Bitácora de un zombie gaditano.

2009/10/12

Lo que de verdad pasó es que, tanto pasar, tanto pasar de despertadores, se me pasó la hora y me dormí bajo el paso a nivel. Y, de paso, que un camión me pasó por encima. Y así estoy ahora, me siento como semimuerto total en vida, porque el camión iba hasta la gorra de fertilizantes nitrogenados, lo cual que mi cuerpo se piensa entrar en descomposición a un ritmo muchísimo más lento que Berlusconi. Aún así, para empezar cada mañana paso de la ducha al riego y del enjabono al abono. El primer día no ha estado malota la cosa. A ve si más adelante puedo despegarme el traperío der pellejo.

1. Aceptación del hecho.

Para yo creerme las cosas, desde chico se las contaba a mi amigo er Tato, a mi vecina Rosi o a mi director espiritual, don Antonio, un salesiano.

Descarté a la Rosi, porque se casó el viernes, en una boda preciosa de la que salí tan borracho que me dormí bajo el paso a nivel. No la odio, pero no la llamo de momento. Además ella ya tiene su vida.

Descarté a don Antonio, porque a él también lo pilló un camión, pero hasta la gorra de adoquines de acera, y difícilmente me iba a prestar atención. A lo más, habría podido estar catalepsialesiano.

Así que llamé ar Tato.

-Quillo, que soy yo, pero pa mí que una mihita muerto, -le dije sin rodeos.

-Me eshiio una camizeta por lo arto y gedamo, quillo, en la plasa Mina, -dijo mordiendo argo, quizás cuatro peras verdes.

-Que no, cohone, que no; que mehón en el antiguo cementerio, dónde va a pará, -le dije entre reproches y llamadas a la coherencia.

-Voy –dijo claramente. Él se traga hasta cinco peras verdes “tela de fási”.

Se trajo a mi madre, que me peinó la mar de bien y trajo a su vez un traje para usar en los funerales, pero no me pude quitá el del viaje. Er Tato es fino y me ahorró el sofocón de dar la noticia de mi propio óbito transit mundi.

-Mira, niño, no hacía falta que te pusieras tan caprichoso si lo querías estrenar. Ya están avisados los vecinos, agüeli Paca y los primos. Que dice tu padre que con lo despistado que eres, a ver si se te olvida acudir y nos dejas compuestos y sin muerto.

Quedamos para el lunes temprano. Yo le dije que quería algo sencillito y ella me sonrió y me dijo que igual que los cumpleaños. Mientras, er Tato y yo nos sentamos a tirar piedras al agua desde el muelle, aunque el del trasatlántico dijera que una se coló adrede por una ventana redonda. Mentira.

2. Ceremonia.

-Que sí, que macuerdo de todo y de todos ustedes, no se creái que ando acarahotao. Se trata, en esencia, de un proceso de ralentizatis moribundi, un frenaso bioilógico que la Madre Natura se ha propuesto iniciar tomando mi cuerpo serrano como conejillo de Indianápolis. Vamos, digo yo -dije a modo de respuesta a la primera pregunta de la rueda de prensa que tuve que dar al entrar por la puerta.

-¿Qué te parece el féretro?- preguntó Rosi. La Rosi, aunque recién casada, se había llegado por el bloque pa empaparse bien de tó. Por la noche tenía pensao ella darle un recital al marío, para que no se le pusiese tristón.

-Lo acabo de probá y es confortable, mullido, amplio y me parece que lavable. Lo digo porque aún no controlo por completo mis funciones existenciales y he depositado en mi nueva morada algo de lastre de mi anterior existencia.

-¿Quieres decir que ya no vas a comer nada jamás, quillo? –preguntó un amigo de la oficina, José Milla, uno con el que yo siempre tenía el detalle de compartir los bocadillos que le ponía su madre pal recreo.

-No lo sé, -respondí profesional, echando la cabeza pa un lao, pa que mi madre me cosiera bien una oreja que se me descolgaba del otro-. Tiempo ar tiempo, que por lo visto esto de la diñansa en vida va para largo. Ahí está er Drácula pa confirmarlo.

El resto de la velada, mucho más distendido, trató sobre pólizas de seguro de vida, planes de pensiones y demás productos financieros a implantar en las entidades de crédito, pero buscando a un público objetivo distinto.

3. Principio de reorganización vital.

Después de que se largaran pa su casa los vecinos y algún que otro cotilla, me acosté. Estaba muerto de cansancio. En serio que lo digo. Acepté lo del ataúd en medio del salón y le dejé mi cuarto a mi hermano er shico, er LoloChano.

Sin podé todavía desprenderme de la ropa que llevaba el día de la boda, llamado por el forense el día de camiones, en lugar del día de autos, no me puse er pijama pero me puse un vasito de agua al lao, porque la lengua se me puso como una esponja sequerona, como tirando a lija del siete.

Al amanecer, porque todo llega, intenté levantarme como si tal cosa. Y eso ya no iba a ser así, por la cara como siempre. Ni hablá der peluquín.

-¡Niño!, ¿ande va? – me dijo mi madre mientras me ponía una mihita de aceite yonson por los huesos-. Esto lo he consultado con don Fernando, tu médico desde shico, y me ha dicho que, como las lavadoras y las motos, te tiene que poné lubricante previo para echarte a andá en tu nueva condición de cacho de carne transitorio.

Me encantó la denominación para mi nuevo status. Mi madre le ha puesto siempre nombres a las cosas como nadie. De hecho, cuando vi que se ponía temprano a gorpeá los filetes pa la comida, me dijo “es que están mu sorollone, como acartonao, y les doy una palisita pa que se aflojen y se vengan a las buenas. Después, dos kilos de papas fritas alreó y palante.”

Otra cosa pal estudio: “A ver los sabores. A ver cómo me las avío yo si ahora un gahpasho de mi mare me sabe lo mismo que una ensaladilla soviética. Ya lo veré a la hora de la comida”, me dije.

Cuanti que vi que no me crujía casi ná, me alisé la ropa de seudocadave ambulante y me fui pal INEM.

4. En el entramado social.

-A la cola, paño de cosina andante, -me soltó el que tenía el número 277 en la cola del paro.

Cuando iba a añadir, mu lleno de grasia él, que “hay musho vivo por ahí”, me miró, le miré y me regaló el número y un cupón de los siego que también terminaba en 7. Pa mí fue toda una premonisión, aunque al lavarme el pantalón por primera vez tras mi metamorfilasis, se quedó hesho un jigopaza y no lo pude cobrá, seis meses después.

En la ventanilla, la señorita me dio quince impresos de solicitud y dos veces el pésame, uno pa familiares y allegados y otro pa mí personá e intransfiriable, algo novedoso tanto para ella como para mí. Pero ni rellené ná de pronto ni ná ni ná: Yo mabía enamorao en cuestión de segundos y ella, al no darse cuenta, me volvió a matar. Yo sé lo que me digo.

