Reflexiones de un sábado por la mañana (XC).

2009/11/06

Sobre la corrupción.

Agradeceré a priori cualquier valoración graduada del 1 al 1.000 de la cantidad de demagogia que, a sabiendas o no, suelte hoy por aquí, aunque no debería ocurrir.

El asunto es el dinero público ¿no? El que ponemos entre todos con impuestos más o menos confiscatorios para unos, ejemplo de modelo de vida para otros. Pero el dinero es de todos.

Y resulta que, al que lo trinca sin pudor, resulta que no lo devuelve.

Pero ¿esto qué coño es?

Vamos a ver: Si la forma jurídica de coger en directo dinero que no es de uno se traduce por presunta apropiación indebida de fondos, malversación de caudales en lugar de pagar las obras y servicios públicos y falsificación de documentos en lugar de trampa tras trampa, me parece bien. Yo me adapto a cualquier nomenclatura políticamente imbécil. Pero, insisto, ¿por qué no devuelven la yesca? ¿Cómo es que el mayor crimen tras el ataque a las personas, el defraudar la confianza colectiva, no desemboca al menos en la devolución de lo trincado?

Estoy harto de ver que la realidad pura, dura y caradura, directa y abyecta, del representante público que se queda con dinero ídem resulta que cumple unas penas de cárcel mínimas, por debajo de las solicitadas y encima no repone hasta el último céntimo de lo que ha desviado a su bolsillo.

No puedo concebirlo.

Cualquier dinero recaudado tiene el carácter sagrado de la puesta en común del esfuerzo individual y la infinita carga de confianza. No olvidemos los tiempos en que un general que fracasaba en una misión era sacrificado al regresar ante su rey. Aceptaba así haber defraudado una confianza ilimitada en su capacidad, lo que le había llevado a vivir rodeado de privilegios.

No es posible que las noticias se carguen de gilipolleces relativas a corrupción para tenernos entretenidos a base de especulaciones y ninguna, ni una sola, haya girado en torno al balance final de lo rapiñado y lo repuesto. Resulta descacharrante.

Trabajo en una empresa donde cada gestión, por mínima que resulte, está identificada por una persona, su clave y su contraseña. Y me consta que así se funciona en muchas más, algunas de ellas públicas: Con un registro informático de cada decisión con repercusiones patrimoniales. Como conclusión, no me entra en la mollera que no se realice una auditoría por sorpresa, de manera esporádica, para establecer en ese momento el cuidadoso ejercicio de la administración y aplicación de los caudales públicos. Al menos, que fuera verdad el adagio de mi amigo Antonio: “Las cuentas claras aunque el dinero no aparezca”… de momento. Pero que esté en algún sitio diez minutos más tarde.

No es de recibo que en un mundo informatizado para ordeñar vacas no cuadren los números de ningún balance. Los auditores tienen la obligación de preguntar el menor pormenor de una factura y quien la ha pagado debe sabérsela de memoria. No hay más que hablar.

No olvidemos que miles de proyectos de futuro que saldrían adelante con inversiones públicas dejarán de llevarse a buen término por la intervención de un sinvergüenza que se inventa una empresa fantasma para generar facturas y  hacerse rico. La justicia debería ser inexorable e inmediata. Si hoy pesco a un jeta con los bolsillos sobredimensionados, antes de mañana ese pájaro está firmando una orden de transferencia a favor de la Hacienda Pública cuyo importe contenga el nominal de lo trincado y un buen puñado de plusvalías que no se merece y que suponen la cancelación del progreso de mucha gente y la pérdida de calidad en los servicios públicos. Su cabeza, en términos decapitativos, no me interesa. No vale para nada bueno. Y, por los motivos expuestos de traición a la solidaridad mínima y básica que supone administrar con seriedad los impuestos, no le perdono. Ni lo haré jamás. Al menos que tenga un par de cojones y se lance a robar como se ha hecho siempre y no meta más la mano en el bolso de los pensionistas, los parados y la educación.

Midan ustedes el índice de demagogia. Yo todavía estoy maldiciendo cada céntimo robado por esta pandilla de canallas.

Pero, eso sí, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIX)

2009/10/31

VUELTAS SOBRE LA EDUCACIÓN.

