Reflexiones de un sábado por la mañana (XCIII)

2009/11/28

La prostitución.

Miles de puntos de vista.

-El del que no encontraría consuelo si no lo pagara al contado, sin la promesa futura de cambiarlo por amor.

-El del chulo cabrón que ve llegar dinero dentro del bolsillo del pobre diablo que se acerca a su muñeca favorita.

-El del guardia del orden, la ley y las buenas costumbres que hace lo que puede, pero no puede estar las veinticuatro horas del día pendiente de vecinos viciosos atraídos a estas actividades…

Faltaría el del párroco, el del presidente de la mancomunidad de vecinos y las asociaciones de padres de familia. Y todas deberían ser tenidas en cuenta.

Pero siempre, siempre, me falta el de la mujer, o la niña, puestas como cebo para que acuda King Kong y la rapte, juegue con ella y la deje tirada.

Que sí, que aparece con su sonrisa de marketing suburbano. Que con todo lo que lleva, además, tiene que sonreír.

Nunca me he atrevido a preguntarles nada.

Tuve dos abuelos muy valientes. Uno de ellos tenía la calle de al lado lleno de mujeres subastadas para los marineros de urgencias ciegas y violentas, de los que no recordaban las caras de una parada a la próxima de su barco en la ciudad. Muchas de esas mujeres encontraron defensa en mi abuelo para el maltrato que sufrían. No sabían pagar su ayuda de otra forma que en la especie de su carne con especias de perfumes. Mi abuelo rehusaba agradecido y se despedía con un apretón de manos, pero no las trataba con pena ni con desprecio. Él se volvía a su calle.

Hoy, por falta de buenos escritores que defiendan a las prostitutas, el mundo que ocupan se ha archivado detrás del de los fumadores, los compradores de bonos basura y, quizá, algún índice de precios al consumo. Ellas se consumen con menos toques románticos en los pocos artículos que avisan sobre los golpes que reciben.

Pero… ¡de todo hay!, ¡aquí parece que todas han sido arrancadas de una vida decente y obligadas a ganar dinero de una forma humillante!, ¡a saber cuántas están tiradas en la calle por decisión propia!

No me aprendo las estadísticas. Me da escalofrío desde el primero de los datos: Su edad. Y el resto, su procedencia, cómo viven, cómo pierden la escritura de propiedad de su persona.

Ahora las quieren quitar de las calles. Es comprensible: Los que no tenemos que arrastrarnos –todavía- para comer exigimos una dignidad al caminar por la vía pública. Sólo escribo por ellas, sin saber si sería capaz de visitarlas alguna vez que la soledad me acechara tanto, para que me protegieran de su ataque. No reivindico nada, salvo, y por qué no, que nadie las explotara si quieren vivir de redimir a los desheredados de las caricias. Esos que tiran el dinero al suelo y se van sin mirarla, con desprecio a quien les ha echado una mano para liberar las suyas de tanto trajín.

Punto y aparte, una reflexión dentro de la general: Cuando hay lujo, si no hay asesinatos de políticos que todo lo enredan, la cosa se ve con mejores ojos. Aún no he visto reivindicaciones en pro de la expulsión de mujeres envueltas en pieles. Hasta ahora, nos atrevemos con las cenicientas de saldo y esquina -Sabina dixit-. Las que están dentro de un cierto nivel adquisitivo; a nuestro alcance.

Brindo, de momento, por su libertad. No soy capaz de pedirles que se vayan de mi calle. Antes, me haré de valor para largar a un par de vendedores de veneno a los niños en el colegio del barrio. Para todo debe haber un orden en la vida.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCII)

2009/11/21

GRIPES.

En efecto, el Sistema se ha gripado. Un motor que funciona con sangre tenía que atascarse más tarde o más temprano.

Lo de la lucha de clases, cansino para tanto discurso incompleto, ya es anécdota para el ultra liberalismo y sus defensores se ríen con menos miedo de ella en las complacidas tertulias.