Me llevé los papelillos autocopiativos pa mi casa, a ver si entre el LoloChano y yo los pudiéramos cumplimentar cuanto antes, para volver a esta oficina y entrarle a la chavalilla con un par de coplas finas. Yo es que soy, era, no sé si seguiré siendo, un chirigotero clandestino, nada de finales en er Teatro Falla. Yo por las calles.

Toa la tarde me tiré poniendo mi nombre, mi estado civil, mi estado de descomposición, y mis cualificaciones profesionales. Yo, que nunca había dado mucho gorpe en vida, sarvo en las broncas guapas de la punta San Felipe, me encontraba en mi nuevo estatus cumpliendo con un cometido administrativo a velocidad de vértigo.

En medio del papel número dos, el LoloChano va y me pregunta que cómo se llama la chavalita.

Y yo, que siempre he preguntao má que un fiscal examinando de trivial, aproveché pa hincarme un cuchillo de cocina en el bazo y otro en el brazo, aprovechando la coyuntura. Por carahote y prudente.

El LoloChano me cosió der tirón con tansa de pescá y quedé mejón que antes. Bajé par patio y, en efecto, vi cómo había mejorao mi revé en el padel. Yo antes lo daba mu serrao y ahora tenía yo má soltura, como si el brazo se quisiera ir solo palante.

Despué subí pa seguí con el trabajo, tomarme una fruta –de las podrías que mabían dejao- y dormirme. Al día siguiente, yo el primero en la cola pa ve a la niña bonita.

4.Algún atasco administrativo.

Más temprano que un domingo con cuñao aficionado al senderismo, me desperté con ciento cincuenta golpes en la puerta.

Bien engrasao de aceite yonson en rodillas y demás goznes, me levanté, abrí la puerta y me dio por sonreírle con los buenos días al que venía, precisamente, a preguntar por mí.

Después de la cuarta guantá, lo senté en el sofá y pareció volver en sí. La sangre a las venas tardó una mihita más.

-¿Y usted qué sa creío?, ¿ein?, -me sortó pegando la espalda al sofá como si su piel fuera la prolongación misma del escai verde del cinco plazas de ver la tele.

-¿Quesquiere que le diga? Pues una serie de cosas que, teniendo que sucedé, va y le acontecen a uno, -le dije intentando que mis ojos no se alternaran en las órbitas y se mantuviera cada uno en la suya. Aunque él hacía lo mismo.

Volvió a lo del desmayo y me llegué al cuarto de baño para darme una capita de maquillaje suave. Al terminar, hasta yo grité de miedo. Se levantó mi madre, con una mano de lujo pa retocá y me dejó mejón que ar primo Fonsi el día de su tercera y penúltima boda.

Al volver del desmayo, el tío, con dos cafinitrinas y un sumo de piña en el cuerpo, me dijo que era del seguro.

-¿Seguro?, -le dije.

-Seguro que del Seguro; le aseguro que sí.

Y con el tonteíllo der juego de palabras entre el verbo, el adjetivo y el sustantivo gracias a la poliflaxia, se le fue quitando argo der soponcio y entró má sangre en su cara. Ya parecía menos de los míos.

Cuando se vio sentraíto, me sortó:

-Aclárese usté. O dentro o fuera. Cashondeíto el presiso.

Me quedé como estoy en el momento. Pa añadí dramatismo y credibilidad, me tiré de los pelos con resultado de arrancación en varios mechones. No sirvió de ná: Esta gente del Ocaso se la saben toas.

La cosa estaba bien clara. Que si yo, por lo menos, tenía el detalle de no pasearme por Cai a toas horas durante una temporaíta, él haría argo por trincá una morterá de parné por lo del accidente nitrogenado. Pero que esta peregrinación, sin haberme yo mismo guardao un luto mínimo, no la consentía la compañía y me iban a dá una mierda empapelá pa indemnisarme. O dos. Pa eso no tenían ellos reparos.

Me quedé como estoy y ni le abrí la puerta pa que se fuera, porque no la sierro nunca. Todavía pasan los vecinos pal ascensor y se ríen con los carsonsillo de mi pare, que le gustan a él verdes y largos. Me encanta cómo los manda al caraho en alemán de Baviera. Es que él estuvo allí un tiempo trabajando. Mu güena paga que la quedao.

Pero seguí allí clavao. No sería fási que la sociedad, incluso la gadita, me aceptara. Noté argo de rigor mortis y me hise cuatro series de veinte repeticiones de flexiones en el suelo. Después estiré para no cargarme mucho los hombros. No sentí ná, pero los pensamientos negativos se fueron a tomá por el ocaso.

5. Más devenires cotidianos.

La vida sigue y mi gente no se podía quedar tor día sentados mirándome a ver si se me caía el cuerpo a pedazos. Ellos tienen sus ocupaciones y yo, metío en la caja me sentía encajonao, aunque mi güeli dijera que yo estaba acojonao. Que también.

La verdad, pa cualquier cosa por mu difísi que parezca que se verifique, la novedá hase mucho. Y los vecinos, güena gente, dejaron de venir a verme al cabo de una semana. Y má cuando mi padre empezó a cobrar a cinco euros la entrada con derecho a tocarme los cohone, por ver si tó permanecía en su sitio.

Porque esa es otra.

Yo intentaba tené mejor pinta pa irme a esperar a la niña administrativa de la oficina de desempleo. Al ver que Bush con diarrea seguía siendo más guapo que yo, me limité a verla desde lejos cuando salía. Pero eso no quería decir que no sintiera yo un escalofrío parribapabajo de mi cuerpo, todavía en propiedá, muy pero que muy paresío al que he tenío con la Rosi antes de que se casara con el capullo del Leandro, que si no lo digo antes reviento. Me cago en el páncrea del Leandro. Pero bueno, lo que tuvo que ser fue y no hay más que hablá.

A lo que vengo a referirme es que, estando yo técnicamente pallá, aunque con pasaporte todavía de pacá, no entendía yo ese reflejo de globo hinchao y duro que es lo que venimos a ser los hombres en la reacción primaria ante una pareja de muslos como la que presentaba la administrativa. Al menos no tan radical como si no estuviera hablando un mixto de vida y no. Un sandwich existencial, que diría mi madre. Así que me puse a pensá.

Ar cuarto de hora, apareció er Tato con su prima Yanni Socorro, una gorfa licenciada cum laude en Física y Química a la que agobié a preguntas.

-Niña, -le dije-, ¿se te piensa tú que lo mío puede sé un si pero no o argo paresío?

-Hombre, mira tú, -respondió-, haría farta sabé si ya te ha tomado arguna sopita, un bistés, argo más sólido, o bien…

-Se ma puesto la mar de respondona, apuntando al norte, como siempre, Yanni, y esto siento decírtelo tan crudamente.

-Tonse, cohone, tú tiene de muerto lo que yo de abadesa. Prácticamente na, -me aclaró.

Se fueron y me quedé sin querer con el culo y la pierna derecha al aire. Trozos de tela se desprendían de mí y corrí hacia casa, detrás del autobús en el que no me dejaron entrar. Algo en este asunto me estaba dando más miedo que un erxamen proctológico realizado, ex aequo, por el doctor Nacho Vidal y su colega Sifreddi.

