Reflexiones de un sábado por la mañana (XIX)

2008/06/29

La pereza. (Escrito, como es lógico, el domingo).

Orígenes eruditos. Notas etimológicas.

Del Latín Pedrusconio-Pedro-Pero, y aquí con posterior evolución a Pérez (hijo de Pero) o Pereza, hija floja de Pero, que o bien no se movía o era fruto de una relación poco rígida. Una relación con frecuencia habida entre el tal Pero y una vecina que venía a pedir sal o flechas para el carcaj de su marido, de donde surgió el Flechazo. Como pueden ver, tiene sentido. Es cuestión de pararse una mijita.

Público objetivo.

Quien espera que las cosas se arreglen solas, “espera cosas” (de ahí esperacosas-esperezosa, la etimología no engaña), suele hacerlo sentado o sentada, en posición de acentuada morcillez lumbar, cuello sobre un cojín y cabellos en desorden. 

Resultados.

Las estadísticas más creíbles afirman que el 4% de los que viven en la posición antes descrita consigue lo que quiere. Ejemplos muy concretos son: 

1) Asuntos puramente domésticos: Cariño, esta leche tiene nata, cuélamela, anda. Y, ya que vas a la cocina, ¿me coges las galletas, la mermelada, un croisante y lo que sobró esta mañana de tortilla? Así, después, no tienes que levantarte más.

2) Asuntos educativos: Me lo sé todo, mami, yo diría que pa un siete o pa un ocho, no hace falta que repase. De hecho, llevo aquí la tarde memorizando los conceptos más importantes ¿te puedes echar un poco para el lado, que no veo los goles repetidos por quinta vez?

Valoración social.

La mayoría son considerados por la mayoría como elegidos, al mismísimo nivel de los pacifistas más privilegiados, como Ghandi, cuyo lema de “no dar ni golpe” asumen a fuego. A fuego lento. De hecho, un coronel tonto, en 1981, de cerebro perezoso, no pudo dar ni un solo golpe.

Consecuencias fisiológicas.

Es el colectivo que dona más riñones del planeta, dado el perfecto estado en que se encuentran.

Hazañas o grandes hechos relacionados.

David Tefflón, de Sigüenza, opositó a vigilante en 1.966. En 1978 recogió la solicitud y en 1984 rellenó los impresos, que firmó para la convocatoria de 1999. Y aquí viene lo bueno: Cuando cursó la petición y entregó los formularios, en enero de 2007, se acabó con la triquinosis: En el dorso de los papeles de David estaba parte de la fórmula que Fritz Matabitchen había ideado años atrás y se pudo comercializar de inmediato. David se examina en septiembre de 2009, puesto que ya tiene los apuntes de dos de las seis materias.

Concluimos.

Odiemos el delito y no al delincuente, al que podemos majar a palos cuando no nos haga los recados hasta que le salga del chisme. Bien mirado, si el perezoso cuenta bien los chistes es un bien escaso a conservar, aunque ya se conserve la mar de bien por sí mismo. No es cosa de hacer de él el blanco constante de nuestra ira, de la que ya hablaremos.

Tengan ustedes muy buenos días.

 

 

 

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DOÑA PETRA. MESA ELECTORAL.

2008/06/23

A las ocho de la mañana del domingo, de pie junto a la puerta del colegio, Doña Petra giraba el bolso, el mismo que usaba para la frutería y para ir al cine. Aún no había amanecido y uno, bajito y con sombrero robado que volvía de fiesta, le dijo:

-¿Cuánto por el cuarto de hora, leona?

Ella interpretó al principio que cuánto iban a tardar en abrir. Al ver como le miraba el tipo, interpretó lo que el tipo le preguntaba y le dio una rápida patada en la espinilla. Su objetivo era más céntrico y más alto, pero la reumatología dictaba sus normas para todo. El tipo bajito se retiró caminando con unos pasos mezcla de muchos estilos: largos, a pie cojito, caídas, maldiciones… y se perdió al doblar la esquina.

