Reflexiones de un sábado por la manaña (XXIII)

2008/07/26

AUTOBUSES. DESDE DENTRO.

 

            Ventajas. No dependen de las vías, como el tren y su rectitud, ni de la falta de aire o de agua, como le pasa a los barcos en tiempo de sequía. Porque pueden, y lo hacen, circular por cualquier camino de cabras, como, pongamos por caso, la A92.

Me ciño a los urbanos. Y me ciño aún más: el autobús urbano de Cádiz capital en vacaciones de verano.

Es comprobable que en esta ciudad, la mía, se toma el autobús cuando no se tiene prisa para ir a ninguna parte. Ahora bien, es medio de transporte muy socorrido para llevarse a la orillita lo más necesario, consistente en mesas, sillas, sombrillas y maridos, todos plegables. Los cuadros se quedan en casa.

Situaciones. No tan improbables.

-¿Cómo que no tiene cambio de 500€? Ya me está usté dando el libro de reclamaciones, que lo quiero ya y lo exijo en hojas individuales y numeradas, no vayamos a tener pamplinas y tonteras.

Reacciones.

            —Del conductor. (Suspiro). Amoallá, don Cosme, que tiene usté que comprendé…

            —De solidaridad con el conductor: ¡A la calle con él!

            —De solidaridad con el posible viajero, con un pie en la acera y otro en un escalón: Pobre, si le pagan en mano, porque el dueño de la Central Nuclear donde trabaja no le domicilia la nómina. Es vecino mío, añade.

            —En general: ¿Pero nos vamos o no, o qué hacemos si no? ¡Esto, con Stalin, no pasaba!

            Aquí la convivencia se desata en todas direcciones. (Posible Tesis del artículo).

            -Mucho drogadicto es lo que hay, -comenta una vieja baja por lo bajinis.

            -Señora, me deje usted de pisar primero y se calle justo después, que es usted más bien bajita de cuerpo pero mú jaleoza, -le responde y recuerda un joven alejado del concepto “peine”.

            Ante la parada biológica que se prolonga, surge de un asiento donde el silencio se aislaba, una iniciativa: pagar los 0,93€ que suponen el viaje a don Cosme, que esgrime todavía su billete como una bandera al viento.

            El autobús arranca. Parece que por primera vez.

            Siguiente parada. Pasen patrás, que está vacío en sí. Señora, el carrito y los tobillos. Letanía del conductor. Falta el ora pro nobis.

            -¿Me toca el botón para parar? –pregunta una de muy, pero de muy bien ver.

            -Más bien el de encendido tocaba yo por usted, tigresa, -responde el gracioso de turno de mañana.

            -Sscché, no te vaya dá un calambrasso, -surge el novio de la tigresa.

            -Nnnnseguía iba a consentir Stalin esta desbarajusticia, -suelta el nostálgico, desde su posición retirada, en los asientos de minusválidos.

            Silencio de tumba, porque el término jurídico cala en toda la población del autobús.

            Frenazo. Un niñato en patines. Ni treinta cuatro años tendrá la criaturita inconsciente.

            Comprobación del buen estado de los airbags de serie de la tigresa, sobre la que ha percutido el botones.

            -Chaval, te traigas un almohadón de tu casa, si no quieres lo que sería un disgusto, -esgrime el novio, muy atento siempre.

            Siguiente minuto, siguiente parada.

            No puede subir nadie porque “no cabe nadie”. La cola observa el interior por los cristales y regala insultos rápidos y útiles a los viajeros, con especial dedicatoria a los que se agolpan en el centro, que harían posible subir a lo menos veinte. Pero son menos veinte y el autobús sigue. Como la vida.

            Siguiente y última parada. Cerca de dos minutos después. Se ve el mar. Y, gracias al Levante, se saborea la arena.

            Emerge la señora bajita, que jura que se baja aquí. No la dejan pasar a pesar de sus años, pues se baja todo el mundo aquí. Al final la ayudan con las bolsas. El autobús parte a la búsqueda de otras vivencias, a distancias cercanas a los dos kilómetros y medio.

