Reflexiones de un sábado por la mañana (VI)

2008/03/29

RECORRIDO SEMANAL.

El lunes, clásico golpe de mesilla de noche en la espinilla derecha (siempre la misma) tras la mala colocación del despertador el domingo por la noche. Acompaña una ducha con agua un tanto marrón gracias a las obras realizadas en las cañerías del vecindario, un calcetín de cada color y un café torpemente descafeinado por alguna industria del colchón…

Digamos que no hay casi nada que añadir. Salvo, quizá, la esperanza de que nos hable el más nuevo de la oficina, sea del asunto que sea, para gritarle con mal aliento lo intempestivo y desabrido de lo que nos ha dicho. Conforme avanza la mañana, un café legal y la lectura atenta del diario deportivo van recomponiendo la vida.

El martes, resulta ser verdad y la realidad duele: Había que volver. Se ausenta uno para resolver cualquier cosa del coche, si hace falta se lava el coche, y pasan esas dos horas malditas que dejan llegar las doce del mediodía, una hora decente para que no siente mal el tinto de verano. Siempre con algo de comer, eso sí. Un poco de queso y tomate, por ejemplo.

Podríamos, quizá, mejorar la tapa con una de tortilla recién hecha, y un vino entre oloroso y rioja, pensando en entonarnos, con lo que llevamos sufrido de jornada.

Miércoles y jueves, transición. Dos días que, piensa uno, hay que invertir en ir de compras, al cine y después una cena íntima con la pareja. De hecho, llego con el carro hasta arriba al videoclub automático, me llevo una peli de Martínez Soria, y pido una pizza de cuatro estaciones con dos latas de refresco sin identificar.

Llega el viernes. A buenas horas, cansado, venido a menos por el deterioro, minado en las fuerzas, erosionado el ánimo. Lo mejor, volver a salir (siempre con el permiso del jefe, aunque él no lo sepa) para lo que quedó pendiente del coche. Se vuelve a entrar en el trabajo y en el reloj son las trece y trece, que no son las veintiséis como yo creía de chico. Ahora sí, ahora empieza a correr por las venas la sangre de la libertad condicional que supone el fin de semana. Me cojo dos docenas de papeles para revisar y guardar, y me hago fuerte en el archivo, entre cajas, de donde nada ni nadie podrá sacarme hasta las quince. Eran los papeles que el nuevo quería arreglar el lunes.

Nos despedimos deprisa, nos espera la aventura. El lunes queda lejano. Vamos a partir el tiempo, inconscientes, plenos de lo que sea. Así, un siestazo hasta las diecinueve treinta del viernes. Lengua espesa, caraja densa, golpe con la mesilla, zapatillas cambiadas de pie. Entramos al salón, con la pareja lista para salir desde las dieciocho cuarenta, según se quedó el día anterior.

Entonces, ¿tú querías ir al teatro, no? Como no te tira nada a la cabeza, te cambias el chándal y acabas saliendo por la puerta. Acabas el viernes aplaudiendo una obra de un noruego que escupe a las olas del mar para decir que el amor no existe. O algo así es lo que defiendes en la tertulia, con la copita, entre amigos.

Sábado y domingo hasta el mediodía. Diversidad, viajes, lectura, familia. Nada de eso. Partidazo en la tele y surtido de tapas en casa Mellito, que ponen una ensaladilla con colores que hacen juego con cualquier camisa.

Domingo por la tarde. Víctimas del sistema atosigante, nos metemos en el sofá, con la mantita de viaje del coche, y cogemos el periódico. Hojeamos la parte de economía, para estar actualizados. Después, los estrenos cinematográficos. Pero no hay nada, nada que nos consuele del destino inexorable de trabajar al día siguiente. Y así, a las veintitrés cuarenta y seis, nos levantamos hacia la cama, ponemos el despertador con desprecio en cualquier hueco que haya entre los calcetines y a dormir.


Reflexiones de un sábado por la mañana (V).

2008/03/23

PRIMAVERA. 

Como esta vez he sido yo el que se ha quedado dormido, reflexiono: Hago flexiones, apago el flexo y me pongo al asunto: Primavera.