A las ocho y veinte apareció el presidente tercero. Vio a doña Petra y trató de volver a su coche, pero éste, conducido por su esposa, arrancaba a toda velocidad.

-Tenías que ser tú, Fermín, -saludó doña Petra.

Vecinos de planta, doña Petra regaba sus plantas la madrugada de los martes añadiendo un líquido revitalizador para su ficus que, al desbordar la maceta, se expandía por el rellano cumpliendo a rajatabla la finalidad de llevar a Fermín Pazos, el del B, a resbalarse los martes por la mañana.

-Dita sea, -masculló Fermín.

-Yo también odio verte una vez más, pero así es la vida –respondió Doña Petra.

-Y las llaves, ¿quién las lleva? –preguntó Fermín.

-Si yo no llevo las llaves, llueve, ya ves, -canturreó doña Petra, recordando sus días de patio y colegio.

Fermín quería recobrar algo del mágico momento en que se despertó ese domingo. Era una sensación cálida, de cuerpo descansado, abrazado a su osito, Maikel. Doña Petra no se lo permitió y dio un respingo al dirigirse a él.

-Que digo yo que por el móvil ése del que presumes en las reuniones de comunidad, llames y reclames cuanto antes la presencia del que tiene que abrir el chiringuito y poner la candela a hervir.

Fermín marcó el número. Después de unos minutos, colgó.

-Que ya viene, que se está sacando una muela.

Doña Petra le dio una pedrada a un cristal de la puerta, sacó el móvil del bolsillo de Fermín y llamó a la policía.

-Que vengan ustedes, que nos han robado las llaves y han roto el edificio.

En medio de sirenas estridentes, llegó la policía local. Dos dotaciones. Traían un cristalero de guardia. Antes de las ocho y media, el colegio estaba disponible electoralmente hablando: La urna reluciente y la cabina electoral con los bordes bordados de encajes.

Fermín y Doña Petra se sentaron a la espera del primer votante. A las nueve en punto, llegó. Era el de la pregunta cuando lo del bolso, temprano. Se identificó desde la puerta y tiró el voto, que cayó cerca. Sin saber que lo habían dado por válido, salió corriendo hasta su casa.

A la hora de comer había votado el setenta por ciento del censo del barrio de Doña Petra. Como no había nadie más, salvo un policía de los que acudieron a ayudar, cerraron la puerta y se fueron a almorzar.

El colegio cerraba a las ocho, pero por la tarde no vino nadie. En cuanto terminó el horario, vaciaron la urna y comenzó el recuento. Tras terminar de apuntar los resultados, apareció el presidente primero para dar una rueda de prensa en directo. Entró y salió con la misma sonrisa congelada en el rostro. Esta vez, a pesar de la artritis, Doña Petra sí acertó de lleno con su patada en cuanto a dirección, sentido… y altura.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XVIII)

2008/06/21

OPOSICIONES, PRUEBAS Y DEMÁS.

 

Aspectos generales. Fundamento erudito. Orígenes. Cotilleos.

Exámenes: Del griego “Todas menes esa”, indicaba que una de las mujeres propuestas para sacrificio al dios Tontoklos estaba exenta, se la quedaba el sacerdote si pasaba “una prueba”, y así el dios no la “suspendía” por los pelos. Si huía, otros dioses la obligaban a “probar a aprobar” allá por las calendas agitadas o “setiemblas”.

En general, la respuesta a si “En España ¿hay que examinarse para todo?” es “pos claro”, junto a “Marcar con una “x” en el centro, sin enmiendas ni raspaduras”. Y “¡no, no y no!: Nada de escribir con bolígrafo verde”.

Aunque en nuestros días examinarse tiene que ver con otro tipo de estupideces, en la mayoría de los casos supone convencer a alguien de que uno “se sabe“ algo. Aunque hay que contar con que el que escucha o lee, también “se lo sabe” o “dice que se lo sabe”, en general basta con que el se examina tenga buena presencia, escriba bien en siete idiomas o sepa callarse en al menos seis de ellos.

