Reflexiones de un sábado por la mañana (XXVIII)

2008/08/30

SENTIMIENTOS BIRRIOSOS (Sin motivo aparente).

 

De furia vengativa, de asco por la ensalada sin aliñar, de desarraigo. Acompañados de somnolencia pastosa.

De no estar bien con nadie. De obsesión por el orden a pesar de la infinita falta de disciplina y capacidad de esfuerzo. Todos, seguro que sin excepción, tienen la culpa de algo; menos yo. Vaya. Hasta ahí podíamos llegar. La conciencia de uno, más tranquila que una sardina con la dosis de valium de su amiga Yayi, la ballena.

Impaciencia, incapacidad de reír, de leer, de pensar con claridad, de aprender nada nuevo. Dificultad evidente para pronunciar paralelepípedo o arquimediano sin soltar perdigonadas.

Caer en rutinas una y otra vez, para sentir nada. Si acaso, meterse con la programación televisiva, esa que no se preocupa por la cultura. Menuda vergüenza pasé cuando me enteré en diferido de que Potolita Segreras se había divorciado del que fue su primer novio nigeriano, Lafundo Amondongassos y se peleaban por unas minas de diamantes.

Tiempo de ansiedades, de desganas. Incapacidad de dar más de dos volteretas hacia atrás seguidas. Algo impensable hace meses.

¿Cansancio vulgar o algo más? Si es que hasta los periódicos deportivos aburren, salvo los leídos en el bar durante el frugal desayuno de tres escasos  cuartos de hora.

Limpieza en la intención. Punto de partida. Partir de cero.

Probable, pero quizá imposible cuando no se tiene esa pizca de alegría, el ingrediente mínimo con el que se ha montado una vida, mezclado con la inocencia más simple. Los demás, unos siete mil millones, deberían tener en cuenta algo de esto y comprender lo duro que es un ataque de mandanga aguda, sazonada con caraja espesa.

Aceptación de la decadencia física y mental.

Se vislumbra durante muy pocos momentos. Seis, todo lo más. El resto, mala baba. Envidia de los cuerpos jóvenes, ansia de la caricia turgente. La Vida será la Vida para los demás; que los años los cumplan ellos. Yo no tengo tiempo. Andacoñiiiio.

Cosas que hacer.

Un puente de plata. El famoso sentido de la vida y una buena forma de olvidarse de que, aún con los mayores privilegios y ventajas, uno es capaz de hacerse la puñé. Basta con empezar temprano, luchando contra el despertador y perdiendo siempre, salvo pequeñas batallitas de fines de semana, donde guarda el silencio del que se sabe ganador a la larga. Jodidas máquinas exactas.

Después, uno tiene imaginación para protestar porque unos cuatro kilos, sin sentido ni origen conocidos, se han “posicionado” en la descuidada barriga de uno, sin que lo inmediato de la posición en el sofá parezca que vaya a repatriarlos. Por la noche, el calor del verano, un mosquito maricón (nunca pica a mi mujer) y unas motos conducidas por los reyes del ruido hacen que uno se dispare en su indignación y se dé la vuelta en la cama hasta ochenta y siete veces, mi mejor marca mundial del año. No hay derecho. No lo hay.

Porque, claro, eso de fijarse en lo que padecen, física y espiritualmente, enfermedades, privaciones e injusticias, se hace, si acaso, en Navidades ¿no? Que es cuando uno compone la sonrisa/mueca del Joker y brinda por ellos para bajar el atasco de alfajores. Después se canta un villancico, se ríe uno de no se sabe qué y abraza al de al lado, tras de un año entero pensando que no es que sea feo, sino de facciones abstractas, con especial atención a su nariz, clara reproducción de un candil de 1832.

¿Qué culpa tiene uno? ¿Estrés postvacacional? ¡Haber avisado antes, reostias!

Si hubiera tenido conocimiento del golpe emocional a sufrir en la vuelta al trabajo, habría montado las estructuras mentales precisas (chocazos contra la pared) que me habrían permitido demorar unos meses el retorno al sitio donde me pagan puntualmente, todo hay que decirlo. Y habría vuelto en Navidad, donde uno quiere a todo el que se le pone por delante.

