Reflexiones de un sábado por la mañana (XLV)

2008/12/27

Eso de estudiar.

 

El primero que se levantó de la siesta en el Mioceno, hará cosa de más de un mes, se puso a observar: Se repetía la salida del Sol, la oscuridad… Después, pudo poco a poco con el fuego para calentarse. Acción-reacción, causa-consecuencia. Atención a las cosas: Aprendizaje.

 Minutos después, se acumulan unos pocos de conocimientos más: Hay valientes, o temerarios, que se lanzan al charco y, dentro de una cáscara de nuez, con el mar jugando a hundirlos, aprenden a medir distancias entre pedazos de tierra nunca antes comunicados y, más aún, entre estrellas que nunca se comunicarán entre sí.

Se hacen sabios además de valientes.

Pero se mueren, es otra costumbre. Y los que han estado a su lado, más jóvenes e igual de ambiciosos por conocer y manejar el mundo, heredan sus  habilidades.

No queda más que escribir sobre lo observado, lo experimentado y lo, para siempre, convertido en conocimiento humano. No hay mejor forma de transmitir que dejar escrito.

El regalo crece y se desarrolla. Hoy, en definitiva, se tiene Todo al alcance de todos. Y es hoy cuando surge el desprecio por la sabiduría.

Mucho tiempo para llegar al meollo. Lo siento, es lo que hay.

Hoy se  puede ser ingeniero o tener el título de tal. Ser matemático o tener un papelito que lo diga. Yo, que soy de los segundos, lamento como pocas cosas en mi vida no haber tenido el latigazo en el cerebro que me dijera lo que estaba heredando: El esfuerzo de tanta gente a lo largo de tantos años.

Un chavalote (va desde los diez hasta los titantos) usa la tecnología como un regalo, que no exige esfuerzo, que no le pide nada a cambio. ¿Para qué aprender un mínimo de la ciencia que es capaz de aplicar dicha técnica y aplicarla a fabricar cacharritos? Pregunta que encierra el mayor de los desprecios.

Cuando veo a gente joven enamorado de lo que hace, siento alegría, verdadera emoción. Ver que se organiza para disfrutar la juventud, salir, beber y bailar, sin que su tiempo de formación tenga que irse a la basura, es una señal de inteligencia enorme. La mayor posible.

Ver que se valoran el lenguaje, la literatura, la historia… junto a las ciencias, en arranques individuales y autodidactas es un lujo. Si además los planes de estudio se hacen ágiles, cada vez más, la difusión del saber se hace grandiosa y efectiva.

Basta de invasiones bárbaras. De relajación en la lectura, de faltas de ortografía. Viva la gente que se esfuerza por aprovechar el lujo de una carrera universitaria y, además, se siente con ganas y lleva a cabo la aplicación de lo que aprende.

Basta de continuar el bachillerato como niños aburridos.

Sin más,

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XLIV)

2008/12/20

Comer, beber, amar.

 

Parto de una de las primeras películas con personas y formas de vidas chinas, aunque la acción se desarrolla en USA, sin que el guión se escriba en un 90% a base de patadas giratorias: Aquí había giros más interesantes, con un buen guión y unos personajes creíbles.

El punto de partida –con un título envidiable- me lleva sin más a coger cada uno de esos tres infinitivos y tratar de ponerlos en jaque.

Comer.

Si un concepto se pone difícil de explicar, se le rodea: Se dice lo que no es y puede ser más fácil. Comer NO es engullir. Está claro que es quitar el hambre y proveerse de –y recuperar las- fuerzas. Pero es mucho más. Es tiempo de pararse, aún en los pequeños huecos que dejan tantos trabajos de malos horarios. Es tiempo de poner la mesa –y quitarla- desde pequeño. Tiempo de servir –no siempre la misma, la madre- y –ojalá para todos- tiempo de charlar en la sobremesa. Antes, está el tiempo de condimentar, pasar por el fuego o el horno y –sin duda- adornar para obsequiar la vista y preparar el paladar. Es un ritual regalado que no necesita más dinero que ganas, ni más lujo que la pequeña ceremonia.

Beber.

Podría ser tragar un líquido, despacio o eructado a posteriori, que, al distribuirse por los distintos canales preparados al uso en el cuerpo, llevan sales y demás cosas necesarias a las sedientas células… Pues bueno. Yo voy directamente por líquidos que se han apropiado del verbo en sí: Los refrescos y los que tienen alcohol. Los primeros se han desmadrado. Se ingieren debido a una dependencia brutal del sabor azucarado tan fácil de mantener desde que los caramelos nos lo instalaron. Se beben sin sed, dejando las latas a medio vaciar tiradas por el suelo. Se mezclan con bebidas alcohólicas en grandes cantidades para hacerlas –no sabemos a cuál de las dos- más justificables. Y las alcohólicas, las que celebraban una cosecha, ahora cosechan celebraciones. Bebamos, que algo se nos ocurrirá. Si mañana –cinco años- protesta el hígado, algo habrá en la farmacia. Pues bueno. Yo llevo cuarenta y cinco años bebiendo vino y me cogió desprevenido una borrachera. Eso le pasa a cualquiera. Pero ni una más. Yo disfruto cada copa. Se trata de distribuir un poco mejor la ingesta. No pido más planteamiento que ése.