            Antes de dispersarse, los pasajeros, nostálgicos, se detienen un momento. Valoran la capacidad del ser humano para hacerse la puñeta o ayudarse en breves espacios de tiempo y hay quien se abraza. Otros lo intentan, pero lo evita el novio.

            ¿Quién sabe? Puede que no se vean hasta el día siguiente, en esta misma línea.

 

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXII)

2008/07/20

Matrimonio y pareja.

Sin atacar del todo las celebraciones, que nadie me niegue que hay casorios tan exagerados que, entre atracones y regalos han terminado pareciendo primeras comuniones.

Vayamos al concepto y sus relacionados: ¿Contrato obligatorio para el compromiso?¿Si no firmamos, no nos vamos a querer?

¿Curioso, a que sí? Y es que las preguntas tontas, o las sencillas, como hace tiempo que no se formulan pues queda uno bien rehaciéndolas, como si de un pensamiento profundo se tratara.

Pero sigo: “Ahora viene mi mujer y se lo consulto…”, “ahora llamo a mi marido… ¡¡¡¡!!!!” ¿Por qué no mi hombre? Otra pregunta tontísima, pero hay que responderla.

Fases: Pasión, mantenimiento y gestión, camaradería -quizá- después… ¿Todas en función del calentamiento global? Son fases siempre seguidas y separadas?¿Por qué no compatibles?

El tú y yo por encima del nosotros, ¿por qué se deja ver tanto? Puede ser el miedo, o el escarnio de haber firmado con otra persona distinta de la que día a día voy teniendo delante. No suena mal la excusa, sobre todo después de hacer la cabronada de tener a alguien esperando para decir al (a la) de siempre “Tienes que comprender que ya nuestra vida en común… tralará, tralará y tralará… ” ¿Por qué hay tan pocas parejas rotas sin haberse hecho suficiente daño?

Parada para digresión absurda.

Si ves una hormiga caminar sobre una pelota enorme de playa, no pierdes la perspectiva de que el bicho camina en círculo. Pero, sin lugar a dudas, la hormiga cree caminar sobre una línea recta. Igual que nosotros sobre el planeta, una pelota todavía más gorda que la de playa.

No nos vemos lo suficiente desde fuera: No valoramos fácilmente, en nuestra unidad de vida que es el día, la simpleza de -como dice mi hermana Charo- tener a alguien que está de tu parte. Esa cosa tan fácil que vale tanto como para rescatarte de una jornada terrible de trabajo y ser la única forma de devolverte ganas de vivir y recordarte que esto puede ser redondo.

En términos sencillos, lo del matrimonio funciona cuando no se nota que se está casado, como las buenas músicas en el cine. Que nadie, y mucho menos de fuera, te lo tenga que recordar. 

Tengan ustedes muy buenos días.


DOÑA PETRA. LA COMPRA MISTERIOSA.

2008/07/15

Doña Petra acudió muy temprano a unos almacenes céntricos para adquirir unas prendas de vestir que, dado su carácter reservado y pudoroso, no podemos comentar al lector. Baste decir que no era ninguna prenda distinta a unas bragas negras.

Pero el caso es que, cuando se disponía a pagar en billetes pequeños, que los tenía, se hizo un pequeño lío, motivo por el cual la cola de señoras de la caja –todas ellas mucho mayores que doña Petra, pensó- esgrimió a gritos lo muchísimo que se estaba quemando la comida en sus respectivas cocinas. Doña Petra se apartó y comenzó a sacar los billetes de sus envases individuales.

Una vez comprobado que obraba en su poder la cantidad adecuada de dinero para dar buen fin a la transacción, su habitual tensión alta hizo temblar los fluorescentes: La vendedora que la había estado atendiendo había desaparecido.

En estado de shock, Doña Petra no reaccionó como lo habría hecho su madre. Su madre habría arañado a cualquiera que le hubiera querido consolar, pero aún así no se merecía tanto tiempo internada en aquél sitio tan raro de las batas blancas y los paseos alrededor de un árbol. Al recobrar su pulso normal, Doña Petra decidió actuar dentro de la Ley.