La cuestión se torna asfixiante en algunos aspectos. Muy concretamente, en segundo curso de bomberos ha habido que “bajar el nivel” en la asignatura de “tragarse el humo”. El monitor de la materia, el cubano Prosopopeyo Stalin Visuerte, aceptó como “buena” la respuesta realizada con enormes cigarros habanos. Sin ron.

Vayamos a las oposiciones para ayuntamientos y otros sitios. Parece mentira que, tras la prueba de mecanografía africana, jerga Bantú, varias chicas hayan perdido los derechos de examen para la siguiente prueba por el simple hecho de que escribieran “amorajoyatitopanonanana” con dos “pes”. Puestos a ser rigurosos, dos “pes” seguidas en Bantú son poco menos que una declaración de guerra, pero yo no vi mala intención. Aún así, no prosperó la reclamación y las chicas siguen de interinas.

Como no me sé más ejemplos, no pongo más y hago otras consideraciones más generales, de tipo existencial o metaflástico, sin olvidar anécdotas muy históricas:

En 1.992, un mes justo antes de la Expo de Sevilla, se cubría la vacante de portero en horario de tarde. Nadie sabe cómo, el que iba primero se pilló un dedo al cerrar “de golpe” una de las hojas de caoba maciza brasileña. La prensa divulgó el hecho como un incidente de última generación, al dar la noticia como de “enorme alcance digital andaluz”. El opositor, en un arranque de orgullo, realizó la prueba de abrir y cerrar la puerta apretando el botón (nunca más empujones con las manos junto a las bisagras) con el dedo gordo de la otra mano, a lo que el tribunal, por unanimidad, le dio la máxima nota. Hoy, dieciséis años después de aquello, el hombre cobra los trienios de un trabajo que, no puede negarlo, consiguió “a dedo”.

Aceptémoslo: Pruebas y más pruebas, cuestionarios con preguntas que “restan según se mire si se falla o se duda” o temas a desarrollar para alcanzar cualquier trabajo.

Mi posición, descaradamente, es la que Niesztche describió como “en contra”, en su obra “Digo yo”. Aunque reconozco que durante cinco años adopté la postura tinerfeña de “osú miniiiiño” en la mayoría de los dos congresos a los que fui invitado.

Por si fuera poco, en las oposiciones te opones a todo el mundo. Sobrevives sólo en el caso de que el resto muerda el polvo y llore al verte pasar por la calle, con tu título plastificado de colgante. Por tanto, mantengo mi posición y abogo por la eliminación paulatina (no me importa si se tarda una semana) de todos los exámenes usados para alcanzar una plaza o subirse los sueldos. Propongo: Si hay un puesto de trabajo libre, déjenlo así un par de meses; pasado ese tiempo, lo hayan ocupado o no, ni se notará.

A menos que se trate de Jon Quijada, el único dentista de Alaska.

Tengan ustedes muy buenos días.

(… Por si acaso, repasen el tema 32, que he puesto a congelar la bola).

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XVII)

2008/06/14

Fiestas y premios literarios.

 

Quedamos a cenar por la noche, porque somos originales. Mientras nos servían unos gurruñitos de palomo peruano sobre hojas verdes de Katmandú, avisaron de la primera selección de obras para tirarlas a la basura. Y es que todavía no he dicho que quedamos para cenar de gorra en una fiesta donde se daba un premio literario.

Por una pantalla grande, el alcalde decía que viva la Virgen del Almendro Garrapiñado (un milagro industrial para el pueblo) mientras el dueño de la Editorial con capital japonésido Mirake Teleo indicaba con el pulgar por dónde podían largarse los siguientes autores:

Josiño Lamporil, junto con su obra “La mar, la mar de grande y mojada”.

Amaranta Gonista, autora de “Picadme si podéis, que ya veréis”.

Los dos ocupantes de la tribuna, sonriendo e intentando desplazarse con el hombro dijeron que volverían tras la segunda deliberación.

