DISCIPLINA AL VESTIR

2007/12/20

Amanecer.

Nota de antes de dormir: Jamás volver a mezclar la pasta de dientes en el ron. Aunque se disuelva bien.

Hoy, al levantarme, he sentido la tentación de encender la televisión, y sólo mi mujer con la ayuda de los vecinos han conseguido evitarlo. Agradecido, me pongo los calzoncillos debajo del pantalón, venciendo el resplandor del sol en la cara. Esto último inevitable, pues caí plano sobre la terraza gris de gres.

Desayuno y consciencia.

Ante el desmedido acto al que me enfrento esta mañana, hago acopio de energía mediante la ingestión una serie de bocadillos en orden creciente de proteínas, llegando algo cansado al de jamón, al que ayudo con algo de ginebra. Sólo para no añugarme, le explico a mi esposa, que lo comprende.

Es el momento.

Miro el trapo conflictivo. Es largo y, aunque comienza delgado, acaba tras una extraña progresión en un triángulo picudo que amenaza con pinchar algo si llega demasiado lejos. Me lo instalo como una bufanda y voy hacia el espejo con el libro de instrucciones, sacado ex profeso de Internet por mi esposa, tan solícita.

Inicios.

Acometo la serie de nudos sobre mi cuello de la misma forma en que intenté poner las cortinas del salón. Vuelven a entrar los vecinos, y entre todos impiden que muera ahorcado, al haber pasado la corbata por los rieles. Les invito a una copita y a pesar de la hora agradecen y se la toman. Sobre todo Evaristo, el del cuarto C, que no se había acostado todavía.

Asentamiento y aceptación.

Esto tiene, como todo, sus secretos. Al pasar una vez un trozo sobre el otro, noto que tomo confianza. Vuelvo a hacerlo, esta vez sin mirar y aparece mi suegro en el cuarto de baño. El trabajaba en Almacenes Ligero y me dice que nunca ha visto un lazo mejor para adornar cajas de vinos que el que yo me he puesto sobre el cuello. Solo las tijeras consiguen que se deshaga esta situación tan tensa.

Desarrollo  y madurez.

Cojo la de rayas -regalo de mi cuñado Boris- para el tercer ensayo. Ahora, prudente, no doy dos vueltas al mismo lado, sino que paso por debajo del primer lazo la parte delgada, sorprendiendo al nudo, que intentaba cerrarse. Queda, como resultado, una especie de flor de tela que mi mujer, atenta, pone como centro de mesa, quitando la figurita del niño traído de Holanda que está siempre orinando.

Final feliz.

Nuestro vecino policía, Genaro, que vive justo debajo, piensa que desde las cinco de la mañana lo de mi piso ha sido por culpa de gente que intentaba atracarnos. Entra, pues, disparando y dando volteretas. Al dar una patada en la puerta del cuarto de baño, se quita su corbata negra que le molesta y suelta un profesional “¡ajá!”, a lo que mi suegro le entrega las revistas verdes sin rechistar.

Al recoger la corbata del suelo, veo que el nudo está hecho (la reparten así para los funcionarios) me la pongo y me largo al trabajo, que se me va el autobús.