6. Más sobre lo mismo.

Con la Yanni, y callaíta al principio, se venía su hermana Visi, más gorfa toavía, y con dos lisesiatura terminá, una de ellas en medicina de interiores.

Cuanti que renovó el chicle, me dijo:

-Cusha, musho gusto, vamo a vé, que me huelo yo que la Yanni tiene razón. Anda y quítate lo que te queda de camisa.

Con poco tacto para completar los cinco sentidos, intentó arrancarme la parte del bolsillo de mi camisita blanca de fábrica. Por poco se lleva la misma superficie de pellejo.

Acercó y pegó el estetoscopio y dijo:

-Música guapa, shavá.

Pudimos sacá por fin el emepetrese der borsillito y se dedicó a auscultarme. Ahí, me dije, podía habé argo. Por mú argo que fuese, sería eso: argo.

-No tendré los resultados hasta dentro de unos minutos, -me dijo lóbrega, la mú cabrona, que por sierto, giró la cara e hizo que er viento girara alrededó de su pelo como una ola bailando par sielo. Ohún, me dihe.

Mi madre me llamó por la ventana der patio y me fui parriba.

7. Y la vida ¿sigue?

Pue supongo que será que sí, que la vida sigue su curso, manque sea al estilo Guadiana que ma dao por adoptá. Es decir, ahora vivo, ahora no, ahora sí, pero no… Una guasa.

Yo en la caja no estaba a gusto. Habían pasao unos pocos de días y, como había empezado a comer otravé, yo me notaba como ensanchao. Y otra cosa: El pestazo, que, por mucha ducha sobre el traje pegao, se difuminaba y la mugre interió no había quien la quitara. Totá, que mi mare, con la güeli, se me esharon en lo arto y me dieron una pasaíta a base de estropajo que dio con mi cuerpo serrano por fin a la lú pública. Allí me quedé, en pelota y nitrogenao, pero más carvo que el primogénito de los dos maniquíes del escaparate de Eutimio Sastre.

Hora y pico se estuvieron con los resfregones y me llevé un par de cate por reincidí sin queré en lo de apuntá pa los Pirineos sin las manos. Así que me eché una toallita por lo arto y busqué un pijama cómodo. Por fin una prenda limpia que ponerme.

Después llamamos al barbero paque recompusiera las dos greñas que quedaban y pareciera aquello un cerebro en lugar de un sembrao de lombrices.

Pero no estaba yo mu convencío todavía de está pa este lao en lugar de pal otro. A mí er cachondeíto de lo ambiguo me parecía interesante, pero inquietante.

A lo justo de sentarme en er sofá pa ve er partío der Cadi en la tele, llaman a la puerta abierta y son er Tato, el LoloChano, la Yanni y la hermana, la medicona.

-Que lo tuyo ha sío una reacción química vacilona, de esas que ponen a la gente a ralentizá el ritmo cardíaco, que paresen Induráin, quillo, aunque le dén un susto de muerte.

-Ole tu jigo, -le dijo mi madre-, ¿er de ante o er de despué, shosho?

-Mire, a ve si tengo tiempo esta tarde, después de operar, y vengo y la arrastro por los pelos. De momento, atienda: El susto lo llevaba er niño por ver a su ex casada con el Leandro, que hay que tené gana. El segundo, transitorio, pero no meno intenso, al verse vení encima un camión la ottia de grande y sin poderse mové. De ese segundo, se jiñó vivo y se quedó amorsillaíto y sin respiración. Y la tercera fase consitió en la conservación del “como le cogió” a base de un nitrógeno mezclado con suolfato de pestelina, un compuesto que hace pensá en la muerte, pero de mushos días, y que, sin embargo, conserva mú bien el pescao fresco. De ahí el conjunto físico químico existencial en el que se ha quedao el niño durante unos días.

-¿Y la oreja que le cosí yo? ¿Y el brazo que le cosió el hermano, aquí presente?

-¿Un camión de catorce toneladas líquidas de carga y ni una oreja cortá? Ustedes es que lo queréi tó, cohonatos. Anda, mira como ya no necesita ni el aceite yonson ni ná.

-Po yo sigo mu así como encogío.

-Po cómprale otra vé (sí: me enterao de que se la vendiste) la habitación ar LoloChano y deha de dormí en medio metro, que te va a cree que tan dao un chalé cuando entre en un probadó. Y, por cierto, que según veo con pijama de poca resistencia textil, hay cuestiones donde las brújulas no tienen ná que hasé..

Otro cate de mi güeli vino a recordarme que estaba yo muy bien sentado en el de escai, pero señalando la lámpara del salón aún de brazos cruzados.

7. Algunas conclusiones.

Todos nos quedamos muy sorprendidos con la parrafalda de la Visi, una mostruo. El resumen venía a disí que se mabía rejuvenecío argo el pellejo y que el corazón se mabía puesto tranquilo. A mí, que además no era mu nervioso y que tenía concentrados todos los disgustos en menos de hora y media de aquer día tan raro. Despué de aplaudihle a rabiá, invitamos a tor mundo a pescao frito.

Empecé a mirar mejor a la Visi. Yo la tenía por la má gorfante del barrio, como tór mundo, pero pa mí que, con la bata blanca y el pelo recogío tenía la niña un argo, lo que fuera, que me hizo cruzá las piernas lo mejor que pude. No sirvió paná.

Después de la sobremesa, a base de helado de natifresa con galleta, apareció, no se sabe cómo, la administrativa de los muslos ñanñan.

-A mí no me güerva a presentá kilo y medio de solicitude de trabaho cada uno con un dato distinto y con “no sabe” en la casilla de estado civil.

Y me tiró los papeles debajo del sofá. A donde no se llega ni con la fregona.

Se fue dando un portazo. Por lo menos arguien cerraba la puerta.

Rápidamente, de súbito y de repente, la Visi se dehó caé dos botones de la bata blanca pa que yo viera el escaso contenido entre la bata y ella.

Mi mare y la güeli nos dieron dos cates a cada uno y se sentaron en medio.

-Po aunque sea una peaso de cabrona la niña esa del paro, tú mañana te llega otravé y rellena tú solo los impresos, pichatonta, que tu hermano se hartó y puso tontera na má.

Mirando a la Visi, me dijo:

-Esta con ventisinco y dos carreras y tú con veinticuatro y ni un sprint. Ponte a dá er callo o te va durá meno que los tres dígitos en mi cuenta corriente.

Nos despedimos en la escalera, a lo justo pa que no nos pillara mi agüeli y me puse a trabahá en una ferretería a la semana siguiente.

Dos meses después, me encontré con el Leandro, mala suerte, en una cafetería. No macordaba de que era mi cumpleata y él traía un regalito, que resultó ser un DVD. Lo abrí y era el thriller, del Maikeryason. Como acababa de cerrar la ferretería, le di con una escoba de palo hasta que vino a recogerme la Visi.

Er día quince tenemo la vista pa intentá no i a juicio.

En fin.