Calificativos a usar para la de este año: Recién estrenada, novelera, fría, semanasantera… y bienvenida, qué demonios.

Parte médico: Sin excesos de urticarias, y con control de alergias. Se mantienen la incapacidad de limpiar el polvo (riesgo de ácaros belgas) y cualquier otra faena doméstica (riesgo de sabe Dios qué en los lumbares).

La cuestión es que aquí la tenemos. Como el pariente que llega sin avisar de cuándo se va a ir. La miro, me mira, nos miramos y ¡zas!, ya nos tiene enamoraditos. De las flores, del aire, del calor a mediodía, del frío todavía por la mañana, del resfriado por la tarde…

No le digo lo que tiene que hacer: Hago lo que su momento dicta. Subo por las escaleras de bajadas de los centros comerciales o abro los paraguas justo al entrar en la sala de cine número 2. Se lo hago ver. Vuelvo a sentirla y se me cae el paraguas, que trata de llevarse una señora muy amable. El floripondio emergente de su pecho me hace compartir profundos sentimientos primaverales, hasta el punto de que sólo la empujo con zancadilla para recuperar mis posesiones. Ella lo entiende y, con una sonrisa porque estamos en primavera, llama al acomodador que me echa a la calle con otra sonrisa. Aquí nadie puede ser infeliz.

En la calle, cerca de los jardines, se notan los pelos sobrantes de su forma de peinar los árboles. Veo al empleado de la limpieza pública cronometrar lo que tarda en llenarse de nuevo la acera de hojas y me dan ganas de abrazarlo. Lo hago y evito que se tire del puente más cercano, dado cómo se encienden las pasiones en este tiempo.

En capítulo anexo aparte, hablaremos de reacciones al alza provocadas en ciertas zonas medias geométricas situadas entre los bolsillos de los pantalones. Todas ellas debidas a una tendencia a que la piel femenina mostrada, justo por este tiempo, pasa de un 10 a un 65%.

Cada una de estas acciones las provoca y desata ella, la Primavera, periódica, más o menos puntual, siempre sorprendente… siempre bienvenida, qué demonios.


Reflexiones de un sábado por la mañana (IV).

2008/03/15

DEPORTE SABÁTICO (¿sabadero, sabatil?)

 

El planteamiento es inmediato y riguroso. Se basa en preguntas concretas con respuestas en forma de consideraciones irrefutables.

-¿No te parece que es muy temprano para salir?

-Por supuesto; lo mismo te encuentras con el de la basura y te lleva.

-¿Tan mal me ves?

-Quiero decir, querido, que te lleva al parque, para que empieces allí tus ejercicios.

-Mejor a eso de las trece y cuarenta, antes del aperitivo, con el cuerpo entonado ¿no, querida?

-Por supuesto, amor. Será esa hora, sea cual sea, una hora en la que tus biorritmos se conjugarán con la constelación de Apolinio, permitiendo que tus tendones se hagan elásticos hasta el nivel de mis medias de enfermera.

-Bien. Entre medias, entonaré algunos cánticos espirituales tibetanos, cuyos beneficios ha probado el 0,4% de los actores de Hollywood, entre ellos uno que acaba de morir asfixiado porque los hacía bocabajo.

-Bien elegido. Quizá deberías terminar de masticar el sandwitch de albóndigas. Y ponte algo sobre el batín.

A pesar de lo entretenida que resulta la novela que tiene entre manos, llegan las  trece treinta horas; culpa de la mala puntería al lanzar la alpargata contra el reloj de cuco.

-Amado, ¿no deberías precalentar?

-Es una idea primorosa en su concepción, cariño, pero ¿no es partir con ventaja respecto a otros practicantes callejeros del noble arte de la carrera hacia delante?

-Quizá, entonces, podrías ir adaptando tu atuendo, no sé… ¿zapatillas de deporte al menos?

-No se te va una, exdoncella mía.

Es en ese momento justo, el fundamento del deportista urbano, donde debe surgir el calambre.

-¡Aggghhfússs!

-Dime en dónde has metido el dedo, chaval mío.

-Ha sido al levantarme con este ímpetu que Dios me ha dado. Y tiene que ser algo de tipo espinal, entre las vértebras L5 y S1, la lógica lesión del deportista entregado.

