Reflexiones de un sábado por la mañana (XLI)

2008/11/29

Desigualdades. Por la cara.

 

Sin grandes conocimientos de la Economía como Ciencia (Ciencia del comportamiento humano, nada de Ciencia Exacta), al explicar sus misterios caemos en la complacencia del sistema con menos facilidad, pero con un mínimo grado de cinismo, que en el caso de que fuéramos entendidos en el juego de la ingeniería financiera:  

Entonces no perderíamos el tiempo en comentarios ni explicaciones. Nos limitaríamos, como está ocurriendo, a dar lo que llaman soluciones como las mejores. Aun más, como las únicas posibles. Al resto, ni agua.

Pensemos en el antiguo origen divino del poder y en el moderno origen divino del capital y de la propiedad. Ambos necesitan de una enorme cantidad de gente, de seres humanos, que alaben, adoren, envidien a unos pocos y se traguen ser carne de cañón, público que aplaude enfervorizado y, recientemente, masa que pone cada uno lo que puede para restituir los dislates de los magnates, esos pocos pero oscuros y todopoderosos directivos del dinero que, ahora que no tienen más remedio que reconocer errores, ahora sí, plantean que entre todos levantemos de nuevo el cotarro.

Si no hay pobres no hay ricos, igual que si no hay torpes nadie parece listo. En principio, la frase no resulta falta de lógica y se trata de que resuelva la enorme distancia en calidad de vida que hay entre unos y otros seres humanos.

El atasco viene cuando El Caos reparte los papeles. Al que El Fondo de Inversión se la dé, San Dividendo se la bendiga. Hay que conformarse.

Si se nace en el sitio adecuado, se obtiene y se mama una concepción del mundo en la que no se concibe que nos reclamen nada. Está el derecho de nacimiento a ser rico y guapo, a manejar máquinas y perfumes concebidos para unos pocos. Y ya está.

Después, en un escalón inmediato inferior, o tal vez dos, estamos los que, con hacerle un poco la bola a los mega dioses, obtenemos las suficientes migajas como para ir tirando, de tal modo que podemos escupir sobre los de siempre, los que no han sido agraciados. Mientras no nos coja…

Globalmente, el capitalismo se ha dejado ver en su modo descarnado de ver la vida. A pesar de la descomunal diferencia de rentas, se le ve venir como al lobo que es, con los colmillos sucios de depredador. Pero no sabemos organizar la creación de riqueza, y mucho menos su distribución, de otra manera.

Qué bien ha venido el comunismo para tener entretenido a un buen puñado de gente, sin grandes reclamaciones de bienestar. Sin hiperconsumo. Se acabó. Quieren lo que tenemos algunos. 

Preguntas hay muchas. Propongo las de siempre: ¿Quién renuncia a una parte de su renta disponible para mejorar las de los desheredados? ¿Podría funcionar el mundo con la igualdad real de riquezas? Y otras, que necesitarían esos conocimientos suficientes como para explicar que el mercado tiene sus propias reglas, que se regula por sí mismo… como siempre.

Nos debe quedar la solidaridad, esa que dice que el 0,07% de lo que ganamos debería bastar para ayudar a salir adelante a los que esperan una oportunidad. Pero propongo que sea de lo que gastaríamos en cerveza. Nada de sacarlo de los presupuestos generales: Que salga del bolsillo individual. Que sepamos qué queremos que se intente. Que nos duela algo. Que sintamos algo.

Tengan ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (XL)

2008/11/22

Poner verdades sobre la mesa. Y demás.

 

¡”Niño, estudia, para que tengas un porvenir!”. Versión pastosa, respetable siempre, pero cansina. Ya no recibe ni un solo ¡”déjame, mamá, que sé lo que hago”!, o bien “¡luego termino!” que daba juego para una discusión de al menos diez minutos, con final clásico “yo te lo digo por tu bien”.

“Hoy no vienen a regalarte un puesto de trabajo, con la competencia que hay”. Sentencia actualizada, es verdad, pero que tiene un antídoto rápido y variado: “Yo quiero hacer lo que me gusta”, o bien “para lo que pagan, prefiero establecerme por mi cuenta”. Las dos, por su parte, tienen respuesta puretona con retranca: “Claro, mientras las dos cosas te las paguemos papá y mamá, así cualquiera”. Aquí portazo para terminar, pues esperan los colegas.