Seguiremos informando, de todos modos. De momento,

Tengan ustedes muy buenos días.


Desde el Principio.

2008/08/29

Adán, tras desenvolver el paquete y antes de leer las instrucciones del regalo, llamó a YasabemosQuién y le dijo:

-Que muchas gracias por enviármela ya montada, con todo en su sitio.

El Otro, sonriendo con superioridad, respondió con música de tango:

-Compañera te doy,

a ti, tipo bisoño,

así que desde hoy,

te aconsejo hacer lo que le salga…

Adán pulsó un beso de tornillo en la segunda parte más jugosa del cuerpo que tenía delante y, sin prestar atención al golpe de atención que recibió de sí mismo en el pecho, las vio levantadas. Ella sonrió unos minutos y avanzó como lo haría una flor esquivando un huracán. Más o menos. Adán, petrificado, trató sin éxito de apartar aquella vara de mando que se interponía entre los dos, si bien la mujer, de nombre Eva, al llegar a su lado, aunque de frente, realizó maniobras envolventes hasta tomar el mando tomando la vara.

Horas después de aquello, difíciles de precisar exactamente cuántas, los dos se levantaron con más hambre de la que ningún ser humano había tenido hasta entonces.

-¿Un poco de fruta? -preguntó Eva, con la idea de empezar a poblar el mundo con una dieta sana.

-Yo, en mi postura de ahora, -respondió Adán- te diría que te comieras unos peces y algo de verdura como plato principal. Cualquiera de ellas. Pero si dices fruta, fruta, ándate con ojo.

-Pero si las manzanas esas rojas, grandes, brillantes y de aspecto sagrado las tenemos aquí mismo, pichulín –argumentó la mujer a sabiendas de la falsedad del final de su frase.

-No te digo más. Si tú haces la cena, tú eliges el menú. Yo me voy a echar una siestecita, precisamente bajo el árbol que me temo objeto y causa de un affaire.

Al despertar por culpa de la caída en sus asuntos simétricos de una manzana mordida, Adán se temió lo peor. Eso que siempre está por llegar.

Allí estaban el Dueño y la mujer, todavía más buena que antes y con una manzana en la mano. Al ir a propinarle un muerdo intenso, la mujer interpuso la manzana, que resultó mordisqueada. Y se lió.

-Ajá, -dijo Aquél. Todos cómplices, por tanto juzgo a la Humanidad sin excepción.

La mujer sintió que refrescaba por la tarde y se puso al cuello una serpiente que andaba por allí. La escena era de postal, con la luz del atardecer. Antes de la noche, hombre, mujer y boa estaban en la calle sin carta de recomendación.

En general, vivieron con sudor en la frente, aunque hubo algunos buenos momentos de sudor generalizado. La serpiente les hacía dormir apretados y se encargaba de eliminar los ratones de la casa hasta que murió a los ochenta y dos años. Fue enterrada enrollada sobre sí misma como solución alternativa a un ataúd de doce metros de largo por veinte centímetros de ancho, difícil de conseguir.

Cerca de la celebración del centenario de la pareja, recibieron la visita del Quelesechó.

-¿Cómo van las cosas? –preguntó para empezar la conversación, mientras se servía el jugo de un cítrico amarillo y fuerte, de cierto sabor ácido, que se había inventado unos años antes. Pensó en mejorarlo con azúcar. Mientras se sentaban ante él el hombre y la mujer, inventó al azúcar. De la nada. Como si nada. Menudo Tipo.

-No nos podemos quejar, -dijo Adán-. No hay nadie que nos oiga.

El Visitante miró al Cielo, una constante en su vida. Su forma de evitar respuestas directas.

-Nos hemos acostumbrado a esta vida –dijo Eva tras el silencio-, aunque echamos de menos a la boa.

-¿Por qué no tenéis hijos? –preguntó retóricamente el Visitante de modo directo.

-¿No nos ves un poco mayores?, -preguntó Adán.

Como respuesta, el Invitado sacó no se sabe de dónde un espejo y, salvo la sensación de estar despeinados, se vieron tan jóvenes como cuando fueron ignominiosamente expulsados a patadas en los riñones de la Hacienda aquella, El Paraíso.

