Súper héroes (17)

2017/05/09

Slipkiller ha vuelto. (Slipkiller strikes again).

                  Así es, amigos. Y ha sido en Toledo, en el hospedaje-monasterio de los Misterios Conocidos, conocido como El Descubierto, por sus goteras. Yo me entiendo. Vamos a lo que vamos.

                  Sábado pasado, cuatro de la mañana. Interior de la habitación Tres del pasillo Cinco. De lo más recóndito. Calor toledano. Ventana que se abre, mosquito que se cuela, audaz pero temerario, sin saber con quién se la juega.

                  Antonio Calapuig y su esposa, Clarita Mandavaras, debaten posturas nada ideológicas en las estrechas literas yuxtapuestas, como ellos. Surge la pre ebullición y emiten suficiente calor para que los anófeles (llevan milenios entendiéndolo como señal) ataquen en formación de flecha. En una primera pasada escalofriante entre las narices de los pre amantes, en pleno preámbulo, el zumbador corta el rollo como sólo un whasapp de Hacienda podría hacerlo. Antonio no lo duda. Se levanta como John Wayne y reta como Rocky Balboa (en la IV entrega). El mosquito no rehúye el enfrentamiento. Se para en el techo, a tres metros veinte sobre Antonio que entonces, y sólo entonces, le deja ver quién es. Al mosquito se le hiela en su interior (cefalotórax sobre todo) el 0,002 mililitro de sangre que ha podido acumular durante el día: sobre el piso de piedra de esa habitación, de pie, posa Antonio Calapuig, sí, pero, insisto muchísimo, se trata de SlipKiller. El zancudo no sabe qué hacer, le creía retirado. No es capaz de huir. Antonio, sin dejar de mirar al díptero, pregunta a la mujer por la ropa que traían puesta. Ella le indica con una mirada dónde han ido a parar los calzoncillos blancos modalidad gayumbos con ventana al exterior, 95% algodón de Tarrasa, fláccidos al tercer día de puestos: el arma más letal hecha expresamente para el último con licencia para matar. Todo sucede muy deprisa. Sabedor de la capacidad de esta especie para separarse de la pared y desaparecer, Antonio calienta la muñeca, hace girar la prenda imitando al rotor de un helicóptero y, subido en la cama, salta al techo hasta estampar al mosquito contra una bóveda antigua y fría, donde permanecerá incrustado como prueba altamírica hasta que Patrimonio vuelva a soltar la mosca (ironías de la vida) para pintar de nuevo. Antonio deja caer la prenda, que se deposita en el suelo con la suave cadencia de un trapo de cocina.

                  -He querido empezar una nueva vida, pero no ha podido ser: me persigue mi destino. Tú misma lo has visto. Ni siquiera sabré su nombre –le dice a la mujer.

                  -No te atormentes, gorrión –le dice ella con voz serena-. Cierra la ventana, acepta el aerosol disuasorio sin CFC y dejarás de sufrir. Anda, vuelve a la cama, que son las tantas.

                  El momento, vertiginoso, ha hecho mella en los amantes. Del tiempo que tenían previsto para el zipizape, apenas dedican cuatro horas y cuarenta y seis minutos a la faena. No es fácil escapar a una trayectoria vital como la de Antonio. Y él lo sabe bien. Tendrá que vivir con ello.

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Súper héroes (16)

2015/07/02

Súper héroes (16)

2015/07/02

Tupper woman.

