UN DÍA LIBRE.

2008/10/26

¿A que me aburro? De chico, al menos mi madre podía responderme “échate en agua”. Nada de quedarme viendo la tele (estropeada desde el lunes). A la calle, a vivir.

Me voy al supermercado. Entro ilusionado por una puerta sin colas, sin hacer ver a los demás lo tontos que son al pasar apelotonados por otra puerta. Hasta el final no veo que desemboco en el muelle de cargas para mercancías. Hago como que dirijo la forma de poner las cajas de galletas con fibra y así no me pongo colorado. Lástima de una pegatina de personal autorizado que me regaló mi primo Antonio (me la he dejado en la mesita de noche). Compro sólo servilletas de papel. Salgo a la calle otra vez. No he levantado el ánimo, pero ha sido muy emocionante presenciar cómo se daban de trompadas dos conductores de furgonetas, por una chiquillada: Uno de ellos ha tenido dos chiquillos con la mujer del otro.

Paso por un descampado, un parque diría yo, porque veo bancos rotos, jeringuillas, basura no reciclable, medio árbol y dos soportes para papeleras. Si pudiera quedar alguna duda, cuatro gamberros de peso y altura inusuales, puestos uno encima del otro, se me encaran. Negociando con ellos, me puedo quedar las servilletas, porque hablando se entiende la gente. Me las piro de la zona verde, dolido por la falta de madera del banco, utilizada por los niños superpuestos en su negociación.

Sigo buscando distracción en este día de vacaciones que me quedaba por disfrutar de los de este año, vencida ya tres veces la tentación de pasar por la oficina a visitar a los compañeros.

Cruzo la calle en diecinueve ocasiones y no encuentro en ello alegría alguna. Por tanto, increpo a dos tipos que, encima, se protegen con cascos haciendo lo mismo durante toda la mañana, cinta métrica arriba, cinta métrica abajo. Me tiran unos alicates. Los cojo, porque tengo el hueco en la caja de herramientas nueva (verde metalizada).

En el bar de Mellito, pido café: Hirviendo me lo pone. Lo averiguo al llevarlo en el bolsillo hasta la mesa, ya que se derrama un poco hacia el calcetín. Todos los parroquianos celebran mi frenética danza y, al ver que el vaso queda casi lleno, me vitorean. Salgo del bar mucho más animado, aunque sin poder hablar durante unos minutos. (Nota: pedir algo de leche fría la próxima vez. Como el año pasado).

Llego al kiosco de Andrés. Pido un periódico del día y me mira con respeto.

Cuando me cruzo con doña Cipriana, la portera del número cinco, barre fuerte para mí. Que yo ganara las oposiciones para botones y su hijo se quedara fuera, no me lo va a perdonar nunca. Aunque su hijo sea ahora el jefe del departamento. La herida seguirá abierta para siempre, según veo. No me importa, porque más tarde, igual que otras veces, dejaré las mondas de patatas de mi portal, el tres, debajo de su escalera. Lo que puede llegar a rabiar…

Son casi las doce de la mañana y, salvo algún percance, estoy sacando un buen rendimiento a esta jornada libre de horarios y disciplinas.

A la hora del aperitivo, voy de nuevo a Mellito. Sin mirar, me pone su especialidad: la tapa del día. No sé de qué día. Ni él, responde. Tardo lo justo en llegar al baño tras ingerirla. Con el desasosiego pierdo el reloj, cañería abajo. Como es sumergible hasta 250 metros, no creo que se estropee.

Con el preparado que me da la boticaria (licenciada Lola Percas), se me quita el malestar. Y las cejas. Voy para el videoclub (le digo) por si alguien pregunta por mí para algo urgente. Se quita los auriculares del walkman y me dice que claro, si con estos precios ella lo comprende. Pero qué le  vamos a hacer.

Qué pena, a primera vista,  haber caído dentro de la alcantarilla al cruzar. Pero, al ayudarme los bomberos, salgo custodiado por cucarachas y con el reloj puesto.

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DIME QUE ME QUIERES.

2008/10/26

-Dime que me quieres, Antonio, yo sólo quiero eso, -dijo Carlota, en tono meloso.

-Eso es muy difícil, -respondió él sin rehuir el abrazo-. Pídeme algo más fácil. Un regalo, pídeme un regalo. Te compraré lo que quieras.