Amar.

Si no interviene el sexo, no hay facilidad para pegarle al concepto un par de revisiones –actualizaciones, versiones algodelove.2008.0, pongamos por caso. En los trabajos, donde pasamos tanto tiempo, las rencillas y la maledicencia constante nos atacan sin parar. Un tono de voz –por ser lunes y tener la culpa quien nos habla- es detonante suficiente para la cara de asco. Superarlo sería desaprovechar la opción de bronca. En casa –pidiendo el turno para ser el más cansado- se solicita el sofá y el servicio a domicilio en el salón. Con los amigos, si uno se ha metido en un lío, se tira de la mano que nos dan y da igual si los arrastramos también al agujero. Que para eso son amigos, qué leches. Ni hablar: El amor es la fuerza para luchar contra esas broncas.

A comer voy aprendiendo. Como menos, pero mejor. No engullo, paladeo y mastico y le hago la misma fiesta a un pan con aceite que a una buena gamba, cuando la pillo.

A beber me enseñaron mis tíos. Se bebe entre conversaciones, no al revés. El vino acompaña como la cerveza que regala el primer trago de burbujas mágicas.

Lo del amor es verdad que se hace divertido con el sexo. Pero, por favor, no nieguen que un polvazo, de los buenos, de los llenos de pólvora, va dentro de un saco de caricias. Que lleva su tiempo, cojones. Que lo del riego por aspersión es una cuestión química, pues sí; pero no siempre tiene algo que ver. Lo bueno es que coincidan, se lo digo yo, y eso es ponerse.

Tengan ustedes muy buenos días.


2008

2008/12/18

Enero.

Agenda nueva. Boli nuevo. Calcetines nuevos de mi hermano que no ha sabido guardar bien. Café con tostadas, zumo recién exprimido, galletas integrales y medio vaso de soja. 200 flexiones.

Febrero.

Mi abuela se ha ido de casa con el del butano. Mi madre, deshecha en lágrimas, se ha comido todas mis galletas integrales. Le he cogido las suyas de fibra. 150 flexiones.

Marzo.

Desayunos a base de queso rallado y aceite sobre pan de centeno con tiempo bastante para la caducidad. Se me ha caído el boli por el fregadero, buscando una cuchara. Ejercicios respiratorios.

Abril.

Mi abuela, que no vuelve ni por feria. Esto es serio. Estiramientos.

Mayo.

Llovió ayer en la cocina, lo mismo que el año pasado. Mi madre también se ha largado. 12 minutos de yoga puro.

Junio.

He suspendido el carné de conducir carros de Carrefour. Un cuatro y medio me ha puesto el hijolagran. Termino y tiro la botella de anís de 1996, la que escondía la abuela.

Julio.

Postales de Jalisco en plena feria: Lo del butanero se confirma como cosa formal. Los desayunos,  por sorteo entre mi padre, mi hermano y yo, a base de patatas cocidas y mucha salsa, que todo lo tapa.

Agosto.

Lavo los calcetines y me pillan. Los devuelvo temporalmente. Email de mi madre, que donde está también hay butano. Y más barato. Saco la cabeza de mi padre del horno.

Septiembre.

Me inscribo en un curso de trabajo para empleados del hogar. Suspendo en preparación de desayunos. Mi padre aprueba que contratemos una profesional titulada.

Octubre.

Compartimos bofetadas, mi hermano, mi padre y yo, de la asistenta profesional en cuanto le explicamos el trabajo extra. Se va con el finiquito. Pilates para todos.

Noviembre.

Entra mi madre como si tal cosa por la puerta, con la compra del día y toallas limpias. Se lo perdonamos todo en cuanto termina de fregar la cocina aprovechando el agua de las goteras.

Diciembre.

Vuelve mi abuela, sin avisar, con un pavo mejicano de doce kilos, peinado con la cresta en medio. En la cena de Nochebuena, nos cuenta sus aventuras. Salvo la parte de la digestión de enchiladas, pasamos juntos unas fiestas estupendas.

 

 

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Reflexiones de un sábado por la mañana (XLIII)

2008/12/13

Desgastes.

 

Nos cansa el amor por regalado tras un acuerdo observado y aprobado por tipos que no se casan. Una vez consumado, consumido está. Lo malo es que he visto cansancio de amor minutos después de orgasmos aparentemente bien repartidos. No se lo merece. Y juguetes en la basura al día siguiente de los Reyes Magos. No han sentido el mínimo roce de las manos de un niño. No han tenido oportunidad.

