Reflexiones de un sábado por la mañana.

2008/02/23

Como buen consumidor (antiguo cliente) me he levantado pensando en Dios, cuyos servicios, en una concesión cuyo contrato no se revisa desde hace ya más de dos mil años, dejan mucho que desear.

De hecho, me he leído la letra pequeña de las Tablas de la Ley y algunos de sus artículos se caen, como la propia tabla, a pedazos.

 Pero lo que más me preocupa es la exclusividad del contrato de obras y servicios que tenemos con Él. Y, para qué ocultarlo, tomemos el ejemplo del mantenimiento de las instalaciones. Se nota la dejadez.

Un caso concreto es el polvo. Demasiado bajo las camas y cada vez menos encima de ellas. Y encima, la manía de que nos convirtamos a él o en él. Pero ¿esto qué viene a ser?

Hablemos de su sede social. ¿Desde cuándo no manda un tipo alegre, que haga buenos trucos? Supe por un amigo que tuvo que mandar a su propio hijo para animar el ambiente, casi al principio, para poner orden. Pero el muchacho tenía sus propias ideas al respecto y encandiló a la gente con un poco de diversión en medio del mensaje. Y ahí está: Muy pocos, después del trabajo, se pueden concentrar en la Vida Eterna o algo parecido. Son conceptos profundos, que se digieren mejor con un salmonete y una pieza de pan que no se gastan. Y todo después de haberlos pescado sin barca, andando sobre el mar sin apenas mojarse la túnica. 

No quiero que nadie se ofenda. Ya me encargo yo, pero hablando medianamente en serio ¿qué decir del personal actual a su servicio? Podemos comentar de modo jerárquico sus funciones:

Cura de pueblo: Muy distinto cometido a sanar las heridas de un municipio, como parecería literalmente su trabajo, se limita a visitar el casino para intimidar a los parroquianos y fustigar al camarero. Si bien consigue la convidá gratis, tarda en absolver al que no le deja pagada otra o carga con el aperitivo del día anterior. Ya lo trincará en el confesionario, a solas.

Obispo: Ropas ya ajadas, por su excesivo alquiler a grupos para carnavales. Una vestimenta a todas luces impropia para saltos de altura. De ahí su escasa comunicación con el Altísimo.

Cardenal: Nivel de curia conseguido a base de golpes suaves, pero sin parar y todos en el mismo sitio, sabiéndose imbuidos del don de la constancia.

Santo Padre: Persona que consigue que el puesto de barbero en El Vaticano esté vacante con frecuencia, y se vayan todos, hartos de pelar Papas. Se entiende que tiene hilo directo con Ya Sabemos Quién, pero no dice nada de con qué frecuencia lo hace ni en qué frecuencia tampoco. Nadie le ha pedido el detalle de la factura telefónica.

Veamos el apartado de rentabilidades:

Sus locales requieren una aportación que, ingenuamente, comenzó a pagarse en limones (limonáh, sánscrito) deviniendo en nuestra actual limosna. Y hay gastos, como el del bordado del borde izquierdo del palio de la abadía de Santa Pangelines de Úbeda que no acaban de hacer cuadrar el balance. En el apartado de “pagos pendientes”, la auditoría del Banco Molocos encontró textualmente en su informe lo siguiente: 

“Dios te lo pague”, sin fechas concretas de acuerdo para regularizar.

Tras lo expuesto, no creo que el plan General de Contabilidad Universal “cuadri et cobri” se cumpla con el mínimo rigor.

Para concluir nuestro breve repaso, hablemos de la competencia:

Sus promesas no dejan de coincidir  en algunos apartados. Se mantiene la vida eterna, con una felicidad no garantizada salvo en reposiciones de series de éxito. No dicen nada en sus prospectos de “con qué edad” ni “con qué aspecto” viviremos por siempre jamás.  Y concreto ésto:

Encontrarme a mis profesoras de geografía con la edad en que las conocí y sus mapas del Cosmos debe ser interesante, pero me fastidiaría que una vieja desdentada que me guiñara el ojo nada más entrar jurara que es Pamela Anderson.

Ninguno entra en detalles. ¿Y las reclamaciones? Horas y horas agachándote, días y días dándole a la pandereta, meses y meses de molestar a la hora de la siesta con manga corta y corbata… ¿Todo para qué? Para quedarme al final con el conocido, quizá por tradición, infraestructura, intermediarios, y muchas más oficinas donde presentar una queja.

En conjunto, y apoyado por la asociación gastronómica-religiosa-determinista de “Al que el ajo dio” a la que pertenezco desde hace horas, propongo una revisión del contrato en varios de sus apartados, a la espera de aportaciones del exterior, en el supuesto de que alguien, alguna vez, lea esto.

Mi propuesta primera, lógica, es el tipo de contrato: De indefinido, a temporal, con cláusula de revisión automática en cuanto a dogmas específicos. Nada de “hoy sí hay infierno, mañana no se sabe nada”. O se preocupa de que la caldera se mantenga o se apaga, nada de medias tintas, que manchan las piernas.

Tengan ustedes muy buenos días/tardes/noches (táchese lo que no proceda). 