Superhéroes (2)

2009/10/01

Soy Tequilla, Batman Tequilla, aunque desde el colegio se me conoce como Joselito Pepe Marmadiuk. Tengo ticuatro años y mis poderes son variados y nada repetidos:

-Veo la mar de bien de noche al lejos. Al cerca, como llega uno cansado, pongo un poco la tele y no la puedo ver. ¡Pero la cosa es por rechazo cultural a los programas, no de origen oftalmológico! Fijarse en el giro lingüájico, que es la mar de bueno.

-Las fotos que saco a los pasos de la madrugá sevillana, tanto de hermandades antiguas como las que tienen tallas más modernas, son portadas del ABC cofrade desde que yo era adolescente tonto.

-Las ratas no se meten conmigo desde que entré en un congreso alcantarillero, cogí por las orejas a la Ratita Presumida, al Mickey Mouse, al Fievel y al ratón Pérez, la directiva completa; y los puse firmes. Ahora me mandan un queso por Navidad.

-Al tirarme desde las azoteas, planeo (planifico) si me voy a enganchar con la ropa tendida, y entonces planeo (vuelo sin motor) con mi capa en una curva calificada de “tela de difícil” por quienes entienden de esto, y así bajo despacito y suave, como si yo mismo propulsara –que no es el caso- chorros de aire verticales como los aviones de despegue vertical. Pues no señor; es cosa del almidón y del planchado: Se lo debo a mi asistenta, que tiene una mano de oro y no he salido a tirarme de un tejado jamás con una arruga.

-La fuerza de mi brazo es muy grande. Y es que bajar la basura bien ecologicada, con los envases, los vidrios, el papel y la orgánica en bolsas separadas, y además con mis cuatro hermanas y mis padres en los hombros, ha llegado a curtir mis músculos hasta ser capaz de dirigir una orquesta con una farola llena de cemento en las manos sin perder el compás.

-La cara de asco que pongo en lo poquito que se me ve de rostro la tengo desde el día de mi comunión. Mi tío Jorge, un gracioso, se comió la tarta casi entera, incluyendo buena parte de la bandeja. Después, nos pasamos toda la tarde en el hospital esperando a que saliera y rezando el rosario en latín. No se me ha quitado el rictus y menos mal que me pongo el antifaz.

-Duermo cabeza abajo, pero porque me viene bien para la circulación; de tantas horas sentado rellenando informes se me ponen los tobillos como globos. Que aquí sólo se habla de pegar cogollas a los malos con volteretas y saltos.

-Y lo de desaparecer de un instante a otro. Eso, lo confieso, es mérito del cámara, que es un profesional. O del equipo que tira de la cuerda que me atan a la cintura, unos tíos bien entrenados.

-Mis actuaciones contra los pérfidos se basan en la rapidez, la estrategia, la táctica felina, el conocimiento de sus debilidades y un bote de pimienta que llevo detrás de la oreja para cuando después de atarme me quieren vacilar y cantarme en voz baja canciones del verano en lugar de quemarme las cejas como se hacía antes.

-Soy socio del Cádiz. Quizá uno de mis poderes de más riesgo.

-Cuando salgo por la tarde, de paisano, para no descubrirme me contengo y sólo doy a los malos patadas en las espinillas, si son adolescentes, o en los muslos a los delincuentes más veteranos.

Por supuesto, mi título de súper héroe, con sus particularidades señaladas, está convalidado y homologado por la normativa Chimenetti de la Comunidad Económica Europea, a pesar de las reticencias frente a los estudios norteamericanos. Gracias a eso, en verano, no hay chiringuito donde se cometa un atropello. Ya me encargo yo de evitarlo.


Reflexión pura.

2009/09/03

Ringgg. Ringgg. Ringgg.

-Dime, digo, ¿quién soy?

-Soy yo, ¿quién si no?

-Lo sabía, pero quería oírmelo decir.

-¿Cómo estoy?

-Bien, ya lo sé.

-Hace mucho que no me llamo. ¿Qué ha pasado entre yo y mí?

-No lo sé: Cada vez que marco mi número, cuelgo. No puedo evitarlo.

-Hasta hoy…

-Sí, hasta hoy.

-Pues dígome ¿es que ya no me quiero como antes?

-No es eso, tonto, es que yo tampoco levantaba el auricular al saber que yo me llamaba.

-Eso me lo digo para no hacerme enfadar, zalamero, que eso es lo que soy, un zalamero.

-Tengo que comprender que el monólogo conmigo se hace difícil, respondo antes de que me preguntes. Soy muy predecible.

-Es inútil, lo intento pero no avanzo conmigo. Lo dejo.

-Por favor, no quiero que me vaya. No quiero olvidarme de mí.

-Es tarde para lamentarme. Adiós.

-Adiós. Cuelgo.

-No, cuelgo yo.

-No, yo.

-Me echaré de menos.

-Yo también. Adiós.

-Adiós.


DEPORTE DOMINICAL.

2009/08/19

Mateo se levantó temprano el domingo 6 de mayo para empezar su programa de ejercicios. Quería sentir desde el principio descargas de energía a través de explosiones musculares, así que echó hacia atrás la manta, levantó las piernas, saltó de la cama y se encontró con uno de los pomos del cajón de la mesita de noche en la boca. Un sabor áspero de barniz de caoba le impidió maldecir en los dos idiomas que conocía bien gracias a su trabajo: el castellano y el turco. Se dejó caer para relajarse y se levantó de inmediato.

Eladia, su mujer, recuperó la colcha y la manta en su totalidad, y se dio la vuelta sin caerse por su lado. No en todo seguía fielmente a su Mateo.

Una vez de pie y con calcetines, Mateo se vistió con el chándal nuevo, rojo intenso y con rayas blancas inclinadas, el que le llevaría a retomar la actividad deportiva, pero las etiquetas se le clavaban en el cuello (por detrás) y en la barriga (por delante).

Se desvistió de nuevo y, con los dientes, intentó cortar el hilo blanco de plástico que unía los cartoncitos con precios y tallas a las prendas. Al resistirse, agarró con fuerza el pantalón y tiró de las cartulinas plastificadas sin el resultado esperado, pues su brazo, al soltarse, abofeteó la lámpara apagada de su mesilla que, al caer sobre la almohada, se encendió apuntando a la cara de Eladia, como en un interrogatorio.

Eladia buscó unas tijeras, cortó los hilos y, antes de volver a acostarse, apagó la lámpara y la puso en su sitio.

Faltaban las zapatillas, no las veía por ningún lado; debió rescatarlas de debajo de la cama la noche anterior, y situarlas de modo que, sus pies, al levantarse, cayeran sobre ellas de modo natural. Pero se olvidó y había que sacarlas de su escondrijo.

Venían sin los cordones puestos. Un pequeño contratiempo, pues en la caja tampoco estaban.

Sin hacer más ruido que el que provocaría al estallar en mil pedazos un vaso de cristal con una dentadura postiza dentro, buscó unos cordones en los zapatos de deporte de su hijo el mayor, el Isaías, un futbolista prometedor.

