Mira, mujer, entiende lo que digo:
que te invité a salir, no te lo niego.
Pero al baile, el alcohol me puso ciego,
perdí mi norte y no bailé contigo.
No entiendo ni de amores ni pasión,
no se erizan mis pelos ni el pellejo,
ni se inflama mi pobre corazón;
lo que resume, por definición,
que como amante soy más bien pendejo.
Por eso al verte triste me paré;
serían la sorpresa o el mareo,
o el no verse cumplido tu deseo
de acurrucarme contra la pared.
Me despertó una lágrima caída
de tus ojos tan negros, tan de mora,
lo más bonito que he visto en mi vida,
pero, despierto ya, pensé enseguida
¿así que ahora vas y te enamoras?
Con la cabeza repleta de grillos,
logré coger tu lágrima en el aire
y dije cosas con un cierto donaire
sobre perlas, cristales y su brillo.
Lo malo fue que quise repetir
lo que hay detrás de versos y cuartetas
con las rimas perfectas de poetas;
quiero decir, huir de la pirueta…
y ahí ya no supe nada que decir.
Regresamos a casa, separados;
yo en un taxi, tú llevando tu coche.
Lloré abrazado a ti toda la noche,
doliéndome tu falta de reproches
por ser tu amante y no tu enamorado.
Escrito por Gabriel