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AUTOAYUDA (I)

2008/02/17

REORDENACIÓN VITAL

 

Hilario Viladecans Adito. Notario. 39 años, casado, pelo castaño  y con dos hijos. Un ejemplo tremendo a seguir.

El 4 de Febrero de 2006 recibe en su domicilio de Palafrugell un paquete postal. Como sabe que es capaz, lo abre, igual que tantas otras veces, a bocados. Descubre dentro una flor, una corbata, un libro y doscientos cincuenta gramos de jamón cocido. Tira todo a la basura menos el libro, titulado “FENG SHUI, reordena tu vida, chaval” y la corbata, que recorta a cuadros. No atiende al teléfono ni a los niños sin enjuagar en el baño durante tres horas, tiempo que tarda en leer el libro recién llegado a sus manos, que el notario va considerando el manual vital de su existencia conforme una página sucede a la anterior en comprensión y entendimiento pleno de cada mensaje.

Envuelve a sus niños en un albornoz verde pimentero, los saca al jardín por la puerta de cristal delantera, y a continuación derriba la casa suavemente.

Cuando Elenita, su mujer, llega a casa tras su partida de póquer semanal, lo abraza y comprende de inmediato que la forma en que estaban orientadas sus trayectorias vitales no se podía consentir. Antes de besar apasionadamente a Hilario, escupe al suelo el tabaco de mascar. No hay mejor forma para cambiar una vida, piensan los dos.

Para pasar la noche protegidos, los cuatro entran a buscar una manta de tejido natural sedoso, pero con pelillos de oruga mística del Tibetán, cuyos roces harán mejorar el afeitado al padre de familia y la forma de rascarse al resto. Como no la encuentran, se avían con una manta de soldado del vecino, Joan Tous, algo mayor que ellos y mecánico, que al explicarles el funcionamiento del tejido, confiesa pícaramente ser el autor del envío  del maravilloso libro del autor, Mu Dao, el campeón de cambios espirituales del Himalaya.

Joan lleva ya semana y media viviendo bajo lo que queda del fogón de su cocina, con dos docenas de lagartijas de la especie Sin Rha Bó, de Nueva Caledonia, una evolución que permite que te laves los dientes uno sí y otro no, gracias al aura positiva y circular de sus patas traseras.

Al amanecer, llegan varios amigos. Dos de ellos, abrazan a la familia pues comprenden de modo inmediato la ruptura con su absurdo pasado, ése que ahogaba todo el fluir por las venas de la Quintaesencia del Ah JÓ. Los otros dos no se paran pero les echan algo de comer. Sentados en el jardín, se separan según dicta la norma Sha TePa Ya, a metro y quince centímetros de distancia occidental, lo que deja pasar a los bomberos.

Cuando el Sol ya está en su cenit, muchos de los objetivos de Hilario se han logrado. Su yo interior le hace inmune a un comentario del sargento municipal José Tamudo, alias Carpetas, que él vagamente identifica como “¿será posible la que ha liado en un momento este hombre?”, pero que no le afecta.

Se organizan para comer. “¿Cómo?” dice el mayor, Luisito. “Come”, le responde el padre mirando al cielo.

Los niños, en la posición del Loto y los padres en la de la Primitiva, se disponen a organizar unas lechugas sobre el tapacubos del Mercedes a modo de bandeja. Ese tapacubos que les llegó rodando tras el derrumbe del garaje.

A la cuarta noche, la casa está preparada para ser habitada de nuevo. No hay techo, lo que evita malasombra de la inevitable tendencia Chun Gá del séptimo escalón celestial. Ni ventanas, lo que hace que ningún curioso les espíe, evitando como nunca antes el negativo Corpúsculo Aha Há, de la novena Torre de Kotí Ya, que viene del A Yi. Y no hay paredes que paren el viento del SurOesteSegún, de entrada, ése que te seca la ropa mojada nada más, o detengan el escape con rebote y vuelta atrás con revisión del metano familiar, tras la digestión de una lata de fabada, pongamos por caso.

Pasan días, y el Chen fluye a raudales. Y el Chon también. Los vecinos hartos de chinchón, practican algo de Cho te Ho, pero se paran a saludarles.

Hilario, Elenita y los niños en albornoz, entonan salmos en la posición ToDó Blao, justo antes de la merienda. El notario firma actas como nunca antes lo había hecho: con calzoncillos verde claro. Y su mujer sólo se maquilla con crema Llehra, de los bosques del séptimo árbol de la cordillera Sin Flan, donde nada es dulce.

El domingo siguiente, se celebra en la parte trasera del jardín la convención nacional del Arte de Aclarar Las Cosas, traducido como el Aclararte, donde Hilario actúa de anfitrión con túnica transparente en algunas partes. A los postres, con un par de cubatas de ron, firma la venta por un pico de su solar a El Corte Inglés, que andaba buscando un sitio céntrico. La única condición que pone Hilario para la transacción es que dentro de la planta de deportes el flujo de energía Cha Chí vaya de un lado para otro. De ese modo, las camisetas se plancharán estupendamente. El vicepresidente accede.