INSPECTOR NILLO. INFORME.

2008/09/30

FIESTA FIN DE AÑO 1.994. INFORME

ASUNTOS INTERNOS. (A.I.) INTERROGA  A NÉSTOR NILLO (N.I.)

A.I.-Está bien, hable.

[[Asuntos Internos llamó al inspector Nillo a declarar. Prometía ser una sesión sin límite de tiempo. Eran tipos duros. Deslumbrado por la grabadora y hablando hacia la lámpara, comenzó su relato.]]

 

I.N.-Eran las 00,15 horas…

A.I.-¿Cómo puede saberlo tan exactamente? Le espetó el director Pe sin saber que estaba espetándolo, lo que constituyó una alta de espeto.

I.N.-Bueno, casi  todo el mundo decía tener restos de uvas entre los dientes…

A.I.-Eso no prueba nada.

I.N.-Está bien: mi reloj lleva seis meses parado en esa hora.

A.I.-Arsa.

[[Nillo, valiente, arsó el vuelo y continuó.]]

I.N.- Puede parecer cursi, pero no había una noche más estrellada en todo el año.

A.I.- Ni menos, era la primera.

[[Sin rencor, Nillo siguió. Heridas más fuertes había sufrido.]]

I.N.-Desde dentro se oían voces que decían ¡abre! ¡es inútil resistir! a las que respondían otras diciendo ¡eso es lo que esperan que hagamos! Fue entonces cuando llegaron las primeras parejas. La de mayor título académico llegó a decir: ¡a lo mejón somoh loh primeroh! No pude resistirlo y di la orden de abrir.

A.I.-Continúe.

I.N.- Todo iba bien. En un local magnífico, el del Hotel Partícipe de Alubias, los canapés consiguieron estar a su altura, más o menos la de la cintura; el champán, casi siempre en copas, prometía maravillas, todo iba sobre ruedas incluidas las mesitas de las bebidas, pero surgió un silencio sepulcral cuando alguien, seguro que de la central…

A.I.-¿La CIA?

I.N.-No, no, de uno que trabaja en la Central… ita de teléfonos; el recadero, vamos.

A.I.-¡Ah!

I.N.-Bueno, pues ese alguien pidió un vaso de Justerini & Brook’s.

A.I.-Descríbalo.

I.N.-Imposible. Sólo cuando un buen jugador de Trivial logró saber que lo pedido era un JB, y el camarero volvió en sí,  era tarde para seguirlo.

A.I.-Bien. Siga

I.N.-La fiesta iba cada vez mejor. El baile y la diversión se podían palpar. Sólo el baile y la diversión. Imposible a las camareras. La música fue llevada por dos grupos; uno, los Cantorrios, que, acostumbrados a esto, logró que el  público subiera al escenario a acompañar al propio trío.

[[Nillo había vivido mucho.  Aun así, tuvo que tomar un trago de un licor fuerte para poder seguir.]]

I.N.-El otro grupo, Chicharitos, habiendo anunciado su llegada al mediodía, no lo hizo hasta las seis de la tarde, provocando un conato de cante de nuestro tesorero, que hizo pasar del llanto histérico de los organizadores a un pequeño ataque de epilepsia.

A.I.-¿¿¿¿Y????

I.N.-Cantó el grupo. [[Suspiro. El inspector jefe también tomó un trago.]]

I.N.-Todo el mundo bailaba sin parar. Pero alguien, sabiendo lo que podía ocurrir, llamó la atención para algo que era inevitable:

Alguien: -¡El caaarrrdiiitooo!

I.N.-Serían las 03,30 horas. Sé que la gente tomó el caldo, porque no quedó nada para mí. Pero era imposible pararlos… A las 05,30 horas, fue el destino, o llámale camareros. Lo cierto es que llamaron para el chocolate.

A.I.-Debió ser muy duro.

I.N.-El chocolate, no, no, en absoluto. Pero sí el hecho de que tampoco quedó nada para mí. Y fue cuando alguien, al que casi se le entendía hablando, dijo “¿¡oyyy!, sin shurroh ni ná ni ná?”