-Os he devuelto la lozanía –Adán se dio cuenta al recibir un golpe de bastón en el pecho- para que repobléis estas tierras. Decidle a los niños que no jueguen con huesos de burro, que son peligrosos.

El contoneo de Eva, el de los mejores tiempos, era grandioso. No esperaron a que La Visita se largara y comenzaron el desarrollo operativo de las primeras tablas de natalidad. Adán no tuvo tiempo que perder.

Con el tiempo se espaciaron las visitas y decidieron ir ellos a verle, para que mojara a los niños. Pero Eldesiempre no les dejó pasar de la Puerta y, aprovechando unas nubes pasajeras, roció con unas maracas las pequeñas coronillas pronunciando unas palabras que no entendió nadie  y los despidió sin ceremonias.

Años después, hombres, mujeres e Inventor se distanciaron mucho y, salvo alguna catástrofe o plaga, apenas se hablaban, rezaban o maldecían. Y así hasta hoy.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXVII)

2008/08/23

VERDADES, MEDIAS VERDADES Y CONVIVENCIA.

Desde siempre, esta cuestión de la sinceridad, decir lo que se piensa por encima de todo, sugiere más preguntas que sentencias. Aunque hay ejemplos demoledores:

1) Noche de bodas:

-Jembra, ven pacá sin mirar para patrás, que te vi a esterminá a porvaso, como a las chinches. Es lo que pienso, y como lo pienso lo suerto, que llevo desde el corte de la tarta trajinando el sampártelo, leona. Siento que sea tú, según tu tita Tere, una mijita recatadita, pero esas cosas se curan. Y yo es que soy sincero, como los números impares de cifras distintas y significativas.

-Pues, antes que nada, debería usted encender la luz y, una vez comprobado que esta no es su habitación, ni yo su novia, salga usted escopetado en busca de las suyas, ahora que mi Ernesto aún está pensando cómo hablarme de nuestra primera noche. Quizá, después de su intervención, pueda yo darle algunas ideas. 

2) Reuniones familiares:

-Porque yo, miratú, no tengo pelos en la lengua ni falta que me hace, JuanaMari. Y si te crees que con ese peinado nuevo tuyo vas a hacer más méritos que yo delante de la vieja en Navidá pa quedarte con sus collares, tú no estás en lo que hay que estar. Porque si no te lo digo, reviento.

-No te preocupes; aunque me lo hayas dicho, revienta.

De los infinitos casos reales como los anteriores, surge el qué, quizá al mismo tiempo el cómo, decirnos las cosas. 

¿Verdades? ¿Por el hecho simple de serlo deben ser esgrimidas?¿Aunque hagan mucho daño?

Si soy más feo de lo que cotizo, o más bajo, o más gordo, ¿qué necesidad hay de repetírmelo? ¿No lo sé yo ya?

¿No será más serio, y más digno, enfrentarse al poderoso, en esos pequeños momentos donde te quieren comprar con sonrisas mientras humillan al débil? ¿Cómo dejamos salir ahí, o no, lo que pensamos?

¿No será más serio chocar al principio, dejándonos ver en nuestro criterio, para no tener que andar rectificando luego y pasarnos al lado opuesto, ese que no nos dejará decir ni lo que pensamos? Esta pregunta tiene más mala uva, pero me remito al primer párrafo.

No se me vaya a olvidar la frase manida: “¡Respeta mi opinión!”. Jajay. Te respetaré a ti, y, como dicen, lucharé porque puedas defenderla. Pero si tu opinión es una birria, te lo diré. Porque lo pienso.

¿Será que nos cuesta reconocer que no tenemos idea de algo y defendemos una postura hasta la muerte, con los ojos cerrados, antes que revisar nuestros conocimientos sobre el asunto? ¿Nos enconamos más que discutimos?¿Tragamos antes que quedarnos solos? (Es lo que hay hoy, muchas preguntas).

¿Muchas de estas gaitas para, insisto, no quedarnos solos? Admiro a quien sabe equivocarse, y mucho más a quien defiende lo que cree justo tanto frente al fuerte como a aquellos que nos quieren, los que tratan de ponernos a salvo aconsejándonos que nos señalemos lo justo. Los admiro, los envidio y trato, con mucha pena pero alguna gloria, de seguirlos.