A continuación, nos sentamos en las mesas que tenían asignadas los verdaderos dueños de las entradas. Y es que en el club “Potagest”, donde habíamos almorzado para la entrega del torneo de dominó de Villa Llaves, nos encontramos un puñado de invitaciones que repartimos entre los de Contabilidad Analítica y, las que sobraban, para mis primos. Y allí estábamos, tan ricamente.

Le quitamos todo el peso que pudimos al camarero de las bandejas de pan con jamón y después ayudamos a transportar, mejor vacías, las copas de cerveza. Y en ello, volvieron a aparecer en pantalla los de antes.

-¡Qué viva la Virgen!, ¡Que menuda fiesta esta!

-Tenemos la segunda y penúltima ronda antes del premio final. Que hagan el favor de irse y no volver por aquí, los siguientes autores de mierda:

Joshua Retortero, con su esperpento “No arañes el futuro, Wendy Nicanora”. Un ejemplo de talar árboles para nada.

Javierito Jesús Jícara, y su delito literario “Haberlo pensado antes”; y que se aplique su propio título.

Esta vez se cayeron los dos anfitriones del entarimado y, cómo estaríamos de tinto, que sólo se rieron los camareros, con pequeñas consecuencias de gambas correteando por algunas espaldas escotadas. En mi mesa se las llevó Agata Miranda, pero se las dejó porque le encantan las cosquillas por la zona lumbar.

Y llegó el final. De la cena, primero: Café, café con pan migado, galletitas blancas, azúcar moreno: Había de todo. El alcalde ya no apareció en pantalla, sino que celebraba la romería por las mesas, diciendo que estaba hasta el astrágalo del tío de la editorial. Cuando pasó a nuestro lado, doña Purina, la de Auditoría, le dio un pellizco que habría dejado moretones a un rinoceronte.

Y llegó el final. De la entrega de premios. Habló el de la editorial por pantalla:

-Hemos estado sorprendidos, unos minutos, porque había una obra de la que se entendía algo. Y dijimos los del jurado “pues qué demonios”. Pero una vez sacada la lista de la compra, la obra cumple los peores requisitos exactos y se la hemos tirado a la cara a los últimos candidatos. Así pues, dejamos desierto el premio, que será gastado en más gambas para los presentes, a ver si contratamos a camareros menos torpes.

Cinco minutos después, mientras guardábamos dos cajas de gambas para almorzar el domingo, vimos acercarse a los concursantes armados con cien ejemplares cada uno de su obra presentada al concurso. Venían con los que habían perdido sus entradas, a los que dijimos que empezaría “sobre la una de la madrugada o así”.

No creo que esta forma de dar premios literarios sea representativa, ni mucho menos… pero salimos por la puerta lateral número 3, que nos quedaba cerca del coche.

Tengan ustedes muy buenos días.


DOÑA PETRA. HOJA DE RECLAMACIONES.

2008/06/12

Muy buenas:

Que venga el dueño; yo no quiero hablar con nadie más. Y con él, lo justo.

Vuelve el mismo de antes, pero con la chaqueta puesta. Doña Petra agradece el detalle y se aviene a exponer sus quejas como cliente.

-Le voy a exponer los hechos como Petra que me llamo, encantada de saludarle: Hoy, no hará más de dos horas, di con mi persona en esta tienda que usted preside, espero que con licencia de apertura. La razón -no es que le importe a usted- era salir de casa para que mi melena asimilara bien el tinte. Pero vi que ustedes abrían su comercio a la hora que indicaba el cartel, y la seriedad de su decisión me impulsó a traspasar su puerta principal, junto con el empujón de un mozalbete sobre patines.

-No pretenda usted interrumpirme, que vengo con una plancha en el bolso, por si aparece el mozalbete de nuevo por esta acera.

-Le relato la serie de sucedidos en un orden que usted, sin conocerme, juzgará como estupendo y aún puede que extraordinario por lo sencillito. Si bien mi intención no consistía en la compra directa de ninguna batidora, tengo que reconocer –a modo de prólogo- que la forma en que exponen ustedes varios modelos de dicho artefacto, me indujo a pensar ¿y si me compro una batidora? en voz alta y clara.