-Yo no quiero ningún regalo. Sólo quiero oírte decir que me quieres.

-Hola, hola, soy yo; ¿hay alguien en casa?

La llegada del pequeño Ángel rompió la conversación de los padres en la cocina. Carlota dejó de mirar a Antonio, con un alto el fuego más que una simple pausa, y ella sonrió pensando “ya te cogeré”. Él conseguía retener la sonrisa pensando exactamente lo mismo.

El trabajo de Antonio era poco creativo: Control de cuentas en una gran empresa. Difícil inventar nada: Ceñirse a las reglas, acatar las normas, ser riguroso, tres lemas que habían invadido también su vida. Con sus hijos y con su mujer. Era la primera vez que parecía darse cuenta: El que naciera Ángel fue una buena noticia, pero sólo actualizó marcas de pañales. Siete años después su trabajo seguía ocupando demasiado sitio.

Se sorprendió de pronto con una llamada de Carlota al móvil: Comer juntos, cerca de su empresa. Sin razón para negarse. Ella conocía sus horarios y ese día no trabajaba por la tarde.

-¿Y los niños?

-Les he dicho que venía a verte para que te enamoraras de mí, y se han ido a comer con la abuela.

Quedaron en la cafetería Palmeras, cerca del trabajo de Antonio. Se sentaron sin comenzar con el aperitivo: Un estampido. Un atraco a un banco cercano y balas perdidas, que a veces buscan cobijo en las personas. Antonio empezó a sangrar, su cara, el cuello… Gritos, policía, ambulancias…

Despertó con las frías luces del techo del hospital sobre su cama. Un joven médico se acercó a ponerle a su lado, en una pequeña bandeja la bala que atravesó su cuello. “Ningún órgano dañado, con una hemorragia tan aparatosa, que hacía presag…” ¿Y mi mujer? ¿dónde está mi mujer?

-Acaba de morir. La bala que atravesó tu cuello había roto antes su corazón.

Antonio pensó que debería morir también, seguramente. Así podría estar con ella más tiempo, tanto tiempo. Pensó mil cosas, como es lógico que pase si tanta sangre, entre propia y transfundida, corre a mil por segundo desde el corazón a la cabeza.

Una semana más tarde, Antonio podía incorporarse en la cama. El joven médico entró en la habitación con un extraño modelo de reproductor de imágenes.

-No tengo ganas de ver la televisión. Nunca he perdido el tiempo en eso.

-Son secuencias grabadas el día del alboroto por una cámara de seguridad del banco que atracaron. Son sólo unos segundos los que quiero que veas.

-¿Quieres que vea cómo murió mi mujer?, ¿cómo fui herido? Por favor…

-Sólo quiero que veas cómo, unos segundos antes de recibir el disparo en el cuello, y aunque sea sin sonido, tus labios están diciéndole a su mujer “te quiero”.

-Es verdad, lo dije. ¿Llegó a enterarse Carlota?

-Claro que sí. Ella me dio este encargo.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXVI)

2008/10/25

Vivir del cuento.

 

Supongo que significa rentabilizar algo bueno que se hizo. Por ejemplo:

De un empujón por la espalda que le dimos a doña Fuensanta, la del cuarto izquierda, al confundirla con mi prima Menchu, la mujer vino a darse de narices con una papelera tras trastabillar un par de metros. Resultado: la bombona de butano que cayó del cuarto derecha, no vino a chafarle el moño. A raíz de aquel salvamento, merendamos cada tarde en casa de la pobre mujer, recordándole cómo le salvamos la vida, y recomendándole una marca de magdalenas más ligera, o bien unas galletitas de vainilla para mojar el cafelito. Así siete meses.

En otro caso, el tío político de Cristóbal Cañuelo le “orientó” en dos problemas del examen para maestro industrial y así sacó las oposiciones. Pues bien, durante treinta y dos veranos, Cristóbal ha bebido y pagado cervezas con sabor a “menos mal que yo conocía al tribunal, chaval, menos mal.”

Pero vayamos metiendo los dedos en el ojo.

Lo de convivir con el resto de una antigua promesa de amor ¿no cuenta como vivir del cuento?

Lo de llevar en brazos un ratito al niño recién bañado, y dormido, justo para que las vecinas nos digan padrazo, ¿no es un rédito demasiado explotado, más cuando hemos estado leyendo el Marca mientras la jefa terminaba de bañar al chiquitejo, vestirlo y recoger la casa para salir?