Lo de la globalidad, como el último jersey de moda que llevan, es algo simpático de enarbolar y, dado que siempre hay tiburones para morder y triturar, se le deja el trabajo sucio a los que de verdad sostienen las desigualdades, los esbirros.

El capitalismo es la forma técnica de llamar al modo de ganar siempre los mismos, y cada vez más.

De nada sirven los infinitos cálculos que demuestran que hay –habría- medios para que la Humanidad, sin excepción, viviera con dignidad.

Pero nadie se fía.

Incluso, yo entre ellos, los que enarbolan repartir al menos los excedentes para los que no tienen nada, ceden en más de una discusión a base de frases hechas:

-Siempre habrá pobres y ricos,

-Es la condición humana,

-Lo mío me lo he ganado…

Son un clásico.

Lo difícil pero deseable sería hacer ver hasta qué punto consumimos y adquirimos –y al revés- lo superfluo. Mucho más allá de producir esquilmando el futuro del aire y del agua, heredados limpios, nos conformamos con que el fin de la civilización justifica los medios. Esa civilización, medida cada día en términos de productos adquiridos para distinguirnos, llega a muy poquita gente, quizá nacida en la tierra de donde nos llevamos su silicio, su carbono o su gasolina a precios de vergüenza.

¿Cómo parar?

De momento, siempre me respondo que compartiendo más. Por las bravas y de modo inmediato, no es la primera vez que defiendo canalizar ayuda –dinero, comida- a través de las ONG. Creo en ellas y confío en su actuación. Y no todas son grandes ni muy bien organizadas. Las hay que trabajan en proyectos pequeños y aislados, pero con eficacia.

Pido además que, ahora que se democratiza una enfermedad –no sé si por motivos aleatorios de una tribu de virus- nos volvamos a mirar a quienes viven en el constante miedo a que nadie les socorra. Ninguna pedrada nos duele más que la recibimos por sorpresa, cuando más protegidos creíamos estar.

Pues debo recordar que la máxima potencia mundial dejó abandonados a su suerte a miles de personas sin hogar cuando se les pinchó la goma del dique con el aguijón del Katrina.

No sé cómo se hacen las cuentas de una nación. Pero sí sé hacer muchas cuentas pequeñas, para que cuadren.

La primera, por la cuenta que me trae, es aprender a pensar en los que no han tenido tanta suerte de nacer por aquí cerca. Devolver la dignidad de mucha gente, a cambio de lo que se pudre en la alacena de una cocina, es una obligación para ya mismo.

Le ruego lo consideren.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCI).

2009/11/14

Tristeza de amor.

Se ha cantado tanto a un momento de pasión que la fuerza necesaria para el día siguiente se emplea en el desencanto. Se amó un domingo y el embrujo se desvaneció el lunes por la mañana. ¿Qué pasó?

Se han hecho tantos versos buenos y muchísimos muy malos tomando en vano el nombre del amor que ni siquiera el verso libre puede ayudar siempre.

Hay que parar y mirarse de nuevo a la cara. Y un poquito menos al espejo.

Suena aguerrido decir “te deseo” y no es difícil, buscando bien, encontrar esa frase del momento que prenda la mecha, que despierte la atracción para lanzar los cuerpos a la combustión. Y no he dicho que haya que pronunciar una sola palabra.

Pero vuelvo al día siguiente. Will you still love me tomorrow?, ¿me seguirás queriendo mañana?, pregunta la canción en nombre de los dos.

-Yo ya no estaré recién afeitado, y mi camisa estará arrugada.

-Mi perfume se habrá evaporado, y una de mis medias estará llena de carreras.

¿Se lanzarán a un abrazo?¿Celebrarán de alguna manera el regalo de la noche anterior?

No planteo que las niñas salgan con un certificado de matrimonio en el bolso, para el día después. Pero no me creo que se pueda vaciar del todo de ternura una caricia, por mirarse cansados y resacosos unos cuerpos que horas antes vibraban en un combate sin armas.