-Pues bien, partiendo de este hecho, y sin haberme dirigido yo de modo específico a ningún ciudadano o no residente en particular, me veo venir un apuesto pero serio joven hacia mí cargado de donaire y de dos cajas invitándome con elegancia a acercarme a un mostrador. Este mismo mostrador que tenemos interpuesto entre su persona y la mía.  Qué disgusto viene, le prevengo.

-En la primera marca y modelo yo no tuve nada que decir, pues consideré por mi experiencia que el manejo estaba dentro de una evolución lógica del mango de majar.

-Estábamos pues de forma distendida comparando los gazpachos clásicos y revolucionados cuando se cargó el ambiente de una tensión horrenda. Como dentro de una boda entre cuñados. El dependiente, inconsciente tal vez o quizá mal aconsejado, insinuó que la mayonesa salía mejor con la minirimmel que a mano…

-No supe qué contestarle. Todo me daba vueltas. Pero todavía a velocidad de batido con tenedor, no piense usted innovadoramente.

-Cuando me repuse, él, incendiado de pasión electrodoméstica, defendió con rabia que también el alioli quedaba como más pastosito con la eléctrica.

-Y desde ahí ya no pude más.

-A pesar de que vengo a confesar de que he sido yo la que le encasquetó el vaso que viene como accesorio del modelo BB22, también vengo a dejar sobre el mostrador, como extenuante, todo lo que le he contado.

Interviene, por fin, el dueño de la tienda.

-Señora, quien le atendió fue mi yerno. Están terminando de cortarle el vaso alrededor de las orejas. No ha tenido que pedir la baja.

-Señora, el niño sobre patines al que usted mandó al bidón de basura reciclable, es mi nieto.

-Se-ño-ra, largo de aquí.

-Caballero, le aseguro que con el aire de sus ventiladores mi pelo se ha secado y ha pillado el tinte en su punto justo. En consonancia, nada me retiene aquí. Por tanto, ya procuraré denunciarles por algo la semana próxima. Adiós y buenas tardes.


LUNA DE MIEL.

2008/06/08

Mira, Juan, no te amofletes; que yo en el avión me reí porque a nadie más que a ti se le ocurre pedir caracoles para cenar en un Boeing 727; aunque sea “su tiempo” en el pueblo. Anda, cógeme en brazos para cruzar la puerta de la habitación. Sssi, después de las maletas. Bueno, después del baúl y del saco de naranjas. No pasa nada, es que la puerta era estrecha. ¡Cuidado!; vaya, no, no, que ya me levanto yo sola. Tú ve quitando las maletas y las naranjas de en medio. Voy al baño y en dos minutos estoy lista. Juan, ¿minuto y medio y la tele puesta? Lo de la paciencia de los cursillos prematrimoniales no te lo has estudiado. Y, encima, son documentales. Ah, que son del cultivo de naranjas. Bueno. Oye, mira qué picardías llevo. Y el champán fresquito, fresquito. Ah, que te da gases. Pues naranjada, que es muy sana. Juan, fiera, voy pallá. ¿Que me vuelva y apague? Bueno, muy bien… (si total, yo ya sé lo del bisoñé).

 


INSPECTOR NILLO. EL MISTERIO DE LA GALLINA.

2008/06/07

La primera doncella de Lady Clemencia Baskerville, dueña y señora de la misteriosa mansión Chachihouse, del condado de Bekingstownbridges, dio por extraviada la dentadura de su señora el sábado día 10 de mayo del año de nuestro señor de 2008. No serían ni las once de la mañana cuando se comunicó oficialmente.

Como primera medida, el servicio de la casa fue zarandeado y, en posición vertical inversa (haciendo el pino contra la pared), fue interrogado y cacheado de forma contundente. Debido a este procedimiento, se presentaron numerosas quejas en la comisaría más cercana, salvo en el caso de la primera cocinera, la octogenaria señora Petunia Meinford, quien pidió por escrito la repetición de la maniobra por parte del fornido agente de segunda clase Oswald Chinchereil Stafford, que se negó a realizarla por quinta vez.