Nos cansa la misma mermelada, tan buena como parecía el primer día que la tomamos. Deberían añadirle algo, no sé qué… para que no parezca siempre igual.

Nos aburre el ingenio del poeta, la magia de la voz de nuestro cantante favorito del año pasado. Es como si siempre cantara lo mismo, en cambio ese nuevo que oí ayer por la radio, es una pasada…

El trabajo. Su horario, su extracción de energías que necesitamos para aburrirnos con tantas otras cosas. Desgaste de una forma de vivir.

Otras razas se vienen para esta tierra. Son más fáciles de entretener, más vitalistas, se reproducen más con mucho menos –o ninguno- miedo al futuro. Y tienen un arma que les da ventaja: Sonríen mucho más que nosotros, los que inventamos el orden del mundo y ahora creemos que está desgastado. Para ellos este es el nuevo mundo.

Circulan correos electrónicos según la fecha. Con vistas a la Navidad he recibido el que dice ser votado como el mejor del año. Allí, en pocas fotos, nos recuerdan cómo deberíamos celebrar cada día con la forma de vivir que nos ha tocado. Tiene sencillez y es comedido. No deberíamos mirarlo con aburrimiento. Nos avisa de muchas cosas.

La cosa es sencilla, como todo lo demás. Se trata de no sentirse un pringado por sufrir la mayoría de lo que nos toca desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. En primer lugar, quejarnos menos. Incluso en situaciones de enfermedad y desempleo, tenemos quien nos cure y nos apoye un tiempo. En pocos sitios del mundo ocurre eso. Por otra parte, lamentarse constantemente inmuniza a los encargados de consolar, los consoladores, que ya no cumplen su función como al principio. Los desgasta.

Leí hace tiempo que no se puede aguantar más de un cuarto de hora a quien dice sufrir muchísimo, pues desgasta la paciencia. Y que se presta antes dinero para jugar al póquer que para comer. Se gastó la compasión, que no debió nacer tras pisar al respeto, y dejó paso a la consideración de perdedor, versión actual del apestado.

Dejémonos de ostias. Renovemos las ganas de vivir a diario. Ejemplos nos dan, la cuestión es reconocerlos. Ahí están las abuelas que veo antes de amanecer de lunes a viernes haciéndose cargo de los nietos, a los que recogen con su bata desde el coche de la hija, para cuidarlos por la mañana. No he visto su sonrisa desgastada. Será que es fresca del día. Para mí sobra.

            Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XLII)

2008/12/06

CONTRATOS.

 

            Dicen que fue el principio de la supervivencia  de los débiles. Quizá fuera la primera pausa en guerras, conflictos o agresiones -qué más da- cuando los dos bandos estaban cansados sin reconocerlo. Vete a saber.

            Si eras el que tenía el agua, eras el llamado a sobrevivir, un instinto indiscutible. El que no la tenía la buscaba y mataba por ella. Aún sin notarios, el contrato tenía que llegar. No sé si antes de una guerra –preventiva- o después de ella –juzgada como inevitable, por supuesto-.

            Para cocer algo en el agua, una vez a mano, estaba la comida, que crecía o corría en territorios ocupados a los que no había más remedio que atacar. Compartir aún no estaba en el diccionario. Había que arrebatar.

            Lo curioso llegó con la nueva modalidad de contrato de adhesión: La esclavitud. Si me he quedado con mucha población en posición horizontal eterna, -decía el jefe de tribu- someto a estos tipos y me hacen los trabajillos difíciles a buen precio.

            Resultado aritmético: La mitad de la humanidad se acostumbró a someter a la otra mitad.

            Dejo el Pleistoceno y algún otro día veremos la Edad Media. Me hago una paradita en los años cincuenta españoles. Una paradita.

            ¿Qué cláusulas fijaban las condiciones –horarios, prioridades, días libres- de las mujeres que se encargaban de la casa? No lo sabe ni Dios, exactamente hablando.

            No llegué a ver ni uno solo de esos contratos. Sí recuerdo vagamente que se firmaba en un libro cercano a un altar en el que antes se habían cambiado unos anillos. Pero nada de condiciones laborales. Sobra con estos ejemplos.

            Los derechos laborales, basados en leyes y recogidos en papelitos, se pasan en general por el charco de la inmundicia si no se reclaman. La condición humana tiende a la explotación del capullo que se deja. Y mejor sentarse cuando los que hablan de despidos se ponen a dar explicaciones. Porque la risa afloja las piernas.

            Los derechos de los niños, los de los viejos… se hacen difíciles de poner sobre la mesa. Cansa. Cansa a la franja de humanos que, en plenitud de facultades y con cierto control de la posición, no pierde el tiempo en pararse a mirar la dignidad de los demás.

