de la isla.

David no bebió de las doradas copas y rehusó comer lo que le ofrecían. Vio a sus amigos llenarse los bolsillos hasta reventar las ropas con piedrecitas y herramientas construidas en oro. Gracias a no llevar peso extra pudo huir hasta la playa, pero al ver su bote destrozado prefirió ocultarse dentro del poblado.

Su corazón se desgarró al ver la matanza. Se escondió para dejar pasar la noche soñando con el amanecer para alcanzar el barco a nado. Le aterraba el silencio tanto como la oscuridad.

Con el primer rayo de luz, se levantó despacio y al no ver a nadie corrió hacia el mar, se zambulló contra las olas y nadó hacia el barco. Apenas pasados unos minutos, vio cómo el resto de la tripulación avanzaba hacia la orilla en los botes. Detuvo su carrera sobre el mar y levantó los brazos para llamar su atención, pero no le hicieron el menor caso e incluso hubo un intento de golpearle con el remo desde una de las barcas al cruzarse con él, tachándole de loco, aunque él no podía oírles. 

Una vez en el barco, observó desde cubierta el final del resto de sus hombres, el mismo  de los que arribaron con él a la isla.

Pensando en la dificultad con que movería él solo la nave, dejó caer la ropa mojada sobre cubierta, y al quitarse el pañuelo que cubría su cabeza, cayeron dos pequeños trozos de oro del tamaño de garbanzos. Recordaba haberlos pisado al desembarcar en la isla y cómo su lugarteniente primero, Roberto Beltrán, le había  ayudado a incorporarse y colocado en los oídos los dos trozos como un juego. Esos trozos que impidieron que David oyera la música de la isla y pudiera volver con vida.