Dado el escaso éxito y la mala prensa, se decidió buscar una solución de urgencia: El azar. Y el azar, cuando se acertaba, estaba personificado en el inspector Nillo, Néstor Nillo.

Desde su residencia de Móstoles, Nillo conoció la noticia antes que ninguno de sus patitos de goma, a quienes dejó encomendado vigilar la bañera mientras él volvía. En un único paso, pasó del baño al teléfono situado al fondo del pasillo. Patinando sobre la pastilla de jabón, aún pudo besar a su mujer, que salía del cuarto de la plancha, antes de descolgar el auricular.

-¿Sí?, -contestó Nillo, frotándose la rodilla, e intentando sostener la toalla. Su suegra, de visita, le ayudó a recogerla después de pellizcarle las nalgas.

-Necesitamos su presencia en Bekingstownbridges, cerca de Old Bone, Néstor. Así que dese prisa, es un caso urgente donde Scotland Yard nos pide ayuda.

-Voy pallá, -dijo Néstor, esquivando a su suegra, que había vuelto a hacer caer la toalla.

En el avión, Néstor Nillo llevaba un plan. Antes de aterrizar, ya se le había olvidado. “Lástima”, pensó, “era estupendo”.

Nillo se presentó en la mansión con un pequeño equipaje donde no faltaba el polvo de talco, una libreta, una cucharilla, dos bolsas de magdalenas y una lupa. Algún día le servirían para algo, estaba seguro.

Consiguió de la embajada española permiso para interrogar a cualquiera que se le pusiera por delante. Tras despistar a Petunia Meinford, decidió salir de la casa y dar una vuelta por los alrededores. Después, antes del atardecer, dio otra y se dirigió a los establos.

Néstor no era amigo de las coartadas. Pero el día de la desaparición, a plena luz del día de la desaparición, el personal de la mansión podía justificar en qué trabajaba y con quien. Algo fallaba en este asunto.

De pronto, un lento movimiento de algo blanco le alertó. Se trataba de un ave, una gallina, que se movía con dificultad en la penumbra. Nillo saltó hacia ella y tuvo el tiempo justo para que muriera en sus brazos. Una gallina blanca, joven, con toda la vida por delante, que mostraba un mordisco en el muslo derecho. Una herida mortal.

Al entrar por la puerta principal con la gallina muerta, se hizo un silencio sobrecogedor.

-Lady Clemencia, baje al vestíbulo por favor, -dijo Nillo lenta y solemnemente.

Si alguien no ha visto la película “El crepúsculo de los dioses”, que haga el favor de verla. Así me evito malcopiar la grandiosidad con que la aristócrata descendió las escaleras. Basta recordar a Gloria Swanson.

-Abra la boca, milady, y basta de chocheras.

Antes del último escalón el mayordomo Wilford Stern tradujo el término “chocheras”.

En el interior del círculo formado por el servicio de la ancestral mansión, Néstor Nillo miraba fijamente a la última de los descendientes del clan de Bekingstownbridges, los legendarios cazadores nocturnos de Baskerville. Se limitó a abrir sus manos.

El orgullo de la dama y su estirpe milenaria impidieron que el mayordomo se agachara a separar la dentadura de la gallina, que fue desplumada para la cena. El secreto a voces que circulaba durante años, se había desvelado. Y todo por culpa de un pésimo adhesivo para las dentaduras semifijas.

Néstor Nillo propuso un juramento colectivo para que la leyenda se mantuviera de puertas para dentro. La alternativa sería perder miles de turistas cada año. Se redactó un documento y cada uno firmó con sangre de la gallina.

De regreso a casa, Néstor pensó en varios métodos de interrogatorio para incorporar a los métodos policíacos españoles. Antes de aterrizar, los había olvidado. “Lástima”, pensó, “juraría que algunos eran muy buenos”.