¿Se educa para convivir por encima de cualquier otra consideración?

¿Merece la pena gente desagradable con los demás en cualquier reacción de cercanía, pero eficiente en su trabajo? ¿Por ejemplo un gran cirujano grosero?

¿Soportamos a quien no cumple con su deber pero se levanta a ceder un asiento a la primera anciana que se le echa encima en un autobús?

Parece que nos hemos metido en un período de demasiadas preguntas, porque no hace mucho tiempo aceptábamos que “había” que educarse. Y, por supuesto, había que formarse.

¿Toda nuestra bendición a los estudios y aprendizajes era “porque sí”?

¿Pensamos ahora que había demasiados “porque sí” para nuestras preguntas?

Generaciones que se enfrentan antes que confrontar sus formas de ver la vida. Porque tal vez se trate de eso: Gente que ha luchado y ha cumplido un ciclo: Devolver a la Naturaleza el favor de haber nacido y luchar por ver a sus hijos encarrilados y capaces de repetir, a su modo, lo de aportar trabajo y mantenimiento de las cosas de todos, es decir la tribu es decir la ciudad es decir un país…

A una edad –me repito mucho por haber llegado a una edad- uno se piensa que conoce la lógica del mecanismo social. Los niveles de niños sin caprichos, jóvenes con capacidad de esfuerzo, maduros en plenitud desarrollando labores y viejos respetados y cuidados, constituían una estratificación aceptable por lo aceptada a lo largo de mucho tiempo.

Pero…

Al niño lo peinan como un predelincuente, por las fotos. Y le dejan un ordenador para que no dé mucha jarana. Si dice tacos, hay que ver lo gracioso que resulta.

Al joven se le ponen vehículos de potencia imprudente en las manos y bebidas muy subidas de decibelios que, junto a los grados de la música que le anima, confunde el madurar con satisfacer caprichitos y la búsqueda de un lugar propio con encontrar a oscuras la habitación en la casa paterna sin despertar a nadie.

El maduro se da por cansado y desprecia la desconexión con los jóvenes, a los que reprocha el egoísmo pero envidia la vidorra que se está pegando, de donde nadie queda para avisar de que Esto hay que mantenerlo entre todos.

Nadie se acuerda de que la educación, constante, diaria, de conocimientos y actitudes, es lo único que hace de pegamento. Elimina reacciones violentas y venenosas, porque, al conocer las normas sin hablar tanto de ellas, se emplean como el aire al respirar y nadie tiene que recordárnoslas.

Saber cosas y saber usarlas. Formarnos para relacionarnos.

Para mí, una mezcla de las dos.

Fuera el relativismo: El fracaso escolar es una tragedia que se ha quedado en sainete –ni siquiera en drama- y quien se tiene que formar no le concede el mínimo carácter sagrado que ha tenido durante miles de años.

Transmitir conocimientos es dar el relevo de lo que se ha aprendido y la forma de conservarlo. Dentro de saber dónde está un país está incluido las personas que lo levantaron y quienes ahora lo sostienen. Esa cuestión hay que reivindicarla miles de veces al día para que se nos meta en la mollera que un suspenso al que no se le hace caso es un desprecio absoluto a la formación, al formador y a la dignidad humana, el motivo primero por el que cualquier mostrenco, el más cenutrio de los que dejan la escuela, debería pararse antes de tirar una farola. Y un minuto después, buscar a quien le ayude a elegir un buen libro. Hay y debe haber tiempo para todo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVIII).

2009/10/24

Y VUELTA A EMPEZAR.

Amstrong Blade, tras superar de nuevo la barrera del tiempo, cada vez más espesa y reacia a permitirle viajar entre universos paralelos, aterrizó de nuevo en su cama, junto a su mujer, Amaranta, que mantenía los veintinueve años recién cumplidos, la edad en la que Amstrong había decidido mantener su relación de pareja con ella.

De nuevo la acarició y de nuevo sonrió al oír de sus labios que “le parecía haber hecho el amor una sola vez en la vida”.