La noche desborda, se sabe infinita y hace de anfitrión para que los desconocidos se presenten sin formalismos. Y cualquier potenciador del atrevimiento, en forma de falda corta o pastillazo con cola tira abajo los protocolos.

Pero incluso el más duro, el que más se pueda reír de lo que hoy digo aquí, acompañado de quien mejor cacería obtenga esta misma noche, necesitará sentir que se comunicó, que conectó, que –busquen de nuevo la palabra o el verso- compartió algo más allá de sus fluidos, que normalmente se aconseja hacer envasados, por tanto lío de virus. Hablo de hablar, quizá por lo noble, de desnudar despacio, quizá por lo emocionante, y hablo de rescatar y ser rescatado por –una mínima dosis- de amor. Sí, con dos cojones, de amor. Para que no haya que andar todo el santo día definiendo el concepto, propongo incorporarlo a cualquier ritual erótico. No es tan imposible. Es ponerse.

Y, si no puede ser, al menos un apretón de manos. Es lo menos que esos dos cerebros, ahora despiertos y lúcidos, le deben a dos cuerpos que lucharon afanosamente la noche anterior por grabar en sus memorias un episodio feliz.

Que bueno, que sin compromiso, que sin contratos. Pues claro. Pero sin ternura, eso sí que no. Por ahí no paso.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XC).

2009/11/06

Sobre la corrupción.

Agradeceré a priori cualquier valoración graduada del 1 al 1.000 de la cantidad de demagogia que, a sabiendas o no, suelte hoy por aquí, aunque no debería ocurrir.

El asunto es el dinero público ¿no? El que ponemos entre todos con impuestos más o menos confiscatorios para unos, ejemplo de modelo de vida para otros. Pero el dinero es de todos.

Y resulta que, al que lo trinca sin pudor, resulta que no lo devuelve.

Pero ¿esto qué coño es?

Vamos a ver: Si la forma jurídica de coger en directo dinero que no es de uno se traduce por presunta apropiación indebida de fondos, malversación de caudales en lugar de pagar las obras y servicios públicos y falsificación de documentos en lugar de trampa tras trampa, me parece bien. Yo me adapto a cualquier nomenclatura políticamente imbécil. Pero, insisto, ¿por qué no devuelven la yesca? ¿Cómo es que el mayor crimen tras el ataque a las personas, el defraudar la confianza colectiva, no desemboca al menos en la devolución de lo trincado?

Estoy harto de ver que la realidad pura, dura y caradura, directa y abyecta, del representante público que se queda con dinero ídem resulta que cumple unas penas de cárcel mínimas, por debajo de las solicitadas y encima no repone hasta el último céntimo de lo que ha desviado a su bolsillo.

No puedo concebirlo.

Cualquier dinero recaudado tiene el carácter sagrado de la puesta en común del esfuerzo individual y la infinita carga de confianza. No olvidemos los tiempos en que un general que fracasaba en una misión era sacrificado al regresar ante su rey. Aceptaba así haber defraudado una confianza ilimitada en su capacidad, lo que le había llevado a vivir rodeado de privilegios.

No es posible que las noticias se carguen de gilipolleces relativas a corrupción para tenernos entretenidos a base de especulaciones y ninguna, ni una sola, haya girado en torno al balance final de lo rapiñado y lo repuesto. Resulta descacharrante.

Trabajo en una empresa donde cada gestión, por mínima que resulte, está identificada por una persona, su clave y su contraseña. Y me consta que así se funciona en muchas más, algunas de ellas públicas: Con un registro informático de cada decisión con repercusiones patrimoniales. Como conclusión, no me entra en la mollera que no se realice una auditoría por sorpresa, de manera esporádica, para establecer en ese momento el cuidadoso ejercicio de la administración y aplicación de los caudales públicos. Al menos, que fuera verdad el adagio de mi amigo Antonio: “Las cuentas claras aunque el dinero no aparezca”… de momento. Pero que esté en algún sitio diez minutos más tarde.

No es de recibo que en un mundo informatizado para ordeñar vacas no cuadren los números de ningún balance. Los auditores tienen la obligación de preguntar el menor pormenor de una factura y quien la ha pagado debe sabérsela de memoria. No hay más que hablar.