Joselito Gualas III corría por el callejón, angustiado por perder para siempre siquiera una sola de las codiciadas piezas robadas en casa de sus padres, los marqueses. Sus bolsillos –los de Joselito- rebosaban y se sentía sin aliento.
Los marqueses, según el protocolo, soltaron los perros. Segundos después, la manada había localizado a Joselito donde siempre, frente a la valla metálica gris tungsteno, último paso –ya superado otras veces-, para hallar la libertad al otro lado. Pero esta vez era diferente. Si saltaba al estilo Fotsbury (su preferido), su inadecuada chaqueta se desparramaría sin poder evitarlo.
Los perros se acercaban.
Justo en el último paso atrás para impulsarse sin dejar de llorar, sintió los mullidos airbags de alguien que estaba allí de pie, firme, para cambiarle la vida.
-Rápido, guarda las cocletas en este recipiente de plástico aséptico, práctico y capaz de conservar en su interior una gran diversidad de alimentos para su posterior consumo sin pérdida alguna de nutrientes –dijo la mujer enmascarada y didáctica.
Joselito oyó el clic clic clic de la tapadera al poner el penúltimo ovoide frito en el interior de la fiambrera. El último se lo zampó la mujer, nada menos que Tupper Woman, la heroína protectora de los niñatos que saquean los frigoríficos familiares cuando la mama está viendo la novela. La encontró jugosa, con el pan rallado justo y se plugo en ello. Ella misma las había frito, horas antes.
-¡Si alguna vez robas gazpacho, te tendré listo un bote hermético, chiquirritín! –le dijo con lágrimas en los ojos, aunque estuviera enmascarada. A los perros les tiró una bandeja de croisants al estilo discóbolo y los alejó de allí, sin más. Pronto atardecería y volvería a ser la tierna yayaMari, el ama de casa.
El salto de la valla no estuvo mal. La caída, regular, como si te echan de un bar. El taper, sin un solo rasguño.
Joselito, agradecido, le lanzó un beso, se levantó, cogió el tapergüere y se alejó hasta el final del callejón. Allí le esperaban, vitoreándole, Julito Jenaro y Jaimito Jesús Jalón Jarilla, sus dos amigos muy estupendos. Ya tenían comida para el fin de semana.
Y todo gracias a Tupper Woman, la heroína yaya de la casa, cuya doble vida permite la existencia y proliferación de vagos egoístas, caraduras y mimados que no doblan ni las apuestas.

Si en tu asalto a la cocina familiar las patatas fritas son descubiertas y asediadas, si te atacan la ensaladilla, o esta misma se desborda, si saltan los guisantes, si hay un tsunami de salsa alrededor de un pavo… llama a Tupperwoman. Ella siempre sabrá qué hacer.


Sanedrín 1. Fiscalattack.

2015/06/15
                  -Buenos días, y es deseo para algunas, dudo que lo sea jamás para mí –dijo la mujer al entrar en el reservado del club Los Chachis. Traía la color perdida y el aire a medio respirar.
                  -Hola, María Luciérnaga –respondió Ablaida Laportaire, jefa moral del grupo de amigas habitual-. Hija pordió, ¿qué te acontece? Ni ese es tu rostro habitual, ni luces perlas. Desembucha y aclara tu actual estado de espíritu, entre abatido y zaherido, a mi docto entender.
                  -Hoy, amigas, he pagado impuestos. Así, como suena.
                  Federiquita Dosmuerdos cayó al suelo. Las primas Betsabé y Logoldrina de Amuillons se lanzaron a por el tequila y llenaron las tazas de café que vaciaron de café previamente. El resto, mudas de asombro, hablaron por señas, como era de esperar.
                  -¿Y cómo ha sido? –articuló con dificultad Ablaida, la socia de más empaque.
                  -Ha sido como un pronto: después de sólo diez notificaciones firmadas por mi cocinera, enviadas después al fogón para no dejar huellas mías, me veo, hoy mismo, el cargo en cuenta.
                  -¿Importe, querida? –preguntó Ablaida.
                  -A mí el importe me importa un relleno de condón, vosotros lo sabéis, queridas. Es el detalle lo que me duele.
                  -¿Concepto, querida? –perfiló la veterana amiga.
                  -Nada de eso moderno. Ha sido concreto, un latigazo de trescientos y pico pondios contra un saldo inmaculado, sin tocar desde primero de mes, dado el gorroneo que gasto a costa de quienes me invitan.
                  -Pues lo de la gonorrea, y además impuesta, te lo tendrías que mirar –dijo Federiquita, prudente, desde el suelo.
                  El aire perdió algo de su densidad mortal y María Luciérnaga, Lucy en realidad, pudo inhalarlo, sentarse y pedir un whisky, dada la desaparición del nivel inicial de tequila en la botella comunitaria.
                  -¿Quién ha podido perpetrar y llevar a término este sórdido ataque? –preguntó Federiquita, una vez levantada sin ninguna ayuda.
                  -Pa mí que ha sido Úrsula Parmenia Moctezumo, una antigua amante de mi primogénito, el Chindasvinto José. Trabaja en Hacienda –ella, mi Chindas no la ha doblado en su vida-, y un día, en pelotas, sentada en mi cama sobre mi hijo, la vi revolviendo mis documentos. Aunque no puedo estar segura.
                  -¿Y el móvil? –preguntó Ablaida para buscar un ídem.
                  Lucy puso el último modelo de smartphone sobre la mesa. Jugaron por turnos al tetris y siguieron con la charla.
                  -No, titi. Me refiero al motivo.
                  Lucy se paró a pensar, se tomó el analgésico que le amainaba la jaqueca en esos casos y confeccionó una lista completa con una posible causante de su dolor.
                  -No te inclines tanto sobre la mesa al escribir, Lucy querida, mira no te vaya a dar una hernia fiscal –dijo Federiquita.
                  -Ya está –dijo Lucy-. Esto va a ser lo del ministro. Se vino a merendar y pidió una contribución para su partido. Mi hijo –como siempre está en casa por medio y es tonto- le dijo que nosotros teníamos muchísimas. Todas sin pagar. Cogió unas pocas del cajón y el ministro dijo que mandaría a su ayudante a recogerlas. Aquí cada uno entendió lo que le salió del píloro y la ayudante resultó, como he dicho, una antigua querindonga del niño.
                  -Un día negro –corearon las reunidas.
                  -Colecta aparte –dijo Betsabé con voz firme-, no sé qué podríamos hacer.
                  -Ya sé que no saldrá un céntimo a mi favor de vuestros bolsos de precios prohibitivos, nenas –dijo Lucy. Y añadió-: Era mi deber avisaros. Hoy soy yo, mañana puede tocarle a cualquiera de vosotras.
                  El silencio se adueño del grupo: otra experiencia nueva. Sollozaron unos segundos sin moquitos mientras un concierto de teclas iniciaba una serie de llamadas febriles. Al otro lado, chachas, cocineras, institutrices y amas de llaves recibían instrucciones claras de sus señoritas:
                  -Como le abras la puerta a alguien te parto el rostro. Ni al ministro. Ni al fontanero. Pues que se inunde. Ni al novio de la niña. Ni al otro. Ni a esa lagartona. Ya está bien. Sigue con lo tuyo.
                  Con una botella nueva en medio de la mesa, la reunión volvió a su tono de siempre.
                  El segundo punto del orden del día era discutir –y dar por definitivo para toditas las de grupo sin excepción- si se seguía con las medias hasta finales de junio o era ya el tiempo de lucir los muslos.
                  Ahí sí que había motivo para la preocupación. Como siempre, se sortearon los turnos para hablar.