A.I.-Creo haber llegado el momento.

I.N.-Así es: Una mirada helada madrina de la jefa organizadora del magnífico servicio de guardarropa hizo comprender a la anónima solicitante de calentitos que los abrigos prestados, sin saberlo, por las madres, suegras y cuñadas podrían haber sido víctimas del humo de la fritanga.

“Sólo vi que la enorme tensión (220) bajó algo (125) cuando llegaron los sorteos de dos relojes donados por un relojero, además de una suite del propio hotel, rebajaron mi angustia hasta los niveles del atún. Atún, atún, no escriba “al tuntún”.

A.I.-No nos iremos sin saber toda la verdad.

I.N.-Bien. Tras el sorteo de la habitación, repetido tres veces, éstas fueron adjudicadas al compañero Jorge Latina, quien consiguió que casi todos los demás se fueran.

A.I.-¿De la fiesta?

I.N.-De la habitación.

A.I.-Vamos.

I.N.-Era el final. Todos los que podían caminar se fueron lentamente. Los demás, con muy poca agua hirviendo, salieron al amanecer.

A.I.-Hábleme de los abrigos.

I.N.-Nadie recuerda haber perdido ninguno.

A.I.-Pero tampoco recordaban nada más.

I.N.-No me atosigue. El servicio era ágil.

A.I.- ¿Qué decían?

I.N.-Adiofeliañonuevvo-quiyoteqquierounahartá-adióhihomío,andapantrorcoshe, cosas así.

A.I.-¿Nada más?

I.N.-Que el año que viene, por supuesto, volverían.

A.I.-Está bien. Puede irse. Pero no salga de la ciudad y, para el año próximo, reserve dos entradas para mí.

A la salida, Nillo, una vez más con todas las copias del informe en su poder, se abrochaba los botones de la bufanda y sonreía por el camino de vuelta a casa.


DOÑA PETRA. DÍAS GRISES.

2008/09/30

 

-Buenos días a todo el mundo menos a ti, Casimirina, que ayer me zancadilleaste en las verduras, no creas que no me di cuenta ¿No hay número? ¿quién es el  último o la última, o ambas cosas? ¡Por Dios bendito, que alguien responda cuanto antes o me dará una sofocaina  pronunciada de consecuencias inquitables!

Doña Petra, en el puesto del pescado, ha irrumpido como un ciclón.

-Buenos días, -responde el pescadero.- Petra, el café que damos gratis no se bebe en botella. Por lo que más quieras, pásate al de la derecha, el descafeinado.

Doña Petra, sin dejar de saltar, se pone  a mirar fijamente a los ojos a un besugo y a una perca, alternativamente. Sospecha de ambos. La mandíbula se le mueve a los dos, frescos, y ella, autocontagiosa como nadie, empieza a rechinar los dientes. El resto de las mujeres se va poniendo inquieta.

-¡Doña Petra Cantacuellos, pase por información, por favor, que seguro que hay algo en oferta! –suena la megafonía rescatadora.

Petra acude, advirtiendo con el dedo índice a los componentes de la cola que “ojito” con no dejarla pasar cuando vuelva. Los dos peces se sienten más cómodos.

Se presenta en el mostrador y es inyectada con un sedante por dos enfermeras antes de que suelte el carro para preguntar.

-Ay canallas, que me han drogueado ustedes vía omóplato para hacer conmigo piruetas sexogenarias, cuando no me toca hasta el viernes próximo. O bien disponer de mi induplicable colección de collares verdes, un patrimonio de valor aún sin calcular.

-Que no, que no es eso, mujer. Pierda usted cuidado. El asunto es que alguien tenía una grabadora cerca de su sitio en la cola y llegaban hasta la sección de música los latidos suyos. Lo que hemos hecho es ponerle un sedante para que su corazón no pegue un zambombazo cósmico antes de tiempo. Lo que le ha dicho el pescadero es verdad. Pásese usted al sin cafeola o beba menos del fuerte.