No olvidemos que miles de proyectos de futuro que saldrían adelante con inversiones públicas dejarán de llevarse a buen término por la intervención de un sinvergüenza que se inventa una empresa fantasma para generar facturas y  hacerse rico. La justicia debería ser inexorable e inmediata. Si hoy pesco a un jeta con los bolsillos sobredimensionados, antes de mañana ese pájaro está firmando una orden de transferencia a favor de la Hacienda Pública cuyo importe contenga el nominal de lo trincado y un buen puñado de plusvalías que no se merece y que suponen la cancelación del progreso de mucha gente y la pérdida de calidad en los servicios públicos. Su cabeza, en términos decapitativos, no me interesa. No vale para nada bueno. Y, por los motivos expuestos de traición a la solidaridad mínima y básica que supone administrar con seriedad los impuestos, no le perdono. Ni lo haré jamás. Al menos que tenga un par de cojones y se lance a robar como se ha hecho siempre y no meta más la mano en el bolso de los pensionistas, los parados y la educación.

Midan ustedes el índice de demagogia. Yo todavía estoy maldiciendo cada céntimo robado por esta pandilla de canallas.

Pero, eso sí, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIX)

2009/10/31

VUELTAS SOBRE LA EDUCACIÓN.

¿Se educa para convivir por encima de cualquier otra consideración?

¿Merece la pena gente desagradable con los demás en cualquier reacción de cercanía, pero eficiente en su trabajo? ¿Por ejemplo un gran cirujano grosero?

¿Soportamos a quien no cumple con su deber pero se levanta a ceder un asiento a la primera anciana que se le echa encima en un autobús?

Parece que nos hemos metido en un período de demasiadas preguntas, porque no hace mucho tiempo aceptábamos que “había” que educarse. Y, por supuesto, había que formarse.

¿Toda nuestra bendición a los estudios y aprendizajes era “porque sí”?

¿Pensamos ahora que había demasiados “porque sí” para nuestras preguntas?

Generaciones que se enfrentan antes que confrontar sus formas de ver la vida. Porque tal vez se trate de eso: Gente que ha luchado y ha cumplido un ciclo: Devolver a la Naturaleza el favor de haber nacido y luchar por ver a sus hijos encarrilados y capaces de repetir, a su modo, lo de aportar trabajo y mantenimiento de las cosas de todos, es decir la tribu es decir la ciudad es decir un país…

A una edad –me repito mucho por haber llegado a una edad- uno se piensa que conoce la lógica del mecanismo social. Los niveles de niños sin caprichos, jóvenes con capacidad de esfuerzo, maduros en plenitud desarrollando labores y viejos respetados y cuidados, constituían una estratificación aceptable por lo aceptada a lo largo de mucho tiempo.

Pero…

Al niño lo peinan como un predelincuente, por las fotos. Y le dejan un ordenador para que no dé mucha jarana. Si dice tacos, hay que ver lo gracioso que resulta.

Al joven se le ponen vehículos de potencia imprudente en las manos y bebidas muy subidas de decibelios que, junto a los grados de la música que le anima, confunde el madurar con satisfacer caprichitos y la búsqueda de un lugar propio con encontrar a oscuras la habitación en la casa paterna sin despertar a nadie.

El maduro se da por cansado y desprecia la desconexión con los jóvenes, a los que reprocha el egoísmo pero envidia la vidorra que se está pegando, de donde nadie queda para avisar de que Esto hay que mantenerlo entre todos.

Nadie se acuerda de que la educación, constante, diaria, de conocimientos y actitudes, es lo único que hace de pegamento. Elimina reacciones violentas y venenosas, porque, al conocer las normas sin hablar tanto de ellas, se emplean como el aire al respirar y nadie tiene que recordárnoslas.

Saber cosas y saber usarlas. Formarnos para relacionarnos.

Para mí, una mezcla de las dos.