Y otros ejemplos no muy distintos…

Pero ¿para cuándo un sistema operativo universal, sustituto definitivo del sentido común jamás alcanzado por más que se invoque?

La lógica no es la única forma de sabiduría. La verdad no es única. La búsqueda de lo único suele ser búsqueda del fanatismo. ¿Entonces?

Si tuviera que haber guerra los cinco de cada mes, que fuera guerra de guerrillas. Es la única verdadera, la que nunca debió ser sustituida por los videojuegos de masacres o la mariconada del misil tierra aire. Me gustaría mirar a los ojos de quien no me ha visto nunca y dice odiarme para que sus empresas absorban a las de mi país y su bandera se clave en la mía.

Si tuviera que haber sufrimiento, siempre en horario de mañana, que fuera merecido, consecuencia de cualquier canallada previa. Me dolería igual, pero protestaría menos.

Pero no hay lógica absoluta. Hay que buscarla en cada metro cuadrado, en cada situación, no hay más. Ni lo habrá. Es el momento concreto de evitar los problemas, o evitar que crezcan hasta convertirse en monstruos ingobernables, ahí hay que pararse.

No podemos convencer siempre. Pero negociar sí. Y basta de hostias: Más vale un buen preacuerdo matrimonial que diez órdenes de alejamiento incumplidas. El amor que venga cuando se le busque, no sólo cuando se constituya la sociedad conyugal.

Verdades. Absolutas, medias, eternas. No conozco muchas. Si acaso ésa de que sé que no sé nada, pero que soy lo que aprendo. También soy el daño que no hago y algo de la renuncia que consigo a una felicidad inmediata y una gloria celestial posterior. Las dos me parecen verdades evidentes. Las dos me hacen colgar y rogar que no llamen más.

Gracias, Javier Krahe: “Prefiero caminar con una duda que con un mal axioma”.

Tengan ustedes muy buenos días.


INSPECTOR NILLO. UN CASO RESBALADIZO.

2008/11/15

El cadáver fue hallado por el tipo que lo encontró. Estaba tendido en una posición inverosímil, sin duda el resultado de alguien que se hubiera tomado mucho tiempo en colocarlo de ese modo: mano derecha sobre rodilla izquierda, varios caramelos cerca y cabellos desordenados. La labor de un desequilibrado, tal vez.

La muerte se produjo temprano, se dijo el Inspector Nillo. El instinto se lo decía, en pijama y con el despertador en el bolsillo izquierdo de su batín. Volvió al coche patrulla, diciendo a Martínez Ponce, oficial de guardia, una frase de manual: No hay nada que hacer aquí, Martínez. Y se fue andando porque vivía en el portal de al lado.

Horas más tarde, con el pijama bajo el uniforme, Néstor Nillo llegaba a la comisaría. Desplegó un documento sobre la mesa que había traído del lugar del crimen. Se trataba de un folio en blanco doblado cuidadosamente en siete partes, rompiendo con toda la Geometría conocida. Dibujó un arbolito y lo tiró. Sabía cómo perder el tiempo.

Algo más tarde trajeron las fotografías hechas por los muchachos de la policía científica al cadáver inmóvil. La mayoría estaban movidas. Pero en una de ellas, tal vez con un encuadre simple y con una luz débil, halló un detalle que a cualquiera le habría pasado desapercibido: Bajo su oreja aparecía una piel de plátano. Decidió volver a la escena del crimen. Menos mal que me coge cerquita, pensó.

El lugar era una lóbrega salida de camiones del mercado sur de la ciudad. Cogió su lupa y maldijo de nuevo la falta del cristal. Con unos guantes rebuscó entre los alrededores y pintó un bigotito en la parte del rostro –aproximadamente- de la figura de tiza del cadáver. No encontró la cáscara que buscaba. Cáscaras, se dijo. Y se fue. No sabía que estaba siendo observado desde muy cerca por alguien que, en su mano izquierda, acariciaba un plátano poco maduro, sobre cuya piel estaba escrito con tinta invisible un nombre: Néstor Nillo.