              Se enganchó al primer dependiente de la tienda que encontró. Y a su ritmo, llegó a la ventanilla de reclamaciones adelantándole en los últimos metros, lo que sentó mal al vendedor, que había hecho todo el esfuerzo tirando de ella. Se arremangó al llegar.

-Exijo ver las cámaras de video que han grabado ustedes a lo largo, ancho y alto de lo que ha transcurrido de jornada laboral. Señores y buenas tardes, -dijo doña Petra.

-Señora, aquí vendemos la confección de toda la vida. Tiene usted la lencería, la ropita de cama, los pijamas para el niño, pero cámaras, cámaras, no servimos. Si quiere usted, le pongo con el dueño, -le contestó un sonriente y joven reponedor de género.

A ella la había atendido una nueva, eso era seguro, se repetía.

-Aquí no hay nadie nuevo trabajando desde que en nuestra puerta pusieron un letrero que decía “Próxima Apertura, LANAS JUAN”, siendo nuestro fundador un hombre de carácter débil, -le informó el reponedor, con una sonrisa espeluznante.

              -Pues yo le insístole a usted que a mí, con este mismo sombrero y este cuerpo, me ha atendido una individua que no juraría yo jamás que hubiera cumplido más allá de los titantos años que cualquier mujer pudiera llegar a confesar, -declamó doña Petra.

          -Bien entrado, señora, -respondió entusiasmado el empleado un poco más sonriente si cabe.

          -Yo, estudios tendré muy pocos. Pero cuando me rascan, pico, -informó Petra.

        -No se ofenda usted, señora. Deje que lo hagamos nosotros, -contrarrestó el joven, en el paroxismo de la tensión facial.

      -En teniendo yo la favorabilidad a mi problema, no pienso llegar más allá de un simple dejar de comprar aquí para siempre jamás, -anunció doña Petra en tono apocalíptico. Algunos presentes juraron haber oído las trompetas del Valle de Josafat.

        -Muy bueno. Es que está usted sembrada. Bien, reconstruyamos los hechos. Usted coge un artículo que llamaremos “X”. Lo deja en una caja. Intenta pagar. No lo consigue al primer intento. ¿Es así? –preguntó finalmente el joven, consciente del círculo de clientes que se había olvidado de comprar hacía un buen rato.

          -Aciertamente. Y en un segundo conato de pago, no tengo a quien pagar. Mire usted si esto no es triste, -estableció doña Petra con cara irrefutable, como de juez feo.

-Lo comprendo y lo asumo, -concedió el joven. El círculo asintió a coro.

-Pues arreando. Quiero saber donde está mi equis mayúscula, -desafió Petra.

-¿Ha comprobado si están en el mismo sitio donde usted las encontró?, -preguntó el joven en tono esperanzador y relajando algo el cutis. Los rostros del círculo copiaron su expresión.

-No pensaría que ese artículo tuviera esa posibilidad. En general, la leyenda que rodea a esa prenda cita más pérdidas que encuentros. No necesito dar más detalles -sentenció doña Petra, en un susurro cavernoso, de los que hacen picar la garganta.

Parada biológico/dramática. Llamada por teléfono interior. Disculpas a la clientela, muy decepcionada, y respuesta:

-¡Ajajar! Muy bien, gracias; devolvemos la conexión. Señora, efectivamente el género que usted pretendía llevarse ha sido declarado objeto de museo. Lo encontrará usted en el de Costumbres Populares, solo para su contemplación, no para la venta. Buenas tardes.

-Buenas tardes, -se despidió doña Petra con una caída de pestañas tipo Marlene Dietrich total.

-Buenas tardes, -respondió el coro.

 


INSPECTOR NILLO. MISIÓN CHANCLA.

2008/07/15

Estimada doña Chancla:

Desde la agencia de detectives formada por mí de momento, a la espera de mejores tiempos o de contratar a otro imbécil que haga el trabajo sucio, nos satisface haber resuelto el problema para el que solicitó nuestros servicios.

Perdone si divago. Es la emoción. Le cuento los detalles:

Los hechos tuvieron lugar de noche, con doble dificultad de lo habitual para buscar pistas. No me pregunte por lo habitual.

