La prostitución.
Miles de puntos de vista.
-El del que no encontraría consuelo si no lo pagara al contado, sin la promesa futura de cambiarlo por amor.
-El del chulo cabrón que ve llegar dinero dentro del bolsillo del pobre diablo que se acerca a su muñeca favorita.
-El del guardia del orden, la ley y las buenas costumbres que hace lo que puede, pero no puede estar las veinticuatro horas del día pendiente de vecinos viciosos atraídos a estas actividades…
Faltaría el del párroco, el del presidente de la mancomunidad de vecinos y las asociaciones de padres de familia. Y todas deberían ser tenidas en cuenta.
Pero siempre, siempre, me falta el de la mujer, o la niña, puestas como cebo para que acuda King Kong y la rapte, juegue con ella y la deje tirada.
Que sí, que aparece con su sonrisa de marketing suburbano. Que con todo lo que lleva, además, tiene que sonreír.
Nunca me he atrevido a preguntarles nada.
Tuve dos abuelos muy valientes. Uno de ellos tenía la calle de al lado lleno de mujeres subastadas para los marineros de urgencias ciegas y violentas, de los que no recordaban las caras de una parada a la próxima de su barco en la ciudad. Muchas de esas mujeres encontraron defensa en mi abuelo para el maltrato que sufrían. No sabían pagar su ayuda de otra forma que en la especie de su carne con especias de perfumes. Mi abuelo rehusaba agradecido y se despedía con un apretón de manos, pero no las trataba con pena ni con desprecio. Él se volvía a su calle.
Hoy, por falta de buenos escritores que defiendan a las prostitutas, el mundo que ocupan se ha archivado detrás del de los fumadores, los compradores de bonos basura y, quizá, algún índice de precios al consumo. Ellas se consumen con menos toques románticos en los pocos artículos que avisan sobre los golpes que reciben.
Pero… ¡de todo hay!, ¡aquí parece que todas han sido arrancadas de una vida decente y obligadas a ganar dinero de una forma humillante!, ¡a saber cuántas están tiradas en la calle por decisión propia!
No me aprendo las estadísticas. Me da escalofrío desde el primero de los datos: Su edad. Y el resto, su procedencia, cómo viven, cómo pierden la escritura de propiedad de su persona.
Ahora las quieren quitar de las calles. Es comprensible: Los que no tenemos que arrastrarnos –todavía- para comer exigimos una dignidad al caminar por la vía pública. Sólo escribo por ellas, sin saber si sería capaz de visitarlas alguna vez que la soledad me acechara tanto, para que me protegieran de su ataque. No reivindico nada, salvo, y por qué no, que nadie las explotara si quieren vivir de redimir a los desheredados de las caricias. Esos que tiran el dinero al suelo y se van sin mirarla, con desprecio a quien les ha echado una mano para liberar las suyas de tanto trajín.
Punto y aparte, una reflexión dentro de la general: Cuando hay lujo, si no hay asesinatos de políticos que todo lo enredan, la cosa se ve con mejores ojos. Aún no he visto reivindicaciones en pro de la expulsión de mujeres envueltas en pieles. Hasta ahora, nos atrevemos con las cenicientas de saldo y esquina -Sabina dixit-. Las que están dentro de un cierto nivel adquisitivo; a nuestro alcance.
Brindo, de momento, por su libertad. No soy capaz de pedirles que se vayan de mi calle. Antes, me haré de valor para largar a un par de vendedores de veneno a los niños en el colegio del barrio. Para todo debe haber un orden en la vida.
Tengan todos ustedes muy buenos días.
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel
Escrito por Gabriel