Tras fallar en el intento de abofetear con una sola mano a las dos enfermeras, debido al bajonazo de tensión, doña Petra vuelve al puesto de pescado, donde adquiere sin emoción dos pulpos, y se deja llevar en un carro hacia la sección de frutas y verduras, donde unos puerros desangelados pasan a su bolsa de la compra con más pena que gloria. Los tomates y berenjenas previstas son olvidados y doña Petra vuelve a casa sin acordarse de pagar en caja. En caja tampoco se dan cuenta y la sirena que detecta el producto sin pagar se confunde con el de un coche aparcado cerca.

Por el camino de casa, arrastrando los pies, sufre un intento de atraco del que acaba desistiendo el ladrón, un gamberro del barrio llamado er Coquina, que masculla lo poco que colabora la gente. Frotándose la oreja, concluye que un puerro congelado es arma ilegal.

Llega Petra por fin a su portal, donde puede entrar gracias a que la portera, Yanni Yeraida, tiene abierto para fregar el vestíbulo. Al saludo, Petra responde con una sonrisa bizca que obliga a Yanni a llamar a su novio. Entre los dos la suben a su casa, la tiran de perfil en un sofá y huyen a la portería pidiendo que nadie haya visto nada: a morirse en casa y no molestar, recoñas, que todos tenemos cosas que hacer.

Cuando Petra despierta, no sabe qué hora es. Intenta que se lo diga el reloj redondo de la cocina, donde llega después de varios golpes contra las paredes, pero desiste, porque hoy le ve forma de llave inglesa. Petra sabe que tiene un “tangui” descomunal en su cerebro, no le salen ni las maldiciones más básicas. Decide dejar pasar un rato. Vuelve a abrir los ojos y razona con un perchero que lleva en casa el mismo tiempo que ella, por lo que puede hablar de cualquier cosa con él, incluso de cine español.

Hasta mañana no vienen sus hijos y decide acostarse; aunque no llega al dormitorio, pues la acoge el sofá, donde hace una parada técnica. Un día gris lo tiene cualquiera.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXII)

2008/09/27

ATRACCIONES, SEDUCCIONES Y FRUSTRACIONES. O NO. SEGÚN.

 

Acto 1, escena 1. En la Discotesca Margari, de Móstoles. Años cuarenta.


-Que digo yo, zeñorita , que baliará usté ahora con mi persona, ¿no? ¿o estamos más bien tontízima?


-Mire Liborio, que le vi mirarme en la fiesta de marzo, pero que de bailar y agarrarme las mollas tendría que hablar con mi padre, mi madre y mi madrina, doña Fefa.


-No, si ya traigo aquí en la faltriquera, juntada con la albaceteña de siete muelles por si se me niega, los papeles cacreditan que puede dar dos pasodobles con un servidor, firmados por sus parientes citados. Y uno más de suplentorio. O añadido. 


-Pues vamos.


-Debería usté a la quizás levantarse más despacio, que el cuesco ha desajustao la silla de enea, regalo del dueño de la bodega.


-Pues no miente su madre de usté, Liborio; ni el del teatro que vino es más reumántico. Vayamos y ejecutemos sobre la pista esos desplazamientos bilaterales al compás de los soplidos trompeteros y las vibraciones de los instrumentos de cuerda, ambos manejados magistralmente por sus intérpretes solistas.


Acto 2, escena 1. En el mismo local, ahora llamado Infernillo, de dimensiones más reducidas. Años ochenta. Musiquita con falsete de Andy y Robin, los biyis.


-Cusha, jembra, pafraseando a Martín Morales, ¿qué tal si yo frotase con denuedo tu zona shóshica, valiéndome para ello de la turgensia de mis buebos?


-En valiéndome de la sabiduría popular, te respondo que ¡andaconio, y despístaste por ahí!, que estoy en el bareto con una postura muy lograda como para ir ahora de contorsiones. Y me queda entodavía más de la mitad del bocata de calamares.