Al llegar a casa, su mujer le dijo a gritos ¡¿qué horas son éstas de llegar?! Néstor contestó con voz trémula y su esposa pudo poner el reloj de la salita en hora. El inspector se acostó pronto. Estaba hundido. Al día siguiente, sin falta, cambiaría el somier, pero no el colchón. No era necesario.

Se levantó temprano y su mujer no le permitió llevar el mismo pijama de patitos bajo el traje. Subió a regañadientes a la habitación a cambiarse y terminó después su desayuno sin levantar la vista. El furor que le dominaba se hizo patente al no recoger su manzana habitual. Ella se mantuvo firme: nada de pijamas bajo el traje.

Al entrar en su despacho, Nillo vio su correspondencia: Un sobre grande amarillo sobre su mesa. Lo abrió con la rutina del que sólo abre un sobre al año. Dos tal vez. En el interior, una carta con letra gótica y el siguiente mensaje:

“Te vi a dá poco. Tú ere er siguiente, shavá. A mí no me mete en shirona otravé ni tú ni tré como tú, hilipolla, que eso é lo que tú ere: un hilipolla; ná má“.

Nillo estudió el trazo de la escritura. No era su cuñado Luis, pero le llamó por si acaso para decirle que le devolvía el vídeo, la máquina de afeitar y el palustre esa misma tarde sin falta. El cuñado le dijo más o menos que “por mí como si te la machacas Néstor, pues no soy tu cuñado tras el divorcio entre tu hermana y yo, hará cosa de tres meses”.

Repasó rápidamente los casos donde la gente que él buscaba o detenía –veintidós años de trayectoria profesional- acababan en la cárcel. Eran cuatro:

Eugenio Garcés, ladrón de bancos. Devolvió todos salvo los de piedra y se pasó al tráfico de sillas y butacas, mucho más fáciles de colocar. Andaba en Caracas desde hacía unos meses. No podía ser él.

Juanito Magenta, un exterminador nato. Pero no había devuelto el cambio en sus últimos trabajos a domicilio, y en uno de ellos dejó dos cucarachas de distinto sexo, con la clara intención de hacerse necesario, el jodío. No era fácil que se tratara de Juanito, porque le estaba haciendo burlas a través del cristal, en el calabozo seis.

Eduardo Taranto, un extraordinario exhibicionista. Se proponía tantos puntos de vista al día que, viendo que no llegaba por el tráfico, ponía vídeos suyos en esquinas concurridas. Pensó en él como posible asesino, pero era difícil, cuando se trataba del cadáver hallado el día anterior. No, -se dijo-, seguro que no.

Antonio Percas, frutero. Lo envió a chirona por… ¡sorteo! Recordaba perfectamente el caso. Se dedicaba entonces al tráfico ilegal de frutas, verduras y hortalizas. Lo llamó por teléfono:

-Oye, Antonio, ¿tú te has cargado a Eduardo? -le dijo.

-No, qué va -dijo Antonio.

-Lástima -respondió Nillo-. Pues nada, buenas tardes.

-Buenas tardes.

Terminó su jornada y salía por la puerta principal, desengañado. No iba atento a nada, como siempre, y no vio la lluvia de cáscaras de plátano que brotaba del cielo. Comenzó resbalando en el primer escalón y cuando iba por el quinto sus pies volaban al estilo de un saltador de longitud. No pudo evitar el camión que se dirigía al hotel. Pero el camión giró y su contenido, mantelerías limpias, amortiguó el impacto de Nillo en su caída y provocó decenas de cenas con papel de periódico, haciendo por tanto el papel el papel de mantel en las mesas esa noche.

Se levantó tan rápido como pudo. Y esa media hora que perdió le hizo imposible buscar en el tejado para perseguir al resbaladizo criminal. Había descubierto su modus operandi, la forma en que quitaba de en medio a sus víctimas.

Entró en su casa por la puerta de atrás, armado con una escoba y un cubo de basura. No le sorprenderían fácilmente.

Su mujer le dijo que estaba de su lado. Tienes razón, estoy desolado, le respondió, pero no tengo tanto miedo como parece.