Verdades que hieran o mentiras que adulen. Quién sabe en qué momento, pero el momento existe, nuestro corazón va aprendiendo que callarse suele ser prudente en general. Se trata de que no sea obligatorio.

Tengan ustedes muy buenos días.


DESCUADRE

2008/08/20

En mi casa, a la hora de comer, se hacía balance. Y un balance, por encima de todo, tiene que cuadrar. Se trataba de ver si los castigos habían sido apropiados para las fechorías, más o menos escandalosas, cometidas por los niños, mis dos hermanas mayores, mi hermano menor y yo.

El caso es que no debería haber duda, dado que la última tabla de penas correspondientes a los delitos se había publicado con fecha del martes pasado y debidamente pegado con un imán en la puerta del frigorífico. A saber:

 

Despeine, arrugas o manchas en la ropa y desaliño en general, 2 bofetones

Rotura, arañazo o desplazamiento de mobiliario, puerta y paredes, 2 bofetones.

Expresiones como “¡caspas!, “¡vayapues!” o similares, 1 empujón.

Algún otro tipo de desorden en aspectos personales, 1 cocotazo.

Quejas por escrito a papá o mamaíta sin copia para archivo, 1 pellizco retorcido.

 

Como cada sobremesa, se repasaron y compararon las listas de faltas y aplicación de condenas respectivamente, con el resultado de haber soltado un sopapo de menos.

Nos quejamos dentro del más estricto protocolo, pero no hubo nada que hacer ni recurso posible.

Dado que mi oreja izquierda se mantenía muy por debajo en la tonalidad roja que adquieren nuestros cogotes tras  los capones, me ofrecí voluntario para recibir el soplamocos que amenazaba con dejar un caso sin sancionar y puede que sin firmar hasta quién sabe cuándo.

Recibí pues, ayer jueves por la tarde, el impacto reglamentario en mi oreja, propinado como dicen las normas: periódico del día sin terminar de leer, doblado dos veces por la mitad.

Se cerró por fin el expediente y esta misma mañana se ha procedido a su archivo.

La casa, una vez más, cuadra.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXVI)

2008/08/16

CAMARADAS

 

            A este asunto hay que ponerle etapas.

            Cuando se es chiquitillo, la búsqueda de apoyo es natural, desesperado por la dependencia física llena de miedo. Se busca algo a lo que agarrarse. Después, ya veremos si se comparte la pelota nueva o el triciclo. Las sonrisas maternas vigilan y en general aprueban la situación con cierta complacencia, pendientes de valoración social de con quién se ha juntado su heredero de piso hipotecado.

            El tiempo de los ocho años es un buen referente.

            Quedan aún muchos niños no conquistados por los videojuegos que llegan a salir a jugar a la calle. Allí, entre coches, vendedores de felicidad química y cursos de multas a los coches, se juntan y juegan. Poco sitio, poco ambiente para construir un mundo sólo de ellos, pues los bocinazos y las frenadas interrumpen en mil pedazos las fantasías.

 Se concluye en pandillas para recorrer, juntos, los centros comerciales. Y ahí hay que dejar de ser niño, tengas la edad que tengas. Nacen los colegas.

Caminando por las escaleras mecánicas, las edades se abandonan a la obligación de miradas retadoras e insinuantes al mismo tiempo. Las niñas son mujeres pequeñas que llevan mucho tiempo de ventaja en cualquier juego de seducción. En grupo, son arrebatadoras y el colectivo se hace fuerte.

Unas y otros están obligados a crecer quieran o no y nace la tribu. El distintivo puede ser un zapato de plataforma vertiginosa o un piercing que no hará sino herir un cuerpo al que no había que exigirle rarezas todavía. Se asienta la dependencia, junto a la solidaridad, y los líderes lo son por selección de los débiles.

El riesgo aumenta con la fuerza y los retos. La adrenalina se dispara con facilidad y aparecen momentos de realzar valores, que se quedan en el esperpento de jugarse la vida, modalidad velocidad, o con menos prisa, modalidad inyección de pena en vena, para exprimir la alegría al cuerpo sin cerrar el grifo. Aquí el grupo sigue, se hace más fuerte que nunca, con los eslabones más frágiles, que dejarán caer al más débil.