Fuera el relativismo: El fracaso escolar es una tragedia que se ha quedado en sainete –ni siquiera en drama- y quien se tiene que formar no le concede el mínimo carácter sagrado que ha tenido durante miles de años.

Transmitir conocimientos es dar el relevo de lo que se ha aprendido y la forma de conservarlo. Dentro de saber dónde está un país está incluido las personas que lo levantaron y quienes ahora lo sostienen. Esa cuestión hay que reivindicarla miles de veces al día para que se nos meta en la mollera que un suspenso al que no se le hace caso es un desprecio absoluto a la formación, al formador y a la dignidad humana, el motivo primero por el que cualquier mostrenco, el más cenutrio de los que dejan la escuela, debería pararse antes de tirar una farola. Y un minuto después, buscar a quien le ayude a elegir un buen libro. Hay y debe haber tiempo para todo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVIII).

2009/10/24

Y VUELTA A EMPEZAR.

Amstrong Blade, tras superar de nuevo la barrera del tiempo, cada vez más espesa y reacia a permitirle viajar entre universos paralelos, aterrizó de nuevo en su cama, junto a su mujer, Amaranta, que mantenía los veintinueve años recién cumplidos, la edad en la que Amstrong había decidido mantener su relación de pareja con ella.

De nuevo la acarició y de nuevo sonrió al oír de sus labios que “le parecía haber hecho el amor una sola vez en la vida”.

Antes de salir para la oficina, dejó programada la máquina. Decía a su mujer que su necesidad de diálisis obligaba a que nadie tocara los mandos y, cuando ella se quedaba de nuevo dormida, Amstrong se ajustaba al viaje que le haría comenzar de nuevo el mismo día, una y otra vez.

No pensó jamás que en el infinito del espacio se cruzaran infinitas mujeres iguales a Amaranta para detener el tiempo de una maldita vez y hacerle parar. Rodeado de ellas, en una parada que la máquina no le había obligado a hacer nunca hasta ahora, recibió un número infinito de demandas de divorcio por poligamia.

Firmó los papeles que le presentaron y buscó la garantía de la máquina.

El pequeño cuento anterior me lleva a pensar en ciertos roles preestablecidos: El donjuanismo, certificado en poligamia, dirige una obsesión por la juventud y se apoya en unos medios –técnicos o inmateriales, pero al alcance de unos pocos- para evitar la aceptación de la madurez.

Tener en el alma la experiencia de mucha vida y poderla saborear con un cuerpo que no envejece está realmente bien como idea. Pero, sin más, afirmo que es inviable. Y los cosméticos garantizan que el/la del espejo nos sonríen durante un breve tiempo cada día, pero no pueden hacer más.

El hecho nos lleva a intentar –lo he planteado más de una vez y me quedan muchas- reflejarnos en la mirada de quien comparte con nosotros muchos días llenos de cosas mejores que otras.

Hay mujeres sabias que me dicen que aprenda a valorar los años que mi pelo ha aguantado sobre la cabeza, y que lo agradezca. Y, si puede ser, que pierda el menor tiempo posible en echarlo de menos.

También hay algún amigote que se para a recordar y a agradecer los buenos tiempos. Sólo les suelo hacer caso si, al contarme sus batallitas, tiene un gesto, entre consciente e inconsciente, de complicidad con su pareja. Ahí le suelo dar el mínimo crédito que merece su reflexión.

Achaques, pérdida de frescura: Desgaste. Pues sí, pero en comparación con cualquier máquina que se haya inventado salimos mucho más rentables y nos alimentamos de sabiduría si no nos da por ponernos tristones a base de remiendos y alegrosucciones.

Demasiado nos cuidan en comparación de sólo unos años atrás. Estamos más protegidos, aunque siempre pongamos una cruz en “eterna juventud” al pedir servicios sanitarios públicos.