Busqué a los personajes principales de la reunión y les interrogué a base de preguntas, empezando por el guapetón oficial: Joven, primogénito, harto de portadas de revistas, que me constaba era el organizador de aquel sarao. Sus respuestas eran evasivas: que si sólo la había visto una vez, que si un reloj campanoso, que si dos hermanas tontas  y malas revoloteaban alrededor…

Seguí indagando y parecía cundir la incomodidad ante mi interrogatorio. Pero nadie iba a impedir mi trabajo.

Reuní al servicio y lo cité en el peldaño más bajo de la escalera, donde se había fraguado el enigma: El “cruce de destinos” como acertadamente lo denominé por casualidad. El círculo que formaban los sirvientes se cerraba lentamente a mi alrededor.

En la confusión de respuestas, insultos y gritos con movimientos de las manos y los ojos de los criados, recibí un sopapo en el cuello. Temí lo peor y busqué la puerta.

Cuando me levanté, su primo de usted, Alfredo Pargata, Al para los amigos, me chivó que huía quien la había utilizado para el cascamazo. No pude seguirle con mis babuchas de paño y suela de goma, que, por cierto, le mandan recuerdos, pues el suelo de mármol estaba recién mojado. Alguien, quizá el mismo, quería que algo no se supiera y acababa de fregar y encerar. Y fíjese en lo que me contaron:

Ya entrado el baile, una muchacha de rostro grisáceo que salió a duras penas de una calabaza, estuvo bien en los sueltos y muy suelta en los agarrados. Ningún invitado a la fiesta del principito sabía que, paralelamente, se celebraba otro fiestorro en el sótano de la mansión, a donde otra calabaza había llevado a una pinche de cocina como regalo de cumpleaños. No había una calabaza libre en toda la noche.

Despegué un chicle de mi cogote y empecé a ver claro cómo se habían desarrollado los acontecimientos:

Una cosa es dar fiestas paralelas y otra calcar la de los señoritos. Dio el reloj la duodécima campanada y las dos salieron corriendo: La bien vestida hacia abajo, para no volver andando y vestida de saco de papas y la pobretona hacia arriba, donde la esperaban para servir los postres. Ni se saludaron, por lo visto. Las dos perdieron la mitad del calzado. Del mismo pie. Increíble, ¿no le parece? Pues créalo. Y hay más:

Por la mañana, después de estudiar la foto de mi cuello con el fotochó, he podido ver que la huella de mi zapatazo coincide con el de su par, querida chancla. Me fue fácil descubrir al tonto del príncipe probando su compañera a un montón de niñatas que venían a verle sin sujetador y con un solo zapatito de tacón, brillante y con punta fina, como se llevan ahora.

Bajé al sótano, rescaté de la alacena el zapatito de la pija y lo cambié por su par tomada como rehén, señora Chancla, que se encuentra ahora sana y salva en mi despacho, a la espera de reencontrarse con usted.

Esta misma tarde le enviaré la factura con mis honorarios.

P.S.: Me queda descubrir al que me propinó el pescozón; corre de mi cuenta.

Suyo afectísimo, Néstor Nillo, investigador privado de 16 a 19 horas.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXI)

2008/07/13

EL TRABAJO.

Como definición, la francesa sin lugar a dudas: Algo que hacer entre polvo y polvo.

Como público objetivo: Los habitantes del planeta, salvo unos cuantos que sí valen para otra cosa.

Como explicación (serie de cambios) evolutiva: Intercambiar ocho horas de tumberío abierto al Sol por otras ocho tras las cuales se come cansado, caro y envasado lo que antes caía del árbol sin conservantes.

Interacción (conjunto de relaciones entre) humana: Un tipo pequeñazo ¿no?, con corbata del siglo XIII, te vacila de pasada en el bareto de Mellito y tú no dudas en irte a por él, salvando lo que es la distancia intermedia ¿no? pues le agitas solapadamente (agarradito por las sus solapas) y te bebes sus vidrios tras lo cual pestañeas a su hembra y sales a la rue del brazo con ella, en un contoneo suave. Al día siguiente, te encuentras con una carta de despido en la tu mesa, firmada por el nuevo Jefe de Recursos Humanos, el solapas, a quien el trabajo ha convertido, para ti, en Supermán. Toma.