Llega la edad donde dejan de reír las ocurrencias, porque a todo el mundo le pasa que cumple más de veintiséis años, y se miran a la cara los pocos supervivientes del proceso.

Primero la moralina: Suelen haber compartido mucho. Bueno y menos bueno. Pero se han ayudado, por encima de casi todo.

Segundo, lo bonito: Aquí se puede hablar de amigos.

Para la edad en que se tiene razón en cualquier discusión, la amistad se pone a prueba. Es grande saber estar a la altura, por encima de la política, el fútbol, el dinero y, fundamental, el tiempo. Ese que se dice que no se tiene para un rato con ellos.

En muchos bares de la costa se dejan ver matrimonios comiendo el menú del día. Se ríen, escandalosamente, hasta de sus propios e inminentes entierros. Es otra modalidad, quizá de aspecto pintoresco, burguesito, que se contempla con benevolencia y distancia, pues ninguno de nosotros llegará a ser viejo ni gordito, ni ambas cosas a la vez. Ellos no pierden el tiempo explicándonos que se puede disfrutar así. Esa energía es para sus amigos, los resistentes.

Ahora, eso de que si hombres o mujeres compiten en niveles de calidad. Que sólo con el ejemplo de John Wayne (hasta la muerte) o el contrario de Bette Davis (una víbora) basta para entenderlo. Que cada uno diga cómo le va la feria. Yo, que para eso soy el que manda aquí, doy mi versión: tengo amigas para dar envidia. Las mejores. Si acaso, las comparto; de cambiarlas, ni hablar. Sueño con estar a la altura de mis amigos, con alcanzar su nivel de camarada, ese que siempre, antes de preguntar, les hace ponerse de mi parte.

Tengan ustedes muy buenos días.

 

 

 

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXV)

2008/08/09

VACACIONES.

Días de tantas obligaciones como pasarlo bien, descansar y ser feliz, que hay que andar con ojo. Después, a la vuelta, se propone el maquillaje Cutisguay num 60 para el primer día de trabajo; es el que mejor oculta el haber llorado a pierna suelta.

Pero, mientras, vayamos al asunto.

Primer día. Incredulidad. Nos salvan dos cuñados, en la misma puerta del autobús, de volver a dirigirnos a la oficina. Nos confiscan el bonobús y, entre olores de café que van dejando como señuelo, volvemos a casa. Por las escaleras van quedando la corbata y la chaqueta que el perro del vecino de abajo, de modo mecanizado, nos va utilizando en su higiene personal (animal). En septiembre abren las tintorerías del barrio, no hay por qué alarmarse.

Segundo día. La espalda se arregla en dos o tres días. Lo de coger las tres maletas al mismo tiempo y quedarse alcayático del tirón no es más que cuestión de paciencia. Tus solícitos cuñados acuden al rescate de las maletas y las suben cada una en una mano. Antes de cerrar el capó del coche, te conducen al apartamento alquilado a precio de Waldorf Astoria, suite presidencial.

Tercer y cuarto día. Por error, pensaron que te habías montado el primero para la excursión a doce pueblos pesqueros que ya sólo conservan el ancla de un carguero que embarrancó allí en 1.969. Te dejan maravillosamente abandonado a tu suerte. Para consolarte, te dejas invitar por un matrimonio jubilado, de esos que creen que, comiendo bien y descansando, se cura todo. Debe ser cierto. Y, por la tarde, partidita de mus. La mujer, una fuera de serie, nos pone a caldo tras diez manos.

A partir del quinto día. Te puedes valer por ti mismo. Paseas temprano por la playa y conectas con las olas del mar. Ahí quería yo llegar. El lujo de ver amanecer se multiplica cuando mi mujer hace un poder y se levanta conmigo para ver salir el Sol. Después, terapéuticamente, se vuelve a dormir hasta las nueve y media. Pero ha tenido el detalle.

Más tarde, a eso de las once, se está preparado para recibir un par de balonazos en la cabeza, en la cerveza o en salva sea la parte delantera central del bañador con la etiqueta sin despegar. Sólo una sonrisa entrenada durante treinta años con los clientes salva al delicioso chiquillo de morir estrangulado. La verdad es que la madre está una jartá de güena, un poco entraíta en cannes… Sopapo con el periódico deportivo del día, que me da mi mujer para que lo repase.