Pasó la noche en vela, esperando a su enemigo. Y éste no tardó en llegar. Lo supo cuando se apagaron todas las luces y sonó el teléfono. Su mujer le propuso un buen plan, que resultó decisivo: bajaron las escaleras arrastrándose, y con bolsas de plástico. Recogieron poco más o menos un montón de cáscaras de plátano, de ingestión reciente unos, comido hacía unas horas el resto. Y allí estaba el tipo: Bajito, cabezón, vestido de negro. Lo atraparon entre los dos y no pudo gritar: aún masticaba el último plátano. Pronto llegó el comisario Poniente con dos coches patrulla. El caso estaba cerrado.

Mientras Nillo y su mujer tiraban a la basura el último despojo bananero, el asesino se volvió hacia él, para que le preguntara por qué quería matarlo. Nillo no lo hizo. El homicida le habría respondido con chulería que no podía ni verle, y que le odiaba muchísimo, pero no pudo ser. Nillo no le dio esa satisfacción, ocupado como estaba en cerrar la bolsa de la basura.

Al entrar en su habitación, Nillo y su esposa pisaron una cáscara traidora casi invisible y salieron disparados hacia el colchón, donde quedaron atrapados. Decidieron aprovechar la situación. Ya llamarían al colchonero al día siguiente.


Quede para el lector la duda de si trajo un documento o una mesa del lugar del crimen.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXIX)

2008/11/15

Recomendaciones.

 

            Sobre religión.

Apuntarse a esa que dice aquello de “No recogerás más el polvo bajo las camas, y estarás más atento a echar los más posibles encima de ellas.” Y añade que “El número de polvos no es infinito”. Esa es la verdadera. Lo que pasa es que no me acuerdo de cómo se llama su dios ni sus profetas. Lo que sé es que no tiene Papalinas, Cardelos, Obesposos, Sacerdos o Monagas; ni siquiera Sacrestas: Tiempo que se ganan sus beatas en aplicarse sus mandamios.

 

            Sobre política.

Partidos que puedan volver a pegarse una vez rotos. Nada del que no tenga hecho un depósito de garantía previo. Un sistema claro que no dé tiempo a decir “me voy” antes de verse de patitas en caso de Trincosis generalizada. Que hace falta mucho guarda forestal y mariposas como para estar haciendo tanto el capullo.

 

Sobre cultura.

Leer, de nuevo, al aire libre. Este siglo será el que reemplace al papel por el silicio, puede ser. Que no sea el que, además, reemplace el soñar de un cuento por las pesadillas de los puntos del videojuego. Si se atasca un libro, a por otro. Y, en medio, un cómic para hacer la digestión. Mientras se coge el tranquillo a este proceso, escuchar.

 

Sobre la bebida.

Que suponga, no siempre, no por obligación, celebrar. Si bebo es porque tengo alguien al lado con quien disfruto en un sopor, soportado por el alcohol, que me hace evadirme de rutinas y trabajos, no que me induce un coma periódico. Que no me obligue a estar acarajotado de modo constante. Razones morales aparte, si no me entero de lo que bebo, ¿para qué lo ingiero? No puedo salir borracho de casa para que el botellón me multiplique los efectos. Un poner, mi sobrino que afirma “Yo bebo porque soy parcialmente feliz, porque me gusta y, más de una vez, para acercarme a esa piba que me ha hecho una señal. Si no, de qué”. Pues bueno.

 

El tabaco.

Una agresión, echar humo en vez de aire, quitar el sabor a la comida, apestar la ropa… Bueno, bueno, bueno.

No he fumado en mi vida, pero no formo parte de canallas asesinas. Simplemente, porque me da la gana, invito a no fumar de modo compulsivo. No recuerdo caras de placer como las de amigotes que, después de una comida tranquila, se ponen su copa de coñac, encienden un pitillito o un puro y se echan para atrás con los ojos cerrados. ¿Quién soy para quitarles ese momento?  

Lo que no firmo es encender uno con la mitad mal fumada del anterior. Me agobio porque trago más humo que ellos y no veo más que prisa. Digo yo.

 

En general.

Estar atentos, y serlo.

Perdonen la miscelánea, forma fina del desorden y

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXVIII)

2008/11/08

Costumbres.

 

El viejo con libreta de ahorro número 3 de la Entidad Financiera Cajeuro, se toma su tiempo cada día de fin de mes que acude a cobrar su pensión. Es un clásico. El director de la oficina le saluda, la interventora le acoge hasta acercarle a la ventanilla y la cajera se sabe de memoria cómo quiere los billetes. Se trata de un mecanismo de precisión que termina con saludos cordiales.