Esto es lo que hay, sin perjuicio de –lo digo para todos- avisar a los jóvenes de que son unos pobrecitos engañados a quienes el torrente de energía que no manejan ni controlan los puede hacer volar sin repostar. Les aviso para que no griten de dolor ante la primera arruga. Y que la vean junto a quien comparten su vida. Para que les dé la risa y se lancen a la cama juntos. Y dormir después abrazados, que suena cursi, pero es un instante de felicidad que ni el más capullo de los dioses ni el más vaina de los demonios han conseguido deshacer.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVI)

2009/10/10

Tráfico ciudadano.

El último de los diálogos que oí tras un frenazo múltiple pero sin cracks ni papabúm posteriores, fue más o menos el siguiente:

-¡Mamostias, que se caigan los cuernos pa que te crezcan otros seis cuanto antes!

-¡Jiñatinta, que el tonto que te dejó salir esta mañana a la calle ya está en la cárcel, por crímenes contra la Humanidad!

O similares. Junto a un concurso de claxon dirigido por un guardacoches ex maquillador de la familia Manson el día de Halloween.

Tengo que no es tan fácil evitar los problemas de tráfico. Miles de horarios se enfrentan a otros tantos socavones y estrechamientos en las calles por las obras y los tiempos de los semáforos están hechos a un ritmo de samba. Mejor de conga.

Pero tiene que haber algo sagrado. El peatón. Para mí, tanto para el viejo, el niño, la madre o el cartero de a pie. Y algo falla si no se les pone, a todos, en primer orden de protección.

No es algo trivial, sino terrible. Sin negar las imprudencias de ancianas que empiezan a cruzar cuando el muñequito verde se larga para descansar un minuto, la velocidad en las calles con semáforos muy próximos a las esquinas es excesiva, con la pinta de ser inconsciente, de no necesitar un control. Y sí hace falta.

Las estadísticas no nos conmueven. Quizá una muerte aislada, bien publicada, nos lleva a pararnos en la noticia. Pero no nos perturban cientos de peatones arrollados en las calles, que ya no volverán a bajar a la farmacia a por una aspirina. Que para eso han bajado algunos y no han vuelto. Confiados en conocer su calle, no miran a los lados. Y despistados por la recta de la que vienen, a muchos coches no se les tira del bocado antes de girar en esquinas de barriadas llenas de comercios, donde la calle hay que pisarla tanto como la acera.

Desde aquí me cago en la leche que mamaron las mamaítas jóvenes que, para cruzar una calle, lo hacen entre dos coches y lo primero que asoman entre ellos es el cochecito con el niño dentro. Sin parar de fumar y de charlar de sus cosas con otra mamaíta.

Y en la que le dieron a los que dejan a niños con balones sueltos cerca de los bordes de las calzadas, a punto para ser perseguidos por los niños, sus dueños, que no miran sino recuperar su tesoro.

Despistes, sí, pero sin retorno ni arreglo en muchos casos.

Tenemos que convivir con máquinas de miles de kilos que se mueven como arietes, aunque su aspecto sea el de una carroza brillante que nos lleva cómodamente en su interior. Ellas a motor por su lado, nosotros a pie por el nuestro. Pero hay que cruzarse, ahí está el sencillo dilema.

¿Y si a los peatones nos quitaran puntos de viandante para evitar que nos pongan los de sutura?

Veo un cierto futuro de transporte colectivo más extendido y seguro en las ciudades. Pero pido un mayor cuidado para los peatones.. Bastante peligro hay de que te caiga un ladrillo de una obra para que, además, te traten como a una pelota de tenis por cruzar una calle.

Son demasiados accidentes. Hay que mirar para cruzar las calles. Desde dentro y desde fuera del coche.

Una sola vida que no se pague al frenesí de vivir como vivimos merecerá la pena. Como ejercicio, procurar ir por las calles más atentos a todo lo que pasa en ella, por ejemplo, sin la radio metida en las orejas. Es un poner.

Mientras, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXV)

2009/10/03

Madrid 2016.

Un sueño terminado en un despertar con decepción. Mala suerte. Mi pena por Madrid, seguro que una opción magnífica.

¿La mejor?