            La utopía es posible, eso es lo que más jode. Pero no hablo de dividir la inmensa riqueza entre seis mil millones de terrícolas. Hablo de retirar la miseria, nada más que la miseria, de unos cuatro mil de esos seis millones. Esa utopía es posible desde hace cincuenta años. Está medida. Hay miles de contratos verbales plantados en asambleas de la ONU pendientes de cumplir.

            El contrato normaliza, recupera, equilibra, redistribuye y recoge la verdadera necesidad de todos los que vivimos aquí (recuerden, el planeta Tierra). Unos porque producen, otros porque consumen, muchos porque limpian y ordenan, más de los que creemos porque nos cuidan… El contrato regula y recuerda lo que cada parte se comprometió a cumplir.

            Que nunca me pille un coche fuera de un paso de cebra, pongamos por caso.

            Que nunca me siente a ver la tele cuando mi mujer frota los cacharros después de comer, por ejemplo.

            Que nunca me vaya de turismo a un país donde, a cien metros del hotel, veo esqueletos de niños cubiertos de piel. Digo yo.

            Para los tres incumplimientos anteriores había contratos, escritos o no. O debemos redactarlos cuanto antes.

            Hablo del contrato porque nos recuerda el compromiso: Echarnos una mano.

            Tengan ustedes muy buenos días.


MI ÚLTIMO AMOR.

2008/12/01

Hola Sofía,

Donde quiera que estés cuando leas esta carta, piensa en mí. Te supongo llena de vida, aunque te sé capaz de mirar este papel desde el mismísimo infierno. De ser así, no esperes a  que se queme.

Te fuiste de mi lado sin avisar, sin tiempo para reclamarte los daños provocados: el corazón destrozado por los celos, el hígado podrido por las borracheras y los pulmones gastados de llorar. Y no me ha dado valor para maldecirte mientras te miraba, o quizá pedirte que te quedaras sin levantar la vista.

Mientras escribo estas líneas me estoy muriendo, así que no te preocupes en contestarlas. Por favor, vence la tentación de dejarla antes del final y así tendrás una lista de las razones y causas que han hecho que mi vida se convierta en el mayor de los sufrimientos. Y todo gracias a ti.

Espero que convengas en que lo que sigue lo fue todo que pasó:

Torcí mi camino, final de juventud sin aceptar; lo hice sin volverme para mirar a la que llamé el amor de mi vida, con la locura de empezar contigo una segunda, que tú sabías cuánto duraría. Pero yo no.

Dejé la alegría del regazo de una carne amiga para sumergirme en la turgencia de súcuba de tus pechos, trampa de flor, soga  de seda y cadena.

Olvidé a mis amigos, los que huían de tus ojos, ésos que ya habían prendido su anzuelo en mí, pobre infeliz.

Fui capaz, sin saber cómo, de negar a mis hijas la ternura que nunca antes tuvo precio. Creía guardarla toda para ti, que tan pronto te reíste al verla aflorar.

No vi el torrente de vida que se me escapaba con las tristes parodias de amante que me agotaron. Y tú jugando con el ratón, conmigo, con cada vez menos queso.

Me paré a respirar, te pedí el tiempo de mirar juntos el cielo y me helaste con tu risotada de acero. No tardé más de ese instante en reconocerme muerto. Miré hacia atrás y medí el tiempo desde conocerte a saberte perdida: Un instante fugaz, el resto de mi vida.

Mientras intentaba levantarme, te vi pescando con redes en una tinaja: capturaste otro pez de mi edad, igual de indefenso, igual de iluso, tan cincuentón como yo. Abría la boca al sacarlo de su estanque, el pobre buscaba un beso y le diste un poco de aire, que no era aire fresco. Así pude ver el juego completo.

Intenté imponerme en el sitio que debe ocupar tu amante, el que tira todo por la borda para lucirte a su lado, pero el gesto de desdén de tu brazo al desasirse de mi mano sin volver la cabeza me dejó inmóvil. No pude andar más.

Hoy  que te escribo sé que no he sido capaz de volver con los que fueron los míos. Me avergüenza sólo pensar en mirarles, tanto que he decidido dejarme morir sin darles más pena. Quiero quedarme en sus recuerdos sin añadir lo que he llegado a ser. Ojalá sueñen lo que era antes de ti, nada más.

Por último, el simple hecho de que termines esta carta te hará humana. Algo habrá de lo nuestro que diste por bueno si has llegado a este renglón, que aprovecho para advertirte de la Edad: Anda suelta por ahí, dicen, a la espera de atacar tu perfecto maquillaje. Ten cuidado, porque yo mismo, incondicional tuyo, también miré a otra más joven  mientras, despreocupada, apurabas un licor dulce.

No te confíes.