Y aquí, la dicotomía en dos opciones:

a) No me leo más el guión, porque no me sale de los miriñaques. Déjate de pellas y ponte, estrena, el chandal y a la joía calle, que está loca porque la pises.

b) ¡Quieto donde estás, sentido de mi vida! Aquí lo mejor es la mantita eléctrica para los riñones. Quédate ahí quieto, que salgo a comprar unas verduras y nos las comemos los dos aquí, viendo la tele. Si quieres, puedes ir cortando las acelgas.

El deporte en sábado es anacrónico. Mejor dejarlo para el domingo, donde siempre surgirá la llamada del amigo que se acostó tarde y no puso el despertador, o el momento justo en que pasa la única nube que hay por la ventana que abrimos a las diez veintiuno y volvemos a la cama: “Con este tiempo, no se podrá jugar a nada. Las pistas, seguro, encharcadas”.

Para por fin, hacer planes de deporte cada día de la semana.

Porque lo bueno es la continuidad, empezando, sin falta, el lunes.

Es lo más sensato.  

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (III).

2008/03/09

Aunque hoy reflexiono el domingo por falta de puntualidad, doy por válido el asunto: Voy a hablar de elecciones y todavía no he ido a ejercer mi derecho, con lo que las condiciones son las mismas que se darían ayer.

Primer paso: Votar o no. Decido que ya veremos y así no empiezo atragantado.

Segunda  cosa: Vestimenta. Aspecto exterior de un votante. Decido que no me pongo chaqueta. A pesar de la edad, lo primero es la comodidad, ese aspecto informal del demócrata acostumbrado y con pintas de haber tenido una noche de sábado estilo “algo desmadrada, sin pasarse, no vayamos a votar mañana un disparate”.Y tercero, actitud: Despreocupación. Tranquilidad. Nada de agarrar una silla suelta y querer recuperar a golpes el carné de socio del Betis porque se te ha caído dentro con la papeleta. Mejor fiarse de lo que dice el guarda y venir a recogerlo cuando la abran. Seguro que no lo pierden.

Ahora, centradas las formas, el fondo de la cuestión: Voto, ¿no? Muy bien, voto. Y si voto lo que dicen que harán si les voto y sale eso, ¿qué hago si no hacen lo que decían que harían si les votara? ¿Por qué no hay hojas de reclamaciones? Si me venden una aspiradora con dos años de garantía, ¿qué tiempo de devolución (arrepentimiento, anulación en este caso) tiene mi voto?

Si analizamos las campañas, concretamente los mítines, podríamos compararlas con un concierto. Hay teloneros para calentar y esperar a que se llene el recinto y el del bar haga buen negocio. Cuando sale el figura, la ovación es atronadora. Empieza con temas nuevos, que se corean, como el superventas “somos tan buenos como la hostia” o el “no, no, no les votarán” en alusión a los del otro mitin, que corean desde el público. A la primera señal de cansancio, se dan golpes de efecto con temas clásicos, como el “vótame, o déjame”, donde se apagan las luces y se encienden los mecheros láser. En el clímax, con miles de globos del color que proceda, que suben al cielo como la emoción, el líder, el vocalista, se despide abrazando a todo lo que se pone por delante y suelta lo de “dentro de cuatro años sus espero aquí, chavalotes”.

Conclusión: Mítines “caca”. Más vale gastar la pasta en comprar libros con instrucciones de uso en la portada y, como indicaba antes, mecanismos para denunciar que no se cumple lo prometido. Me encantaría ver a un equipo de gobierno en el banquillo de los acusados, con un jurado popular de treinta y pico millones, siendo juzgado por incumplimiento de promesas electorales y, del tirón, en caso de resultar culpables, salir inhabilitados para siempre. Hala, a sembrar papas, que hacen falta buenos riñones y los vuestros están inmaculados, impolutos y tersos.

Que no se cumpla, por favor, la frase de mi buen amigo:

Y dice José María:

“Tras repartir los escaños,

democracia dura un día;

dictadura, cuatro años”. 