Antes de salir para la oficina, dejó programada la máquina. Decía a su mujer que su necesidad de diálisis obligaba a que nadie tocara los mandos y, cuando ella se quedaba de nuevo dormida, Amstrong se ajustaba al viaje que le haría comenzar de nuevo el mismo día, una y otra vez.

No pensó jamás que en el infinito del espacio se cruzaran infinitas mujeres iguales a Amaranta para detener el tiempo de una maldita vez y hacerle parar. Rodeado de ellas, en una parada que la máquina no le había obligado a hacer nunca hasta ahora, recibió un número infinito de demandas de divorcio por poligamia.

Firmó los papeles que le presentaron y buscó la garantía de la máquina.

El pequeño cuento anterior me lleva a pensar en ciertos roles preestablecidos: El donjuanismo, certificado en poligamia, dirige una obsesión por la juventud y se apoya en unos medios –técnicos o inmateriales, pero al alcance de unos pocos- para evitar la aceptación de la madurez.

Tener en el alma la experiencia de mucha vida y poderla saborear con un cuerpo que no envejece está realmente bien como idea. Pero, sin más, afirmo que es inviable. Y los cosméticos garantizan que el/la del espejo nos sonríen durante un breve tiempo cada día, pero no pueden hacer más.

El hecho nos lleva a intentar –lo he planteado más de una vez y me quedan muchas- reflejarnos en la mirada de quien comparte con nosotros muchos días llenos de cosas mejores que otras.

Hay mujeres sabias que me dicen que aprenda a valorar los años que mi pelo ha aguantado sobre la cabeza, y que lo agradezca. Y, si puede ser, que pierda el menor tiempo posible en echarlo de menos.

También hay algún amigote que se para a recordar y a agradecer los buenos tiempos. Sólo les suelo hacer caso si, al contarme sus batallitas, tiene un gesto, entre consciente e inconsciente, de complicidad con su pareja. Ahí le suelo dar el mínimo crédito que merece su reflexión.

Achaques, pérdida de frescura: Desgaste. Pues sí, pero en comparación con cualquier máquina que se haya inventado salimos mucho más rentables y nos alimentamos de sabiduría si no nos da por ponernos tristones a base de remiendos y alegrosucciones.

Demasiado nos cuidan en comparación de sólo unos años atrás. Estamos más protegidos, aunque siempre pongamos una cruz en “eterna juventud” al pedir servicios sanitarios públicos.

Esto es lo que hay, sin perjuicio de –lo digo para todos- avisar a los jóvenes de que son unos pobrecitos engañados a quienes el torrente de energía que no manejan ni controlan los puede hacer volar sin repostar. Les aviso para que no griten de dolor ante la primera arruga. Y que la vean junto a quien comparten su vida. Para que les dé la risa y se lancen a la cama juntos. Y dormir después abrazados, que suena cursi, pero es un instante de felicidad que ni el más capullo de los dioses ni el más vaina de los demonios han conseguido deshacer.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVI)

2009/10/10

Tráfico ciudadano.

El último de los diálogos que oí tras un frenazo múltiple pero sin cracks ni papabúm posteriores, fue más o menos el siguiente:

-¡Mamostias, que se caigan los cuernos pa que te crezcan otros seis cuanto antes!

-¡Jiñatinta, que el tonto que te dejó salir esta mañana a la calle ya está en la cárcel, por crímenes contra la Humanidad!

O similares. Junto a un concurso de claxon dirigido por un guardacoches ex maquillador de la familia Manson el día de Halloween.

Tengo que no es tan fácil evitar los problemas de tráfico. Miles de horarios se enfrentan a otros tantos socavones y estrechamientos en las calles por las obras y los tiempos de los semáforos están hechos a un ritmo de samba. Mejor de conga.

Pero tiene que haber algo sagrado. El peatón. Para mí, tanto para el viejo, el niño, la madre o el cartero de a pie. Y algo falla si no se les pone, a todos, en primer orden de protección.

No es algo trivial, sino terrible. Sin negar las imprudencias de ancianas que empiezan a cruzar cuando el muñequito verde se larga para descansar un minuto, la velocidad en las calles con semáforos muy próximos a las esquinas es excesiva, con la pinta de ser inconsciente, de no necesitar un control. Y sí hace falta.