-Pues lástima, que tenía preparados para ti unos versos que ni Ifigenia de Tebas habría rechazado.


-¿Lo cual?


-Que me voy pa mi casa a resolver a la vertical la cuestión originalmente ideada para dos, como mínimo, en horizontal.


-Pues hala, individuo, que te pinten el hígado en azul turquesa.


Dos ejemplos como los anteriores, aplastantes testimonios de la evolución del arte de seducir, nos llevan a plantear esta cuestión. Ligar, atraer, repeler, encandilar, incendiar la imaginación, dar y recibir descargas eléctricas que no sabemos de dónde salen…


La simple contemplación de la belleza, la palabra, el gesto, la autosuficiencia o el temblor. Parece haber una reacción para cada primer encuentro.


Con cuántas ganas habríamos llegado a pedir un manual. “¿Qué le gustaría?, ¿cómo hacerla reír?, ¿de qué equipo es?, ¿qué pintalabios será mejor?”


El arregladísimo y exhaustivo desorden de hoy en las ropas y los pelos, con uñas a juego en colores imposibles, la aparente desgana en los primeros besos… son mentira. Seguimos, espero que por mucho tiempo, buscando quien nos complete, nos complemente. Nos mejore. Tener a quien desear y quien nos desee, el mayor logro.

Desmond Morris fue uno de los pioneros para estudiar la química de las relaciones, los fundamentos biológicos (y me temo que sólo biológicos) del amor, entendido como atracción feromónica. Aunque respeto su libro “El mono desnudo”, me cago en tosus.
Porque, después de todo esto, ¿quién reclama la magia? ¿Para qué quiero la explicación técnica de un ósculo, o aplicación de los labios mediante presión sobre otros…? Andapalgüano, chaval.


Prefiero el beso, perpetrado y convicto. Arriesgado y sin más permiso que el de la otra boca.


Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXI)

2008/09/20

Ventanillas. Los dos lados.

1-0: Minuto uno. Un ciudadano preparado despliega una carpeta de cartón azul con gomillas y salen de dentro siete impresos rellenos y firmados del impuesto de sucesiones firmados por los siete herederos correspondientes al finiquito de lo dejado por Don Eutimio Perales.

El del lado de dentro de la ventanilla atisba el plan por la mirilla de la puerta y decide abrir más tarde, lo justo para hacer unos estiramientos en los codos y, sobre todo, en la muñeca. Piense el lector en veintiún golpes de sello en frío. Porque, dado que lo que trinca cada pariente son ciento dieciséis euros con doce, no hay que manejar dinero. Sólo sellar y separar los distintos ejemplares, azul, verde y blanco.

Esta espera del ciudadano, este primer tanto en frío, se suele llamar “mierdigol”. Ha cogido desprevenido al contribuyente, que se repliega.

2-0: Minuto ciento ochenta. Con el escribano chupatintas ya desayunado por segunda vez, la ventanilla se abre de nuevo. Son las doce y reaparecen como por encanto los siete impresos, esta vez separados y con la sonrisa del ciudadano preparado, que se ve desbordado por una llamada telefónica del móvil atendida por el de dentro y un portazo de la ventanilla en las narices. “Es una llamada personal, compréndalo usted”, recibe como explicación.

2-1: Minuto doscientos. Al correr el cristal que separa los mundos administrativo y real, el empleado recibe un aluvión de papeles en la cara sin tiempo a ciscarse en el 50% de los muertos del que se los ha tirado.

2-2: Minuto doscientos treinta y cinco (de los doscientos cuarenta dedicados al público). Entrada, ya con la ventanilla abierta hasta el final de la jornada, del resto de los herederos. Entrega de cada ejemplar blanco (para el interesado) a cada interesado, que ha debido presentar su NIF. Un gol de los que dan rabia, a punto de terminar el encuentro.