Elecciones2

2015/03/17

                  Informe del Inspector Mentoso tras una visita a las localidades cercanas a Shuflastown, cabeza de partido de la región cervecera de Spumonvalley. Presenta estadísticas relacionadas con intención de voto previo, voto en directo y conteo posterior, con parte médico detallado de supervivientes.

                  Ciudad Cañadelhom.

                  Entorno agrícola, industrial o ganadero según quien trabaje. Predominan las cabras, sus principales clientes para comerse el brócoli de los campos y los folios con tachones que sobran de la Papelera Paskribir, con sede en una barriada punk cercana a la parroquia.

                  Sesenta y dos con derecho a voto. Ejercen su derecho todos acompañados de sus cabras, que asienten –salvo una- tras leer el programa del partido al que entregan su confianza.

                  Urna de bronce, muy brillante por el buen pulido.

                  Mínimas incidencias, salvo el ordeño en directo de Palmirina, una de raza murciano/malagueña que no podía más. Se incluye en el acta.

                  Tiempo sin pegarse al ver que empatan: minuto y medio todo lo más.

 

                  Municipio de Kesofres.

                  De origen ganadero, no se descarta renegar de sus orígenes y poner dos puticlubs, uno para viejos verdes asquerosos y otro para gente más normalita. Los partidos saben lo que se juegan, pero tienen simpatizantes que simpatizan con los dos estilos y el presupuesto no da para más que uno.

                  Votan cien. Se recuenta y hay empate. Empiezan las trompadas, que duran hasta la hora de la cena. Me dispongo a firmar el acta con comentarios comprensivos y tolerantes hasta que recibo una pedrada. Maldigo madres de forma genérica y valoro la urna, de yeso hueco cubierto de purpurina.

 

                  Aldea de Móñigon.

                  Su próspera fábrica de abonos y fertilizantes naturales me saluda con una peste densa desde que me acerco menos de dos kilómetros a sus chimeneas.

                  La urna, de impoluto cristal de Bohemia, tiene en cambio la forma de una boñiga; sin la menor duda.

                  Tienen derecho a voto quince personas, una de ellas –la que se lleva los palos si su voto es decisivo- loca porque el tonto del pueblo cumpla los dieciocho y puedan, al menos, empatar.

                  Me llevo el acta y al del voto decimoquinto, justo cuando el gerente de la fábrica empieza a defender ampliar la producción de su próspera empresa. No acepto su soborno en sacos de productos frescos.

 

                  Villa de Guindilla.