Las estadísticas no nos conmueven. Quizá una muerte aislada, bien publicada, nos lleva a pararnos en la noticia. Pero no nos perturban cientos de peatones arrollados en las calles, que ya no volverán a bajar a la farmacia a por una aspirina. Que para eso han bajado algunos y no han vuelto. Confiados en conocer su calle, no miran a los lados. Y despistados por la recta de la que vienen, a muchos coches no se les tira del bocado antes de girar en esquinas de barriadas llenas de comercios, donde la calle hay que pisarla tanto como la acera.

Desde aquí me cago en la leche que mamaron las mamaítas jóvenes que, para cruzar una calle, lo hacen entre dos coches y lo primero que asoman entre ellos es el cochecito con el niño dentro. Sin parar de fumar y de charlar de sus cosas con otra mamaíta.

Y en la que le dieron a los que dejan a niños con balones sueltos cerca de los bordes de las calzadas, a punto para ser perseguidos por los niños, sus dueños, que no miran sino recuperar su tesoro.

Despistes, sí, pero sin retorno ni arreglo en muchos casos.

Tenemos que convivir con máquinas de miles de kilos que se mueven como arietes, aunque su aspecto sea el de una carroza brillante que nos lleva cómodamente en su interior. Ellas a motor por su lado, nosotros a pie por el nuestro. Pero hay que cruzarse, ahí está el sencillo dilema.

¿Y si a los peatones nos quitaran puntos de viandante para evitar que nos pongan los de sutura?

Veo un cierto futuro de transporte colectivo más extendido y seguro en las ciudades. Pero pido un mayor cuidado para los peatones.. Bastante peligro hay de que te caiga un ladrillo de una obra para que, además, te traten como a una pelota de tenis por cruzar una calle.

Son demasiados accidentes. Hay que mirar para cruzar las calles. Desde dentro y desde fuera del coche.

Una sola vida que no se pague al frenesí de vivir como vivimos merecerá la pena. Como ejercicio, procurar ir por las calles más atentos a todo lo que pasa en ella, por ejemplo, sin la radio metida en las orejas. Es un poner.

Mientras, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXV)

2009/10/03

Madrid 2016.

Un sueño terminado en un despertar con decepción. Mala suerte. Mi pena por Madrid, seguro que una opción magnífica.

¿La mejor?

Puede que se –si se valora con honestidad- haya demasiados factores para establecer quién es la mejor. En cambio, -si no hay demasiados intereses oscuros- la puntuación decide en función de unos baremos puestos a priori. Pues vale.

Pero es que…

Hablar de Madrid es hablar de progreso y es hablar de saber vivir en la calle. En Río de Janeiro necesitan muchas víctimas al día y alguna que otra en sus carnavales, para poder estar un par de millones juntos, en la vía pública. En Madrid no existe la obligación de sacrificar tantas vidas. Y su alegría, me temo, es la transmitida al mundo oficialmente: la de unas cuantas bellezas mulatas al ritmo de una música insistente y machacona. La gente de Madrid ha sobrevivido a muchas batallas y sabe organizarse mejor en un tinglado de exigencias milimétricas.

No tengo criterio para pensar en otra candidatura. Son muchos años y se pierde la perspectiva, alego eso de las vueltas que da la vida.

Pero tengo una preocupación de más calado, queriendo decir poco ingenua.

¿Ha habido un juego de todo a una carta en el aspecto económico?

Es decir:

¿Se han echado al monte las finanzas de Madrid -instituciones varias- pensando en compensar tantísimo gasto público en poner la ciudad de caramelo con los ingentes, contantes y sonantes ingresos de las grandes promotoras de los Juegos?

Los derechos de transmisión y la publicidad, las ventas y la llegada de visitantes, ¿se habían contabilizado en el activo un poco antes de lo previsto?

No soy quien para recriminar esta audacia. Creo que cualquier político, de cualquier signo ideológico oficial, habría apostado lo que han apostado los madrileños, incluyendo la camisa. Y es que, insisto, no había mejor candidatura. Eso es un respaldo para soñar con los pies en el suelo.