Después de la primera quincena. Surge un momento de magia, de esos que la vida que llevamos los de este hemisferio te da a cambio de nada. El momento real de vacaciones, el de dar gracias por el privilegio de descansar y haber trabajado antes. Puede que dure poco, nunca lo he medido, pero supone un instante de armonía, de espíritu agradecido, que hay que valorar sin compararlo, sin prisa. Sin ansia.

Y empezamos a llenar, rellenar, maletas. Las bolsas con lo comprado en los pueblos pesqueros se irán metiendo entre medio, en los asientos de atrás, o debajo de las piernas. Los niños se duermen en el viaje. 

Y yo también. Conduce mi cuñado, que disfruta mucho tragando millas. Es un buenazo. Mientras, preparo las vacaciones del año que viene.

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXIV)

2008/08/03

DECISIONES (1). El momento de mandar a alguien al guano.

 

¿Por qué no dura un poco más el instante previo? Digo lo justo para intentar, por última vez, evitarlo ¿cuándo decimos “no me controlo” para decir después “no me pude controlar”?

Ejemplos en orden creciente de importancia, trascendencia o consecuencias. Viene a ser lo mismo.

1)    Reunión de parejas o no, porque siempre se puede contar de dos en dos. La tertulia pasa de hablar de arte o naturaleza para empezar la charla política. Ningún componente del grupo está afiliado, ni se ha leído el programa electoral de ningún partido, pero la mosca nace en el estómago y, alrededor de unos quince minutos después, hay quien se encuentra con que es un facha, otros descubren que son progres convenidos y el resto se levanta a por más hielo y frutos secos. Son los que han evitado pronunciarse y mantienen la charla y el grupo junto. En general, este último grupo está formado por mujeres; y los hombres, pero de más edad.

2)    Tráfico. Y esto es real, por desgracia. Dos hombres no pueden evitar que se rocen sus vehículos con daños menores. Salen del coche, en pleno temporal de lluvia y pasan del insulto a las agresiones en medio de una autovía. Un tercer coche no puede evitar atropellarlos.

3)    Dos mandatarios de países no saben evitar una guerra. Sobran más comentarios.

Me quedo con el 2) como el caso más terrible, por individual y por tanto más concreto. Después del disparate, dos familias se preguntarán durante el resto de su vida qué fue tan difícil de evitar para que sus padres no volvieran.

Rebajemos la tragedia, para derivar cuanto antes a las preguntas con que debemos terminar:

¿Qué estadística se cumple para la devolución de los “buenos días”? La que he realizado en julio personalmente no llega al 25%, de alrededor de 50 casos, lo cual no es mucho, pero puede dar una idea.

¿Qué afán nos guía más, el quedar por encima de cualquiera (mucho más pringado, sin duda) o el de resolver los problemas que surgen tantas veces, tantos días, con tanta gente?

Último ejemplo, también real. Año 1968 aproximadamente. Dos chiquillos se pelean por un gol legal o no. Mientras el gordito está encima y va ganando, su madre dice que “son cosas de niños, no meterse en ná, joén”. Cuando el que perdía, mucho más ágil, consigue dar la vuelta a la situación, la madre del gordito se asoma al balcón y suelta “¡Desapartarlos, pordió, que se van a matarse en total!”, añadiendo, al ver que su hijo recibe algún sopapo extra del chiquitillo,”¡que se caguen en loh muertoh del mierda ninio ese, que me va dehá sin hijo de misentrañah!”. La traducción, a pesar de los años, es casi literal. Bien es verdad que, al poco rato, ambos niños seguían jugando a la pelota sin acordarse del incidente, mientras que la promotora de la paz tenía que quitarse el sofoco con paños de agua fría y vinagre que le aplicaban las vecinas.

Es decir, no es tan sencillo saber cuándo hay que cortar. Pero me da la impresión de que debe ser, en cualquier caso, antes. ¿Antes de qué? Antes de lamentarlo después. Siempre se lamenta después.

 

Tengan ustedes muy buenos días.