El ruido que provocó al quitarlos de los botines despertó al niño y Mateo le dio la paga del domingo, diez euros, “no fuera a olvidarse luego” y el niño se durmió.

Superado el momento, Eladia desató los botines del niño y volvió a la cama.

Para atar las zapatillas, lo mejor es empezar por los agujeros más cercanos a los dedos y bajar, apretando y ajustando, hasta concluir en el lazo final. Es lo lógico.

Pero las zapatillas de Mateo tampoco tenían agujeros.

Una vez sonó el taladro enchufado por Mateo, Eladia se lo arrebató de las manos junto a las zapatillas, justo antes de que las perforara. Con los ojos semicerrados, le metió los pies en las zapatillas y se los cerró adaptándolas a los pies con el sistema de velcro que traían de fábrica. Guardó las herramientas y se acostó, dejando por fin a Mateo equipado y apto para la hazaña deportiva prevista.

De pie, antes de abrir, Mateo gritó “¡No me llevo la llave!” y no cerró la puerta hasta que le dijeron “bueeeeeeno, ta bien”. Entonces, en el descansillo, llegó el ascensor.

En el zaguán, se detuvo en seco: Llovía a cántaros.

-¡He hecho lo que he podido!, -dijo. Cogió el ascensor de nuevo y dos minutos después, tras el mínimo ruido que hace una zapatilla al caer en un acuario doméstico, Mateo se abrazaba a Eladia para aprovechar la mañana del domingo.


CIRUGÍA ESTÉTICA 1.

2009/07/14

Narices.

Pío Beltrán, 46 años, ha puesto toda la confianza en el equipo quirúrgico del doctor Caracamb (Muchas actrices que juran que lo son, han pasado por sus manos; algunas para ser operadas): El sueño de toda su vida, poder dormir bocabajo, parece estar a su alcance. Llama y pide consulta. A los veinte minutos sueña, anestesiado en la camilla, con una entrevista cercana entre él y su vecina Trini, a menos de quince centímetros de distancia de la interfecta. Está enamoradito de ella desde que se vino a vivir al quinto C. Cuando vivía en el sexto C, estaba enamoradito de la hermana de Trini, Anita, hoy ya felizmente huída con un marinero portugués. Terminados los títulos de crédito del sueño, siente una llamada como de puerta en su cráneo, hecha con tres golpes de nudillos. Despierta y mira un espejo y ve en él la imagen de alguien que se le parece, con su mismo estrabismo. ¡Soy yo! Grita alborozado. Nota un picor en la nariz pero falla estrepitosamente al querer rascarse. “Tendrá que medir la distancia, mucho más corta ahora”, le dicen los enfermeros. ¿Y esta caja para plátanos de la mesilla de noche? “Por si la quiere de recuerdo, se la hemos embalsamado y guardado, ya ve, que somos unos sentimentales” Pío paga en efectivo y corre hacia su casa. Llama a la puerta de Trini quien, al principio, le dice que no compra libros, pero que diez segundos más tarde intenta besarle desde lejos, como siempre. Cuando descubren lo interesante que es hacerlo en corto, incluyendo refregones, corren al dormitorio B del quinto C, dejando tirada en el rellano una caja de plátanos que doña Cayetana, la portera, tira sin remilgos a la basura.


Dos actos de Ardor Amativo.

2009/07/09

Sube el telón. Acto I. Escena primera. Choza miserable.

Bonifacio del Puerro Olivencia ama con plena locura a Brígida Manoli Frauendorff, la ama todita, mientras que ella lo ama a él un día sí, otro día no sé… provocando anginas de estómago al amante. Como estos avatares sucede que pasan en Nueva Orleáns, el fogoso Bonifacio recurre a la vieja Amita Mohona, experta en gurú que fabrica en una tarde varias muñecas pequeñas clavaditas a Brígida Manoli, pero sin clavarle agujas hasta nueva orden. Véase que en principio intenta clavarle a él:

-Que cuánto le debo.

-Pol sé pa ti, hombre heneroooossso y sabrosón de pielnas, te hago presio espesiá: Ochosientoh milloneh de dólare y no se hable má. ¡Asssúcca! Acepto VISA.

-Si es que me has dejado sin habla, cóñoles.

-Ta bien, dame quinientah peseta de lah antigua en billeteh de dosientah sincuenta. Máh tarde o máh temprano te arrancaré los jalapeños y ganaré musho dinero hasiendo conjuro sensualeh con elloh pah lah niñah dehganaíta de bailongo horisontá.

Fin de la primera escena. Descanso de cuarenta minutos justos. Desfile de zombies que presentan qué se llevará la próxima temporada en harapos.

Acto II. Comienzo de la segunda y última escena.

-Niña fríhida, ¿cómo eh que tú hase na má que la tonta toditas las horas del día?, -preguntan los padres de la hermosa niña, mientras la tarde cae y se rompe la crisma contra el horizonte y encima el Sol la pisotea después. Y así día tras día.

-Ay, que muy enamorá estoy yo, déhenme/váyanse, pero que de nuestro criado W. Serafín del Canadá, muy enamorá que estoy -responde la niña en frases alteradas.

Por la ventana entra Bonifacio, que piensa llevarse a su amada. Pero cuando la quiere empaquetar, aparece W. Serafín con unos aperitivos semi dulces que los presentes agradecen. La niña recupera su posición inicial y se sienta utilizando su culo, como le han enseñado que haga, mientras los amantes se baten en duelo sin estropear los muebles porque se lo piden los padres, y al día siguiente, temprano, se curan las heridas del cuerpo, pero no se cura el anunciado intensísimo ardor amativo de Boni, que pide la excedencia como amante.

Entonces aparece la gurúa Amita Mohona, maldiciendo a la grúa por llevarse su triciclo con palio, entra en la mansión por la chimenea y sin parar de bailar hace encantamientos que siembran cizaña. Momentos después, todos se odian hasta el punto de divorciarse una pareja de loros verdes que no se habían metido en nada.

El público, para compensar, sale haciendo una conga antimuermo y baja el telón, que se queda a mitad de precio.


Superhéroes 2.

2009/07/06

Me llamo Olito, Supermán Olito.

La verdad es que soy estupendo y me lío a salvar viejas que se duermen en la Torre Eiffel, bebés de los andamios, gatos de las antenas parabólicas… qué sé yo, hasta tripulaciones y pasajeros de aviones si no me coge en otro Sistema Solar visitando a mi tía Genara. Y nadie podrá decir que no voy arreglado a la última.

Antesdeayer, sin ir más lejos, tuve un día movidito porque se inauguraron cuatro rascacielos resbaladizos y nada más dar las ocho venga a caerse los limpiacristales y venga a recogerlos antes de dar con el suelo. Y la gente aplaudiendo, y yo con tiempo de mirarme en la parte recién fregada de los edificios, presentándome a las ruedas de prensa con la capa sin una arruga.