Puede que se –si se valora con honestidad- haya demasiados factores para establecer quién es la mejor. En cambio, -si no hay demasiados intereses oscuros- la puntuación decide en función de unos baremos puestos a priori. Pues vale.

Pero es que…

Hablar de Madrid es hablar de progreso y es hablar de saber vivir en la calle. En Río de Janeiro necesitan muchas víctimas al día y alguna que otra en sus carnavales, para poder estar un par de millones juntos, en la vía pública. En Madrid no existe la obligación de sacrificar tantas vidas. Y su alegría, me temo, es la transmitida al mundo oficialmente: la de unas cuantas bellezas mulatas al ritmo de una música insistente y machacona. La gente de Madrid ha sobrevivido a muchas batallas y sabe organizarse mejor en un tinglado de exigencias milimétricas.

No tengo criterio para pensar en otra candidatura. Son muchos años y se pierde la perspectiva, alego eso de las vueltas que da la vida.

Pero tengo una preocupación de más calado, queriendo decir poco ingenua.

¿Ha habido un juego de todo a una carta en el aspecto económico?

Es decir:

¿Se han echado al monte las finanzas de Madrid -instituciones varias- pensando en compensar tantísimo gasto público en poner la ciudad de caramelo con los ingentes, contantes y sonantes ingresos de las grandes promotoras de los Juegos?

Los derechos de transmisión y la publicidad, las ventas y la llegada de visitantes, ¿se habían contabilizado en el activo un poco antes de lo previsto?

No soy quien para recriminar esta audacia. Creo que cualquier político, de cualquier signo ideológico oficial, habría apostado lo que han apostado los madrileños, incluyendo la camisa. Y es que, insisto, no había mejor candidatura. Eso es un respaldo para soñar con los pies en el suelo.

No alcanzo a pensar en los puntos asignados para que en la votación final se quede fuera Madrid. Hoy por hoy, la logística de instalaciones, de las sedes centrales y de muchas periféricas, están –estaban- listas para ser operativas, con adaptación inmediata para su uso olímpico.

Pero es a los madrileños –quiero suponer en general- a quienes envío mi sencillo consuelo. No porque vayan a librarse de unos atascos de tráfico de tres o cuatro semanas, sino porque se va la oportunidad de probar cuál es la mejor forma del mundo entero de indicar dónde está una calle a alguien que llega por primera vez. Unas calles llenas de coches y ruidos para trabajar, pero también de edificios que cortan la respiración, monumentos dignos de ver y una cierta grandeza humana que sabe que se ha nutrido de gentes que venían de todas partes.

El COI se lo pierde.

Mientras si nos presentamos o no,

Tengan todos ustedes –especialmente los madrileños- muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIV)

2009/09/26

Vivir juntos.

No sé en cuántas especies siguen juntas las parejas después de procrear y –más o menos- sacar adelante a los pollos o bichos en general.

Mientras no están juntos, los muchos que no lo están, ¿ligan, conviven, trasnochan?

No hay mucho escrito sobre ello.

Los humanos hablamos de instituciones que disciplinen a las personas, antes que hablar de las personas.

Nos escudamos en normas, tradiciones y reglas que dan estabilidad, pero después jugamos con el aburrimiento si pasa mucho tiempo de convivencia obligatoria.

He oído disparates. Cosas terribles que maridos y mujeres se hacen entre sí. Por no nombrar las que se dicen. Y las muertes, irreversibles, de las que la primera debería sobrar para llevarnos las manos a la cabeza y estrujarla hasta que soltara ideas. Y verdades.

La pareja.

El hartazgo. La obligación antes que la sinceridad.

En un mundo plastificado donde queremos sólo lo bueno de las situaciones, no es fácil ver envejecer a la pareja y encontrar una barriga fláccida (y no sólo una barriga) donde antes había abdominales y una batidora sin necesidad de conexión a la red.

Nos queda, entre otras soluciones que se inventen, la complicidad. Y saber mirar atrás. No es fácil que el deterioro físico le toque a uno y al otro no.

Lo malo es confundirse, creerse capaz de soltar una liana sin haber agarrado bien la otra.