U al revés: Salvas de una carretera en el Kalahari a tu jefe supremo director general presidente dueño, y lo haces el domingo por la tarde, yendo de tu bolsillo a sacarle del apuro. Sin pestañear, el lunes tienes una silla nueva en tu puesto de cajero adjunto.

Horarios y dedicación: Es tan excitante este asunto que levanta ampollas, no como otros. Han tenido que morir y sufrir miles de trabajadores a lo largo de los tiempos para conseguir, al fin, empezar a empeorar aún más las condiciones de trabajo.

-Que echen más horas, por Dios, aunque no sepamos haciendo qué ni con qué fuerzas. Eso ya se verá.

Porque lo de revisar durante años de bonanza todo el proceso productivo, ahorrar más, recapitalizar las empresas… eso cansa.

No, si no me olvido lo del trabajador que se empeña en perder la dignidad –poca- que nos van dejando. Más me duele haber visto a una, a eso de la una, en plena fiesta playera cargada como la que más para el botellón. Llevaba mes y medio de baja por la espalda, la pobre.

Lo malo es que este chiringuito no se organiza fácilmente de otra forma, me temo.

Y la verdad es que se agota uno. Me refiero a lo del traqueteo: Será mejor que vaya trabajando algo mientras se anima la cosa.

Tengan ustedes muy buenos días. 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XX)

2008/07/06

Paciencia.

 

Tiene más que ver con esperar algo bueno que con esperar ¿Qué explicación le busco? ¿Es vencer la ansiedad, la tentación de que las cosas pasen de una vez aunque no podamos controlarlas? Parece exigir varios ingredientes:

Algunos son muy moñas, como la ilusión, que cuantificaremos en un 10% para no empalagar.

Otros son objetivos, por más que se basen en la comparación. Basta darse una vueltecita por el África Subsahariana para volver más suaves que un guante y dejarse de hostias. Estos se merecen un buen 30%.

Añadamos el egocentrismo: “Me tiré dos horas para coger entradas del concierto”. Pobrecito, y nadie le consoló de esas dos horas tras las que estuvo bailando y gritando las canciones de sus adorados artistas. Pobrecito. Aquí el ingrediente es negativo y resta un 10%. Porque es para darnos de palos.

Están los relacionados con lo mal que trabajan todos los demás, menos nosotros qué demonios, cuando un documento, una capa de pintura o una conexión a Internet, nos tiene (se me olvidaba, pobrecitos) con el alma en vilo. Por aquí se suele canalizar el porciento que nos falta.

Ahora bien: ¿Y las que no se cansan de esperar que un hijo gilipollas o un marido cruel tengan un gesto de cariño? ¿Eso es paciencia o resignación? Disculpen, que vuelvo por la pringue de melaza y azúcar derretida, se me va la tecla en un momento. ¿Y los compañeros que desde la huelga que les deja sin cobrar no ven la firmeza en la negociación de sus representantes?¿Por qué vuelven a confiar en ellos cuando les dicen que hay que tener paciencia?

¿Y como técnica? Los chinos antiguos, por lo visto los únicos chinos sabios, esperaban para ver la cabeza de su enemigo pasar. Aunque no explicaban si lo hacían llenos ya de canas y sin haber pagado deuda alguna de su maldad, traición o daño. ¿Compensó la espera?

Me vengo más cerca. No he estado en China.

Me quedo con la paciencia de una mujer a la que, si de verdad hubiera Dios, ya la habrían hecho santa: mi suegra. Una de las personas más extraordinarias que he conocido. Su paciencia es sencilla: Nadie ha entendido mejor que ella que un niño hará siempre cosas de niño, que un joven tiene que jugar a esto de vivir con la cara descubierta y que un viejo, más tranquilo, no debe temer a una que anda por ahí para recogernos.

Lo curioso es que siempre espera, te espera, con una sonrisa. Por ahí debe andar la explicación que buscaba.

 

Tengan ustedes muy buenos días.