2-3: Minuto doscientos cuarenta, antes de cerrar. Anulación de impresos. El del banco no suelta un céntimo si no se rectifica el apellido de Perales por Perolas, que es el correcto. Lo suyo es romper los entregados, firmando cada uno el recibí, y comenzar de nuevo. La que más tarda es doña Leonor Perolas, hermana del finado, que termina a eso de las quince horas, dos después del cierre previsto.

Los herederos se van a comer. Son multimillonarios y tiran su ejemplar a la papelera al salir; la cuestión era, mientras llegaban los demás familiares para la comida,  joder lo más posible al funcionario, que se ha perdido la cervecita. Por capullo.

Muy bien. Tópico. De acuerdo. Pero si hay algo terrible en esta vida es llevarse un chasco de quien está para ayudar. No de quien tú crees que tiene que estar de tu parte, que se complica; nada de eso. Hablo del que cobra por agilizar los documentos que dicen verdades, los que hay que guardar. Esos que dicen que tu casa es tuya o que has contratado la luz. Esas cosas tan aburridas, que, con la dejadez, se vuelven tristes.

La duda planteada en 1.962 sobre si había vida tras las ventanillas de las oficinas en general, no se ha resuelto del todo. Nos sentimos protegidos frente al pobretón que viene a por una firma, un sello… Y nos creemos más fuertes que él, pero no lo somos.

En algún momento necesitaremos un papel que diga algo favorable para nosotros. Protestaremos como ciudadanos desamparados. Nadie vendrá entonces a llamar la atención al que no se mueve para ayudarnos. Dejaremos nuestra solicitud lánguidamente sobre el mostrador, con la esperanza de que alguien la revise algún día. No nos mereceremos más.

Tengan ustedes muy buenos días.


SU PELO.

2008/09/17

Se había acostumbrado a mirarla siempre de espaldas, de modo que el modelo de gabardina de aquellos años, 1960 ó 1961, hacía que su silueta pareciera una caja de cartón gris con un cinturón también gris. Debajo, unos tobillos prometían lo justo. No había sino volver, una vez más, a su pelo.

Su cabellera contenía todos los pretextos para soñar. De día, casi de noche, en invierno o en verano, si no el Sol cualquier luz se las ingeniaba para estallar en infinidad de formas, con matices fulgurantes, deseos de pintor en cada reflejo.

Se sucedían cines, teatros y misas, siempre en bancos o butacas detrás de ella, desde donde aprendió a soñarla y a enamorarse sin remedio. Todo, gracias a su pelo.

El primer intento para ver su cara tuvo lugar en el Real. Se sumó a los gritos y silbidos de unos enemigos del galán en escena y permaneció atento a los que se volvían para reconvenirles. Ella estuvo a punto de fijar sus ojos en él, pero lo hizo tan deprisa que sólo vio su cabellera clara ondear sobre su cara. Además, los del jaleo fueron expulsados muy pronto, incluido él, que al pasar por la fila donde ella ya miraba el escenario, maldijo que las luces del patio de butacas hubieran sido apagadas de nuevo.

Tuvo otra oportunidad en un parque, alrededor de la actuación de unos payasos callejeros, que cantaban y animaban a los niños en una glorieta. Estaba seguro de que era ella, porque la variedad de brillo de esa melena aprovecharía para sobresalir entre los resquicios que dejaran las nubes negras de aquel día, y así fue. Se imaginaba ya el rostro frente a él pero no contaba con el viento. De nuevo se volvió ella, por una nimiedad, buscando al vendedor de barquillos, pero una ráfaga de aire impidió que los ojos de esa mujer de su obsesión fueran el espejo de los suyos.

Pasaron varios meses durante los cuales no pudo verla. Ni en los paseos ni en los cines. Ni en los bailes. Pero no la olvidaba.

Mientras, llegó el verano para rescatar a quienes no sabían pasar la primavera en Madrid, donde, en aquellos días, ya se había puesto de moda ver el mar.