No alcanzo a pensar en los puntos asignados para que en la votación final se quede fuera Madrid. Hoy por hoy, la logística de instalaciones, de las sedes centrales y de muchas periféricas, están –estaban- listas para ser operativas, con adaptación inmediata para su uso olímpico.

Pero es a los madrileños –quiero suponer en general- a quienes envío mi sencillo consuelo. No porque vayan a librarse de unos atascos de tráfico de tres o cuatro semanas, sino porque se va la oportunidad de probar cuál es la mejor forma del mundo entero de indicar dónde está una calle a alguien que llega por primera vez. Unas calles llenas de coches y ruidos para trabajar, pero también de edificios que cortan la respiración, monumentos dignos de ver y una cierta grandeza humana que sabe que se ha nutrido de gentes que venían de todas partes.

El COI se lo pierde.

Mientras si nos presentamos o no,

Tengan todos ustedes –especialmente los madrileños- muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIV)

2009/09/26

Vivir juntos.

No sé en cuántas especies siguen juntas las parejas después de procrear y –más o menos- sacar adelante a los pollos o bichos en general.

Mientras no están juntos, los muchos que no lo están, ¿ligan, conviven, trasnochan?

No hay mucho escrito sobre ello.

Los humanos hablamos de instituciones que disciplinen a las personas, antes que hablar de las personas.

Nos escudamos en normas, tradiciones y reglas que dan estabilidad, pero después jugamos con el aburrimiento si pasa mucho tiempo de convivencia obligatoria.

He oído disparates. Cosas terribles que maridos y mujeres se hacen entre sí. Por no nombrar las que se dicen. Y las muertes, irreversibles, de las que la primera debería sobrar para llevarnos las manos a la cabeza y estrujarla hasta que soltara ideas. Y verdades.

La pareja.

El hartazgo. La obligación antes que la sinceridad.

En un mundo plastificado donde queremos sólo lo bueno de las situaciones, no es fácil ver envejecer a la pareja y encontrar una barriga fláccida (y no sólo una barriga) donde antes había abdominales y una batidora sin necesidad de conexión a la red.

Nos queda, entre otras soluciones que se inventen, la complicidad. Y saber mirar atrás. No es fácil que el deterioro físico le toque a uno y al otro no.

Lo malo es confundirse, creerse capaz de soltar una liana sin haber agarrado bien la otra.

Ir de flor en flor parece divertido. No responder a horarios ni compromisos da una gran impresión de libertad. Pero la libertad hay que saber disfrutarla, como saber gastar el dinero. Mi experiencia es que vale la pena intentar conquistarla junto a alguien.

Es como hacer el amor cuando estás follando. De lo mejor que he vivido en mi vida.

No hago apología del matrimonio, sino de la prudencia. Si alguien se arriesga a decir “te quiero”, que sepa lo que está diciendo.

Si lo que se quiere es ver un ratito al día a alguien despampanante, bien vestido y sin cara de cansancio, hay que llamar a una agencia y aprender a volver a casa sin que nos espere nadie. Otra opción es esperar a que tu pareja esté arregladita del todo y mirarla entonces, no mientras se está depilando. Es decir, buscar y rescatar lo bueno sin que nos lo den siempre hecho. Aprender a querer con los defectos y, en muchos casos, por ellos. Huir de lo perfecto en la pareja.

Y mirarse a los ojos, no lo olvidemos. Que no es tan fácil como parece.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIII)

2009/09/19

Reacciones.

Según te coja el cuerpo, supongo, vale para todo.

Pero entonces los payasos, si se levantaran tristes, no nos harían reír.

Y a los cirujanos les daría corte operar si su timidez se acentuara.

Y los albañiles dejarían de construir su futuro en un día en que no se levantaran con firmeza.

Y los cantantes poco cantarían si no tuvieran mal que espantar.

Y los que se levantasen demasiado tarde, harían que ni la dicha fuera buena.

Y…

No, no; hay que ir a comprar lo necesario, aunque hayamos terminado de comer hace un minuto y no lanzarse a comprar por engullir con los ojos cuando aún no hemos almorzado.

En general, creo que hay que ser profesional en esto de vivir y reaccionar con algo de brío a lo que se nos va poniendo por delante.