Pero nada es perfecto; aun así, seguí la jornada en la isla de Pocagua, nada más saber que el volcán Tripalallama se puso a largar. Me llego, me paso un cepillo por las sienes, dejando un flequillito mínimo y aviso a los del pueblo que voy pallá. Antes del aperitivo ya había yo salvado al alcalde, las gallinas y la población, hecho la entrevista y puesto yo mismo a mi nombre una calle en todo el centro del pueblo. La única calle del pueblo. Antes de salir volando, brillantina y todo el pelo para atrás.

Vuelvo, pico algo en el bar de Mellito y tengo el tiempo justo para coger el metro y reponer en sus carriles dos vagones que daban dentera al chirriar tanto con sus ruedas locas; tal como de chicos hacíamos con las uñas y las tizas largas en la pizarra. Salgo del suburbano con lo menos treinta fotos dedicadas y una señora se disloca el pulgar al intentarme un pellizco. Pero me vuelvo, le lanzo un beso y le mando el gorro a Groenlandia.

Después de un día así, ¿qué menos que un homenaje?, me dice el gobernador. Pues claro, chavalote, le digo jovial sin caer en la tentación de darle una palmadita en la espalda y tener que elegir un nuevo gobernador. Me pongo de paisano para recibir la medalla, y por ser bajito el alcalde me agacho y se me raja el pantalón justo el día en que Serafina, mi asistenta, me había dejado una nota con que no había calzoncillos limpios, “que no se habían secado, señorito”. Para el desavío, me había puesto unas bragas celeste suyas, junto a la camisa. Y yo, lo que Serafina me diga, con los ojos cerrados. En fin, que no todo puede salir bien siempre.


Bitácora de un buscador de tesoros.

2009/07/01

Prólogo.

Yo era hombre de lavabos y fregaderos. Los desatascaba sin miedo y la gente me abonaba las facturas, aunque fueran con IVA. Pero vi una oportunidad de cambiar de vida el 2 de enero de 2009 y me presenté voluntario a explorador. Mi nombre es Adelmo Flete, pero pronto mis compañeros de aventura me lo cambiaron.

Todo empezó por el principio, en el origen del comienzo. Sin duda.

Por la ferretería donde yo adquiría el citado día un tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27 (podría haber mandado a mi chiquillo, pero estaba de exámenes) pasó un tipo al que se le veía la nariz, nada más.

Mientras el dueño de la ferretería, Abigaraldo Barreiros, tiraba al suelo una docena de llaves inglesas para escuchar al recién entrado, yo le metí el tubo blanco del seis por el cuello de la camisa al tipo que decía que su baño se inundaba (¿qué podría saber un personaje como aquél, tan delgado, de su propio baño?), y también me dispuse a escuchar al hombre misterioso recién llegado tras su nariz.

El tipo, envuelto en un amplio paño semigris (aceptaría un blanco roto o gris perla si existieran esos colores) habló de tesoros, de tesoros inmensos.

Hasta el del tubo blanco del seis llamó a su mujer por el móvil para quedarse a escuchar. Antes de salir del comercio, su mujer, que venía con él, dio la vuelta al letrero de la puerta para que la gente leyera “Cerrado, sí, ¿qué pasa?”.

Ese día que cambió mi vida.

Fin del primer capítulo.

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Dentífrico Mascamás, el único que le garantiza el tubo lleno “sin aire al final, como otros tantos”. Además –compruébelo en su domicilio- deja los azulejos como una patena. Mascamás, su pasta de dientes, muelas y loza fina.

Capítulo I.

De lo que el hombre relató.

“Soy uno de los hombres más valientes que conozco. Me llamo Rabindranaz Barahado, sin más, y nací en una ribeeeera del Arauca vibradooor. Soy hermano de la fuente, soy hermano de mi hermana y de mi hermano Salvadoooor, tatán tan chan.”

Cuando el hombre de la nariz prominente comprendió que nos parecía un chufla, cambió el tono de la voz y pasó de un matiz producto de vegetaciones nasales al de un monaguillo veneciano de cuarenta y dos años. Exactamente lo que era.

“Vivo en busca de aventuras. He vivido tantas que no me acordaría si no las hubiera apuntado. Y la última de todas, de una intensidad desbordante para cualquier cagamandurrias, impensable si no se es durísimo, nos hará sacar un buen montón de riquezas, por lo que pienso viajar a recogerlas; deduzcan de la anterior persona primera del plural que necesito formar una caravana de hombres, mujeres y camellos valientes. Hablo del desierto de Pacharán”.

Hasta la mujer del comprador del tubo blanco se quedó callada, como si eso fuera fácil.

Estábamos apoyados en el mostrador el dueño, el dueño del tubo, su mujer (callada todavía), el hombre misterioso y modesto y yo. Allí reunidos, discutimos sobre si decidíamos quedar para reunirnos y discutir qué hacer. Ante nuestros gestos de pavor, Rabindranaz sacó un machete más afilado que la lengua de Quevedo y lo clavó en el mostrador de madera: No soportaba que ninguna cucaracha se le paseara por delante.

Antes de la cena, los cinco estábamos conjurados en una promesa común: Coger cuanto antes la furgoneta del vendedor, darle un agüita, colocarle unas cortinas y llenarla hasta arriba de tupper wares para largarnos al desierto de Pacharán a buscar esas riquezas tan infinitas.

Quedamos en salir al día siguiente, después de desayunar.

Fin del Capítulo I.

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Si se le caen los pelos, recójalos, que no serán tantos. Si ocurre igual con las lentejas antes de ponerlas en remojo, proceda también a recogerlas, de tres en tres si acaso para terminar antes. Pero si lo que se le escapa de las manos es un paquete de kilo y medio de azúcar molido, puro polvo dulce que estalla hacia todos los rincones de la cocina, no lo dude y deje de agacharse: Compre una Chupatod, la aspiradora que le permitirá comparar un aire antes y después de haber encendido su Chupatod, de cómo filtra. Verá a su cuñada con mejores ojos, gracias a la desaparición de esas partículas que se quedan por medio en las comidas de Navidad. Chupatod es su aspiradora.

Capítulo II.

De cómo nos colocamos en la furgoneta y emprendimos el viaje.

Para conducir, en posición pentagonal relevadora o de permutación rotativa para los cinco asientos, de modo que cada uno, con carnet en vigor, se hiciera cargo de setenta mil kilómetros seguidos. El primer turno le tocó al dueño de la ferretería, al que despegaríamos del volante en las paradas. Para dormir se celebrarían sorteos semanales.

Salimos después de la compra en Merca Chifle, con la furgona rellena de lonchas de todo tipo, botellas de agua y servilletas de papel, sin olvidar la seda dental y el abrelatas.

Cogimos por detrás de la parte norte del país más raro que había en el continente africano y supimos que íbamos bien al preguntar a una señora que hacía punto bajo una sombrilla con publicidad de una Caja de Ahorros de Ceuta. A continuación, una línea recta en la dirección “Palante, todo seguido”.

La primera noche en el desierto nos reunimos para desentumecer los brazos del vendedor y oír por fin algunos detalles de nuestra aventura.

Fin del Capítulo II.