“Maté un gato y me llaman matagatos”, podría ser el refrán a recurrir para el lema de hoy. No está mal. Un renglón menos. Pero debería faltar algo por zampar. Veamos.

Observemos las ruedas de prensa en tiempo de elecciones. Las sonrisas, necesarias pero excesivas sin un buen chiste previo. La confianza desatada que cobran en nuestros emocionados votos, ¿por qué se deja disipar?

¿Dónde está la explicación de que nada puede cambiar? Los procesos de obras públicas, los concursos con sus plazos, ¿por qué aparecen tan engorrosos?

El trabajo de los políticos es poner a trabajar con orden a la gente, no decirle lo que tiene que soñar. Y una constante publicación de los resultados. Tanto en la consecución de los objetivos propuestos (los prometidos) como en el fracaso. Y aquí viene el atasco: ¿Cómo se contempla dar cuenta de un error grande y mantenerse en el cargo? ¿Vuelvo a llamar al fontanero que me inundó el cuarto de baño?

En muchas de las ocasiones en las que un general era encargado de dirigir una gran batalla, luchaba con el único miedo de comunicar un fracaso a su rey, pues sabía que le costaría la vida a pesar de glorias anteriores. El extremo opuesto, el de no dar cuentas cada día de una responsabilidad, es imperdonable.

En general, he querido plantear cómo se deshinchan instituciones que crecen para sí mismas tras convencernos de su necesidad, como son los partidos, los sindicatos y la iglesia, entre otros, para mantenerse por encima de aquello para lo que fueron creadas. Una reflexión, me parece, inevitable. Ya la concretaré un poco más. Mientras, al menos, que pidan disculpas o dimitan. Un poner.

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXV)

2008/10/18

Eso de vivir bien.

 

Voy a meterme con alguien. Mejor que sea poderoso y anónimo. Simbólico. Lejano.

Alguien que simbolice el poder, cuyas decisiones, invisibles para la mayoría, nos hagan barruntar que son los que estropean el mundo.

Por ejemplo, un presidente. Cualquier Bush de los yanquis no es mal recurso, pues tiene además la ventaja de que, al ser  un tarugo, representa el tonto útil estándar para atacar los grandes núcleos tormentosos. Pero queda demasiado lejos.

Un poner, la Iglesia. Antes la única, era fácil de arremeter. Suponía la aceptación del poder único y absoluto, de origen divino. Por tanto, indiscutible.

Pero será porque me aburre, apuntaré más bajo.

Me voy directamente a mis higadillos.

¿Hasta qué punto renunciaría yo a teclear un ordenador maravilloso de monitor plano, si supiera cuánta hambre se remediaría por escribir a lápiz?

¿Y cuántas vacunas a cambio de mi microondas?

Respuestas varias incluirían que si no te lo venden a ti, lo comprarían los afganos, un poner, ya se vería con qué plan de marketing salvaje.

Pues bueno, les respondo, pues me alegro. Y no me preocupo. Y sigo con lo mío.

¿Está ya todo el tinglado montado de modo irreversible?

¿No hay futuro de horno eléctrico para los indostaníes? ¿Tienen derecho?

¿A cambio de qué coño de mandato irrevocable nuestro hemisferio está llamado a tener energía para máquinas y a vendérselas a los africanos a cambio de hipotecar sus países?

“El mercado se reforma cada cierto tiempo. Es un mecanismo.” Y aceptamos la sentencia, para que no proteste el estómago al ver las imágenes de otros seres humanos sin agua corriente ni dignidad. También dijeron que la guerra es la cirugía de la Historia, la Historia que ahora consumimos en tetrabrik. Y ya está la explicación.

Insisto, ¿a qué podría renunciar? ¿No somos capaces de medirlo?

Si todos los habitantes del planeta tuvieran frigoríficos no habría ozono. ¿Ni ingenio para fabricarlos de otra forma?

“Mientras no nos toque…” Esa es la jodía frase que se ha sabido implantar en nuestro sistema de medida para la barbaridad del organigrama. O bien “Tiene que haber un residuo en cualquier proceso”. Y en cómo echamos las cuentas hoy en día el residuo es humano. De un montón enorme de personas.

¿Nos cogerá jugando al pleiesteichon? Me refiero a ese momento en que, por no haber sido solidarios, aquellos que no tienen nada que perder digan basta.