También, en general, afirmo que hay un sector que tiene las mejores reacciones, por inmediatas, fáciles de aplicar y eficaces. Son las madres y punto.

Y que, en general, las reacciones generales ante un problema son de rechazo, hastío y contrariedad; después, con ayuda, se van poniendo las piezas para resolverlo.

Concretemos.

Vivir en la calle: El tráfico, un poner, nos hace sentir, como conductores, a la altura de un dragón con una franja de tres metros de ancho en propiedad. Y defender ese territorio es sagrado, por encima de la fluidez de la circulación, hasta reaccionar con la virulencia del invadido, aunque sea verdad en lo que a carriles se refiere.

Pero, en general, en general, reaccionamos con mucha solicitud ante una caída o indefensión de los que van a pie. Quizá el estar fuera de esas máquinas de acero nos identifican más con lo vulnerable de la piel.

Vivir en casa: Rutina, opiniones contrapuestas, falta de diálogo… ¿o de ganas de hablar? que se justifican con cansancio, mientras que si alguien nuevo aparece por la puerta, en general, somos más simpáticos, más comunicativos.

Puede haber intento de tesis en esto de hoy.

Las reacciones son químicas, puede ser. Pero hay una voluntad para controlarlas: La nuestra, por raro que parezca. Siempre, lo he dicho siempre, hay un momentito, un mini instante que nos facilitaría con la práctica no tener la peor de las reacciones posibles.

Si alguien está esperando un abrazo, no es lo mejor soltarle una cara digna de fabricantes de huevos podridos. Bastaría una pequeña pero mínima reacción que pide comprensión para nuestro mal genio. Pero lo mismo sucede si hay alguien que espera un golpe o un desprecio. También da tiempo, en general, a meterse la mano en el bolsillo y respirar hondo.

Ahora aplíquese al que tiene un millón de litros de mierda líquida para verter en el mar, una cerilla en un bosque seco, o un botoncito nuclear. A ver quién lo convence de que no reaccione a la primera, el muy capullo.

Para el resto, propongo el no echar la culpa, en general, a los demás.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXII)

2009/09/12

Niños.

Que pidan cosas. Si gritan, si patalean… no sé, pero que consuman.

Que se les compren cosas: Juguetes, más juguetes, tantos que ni dé tiempo a abrirlos. Tantos, que haya que dárselos a otros niños que no pueden comprarlos. Curiosa la paradoja: Quizá vuelvan, para que jueguen con ellos y los disfruten, a las mismas manos de niños que los fabricaron en condiciones de esclavos. ¿Quién sabe? ¡Da tantas vueltas la vida!

Que interrumpan, que no dejen hablar, que hay que estar pendientes de ellos en todo momento.

Supongo que el porcentaje de atención constante a nuestros hijos es decreciente, con un mínimo sagrado. No dejo que un niño que aún no anda se quede sólo, pero no me meto en medio de un grupo de chicos de diez años para hacerme el moderno y contar mis chascarrillos, o evitar que discutan. Tienen que aprender a resolver sus conflictos y pocos casos debe haber donde los adultos tengan que intervenir.

Porque un día, por unas vacaciones de nada, te pones a observarlos, un poner, en la playa. Con un par de manos y bastante arena y agua como materia prima, las horas se les pasan sin que se acuerden de tiestos tecnológicos, programas de televisión más o menos adecuados (muchos idiotizantes) ni golosinas pringosas. Dejas tu libro descansar un poco de crítica inmisericorde y te dedicas a ver a unos niños haciendo su papel de niños. Bien es verdad que en el transcurso de la jornada hay gritos, peleas, castillos y canales subterráneos que se derrumbarán con la subida de la marea, pérdida de palas y rastrillos y balonazos. Algo muy parecido a lo que pasaba cuando a un niño no se le pedía que fuera otra cosa. No hará de esto demasiado tiempo.

Sus formas, su estilo, su campo de comprensión, no ha cambiado tanto. Pero se ha puesto a su alcance una caja de Pandora para que se les complique la vida lo más pronto posible. Y confundir por dejadez que entren a pensar en problemas que no son suyos, rompe esquemas que llevaban miles de años funcionando, más bien que mal.