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Si está harto de ganar kilos, no juegue más en la Lotería del Gordo. Desde hoy mismo, participe sólo en sorteos patrocinados por Phamélic & Cía, la compañía internacional que no ha dado un euro en premios en los últimos diez años, consiguiendo la desesperación más absoluta en los que compran sus participaciones, que entristecen y adelgazan. No lo olvide, Phamélic & Cía.

Capítulo III.

De cómo lo inesperado pasó a ser lo habitual.

-Por mi madre que es la primera vez, -dijo Rabindranaz, acurrucado con los demás bajo el único paraguas, impreso con publicidad de una panadería segoviana.

Se había puesto a llover en el desierto de Pacharán y la arena empezaba a empapocharse, lo que nos obligó a cobijarnos dentro de la furgoneta.

-Pues lo mejor en estos casos es buscar un sitio alto y pedruginoso, -dijo la mujer del cliente-, que añadió: -Me llamo Consuelo, que no me parecía prudente seguir sin presentarnos, y mi marido es lo más antisocial y tímido que darse pueda.

Como la furgoneta se hundía, nos pusimos a empujar para sacarla de las arenas movedizas y el resultado fue el siguiente:

Todos menos yo empujaban hacia delante agarrando las puertas laterales abiertas y con la primera marcha puesta. Y yo empujaba las puertas traseras cerradas. Los dos equipos delanteros se hundían pero notaban una compensación por su esfuerzo al comprobar que quizá no se movieran, pero tampoco retrocedían. Las ruedas traseras, en su girar frenético sobre las arenas empapadas, me cubrieron de arriba abajo en un minuto y, cuando paramos exhaustos, avancé para conocer nuestra posición y provoqué un susto de muerte en el resto de los expedicionarios. Allí comenzó mi leyenda, que terminó al día siguiente, con una ducha.

Unha Renero, Unha Renero!, -exclamó Rabindranaz, soltando el paraguas, que salió volando hacia el horizonte profundo y negro de la infinita noche del desierto.

-¡Aigg, qué asquízimo!, -soltó Consuelo.

A pesar de la poca luz, pude verme reflejado en el retrovisor y caí desmayado.

Fin del Capítulo III.

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Si no tiene hambre, no moleste. Si lo suyo es de zampabollos, meriende Gallitina, la galleta compuesta de harina, agua, más agua, azúcar y carne de gallina molida. Si sus hijos vuelven al hogar tras el colegio, déles Gallitina y acuéstelos o se caerán de sueño, pues la densidad de nuestras galletas, indicadas para las digestiones de las boas constrictor de Brasil, los dejarán traspuestos no menos de doce horas. Si protestan, usted les baja las persianas del cuarto. Gallitina, no lo dude.

Capítulo IV.

De cómo resolvimos la cuestión.

El guía fue el primero en faltar. Y Emilio, que dijo su nombre después de dos semanas compartiendo aventuras, saltó como un resorte y se fue a por él. Mejor lo cuento cronoloflísticamente ordenado:

Después de lo del chaparrón nos pusimos a secar y salimos con viento fresco del sur hacia nuestro objetivo, que se presentía cerca. De hecho, nos salieron cantes propios de la tierra de cada uno y desembalamos las palas y los picos. Pero un jarro de agua fría nos esperaba para provocarnos una contractura en el alma. Un deginse espiritual, quiero decir.

Al derretirse el cuentakilómetros, nos detuvimos junto a una papelera para tirarlo en el bidón amarillo de reciclaje y, al levantar la vista, vimos el primer letrero: “Zona cercana a la primera gruta llenita, pero llenita de tesoros hará cosa de un mes. Ya está vacía. Ni se paren. Sigan hasta la siguiente.”

De pura rabia mora arranqué el letrero y lo llevé a la furgoneta. Hasta un cuarto de hora estuvimos diciendo palabrotas. Yo veinte minutos, lo confieso. Dije hasta aquello de “ajolá se le arañen las ingles con un peine de coral” que decía mi abuela. Pero seguimos nuestro camino.

Y en eso, cuatro días más tarde, vimos al grupo organizado. El guía, al vernos tan hechos unos ascos, no tuvo otra ocurrencia que ofrecernos su viaje con descuentos. Ahí Emilio, viendo cómo los turistas de edades variadas, pero la mayoría de la tercera edad, se llenaban sus sacos de oro, plata y jarrones para la entrada, se puso los nervios en blanco y preso de un ataque de ojos comenzó a golpes de rueda de repuesto con el guía.

-Que hay para todos, ostialajoder, imite usted a lo que ve y no se ensañe conmigo. Por Dios y por la Virgen del Ganges, que parece usted la Montiel recién levantada.

Agarramos a Emilio, le pusimos un sedante (ayer, un mes después de aquello, sigue sedado, como la seda) y sacamos un saco cada uno para llenarlo de tiestos dorados, plateados y bronceados.

Fin del Capítulo IV.

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Su respuesta sexual no es la que era, ¿verdad? Pues a partir de hoy, diga “sí, por favor, béseme usted por fin” y disfrute de la vida. En el caso de que dé el paso, utilice preservativos Ponloenfirm, con lo se asegurará no meter la pata, sino un apéndice bien distinto, desprovisto de imprevistos. Ponloenfirm, su marca de la felicidad. Pero antes diga que sí, que ya no es usted ningún niño.

Capítulo V.

Dormido Emilio y guardado el equipaje, con el guía menos enfadado porque le dimos una propinilla, la vuelta se prometía feliz: En lugar de senderos atascados de arena, dunas de arena y caminos inexistentes por culpa de la arena, encontramos una autopista. Lo curioso fue que no amanecía ni a tiros.

Hasta que nos quedamos dormidos.

Al amanecer siguiente, estábamos descargando el lote de tesoros (en sacos comunitarios a repartir) en la puerta de atrás de la ferretería.

Con el último saco, vimos que no nos faltarían tubos blancos para lavabos y fregaderos en los próximos doscientos años.

Llamamos al guía por el móvil para cagarnos en sus tataraparientes hasta el siglo IX, pero él se nos adelantó antes de que marcáramos:

-No sé qué pasa. Creí que esta vez sería diferente: En la Zona Chachi todito es tesoro valioso y brillante. Una vez arramplado, de pronto se va la luz, amanecemos en casa y lo que saco del saco es, a lo más, chatarra. De las cuatro veces, al menos una me salió una colección de alfombras. Algo es algo. Lo siento y váyanse al carajo. Buenas tardes.

Con Emilio sentado y sin hablar, nos reunimos de vez en cuando para tomar café y charlar sobre lo ocurrido. Rabindranaz, que se ha cambiado el nombre por Teodoro, no para de tirarle los tejos a Consuelo, al ver que su marido no toma la iniciativa. Pero ella trae a su consorte a todas las reuniones.

En la reunión de hoy, después de migar las galletas en el café, ha aparecido una mujer misteriosa a la que sólo se le veía la nariz. Hemos dado un respingo.

-Vengio del palaisio de Visir Arishnagoud, para reinstalar tuberíaes. Quiero pedir presio para siento vintidós mil metrios de tubos blancos, rediondas, es desir, tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27. ¿possible aquí?