Ir de flor en flor parece divertido. No responder a horarios ni compromisos da una gran impresión de libertad. Pero la libertad hay que saber disfrutarla, como saber gastar el dinero. Mi experiencia es que vale la pena intentar conquistarla junto a alguien.

Es como hacer el amor cuando estás follando. De lo mejor que he vivido en mi vida.

No hago apología del matrimonio, sino de la prudencia. Si alguien se arriesga a decir “te quiero”, que sepa lo que está diciendo.

Si lo que se quiere es ver un ratito al día a alguien despampanante, bien vestido y sin cara de cansancio, hay que llamar a una agencia y aprender a volver a casa sin que nos espere nadie. Otra opción es esperar a que tu pareja esté arregladita del todo y mirarla entonces, no mientras se está depilando. Es decir, buscar y rescatar lo bueno sin que nos lo den siempre hecho. Aprender a querer con los defectos y, en muchos casos, por ellos. Huir de lo perfecto en la pareja.

Y mirarse a los ojos, no lo olvidemos. Que no es tan fácil como parece.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIII)

2009/09/19

Reacciones.

Según te coja el cuerpo, supongo, vale para todo.

Pero entonces los payasos, si se levantaran tristes, no nos harían reír.

Y a los cirujanos les daría corte operar si su timidez se acentuara.

Y los albañiles dejarían de construir su futuro en un día en que no se levantaran con firmeza.

Y los cantantes poco cantarían si no tuvieran mal que espantar.

Y los que se levantasen demasiado tarde, harían que ni la dicha fuera buena.

Y…

No, no; hay que ir a comprar lo necesario, aunque hayamos terminado de comer hace un minuto y no lanzarse a comprar por engullir con los ojos cuando aún no hemos almorzado.

En general, creo que hay que ser profesional en esto de vivir y reaccionar con algo de brío a lo que se nos va poniendo por delante.

También, en general, afirmo que hay un sector que tiene las mejores reacciones, por inmediatas, fáciles de aplicar y eficaces. Son las madres y punto.

Y que, en general, las reacciones generales ante un problema son de rechazo, hastío y contrariedad; después, con ayuda, se van poniendo las piezas para resolverlo.

Concretemos.

Vivir en la calle: El tráfico, un poner, nos hace sentir, como conductores, a la altura de un dragón con una franja de tres metros de ancho en propiedad. Y defender ese territorio es sagrado, por encima de la fluidez de la circulación, hasta reaccionar con la virulencia del invadido, aunque sea verdad en lo que a carriles se refiere.

Pero, en general, en general, reaccionamos con mucha solicitud ante una caída o indefensión de los que van a pie. Quizá el estar fuera de esas máquinas de acero nos identifican más con lo vulnerable de la piel.

Vivir en casa: Rutina, opiniones contrapuestas, falta de diálogo… ¿o de ganas de hablar? que se justifican con cansancio, mientras que si alguien nuevo aparece por la puerta, en general, somos más simpáticos, más comunicativos.

Puede haber intento de tesis en esto de hoy.

Las reacciones son químicas, puede ser. Pero hay una voluntad para controlarlas: La nuestra, por raro que parezca. Siempre, lo he dicho siempre, hay un momentito, un mini instante que nos facilitaría con la práctica no tener la peor de las reacciones posibles.

Si alguien está esperando un abrazo, no es lo mejor soltarle una cara digna de fabricantes de huevos podridos. Bastaría una pequeña pero mínima reacción que pide comprensión para nuestro mal genio. Pero lo mismo sucede si hay alguien que espera un golpe o un desprecio. También da tiempo, en general, a meterse la mano en el bolsillo y respirar hondo.

Ahora aplíquese al que tiene un millón de litros de mierda líquida para verter en el mar, una cerilla en un bosque seco, o un botoncito nuclear. A ver quién lo convence de que no reaccione a la primera, el muy capullo.

Para el resto, propongo el no echar la culpa, en general, a los demás.

Tengan todos ustedes muy buenos días.