Un ejemplo tontorrón. El agua. No somos sus dueños, pero, como la gestionamos con máquinas, nos la apropiamos para derrocharla.

Una propuesta tontorrona: ¿Por qué no se fabrican grifos con números del uno al diez para su apertura? Cada nivel para una cosa. Cada cantidad medida para un gasto concreto. ¿Difícil? Seguro que no para los ingenieros.

¿Y el resto? Cualquier invento que proponga reducir el derroche me vale.

¿Y comer para alimentarse? Esa es otra. Pero es que comer y tirar la mitad da sensación de poder. Y el poder es lo que nos engaña, nos confunde desperdiciar con vivir bien.

Y del resto, mientras ese resto no seamos nosotros, nos suda la tongadonga.

Si pueden, después de la brasa que les he soltado,

Tengan ustedes muy buenos días.


Lola y Carmela

2008/10/12

Lola Polola y Carmela Pamela,

socias presuntas, siempre van juntas,

han atracado el banco de al lado

y la discoteca. Por la hipoteca,

no es que sean malas; y ¡ni una bala!

Llevaban medias marcas Heredia

en la cabeza, ay qué torpeza.

Si tú las vieras… con las carreras

les vi las caras y las vi bien claras,

así que anuncio que las denuncio.

Y venga al trullo, par de capullos

de alhelí blanco, destrozabancos.

El juez las nombra, y a la malasombra,

por cinco años, salvo el apaño

de redenciones, o condiciones

que dan excusas a las reclusas

menos tunantes, y salen antes.

Pagan la pena, acaban condena

y salen del talle para la calle.

Pasa delante un venta ambulante

que ofrece medias marcas Heredia

con mucho cuento y mucho descuento;

Aún con tacones, dos explosiones

de velocistas especialistas

desesperadas, van disparadas

sin detenerse, para perderse

de las tragedias que dan las medias.

Desde mañana, bragas de lana;

nada más piden, las dos coinciden.

Y ya más despacio, buscan a Ignacio

el delegado de los mercados

que las escuche para que luche

por un trabajo aunque a destajo.

A partes iguales, que son leales.

Y cuando amanece, el puesto trece

plaza de abastos, van sus canastos

de papas buenas y berenjenas.

Junto a los rábanos y con los plátanos

fruta madura y mucha verdura,

construyen planes con sus afanes,

tras tras las rejas, hay moraleja:

Ser verdulera no desespera

ahora que piensan, les recompensa

ganar las perras con menos guerras.

Vendrán las flores, tiempos mejores,

Fuera quejarse, hay que animarse

no queda otra, salvo la potra

de mucha tela de una quiniela.

Comer caliente ya es suficiente.

Y el cuento fuera, de la lechera.

 

 

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXIV)

2008/10/11

 

“Si dinero al amigo, perderás las dos cosas”, dice un filósofo.

Pedir prestado para devolverlo luego es el fundamento. Para resolver algo difícil, inmediato o futuro, que después me permitirá respirar y poner de nuevo en tu mano, o en las de quien lo precise, lo que soltaste para mí.

El problema es que no pedimos valor, para no temer más a un golpe en la cara que a la vergüenza de dejar al débil maltratado por una jauría.

Ni pedimos esa pizca de tiempo, un chuflisegundo, lo que se tarda en evitar la humillación a quien se ha equivocado, al decir mal algo que creemos saber muy bien.

Ni esa elasticidad que permite levantar el culo de un asiento, tanto para dejarlo libre como sabernos capaces de ayudar a recoger la mesa.

No nos da por pedir esa mirada que lleva sin posarse en nuestra pareja, que equivaldría al toque que la luz da a través de una lupa y encender de nuevo la llama que lleva al beso.

No nos sale pedir que se baje del escenario a quien grita “¡a por ellos!”, sin saber quiénes son y que no se lo merecen.

Ni pedimos una semana de nuestras vacaciones para llevar ayuda a gente que vive con lo que no sabemos aprovechar. Eso después de no haber sabido pedirle al que dicta la moda que se calle sus mandatos en las ropas que hay que ponerse.

No es frecuente pedirle una hora de silencio al televisor para preguntar cómo están a los que tienes tan medidos que lo sabes todo sobre ellos. Tus amigos.