-Puede que el tesoro no fuera directo, -dijo Teodoro, sin dejar de mirar las piernas de Consuelo.

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Si lleva media vida queriendo ver las piernas y su prolongación a su secretaria, pero no le ha sido posible dada la correcta posición al sentarse de la dueña de tales piernas, haga que frieguen su suelo de mármol con Brillaspej. Con Brillaspej su personal usará obligatoriamente gafas de sol, usted no adivinará qué mano llevan en el póquer, pero podrá por fin tener la deseada panorámica de los maravillosos muslos de su personal de confianza, Conchita, una obra de arte, seguro. Brillaspej.


Grandes Cocktailes (1).

2009/06/28

París, enero de 1927. Embajada de Chirmenia.

Invitados: Personal diplomático europeo y don Jacinto Madrigales, de Albacete, premiado por Galletas Crujechoc, al que echan a la calle al cuarto de hora, justo cuando llega alguien que es alguien.

A destacar en el vestuario: la habilidad de la encargada del guardarropa: No perdió ni uno de los 81 sombreros masculinos negros de copa iguales ni intercambió ni uno de los 81 femeninos de fieltrigasa de color verdazulón con tonos morados. Eso sí: tiró una boina a la basura.

Como maestra de ceremonias actuó Florinda Charlton, famosa por sorprender desde detrás de las cortinas con sonrisas histéricas a cualquiera que se acercara a la mesa del ponche.

Animaba para el baile y ambientar la fiesta en general la orquesta Pagímonamí, con la explosiva vedette Chachá Yayá, que pudo venir gracias a dejar sus nietos al cuidado de unos vecinos.

Como detalles intrínsecos, damos ejemplos del nivel de las conversaciones:

Entre embajadores.

-Que te invado, Teófilo, que te invado el país mañana mismo si no me compras mi producción extra de alfalfa. ¡Cago en la monserga…! ¿unas aceitunitas?

-No tiene tú la mitá de lo que hay que tené entre los borsillo der pantalón de chanda de oportunidades que te traes puesto. So pingafra… Sí, gracias, de sin hueso.

Entre dos invitados, en una zona apartada.

-Quita y cesa esas dos o tres manos palpantes de mi contorno en general, Doménico, que a esta fiesta sí que se ha venido mi marido, y nos puede identificar a ojos vista.

-Que soy yo, María de la Chachá, tu marido, el único que te ha hecho caso en todo el transcurso de la fiesta. Anda, darte una bailación, que maburro lo máximo.

Entre anfitriona y mayordomo.

-Demóstenes, recoja y guarde ya las bandejas de plata, que he tenido que sacar dos de entre los abrigos de los conde duques de Jibarstein, justo cuando arrancaban el coche de gasógeno.

-Señora, que dichos conde duques son sus padres de usted.

-Al punto, Demóstenes, que yo sé lo que me digo.

Los que al amanecer se iban, diciendo:

A la anfitriona,

-¡Oich, la fiesta pordió, qué maraviiiiiilliioosssaa!, ¡A ve si quedamos otro diíta Mersshe, con lo bien que lo hemos pasado!,

A la cocinera,

¡Adió, Heriberta, vaya cocletas güenas, shosho!…

En camilla salió Florinda Charlton, sin dejar de hacer tumbada lo de las manos cruzando las rodillas, que cada vez le salía mejor, y con la fuente de ponche al lado para mantener su custodia.


VIDA DEL PROFETA SHAMÓN DE ALEJANDRÍA.

2009/06/17

Su nacimiento confirmó, de entrada, el embarazo de su madre. Fue llamado Ojuyáh, “el que faltaba”[1].  La fiesta de su bautismo duró hasta las tantas y cantó su tío.

Desde los dieciocho años, hombres y mujeres buscaban refugio bajo su techo. El precio de su pensión era adecuado para aquellos tiempos, y sólo cobraba por adelantado a todos los que llegaban.

Cuando alcanzó edad para elegir a los jueces y guardianes del Templo, provocó tal pucherazo que la mesa electoral se rompió del peso de la olla, con seis mil votos en un poblado de ciento doce habitantes. Salió proclamado hombre sabio, guardián perpetuo y capitán del equipo de Copa Davis.

Soltero al nacer, su padre le insinuó planes de boda antes de los 42 años, murmurándole salmos sagrados. No se le dio un plazo de 72 horas para pensarlo y lo echaron de su casa, el padre ocupó su cama y el perro pasó al prototipo de sofá.

Libre de presiones, se casó con Shasmina, mujer ambidextra y suave de piel, que le abrió su corazón por una leve angina de pecho, en su quirófano (prototipo), haciéndole una sutura maravillosa, en forma de “S”, que dejaba claro que iba por él.

Tuvieron hijos cada vez que Shasmina parió. Y eso fue, dice la leyenda, nunca.

A pesar del paso de los años, Shamón no dejó de dar consejos a todo el que los necesitaba. Viendo que así no daba ni uno, empezó a darlos para el bricolaje, el sexo tras los veinticinco (ese misterio) y el reparto de tierras. Así, así, fue labrándose su leyenda de hombre santo.

De tierras muy lejanas llegaron sabios para consultarle los problemas más intrincados y oscuros. Sólo tenemos escrito dos de los más conocidos, recogidos en los cantos de aquellas tierras. En los cantos rodados, donde se podía escribir mejor. Uno trata de un profesor de espada corta del ejército romano del siglo II A.C., Romerus Recius, ante una alarmante baja de los matriculados en su curso. El sabio fue contundente: “Aplaza los pagos de tu matrícula”, le dijo. ¿Cómo pagarte la solución que me has contado? “Al contado”, respondió Shamón.

En otra ocasión, un rey del Congo, con todo su séquito, estaba sequito. El chaparrón que cayó a continuación fue considerado un milagro, al acabar con la sed real. Sólo mil doscientos argumentaron que en esa tierra llueve once meses al año, y fueron invitados a picar piedra santa para el vigésimo templo en honor de Shamón.

Los habitantes que le adoraban (doce personas) propusieron comenzar a escribir… su biografía. Viendo claro lo que querían, hizo su equipaje y, de incógnito junto a sus numerosos familiares y allegados, se quitó de en medio en la madrugada del quinto día del mes del Katta Maarhán, cuando el ojo de la Luna tiene “orzuelos provocados por las malas noches”, según el poeta. La ciudad se quedó sin funcionarios hasta el nivel de subjefe de ventanilla. Cuando al amanecer echaron abajo las puertas de roble de su palacio, sólo hallaron una carta dirigida a su amado pueblo:

Amigos, conocidos, y ciudadanos chusqueros todos: He decidido, seguro que igual que vosotros, que mi etapa a vuestro lado ha concluido. Igual que la vigencia de la moneda usada, la Chircha. Dieciséis devaluaciones son muchas. Os dejo mi colección de picos y palas sin estrenar, convencido de vuestra capacidad de reconstrucción de un halagüeño futuro. Vuestro, siempre, Shamón.


[1] cambiando su nombre a Shamón en cuanto quisieron embargarle su chalet en Conil.