El primer mes que, en lugar del viejo, enfermo, acude a cobrar el segundo titular de la libreta, nadie saluda a nadie, se registran tonos hostiles por ambas partes, y el resto de la cola muestra impaciencia.

Nos han robado una rutina que incluía un componente de amabilidad. Curioso.

Fin del introito-digresione.

 

En las parejas, mientras no hay roces, se cumplen ritos incontables desde que empieza el día. Hay quien deja entrar primero al baño, mientras prepara el café y se coordina hacer la cama con ir sacando el coche.

Rutinas protectoras.

¿Qué nos da miedo, la soledad o el desajuste?

Pero ¿Por qué se soportan desaires entre quienes conviven muchos años? ¿Es el precio a pagar por la seguridad?

Si saltáramos a la primera grosería o desdén, nuestros padres y más instituciones soltarían que no tenemos paciencia. Pero yo opino que pondría sobre la mesa que el respeto, más bien su pérdida, no puede ser una costumbre.

Aquí la conclusión no es de premio Nobel:

La única bofetada que no puede soportar una mujer (ni nadie, pero hablo del maltrato) es la segunda. La primera sólo te sorprende, no te somete.

A base de pequeñas muestras de desprecio que parecen diluirse en medio del socorrido sexo y su pasión, se va instalando la pérdida de la autoestima de la mujer, hasta llegar a ser ella la primera en perdonar las agresiones.

Ni hablar.

Si al día siguiente de la boda surge un “tú te callas” o un par de “¿tú que vas a saber?”, hay que ponerse a hacer las maletas otra vez y volver al apartamento de soltera.

Para no crear costumbres.

Porque si al principio no demuestras quien eres, no podrás después aunque quisieres”.

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XXXVII)

2008/11/01

Pequeños detalles.

 

Crisis mundiales y mi suegra, con un álbum familiar entre las manos, pregunta por unas fotos donde se ve a mis hijas pequeñas junto a unas flores. La observo durante un rato pasar otras hojas del álbum y, de vez en cuando, me sonríe.

-Merece la pena todo este lío, ¿verdad?

Me desarma. Hoy tenía una conversación preparada donde intervendría la Historia junto a artículos recientes, la Economía con un par de capítulos de algún libro y, como conclusión, la Estadística, que redondearía la charla para llegar a que la condición humana es “muy compleja”.

Mi suegra vuelve a sonreír con un par de fotos deliciosas y repite el comentario anterior. Le respondo que sí, que merece la pena.

 

En una reunión más o menos familiar, y sólo me ha ocurrido una vez en mi vida, quise presumir de las habilidades de mi hija. Ella no entendía que yo esperara verla lucirse, demostrar nada. Antes de irse a otra habitación, a jugar con los niños, me miró durante unos instantes. Sin hablar. Avergonzado, al menos pude sostenerle la mirada para pedirle perdón. Como he dicho, fue una vez. Gracias a ese pequeño gesto, mi honor lo deposito en lo que hago yo y lloro por su pérdida cuando dejo de hacer lo que debo. Mis hijas me dan alegrías, no cheques de orgullo.

 

Con diez años, fui incapaz de hacer una redacción sobre el coche. La flojera me pudo y la noche se me echó encima. La vergüenza me hizo despertar a mi hermana que, muerta de sueño, me dictó el trabajo. Recuerdo como no pestañeó al ver la buena nota que puso en mi cuaderno el profesor. Y no era precisamente sonámbula. Era, simplemente, mi hermana mayor.

 

Por casualidad, espié a mi mujer de escaparate en escaparate unas navidades. Pude ver cómo se le encendió la cara cuando supo que en esa tienda sí estaba el juguete que  buscaba. No cambió la mirada al ver cómo la niña abría la caja.

 

Andan por ahí unos amigos de los que presumo. Voy aprendiendo a estar más pendiente de ellos, algo más atento, para ver si, cuando se presente la ocasión, agarro y les digo que aquí estoy, como hacen ellos.

Sé que muchos de esos momentos no son ruidosos. Por eso hay que estar cerca, para poder oírlos.

 

Tengan ustedes muy buenos días.