Él terminó sus estudios de aquel año sin dejar nada suelto y accedió a acompañar  a sus padres a la costa, a la playa de San Sebastián, donde ya esperaban amigos y conocidos con tertulias ordenadas, paseos organizados y bailes orquestados. Celebraron su llegada, y serían muchos los que celebrarían la llegada de la familia Laredo, los reyes de las veladas en las noches mágicas y en las aburridas. Además, venían con su hija.

La hija de los Laredo, sensual y atrevida, era esperada para ser vista entrar en el mar a nadar antes que nadie. Era la sirena que inauguraba la espuma contra las olas, quien abría las puertas del agua, hecho reflejado por los cronistas de la prensa local, junto  a sembrar moda: traje de baño blanco con gorrito ajustado a juego.

Él, este año, sí se fijó en ella. Y ella en él.

En las reuniones de jóvenes veraneantes, él y ella se aislaban sin prestar demasiada atención a los demás. De noche, aún en los besos furtivos, ella conservaba unos modelitos de sombrero ajustados que imitaban a los de cuarenta años antes, en los locos veinte, que impuso entre las muchachas en ese verano; un verano cancelado como función por los Laredo a los veintitantos días, medida justa para tomarle el sabor al mar.

Cuando ella subía al coche para volver a Madrid, él se encontraba lejos y lo único que pudo hacer fue mover la mano para despedirse de ella. En ese momento, un chiquillo, jugando, le quitó el sombrero y corrió hacia ella para regalárselo, lo cual pareció bonito a los dos. Ella se quitó el suyo y se desató su pelo, el inconfundible. Con el sueño hecho añicos, corrió a recuperar su sombrero antes de que el niño los intercambiara y se dio la vuelta en silencio.

            De regreso, fijó su atención en el brillo intenso que reflejaba una mujer de  pelo azabache, a quien no pudo ver los ojos. Comenzó a andar tras ella.


LAS VACACIONES NO SON PARA EL VERANO.

2008/09/14

Prólogo.

Doce maletas. Mira, Pepa, el año pasado llevamos ocho maletas para todos, y este año tú sola doce maletas. No es sólo que yo pueda recaer en lo de la hernia múltiple. Además, estoy seguro de que los niños no podrán venir con nosotros. Lo que te planteo, ahora que tenemos tiempo, es que no te lleves, por ejemplo, las botas de montar al apartamento de la playa. Ni el caballo.

 

Respuesta al prólogo.

Yo llevo lo que me da la gana.

 

Aspectos. Parte I.

Si vamos a parar antes de comer, para comer, podríamos llevar la comida preparada o no, y así ya veríamos.

 

Respuesta a Aspectos. Parte I.

Termina la maleta de las pamelas y haces tortillas, empanadas, y asas pimientos.

 

Aspectos. Parte II.

Tu madre dice que sin el sillón de la salita ella no va a ninguna parte, porque no descansa bien las piernas. Que digo yo, que tendrá que comprenderlo, ¿no?

 

Respuesta a Aspectos. Parte II.

Ese sillón vienen a recogerlo los de la empresa de entrega en menos de 24 horas. Estará en el apartamento para cuando ella llegue. Aquí lo que importa es la eficacia, chaval.

 

Aspectos. Parte III.

El retrovisor, tras las cuatro multas de agosto pasado, te ruego lo dejes en su sitio.

 

Respuesta a Aspectos. Parte III.

A mi ningún guardia recién licenciado me va a decir que no me retoque el maquillaje durante un trayecto tan largo. Pero como miro por ti, este año llevo en el asiento de delante el espejo del cuarto de baño. Tengo así una visión más completa, que incluye peinado y caída del pañuelo. En ese pueblo yo entro como una reinona desde hace veintidós años y ni tú ni el presidente del Manchester vais a cambiar eso. Bueno estaría. Sigue batiendo la tortilla, que después se queda aplastadita, como sin vida ninguna.

 

Escalas.