No será de las diez cosas más solicitadas aquellas que tienen que ver con el detalle de preguntar qué buscan a quienes visitan un hospital por primera vez. Mejor dejarlos con su peregrinar por plantas. Nosotros ya tenemos nuestros problemas para crearnos conflictos con catetos que no entienden y hablan a gritos.

No recuerdo haber pedido teléfonos a grupos de adolescentes, niños y niñas, para llamar a sus padres y avisarles de que sus hijos están tirados con el alcohol saliendo por su nariz. Sólo se me viene a la memoria pedir, en esos casos, un par de bofetadas para dárselas y que aprendan con ellas lo que es disciplina y vivir dentro de nuestro orden.

Recuerdo, en cambio, haber pedido algunas cosas a lo largo de mi vida: Complicidad a los viejos al emborracharme, silencio a los colegas al cometer fechorías, comprensión ante el fracaso, encubrimiento al insultar desde la masa, paciencia ante mis fallos. Y todo eso no sólo me lo prestaron. Me lo dieron.

Como empecé diciendo, sería cosa de devolver algo.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXIII)

2008/10/04

Cuestiones (todas obvias) del momento.

 

La cercanía.

Con quien tienes al lado es con quien puedes descargar la mala baba y ponerte filósofo, histérico, desencantado e incluso violento. No siempre estás decidido a matar a tu vecino o compañero de trabajo. Es que cumplen estar cerca y, por tanto, a tu alcance. Por eso se llevan unos disparos de más, tampoco es que te dediques a vaciarle un cargador cada tarde. Por eso, salvo excepciones, se han machacado países con fronteras comunes. Porque les cogía a mano. Era obvio.

Lo mismo para el amor, el enamoramiento o similar. ¿Quién nos dice que nuestra media naranja no se encuentra en un centro comercial de Groenlandia, o junto a un charco del paralelo 34? No, en general, no. Nos fijamos en la muchacha del supermercado, en la que baila cerca, o en la profesora joven recién llegada. Y si no hay plan, volvemos a visitar a la vecina de arriba buscando azúcar. Si no nos pregunta por la diabetes, es que hay posibilidades. Viva la pasión de la conquista. Y el vértigo de los escalones.

La pobreza. La riqueza. El sistema.

Juegos malabares, debería resumir. El mundo rico es rico porque se compara con el pobre, qué joder. Si crecemos con nuestra economía de mercado, impidiendo al Estado que intervenga salvo cuando nos pega uno más grande, nos sentimos orgullosos. Nos da igual desperdiciar o degradar. Y no nos acordamos de que devastamos pueblos que nos ven arramplar con su gas y su carbón a un precio de mierda, hasta que viene otra vez el matón de la clase en forma de jeque vacilón y nos quiere vender el petróleo a precio de sangre. Pobres de nosotros, que, quién sabe, tengamos que dejar el televisor apagado durante toda la mañana. Como cuando éramos tercermundistas, maldita sea.

Los valores. El respeto, la paciencia, la disciplina…

Si es que no puede ser: los niñatos asquerosos de hoy nacen sin el gen de los valores incrustados en el píloro, como cuando nosotros, los buenos. Pero nadie tiene los santos plintos de reconocer que nuestras madres eran firmes, aguantaban las rabietas mientras guisaban. Y, cuando llegaban nuestros padres del trabajo, nos leían la cartilla y sabían ponernos firmes. No vamos a reconocer nosotros, los buenos, que hacían, sin más, su trabajo de padres y recordaban que la autoridad, en forma de maestro, jefe, barrendero o persona mayor, era sagrada. Porque sin ella no valemos un krajo.

Hoy, seguro, los niños nacen tontos y, por más mandos a distancia que les damos, y más móviles que les encendamos, no se enteran de nada. Les engorda la barriga y pierden masa cerebral. Se insultan como forma de relación y rompen cosas por romper. O porque no han descubierto que no hay que romperlas. Criaturitas. Nosotros, los pobres padres, abnegados educadores a gritos desde lejos, no sabemos ya qué hacer. Ni qué más comprarles para hacerlos felices, buenos ciudadanos y personas responsables. De lo del castigo a tiempo, en prueba de buena voluntad, nos leímos los dos primeros fascículos.

Hoy me ha trincado, camino de vuelta a casa, el espíritu de la vieja esa, una tal doña Rogelia. Ruego disculpen, si lo tienen a bien. 

 

Tengan ustedes muy buenos días.