Confieso que mis hijas, en tiempo de colegio, no se quedaban tarde, jamás, a ver la televisión. Tenían un horario. Y no había más que hablar. Hoy tienen el sentido de lo que no hay que discutir, “porque es así”, y gastan sus energías en llevar a cabo sus proyectos profesionales y de vida. No hubo que gastar broncas inútiles ni griteríos huecos que llevan a la confusión de no saber qué merece un conflicto.

Tres normas, por no decir menos, que sean sagradas. Ellos lo aceptan y lo agradecen. Nos agradecen que les protejamos -no aislemos- y les evitemos presenciar la violencia sin control, el desorden en comidas y descanso, el derroche y el despilfarro de tirar un lápiz que aún pinta o un balón que aún bota.

Ya lo habré mencionado alguna vez, pero igual que no consulto al recién nacido si quiere o no tomar el pecho de su madre, tampoco dejo que un chico de doce años coja una botella de vodka en mi presencia, y en la de su sonriente padre, y me diga que se la lleva a su primera fiesta. Aunque tenga que dejar de hablarme con ese padre tan progresista, que comparte cosas de hombre con un niño, sin reflexión, ni capacidad para asimilarla.

Tiempo habrá, debe haber, para que no metamos a los chiquillos en fregados que no son suyos. Si lo permitimos, les hacemos un daño irreparable.

Y, lo siento, insisto: Cuando pregunten que por qué él no puede ir a la fiesta de vodka a su edad, sólo tengo, a esa edad, la respuesta que di en su día “Porque lo digo yo, que soy tu padre”. Y apechugar con un par de días de rostro mohíno. Después, al tercer día, siempre vienen a abrazarte. Basta estar ahí, a su lado, cuando haces falta.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXI).

2009/09/05

Necesidades.

-Buenos días, señora, con permiso… un poquito de blablablablá sobre lo bonita que tiene usted su casa y vamos a lo que importa ¿cree usted que es mejor contratar el seguro de vida Palmalinstant o mejor el Palmaplaz, teniendo en cuenta –a la vista está- su estupendo aspecto?

Si la señora se achanta, sólo pensará en cuál es mejor para el que vende, que entiende más, “vamos, digo yo”.

Pero, ¿y si un día alguien le pregunta al agente de seguros sobre la necesidad de tener o no cualquier seguro de vida? Suele suceder que desaparecen el vendedor y la sonrisa que traía pegada a la cara. Al mismo tiempo.

Ahora abstraigo, como si nada.

Creamos un sistema de vida y se nos vienen ganas de mejorarlo primero y adornarlo después. De un techo que nos cubra llegamos a querer un ático con solarium o un hotel de cinco o seis estrellas. De hecho, nos consideramos una de ellas cuando entramos alguna vez en un hall y nos llevan las maletas. De alguien que nos cure un hueso roto hacemos lo posible para que acabe planchándonos nuestras arrugas y coloreando nuestras canas.

Y ahora, de pronto, surge preguntarse qué es imprescindible y qué no lo es.

Ha habido dinero para muchas cosas y hablo de subvenciones. A España ha llegado un río de dinero con un caudal desbordante y sólo parece haber inundado bolsillos con agujeros. Nos preguntarán qué ha pasado con un tejido industrial que tenía que haber creado empleo y no sabremos responder. O quizá digamos que algunas necesidades (ordenadores para chatear en los colegios, libros gratis generalizados) se han cubierto en forma de alfombra: para acabar por los suelos y ser pisoteada.

Y ahora hay que escoger. No hay autónomos, se consume mucho menos y no se genera el movimiento de dinero corriente necesario para que funcione nuestra forma de vivir. Consecuencia: Que caigan, como siempre, los débiles. Así ha ocurrido desde la primera crisis, aquella cualquiera en la que sabemos que somos los escogidos para sobrevivir por razones evidentes: Somos más guapos, más cultos, vestimos mejor… No hay duda posible.