De los 750 kilómetros hasta la costa, digo yo de dividirlos en unos tres trayectos, a saber, dos de un tamaño más o menos y un tercero  -el último que hace más ilusión- de una distancia distinta. Eso mejoraría la atención en carretera y redundaría en una viaje lleno de circunstancias agradables, pues cuento con que tanto tu madre como tú cantaréis algo ¿ein?

 

Respuesta a Escalas.

¿Hay gasola para llegar de un tirón? Pues conduce y calla, que tengo a Pastori por el móvil. No, chata, nada, que éste dice cada día cosas más rarísimas. Me ha dicho que quiere dividir la familia aprovechando el viaje, o algo parecido. Está muy cambiado desde que se peina para atrás.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXX)

2008/09/13

A VUELTAS CON EL RESPETO.


  

1.- Todo es discutible.

2.- No se puede/debe imponer nada. Está todo dicho.

Pues bueno, démosle una ración de atasco/desatasco a estas frases. 


Con un niño de pecho no se negocian las primeras tomas, y se deja pasar la famosa cuarentena. Sin embargo, a los seis meses, cuando los cuerpos de los padres están operativos, el niño del medio año tiene que llorar en horarios convenidos. Es uno de sus primeros contratos. Y las cláusulas no suelen ser fijas ni leoninas. Rehusar la firma del convenio mata el respeto antes de nacer. Anula futuros acuerdos.

Conforme avanza el tiempo, un par de años poco más o menos, el tira y afloja se vuelve sutil, al estilo de los grandes estadistas, pues el niño ya se las sabe todas y quiere conquistar el mundo, empezando por su casa, en plan prudente y estratégico. No hay otra postura que la firmeza, no titubear, no necesitar de gritos y dejar claro quién manda. Y quien no.


¿No se puede ni se debe imponer nada?


Aquí vienen las controversias, y es fantástico comprobar lo bien que educamos a los hijos de los demás.

Nos metemos en la adolescencia.

La opinión, sin referente alguno, se hace lapidaria, inamovible, extrema, aunque contradiga la del día anterior. No hay término medio, pero el tipo duro o la rockera imparable se siente capaces para reclamar un status, no sin antes informar a sus viejos/padres de que están muy pasados, rallados, fuera de onda o la próxima expresión que se lleve. ¿Qué hay que respetar de ese criterio que se ríe de la autoridad del padre para ir en procesión a comprar fuego a un capullo más viejo todavía, al que le importa poco la reacción química que va a provocar? A su gurú, aunque sea un chufla.

Seguiría escalando edades, hasta llegar a la mía, la del cincuentón que lo sabe todo sin preguntar ni escuchar. Esta edad avisa tanto de tantas cosas que envidia la juventud tanto como la añora, la juzga y la condena.

Quiero volver a jugar con el respeto a las opiniones. Napoleón quería un general malo antes que tres buenos. El primero cometería errores y aprendería de ellos. Los otros tres no se equivocarían nunca, pues no harían nada antes de saber quién manda de verdad.

Mala cosa no tener claro lo que uno quiere decir. No se concluye. No se afina la idea. Malo lo de caminar sobre el alambre para no molestar a nadie, porque se acaba molestando a todo el mundo. Hoy no me importa. Hoy he cogido miedo a no decir la verdad. Porque creamos monstruos con cada mentira y cada vez que ocultamos la barbarie. La que tenemos pendiente de que nos devore.

Cada instante de discusión evitada por comodidad es un instante perdido. Que sepan quienes somos. Que nos respeten y que nos pidan que les respetemos, pero que se ganen ese privilegio. Constantemente. Sin tregua y a cualquier edad. Umbral decía lo de intentar ser sublime sin interrupción. Seamos, al menos, valientes alguna vez. Y juguemos con las cartas sin marcar. Respetemos, como siempre, a la persona. A las opiniones que no valen, a las huecas, a las que no se sostienen, a las que surgen del vacío, que les den. No merecen respeto alguno. Que se formen e informen mejor quienes las respaldan. Y, por favor, preguntemos mil veces antes que asentir con lo que no entendemos.

Tengan ustedes muy buenos días.