XXL PREMIO DE LITERATURA CIUDAD DE BORBOTONIA.

2009/02/28

(¡No, no, no está mal escrito!: No se trata de la edición número 70 de dicho concurso. Es que el premio es muy grande, como la talla de las  camisetas de Romay)

Normas para la presentación de las obras.

  1. Que se entienda algo.
  2. El papel limpio y sin manchitas de chorizo o huevo (aunque escriban sobre experiencias intensas realizadas mientras se hace una cena rápida.)
  3. Que no se haya publicado antes cambiándole el título ahora. (Eso va por José Luis Pérez Montes, y MI obra El Bonsái que huyó de la maceta.)
  4. El resultado será bastante inapelable. Sólo se admitirán reclamaciones que no envuelvan una piedra.
  5. Los premios se pagarán a plazos.

Tras la lectura de la portada y contraportada de casi todos los manuscritos presentados, se pesan y seleccionan los que pasan a la final. Los restantes son devueltos a la basura. El jurado (vigilante) hace entrar al jurado (deliberante) para estudiar a puerta cerrada estas obras que han jurado (prometido) leer.

 

Título: El motor del molinillo.

Autor: Fernando Mingas.

Sinopsis: Una familia se pega por doquier. Los vecinos la echan del vecindario, luego dejan de ser sus vecinos (primera tesis del autor). Acaban todos desdentados y viviendo en una salita del famoso estomatólogo don Alterio Estrógen. El libro tiene un final inesperado en la página 20. Lo escrito después son listas de la compra y eso.

 

Título: El sopor que da el  vinillo.

Autor Amaraldo De Funes.

Sinopsis: En una plantación centenaria, hay disparos un lunes seis de marzo. Todos dejan de cuidar las uvas. “A ver quién va por uvas si te pueden dar una perdigonada” es un ejemplo de la intensidad dramática con que se expresa el personaje principal, Aníbal Cántaro. En la página 103 ya están todos borrachos, incluyendo varios jubilados. En voz baja, se comenta/reprueba este factor entre los miembros del jurado.

 

Título: Un robot con dos tornillos:

Autor: Rafael Maresme.

Sinopsis: Un niño se encariña con un androide de la NASA. Aunque antes de dormir acaba con los ojos morados al intentar boxear con él, llorará mucho el día (no tan lejano, aunque él no lo sepa) de su desguace.

 

Título: El fulgor de los colmillos.

Autor: Práxedes Peines.

Sinopsis: Lobos, perros, gatos, tigres,… un exhaustivo recorrido por la vida de un lavadientes con plaza fija por oposición. El prestar servicio en clínicas veterinarias y parques zoológicos le hará vivir exóticas aventuras con las encargadas de mantenimiento, las administrativas, o las dueñas de los animalitos.

 

El jurado, cansado, deja sin leer textos titulados El rencor del monaguillo, El grosor del pepinillo, El cantar del pajarillo, El follón de los pasillos, El frescor de este tomillo, El condón contra el frenillo, El sabor de este membrillo, El borrón del cuadernillo, y otros… Ningún título cuaja. Pero les suenan conocidos…

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Reflexiones de un sábado por la mañana (LIV)

2009/02/28

NIÑOS Y OPCIONES.

 

Alas de mariposa.

Inesperado.

La niña no se está quieta, tropieza con el camarero y éste tira el café hirviendo sobre un hombre que lee el periódico en otra mesa del mismo bar y que se aparta violentamente, hacia la acera, para chocar con un motorista. Ambos salen heridos leves y la cadena se para, en principio, ahí. Pero la niña no deja de correr entre las mesas. Ni el padre ni la madre le regañan por lo sucedido.

 

Por un capricho.

El niño mimado de la favorita de un poderoso faraón grita por tener un caballo de ébano, algo que, sin saber lo que es, aparece en un cuento de las mujeres del harén de su padre. Ni la madre sabe negar al niño su deseo ni el faraón es capaz de hacerlo con su hermosa mujer. Pronto, al no tener esa madera en su reino, el faraón organiza una guerra con los reinos cercanos, con quien vivía en paz, para buscar quien construya el caballo negro y brillante para su hijo. Mueren miles de hombres y el niño recibe al despertar la figura esbelta y majestuosa de un caballo, sonríe y le dedica una mirada, pero no juega con él. Ahora piensa en un águila con alas enormes que le lleve a volar más allá del mar, para conocer la nieve y las montañas de otro cuento de las mujeres. 