En España puede que sepamos qué hacer para ser competitivos, pero cierta desgana soberbia nos lleva a querer sólo los empleos delicados: Se prefiere ser distribuidor de productos agrícolas antes que cultivarlos, porque da mucho el Sol. Pero eso no es posible en gremios como la fontanería o la carpintería, oficios despreciados salvo cuando se nos rompe una cañería un domingo. Entonces queremos al mejor. Esa es una necesidad indiscutible. Como la de un policía si nos atracan.

Es difícil elegir qué se hace necesario y qué no según avanzan los tiempos. Yo soy de los que dicen que comer se mantendrá. Y querría explicaciones sencillas de porqué nuestros campos no están organizados para albergar más y mejor empleo, hasta cimentar el prestigio de quienes cultivan nuestros alimentos. Teniendo en cuenta las buenas comunicaciones, nadie acabará sintiéndose aislado del glamour de las ciudades.

Los coches, los muebles, la ropa… Imprescindibles: Cosas que hay que fabricar. Y para ello hay que tragar la dura puesta en marcha, hasta competir con calidad y hacer ver que lo fabricado aquí es preferible porque está bien hecho.

El atasco surge con las multinacionales y los sueldos de miseria. Duro asunto. Pero mantenernos con chiringuitos/restaurantes, pensiones/hoteles, es insuficiente. Porque los que gastan en eso lo hacen por necesidades creadas que no son básicas en tiempos difíciles: Si no tengo para vestir me lo quito de tomar el Sol en España y ya volveremos otro año. Además, la ropa me la compro aquí, en Girilandia, que es más barata, aunque sea peor.

Siento hablar en voz alta más que reflexionar. Gracias por escuchar.

Y tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXX)

2009/08/29

Amaneceres.

Es la única comprobación de la renovación de la vida que conozco. Quizá haya quien se levante pelín tarde y me escoñe el cuento, me corte el rollo o me diga que vale con despertarse. Pues bueno.

Entra el Sol, se ajusta el hombre para colarse por las persianas, refleja en algún cristal colocado y nos interroga con su reflejo en plena mirada: ¿Vienes o no?

Llega el remoloneo preventivo, en un breve e intenso intento inmediato de hacer que se largue a iluminar mazmorras o despachos de la Agencia Tributaria (quítese el más lóbrego) y él no se deja convencer.

Nos acompaña hasta el primer café y, si somos unos clásicos, hasta la recogida del primer bollo tierno de la panadería y el diario terso del kiosco de prensa.

A partir de ahí, nos suelta la mano y nos mete en la ducha, para que sea ahora el agua quien se encargue del siguiente paso: Culminar los crujidos óseos, las agujetas musculares, y los bostezos estilo hormigonera.

Terminados de peinar, el día por estrenar nos espera justo a la salida de casa, como los novios nuevos. En ese punto nos toca, al menos, recapacitar.

Hemos vuelto a latir y a respirar oyendo el ruido que se hace y los pies se apoyan en el suelo. Se pone en marcha un engranaje de cosas hechas por gente y nos distrae, teniendo que recordar en un momento planes inmediatos para encajar entre las ruedas. Pero no tan rápido, por favor.

Quiero insistir en mirar alrededor. Hay días tan ñoñas que se enamora uno del nuevo sistema de alumbrado de su barrio. Yo quiero llegar un poquito más lejos, porque mi edad ya me ha hecho pasar por noches de dolor, miedo y cansancio. Pero declaro que, incluso en esos días, mis pulmones se ensanchaban al volver a empezar, porque la noche, mágica recogedora de tristezas, se encargaba de cerrar tras de sí la puerta del agobio.

-Se trata de que lo vuelvas a intentar otra vez, amigo mío, -me decía la noche cada mañana, justo al marcharse-. Así es como se juega a esto.

Nunca he sabido qué contestarle. Pero sabe que le doy las gracias y que no olvido el frenesí que me ha dado para según qué cosas que sólo ella sabe envolver de misterio. Lo que pasa es que el revivir de cada día es un cheque en blanco que hay que cobrar de inmediato, con todos los instantes, y no despilfarrarlo.

Yo hace mucho que me lo tomo como el único que tengo. ¿Mañana?, ¿Dios, yo qué sé Quién? dirá. Vamos, digo yo.

De momento, nunca mejor dicho,

Tengan todos ustedes muy buenos días.