Finalizo, que se me enfría el cafelito. ¿Lo cambiamos un poquito (al sistema) para que los políticos hagan política, es decir, se pongan algo de acuerdo? ¿Obligamos a contratar a especialistas, los mejores de cada cosa, independientes de afiliaciones? ¿Intentamos que la Educación se desprenda de cualquier ideología, creando un Organismo que dependa, por ejemplo, de la Corona y de nadie más?

Dejo estas propuestas gratuitas y sin demasiada mala intención, me parece. Me voy a votar y, según me dé, contaré alguna anécdota o incidente jocoso digno de destacar, como, por ejemplo, aquella ocasión en que  un señor nada joven quería introducir la papeleta por una ranura mucho más evidente que la de la urna. La ranura se situaba, exactamente, en la zona alta y frontal del exiguo y adhesivo vestido de la presidenta de la mesa electoral.  Sin dejar de protestar por no poder elegir la urna, el hombre al menos pudo elegir a sus representantes. Tengan ustedes muy buenos días.

          


Reflexiones de un sábado por la mañana (II).

2008/03/01

 

Hoy odio, definitivamente, a los dueños de perros urbanos sembradores de catalinas, cuyo nombre científico es el Cagonis Canis, si bien sus propietarios son tan Canis como ellos y bastante más Cabronis. Vaya para ellos mi enfervorizada diatriba de hoy.

Fundamentos: Unas zapatillas de deportes inmaculadas durante un tiempo récord: Del portal a la acera. Una pisada en el suelo mirando al cielo, un cielo desprovisto de nubes que no ha podido, sin embargo, desactivar la tormenta que se cernía sobre mi espíritu. Un incremento obligado en el gasto de décimos de Lotería Nacional que, bien es cierto, se jugaba pocas horas después.

Y todo el párrafo anterior resumido en una cataplasma cánica sin recoger, depositada, ningún forense lo negaría, un par de horas antes de la yuxtaposición y untado junto al número y marca de la suela de mis deportivas.

No entraré, no es el momento, a valorar las siniestras risitas que he oído a través de las altas hierbas que mis vecinos de los bajos han dejado escapar. Todo se andará. Me limitaré a maldecir a los animales que tiran de la correa en lugar de los que las llevan atada al cuello.

Además, lo haré por orden:

– Ajolá entre un equipo de gobierno municipal con la suficiente autoridad para, con cámaras ocultas pero con más de 7 megapíxeles, ser capaz de captar para la posteridad el momento histórico del depósito callejero e insolidario por parte del bicho, junto al aire de despreocupación del llamémosle humano que le acompaña y diría que le aplaude. Una vez analizadas las imágenes, procedan a su detención e internamiento en un centro de recepción y distribución de mollas recogidas por las aceras, para su posterior exposición en certámenes.

– Ajolá también que, en un descuido, un amigo, vecino o simple conocido se alegre a saludar al bípedo que tiene la correa en una mano (el diario deportivo en la otra), y, justo al estrecharle cordialmente la suya, y por tanto acercarse, note como el impacto contra el suelo no es lo contundente que esperaba. El hecho innegable será que el amo perruno corresponde a un saludo cordial con un paso en falso. La pérdida de popularidad será inmediata.

– Ajolá, además, que  una cadena de supermercados, en una inicial campaña de un nuevo establecimiento, regale ciento cincuenta mil bolsas de plástico con su logotipo o marca comercial, donde se indique como segundo uso para las mismas la recogida sin efectos secundarios del tema central de este artículo. Quizá  capte el mensaje.

Todo lo anterior quede como un aviso serio de que, si bien se observa un alto grado de alimentación en animales domésticos, no consentiré compartir una consecuencia inmediata de dicho nivel, llevándola por paseos y avenidas pegada a mis suelas.

En caso de mantenerse la desidia y falta de urbanidad de los amos pérricos para con sus vecinos, tomaré la determinación de:

Instalar altavoces que divulguen la actuación por la barriada, en vivo. Y, si no: Devolver vía postal contra reembolso un surtido selecto, empaquetado al vacío, de todo aquel siniestro depósito realizado de manera natural por animales, pero consentido sin pudor por sus dueños.

Tengan ustedes muy buenos días.