                  Cercana a los palomares de Torcazland, nada más bajar del coche noto comentarios hirientes, picantes en verdad, entre los ciudadanos con derecho a voto. Son treinta y dos. Las cosas que se dicen rayan en el borde del borderío, sea cual sea la idea a comunicar. Como ejemplo, “Dile a tu mujer que tus ladillas pa ti, que mi mujer ya tiene bastante con las mías y las de mi primo. ¡Y no olvides terminar de blanquear la ermita, que, mientras intentaré separar a tu suegra de mi pollino Vittorio.” “De acuerdo –responde el aludido-, en cuanto me curen de la herida de asta con doble trayectoria que me produjo un cuerno tuyo afilado y suelto mientras le daba a posteriori a tu mujer, harta de no verte un detalle en tantos años. Termino esta tarde de blanquear, que han venido los del voto”.

                  Antes de cruzar palabra con ciudadano alguno, firmo lo que me ponen por delante y me largo.

                  Me alejo, paro el coche y leo lo que he firmado: una oferta de lametón diario a la presidenta de la junta electoral de Shuflastown. Mi suegra. Y lo malo es que se han quedado con copia.


Elecciones1

2015/03/17

 

                  Ayer, según indicaba el calendario de la generación de los nacidos en el año 2000, se celebraron las elecciones vitales de Cholentown, mi pueblo.

                  En lo más básico, se eligen cónyuges, abuelos solitarios o abandonados en gasolineras, color para las fachadas… cualquier cosa. Poco a poco, quedan fijados los destinos de nuestros ciudadanos en muchos aspectos.

                  El voto más esperado, que se deja para el último, es el de las profesiones. Y dentro de ellas, como traca final, el referente a policías y ladrones en distintos niveles de delitos.

                  En el apartado de tironeros, salió elegido mi primo Joselito. Para intentar atraparlo, salí yo.

                  Hoy, contentos con las herramientas y el uniforme nuevo de cada uno, nos pusimos a trabajar muy temprano.

                  A la hora del desayuno, en el bar de Mellito, comentamos por las redes sociales cómo le iba a los amigos, que nos contaban sus peripecias. Joselito me lo contó en directo.

                  -Ni una vieja, primo –me dijo. Y le vi afectado de veras.

                  -Quizá estés lento –intenté consolarle-. No olvides que desde hace años celebramos las maratones femeninas y están bien entrenadas.

                  -No es sólo la velocidad, primo –me explicó- es la intuición: cuando me acerco con la moto a la acera por donde caminan veo claramente cómo cambian el bolso al otro lado.

                  No tenía argumentos para levantarle la moral.

                  -Ten paciencia –le dije-. Todo se arreglará.

                  No la tuvo. Vio salir a la cocinera con una bolsa de asas de contenido sin determinar y, desesperado, saltó la barra y de un tirón se la quitó del hombro. No tuve más remedio que saltar yo también la barra y detenerlo allí mismo. Ni siquiera le obligué a recoger los puerros, las patatas, un manojo de tagarninas y un par de apios que se desparramaron por el suelo.

                  -Así son las cosas, primo –le dije mientras le esposaba.

                  Ya sufro al pensar el futuro que le queda a este pobre muchacho.


Relexiones de un sábado por la mañana (CCLXXX).

2014/11/15

Caso Malahe.

Al entrar en el cuarto semioscuro, la mujer adapta su visión y consigue distinguir al fiscal Ignacio de Abedul y Moriscos, que instruye el caso Malahe.

-Buenas, pedazo de carne imputada. Siéntese en el suelo hasta que haya presupuesto para, al menos, un cojín deshinchado y polvoriento.

-Muy buenas, juez de primera estancia, porque esto no tiene pinta ni de hotelito sucio.

-¿Sabe usted cómo se llama?

-Desde siempre: con golpes en los nudillos si puede haber alguien al otro lado de la puerta haciendo posturas de avance y retroceso. O bien, al timbre o a gritos. También por teléfono.

-¿Y de su nombre?¿qué me dice de su nombre?

-No lo recuerdo. No me líe con preguntas trampa.

-O sea, ¿que no está cuerda o que no recuerda? ¿se acuerda de algo?

-Mismamente de cualquier cosa que usted no me pregunte.

-Vamos a ver, pedazo de hija de la gran imputada, ¿sabe por qué está usted aquí, ahora?

-Si tengo prohibido hablar hasta con mi MariPaqui, la que me viene a planchar, comprenda cuando pueda que tampoco sé por qué está usted aquí. Ni estos doce perros con colmillos brillantes a mi alrededor.

-Es por la piel de su abrigo. El conejo estaba recién fallecido y estos doce lo huelen todo. Dígame, siesa y evasiva evasora, ¿reconoce algún papel de estos que le voy poniendo cerca?

-Sí señor. Todos son papeles auténticos. Quizá este de aquí, plastificado, engañe al principio. Pero no: también es papel. A4, textura de 80 gramos, prensado uniforme y satinado al 45%. Mire, que llevo ya un rato sentada aquí. Digo yo que no me empapelarán ¿no?

-Hablemos ahora de las ganas que me están entrando de estrangularla. Tengo un obstáculo demasiado grande para ello.

-¿De índole profesional o ético quizá, señor instructor del caso?

-Nada de eso: es el collar de pedruscos que le cubre el cuello. Es un problema técnico en principio, pero por principios le pregunto ¿quién le ha comprado ese collarín de diamantes?

-Estamos como al principio: no me acuerdo ni de lo que es un cuello.

-Bueno, señora PérezPáez de Garangoitia Valls de Uxó, se lo diré una sola vez y acabo de hacerlo (guay la frase ¿ein? es de Dillinger): ahora mismito hago pasar aquí dentro, y con derecho a silla, a su MariPaqui. Y vamos a ver cómo anda de memoria la que le plancha.

-Ay, Señoría Señor: que se me ha quitado de pronto el 95,77% de la mandanga que traía. Ella anda de memoria como yo, un paso primero y otro después, pero tiene tres primeros premios en chismorreo de la comunidad de propietarios. De nosotros, se sabe hasta los nombres de los niños de las querindongas de mi marido. El muy cabrito, dicho sea de paso.

-Entonces ¿se va animando a largar cuerda?

-Hombre, si pusieran un orujito y unas pastas…

-Tenga, mortadela y pan de hoy.

-Vamos allá. ¿Empiezo por chaleres construidos sobre zonas verdes futuribles o le doy a los tres viaductos que se han quedado en columpios?

-Empiece, si puede ser, por el origen del saco de cien millones en efectivo.

-Pues, en efecto, ahí voy. Todo comenzó el día en que, al caérseme unas bragas en un centro comercial de venta de bragas -no se confunda-, se me acercó el hoy mi marido y entonces aspirante a pintar los pasos de cebra de la capital para lo que no disponía de capital. Tendría yo entonces veinte años, para mí eran tiempos difíciles pues no sabía leer la hora en un reloj.

Se acercó a mí, se guardó las bragas -amarillas a más no poder- y me dijo:

-Algún día tendrás quien te diga la hora que es cada ratito.

Y añadió:

-Puede ser hoy mismo –me dijo- y me regaló las bragas amarillas en cuanto salimos del centro comercial.

Después, merendando, me contó sus planes con algo más de detalle.

-Estoy pensando en un concejal de urbanismo que es muy tonto, gracias al cual, con lo de los pasos de cebra, voy a trincar unos veinte millones de euros para comprar misiles, ayudar a derrocar al gobierno de Zambuleya, venderle al ejército golpista los calcetines que se han quedado impares aquí y sacar otros diez millones limpios. Con ellos, me trinco la concesión de baches de carretera –provocaba siempre los mejores baches, es verdad- y con ello me hago con el monopolio de la instalación de retretes fijos en los trenes.

-Aprovechando que los senadores viajan mucho y se ponen perdidos. ¿no? ¿Nada más?

-¿Le parece poco para empezar?

-¿Tiene usted pruebas de algo de lo que nos ha contado?

-Yo probaba los coches nuevos.

-¿Pero aprobaba sus métodos?

-Yo no aprobaba ni la ESO. Porque doña Saturnina me cogió manía.

-Hablo de cómo ganaba su marido el dinero.

-Él decía que…

Entra el marido de pronto e interrumpe el interrogatorio. La mujer se le echa encima y se le cuelga de la corbata llorando.

-Mírame, rodeada de perros, tirada. Como en la noche de bodas.

El marido sonríe y el reflejo de su colmillo deslumbra al fiscal.

-Vámonos, que esta ronda está pagada.

La mujer es la única que responde.

-Pues te habrá salido por un euro con treinta la convidada porque fíjate: vasito de agua y bocata de fiambre básico.

-Nos quedaban cuarenta minutos para que prescribieran todos los asuntillos que me querían endiñar. Ya llevamos, gracias a ti, cinco minutos de ciudadanos legales y libres. Vámonos pa casa, niña.

-Pues nada, encantada, fiscal. Que Dios guarde a usted muchos daños; por lo menos que le piquen los codos.

Antes de salir, echa la piel de conejo a los perros, que dejan el bocadillo de mortadela sin terminar y se van a por el abrigo.

-Así tienen algo para morder –dice la mujer saliendo con el marido en brazos.

Tengan todos ustedes muy buenos días.