 

¿Qué hacemos cuando nuestros hijos nos piden la Luna?

¿Por qué hemos dejado que sueñen con que pueden poner sus pies en ella, o tomarla con sus manos, sin haberles explicado lo difícil que resulta construir un cohete y el tiempo que se tarda?

 

Llevo mucho tiempo recordando lo poco que necesitaba para ser feliz de chico. Y que sólo quedé decepcionado una vez cuando los Reyes Magos no me trajeron lo que pedí, mientras mis hermanas corrían de un lado a otro radiantes con sus regalos. Aquella vez mis padres me miraron un momento y yo miré el balón rojo que tenía en mis manos. Me vestí y salí a jugar con mis amigos, limpiando el balón con mi jersey después de cada gol. Me bastó esa mirada.

Hace años que contemplo el derroche de juguetes nacidos para el hiperconsumo y el olvido de los niños. No juegan: Abren, tiran la caja y los padres los guardan por la noche, después de venir del contenedor desbordado de embalajes.

Deberemos saber qué regalo hace de verdad ilusión a un niño sin tener que preguntarlo. Y aprender a parar en seco el traslado de artículos desde la tienda de juguetes a su estantería.

 

Algún que otro día, cuando reflexiono, creo llevar un orden, aunque no lo consiga. Hoy no me importa si dejo claro que la educación de despilfarro tiene que terminar.

El peligro de un monstruo que no tiene lo que quiere a los dieciséis años, a cambio de nada, con sólo pedirlo, nos ha desbordado. Ellos no se merecen convertirlos en una máquina de usar las cosas una vez y tirarlas. Lo mismo hacen después con las personas, porque, al no saber sufrir ni saber esperar, no saben que hacen daño.

 

¿Y cómo cambiamos esto?

De un día para otro, como la ropa limpia. Basta ponerse delante de nuestro hijo y decir NO, esto no puede ser. Hasta que lo comprenda.

 

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LIII)

2009/02/21

De carnaval. De Cádiz.

 

            Voy pallá.

            Sin careta.

            Sin saber de antemano nada de lo que cantan o pregonan.

            Para no ir resabiado.

            Para sorprenderme por cada letra de sus cantes. Por cada mínima música nueva. Por cada detalle de su vestimenta.

            Para mirarles a la cara y averiguar qué les pasa por los corazones. Cómo aguantan sus voces sin romperse y sus ojos sin dormirse.

            Para ver el reguero de gentes yendo al centro de la ciudad (que es ir  a Cádiz) como se van los vinos despacio, resbalando, gota a gota, desde que la uva se derrite, hasta el tonel. Para curarse.

            Para verlos a todos en la calle.

            Para volver a vivir lo que no voy a olvidar:

            Una noche, una calle pequeña y un estribillo, sin complicaciones, pero cantado entre la chirigota y muchas mujeres del barrio de La Viña, creando algo irrepetible.

            Para ver quizá al que no teniendo disfraz se echó una sábana por encima y se olvidó hasta de los agujeros para ver. Así podía usarla de nuevo al volver a casa para dormir la tralla.

            Para soñar.

            Quizá con estos versillos, hechos desde lejos, me explique algo:

 

He vivido el carnaval, me queda envidia

de escuchar al poeta callejero,

cómo inventa, cómo lucha, cómo lidia,

con palabras a su ritmo y sin desidia

por formar un compás chirigotero.

 

Es de luces y es de fuerza de su viento

gaditano, sensual, dulce, muy hondo,

es suave y sabe que  es, también, cachondo

como el cante, en la alegría y en el tiento.

 

Van cantando a todas horas por la calle;

no los para autoridad ni la ronquera,

pero paran a mirar el lindo talle,

que va dentro de un traje de piconera.

 

Hablaré seriamente al calendario

hacerle ver que todo un año espero

por cantar, por vivir la calle a diario,

y no me quite tres días en febrero.

 

Si otras fiestas acaban justamente

el día último, según sus fechas fijas,

no habrá día en carnaval que nadie elija

carnaval es siempre en Cádiz, simplemente.

 

El lunes vuelvo. Tengan ustedes muy buenos días.


ÍMPETU.

2009/02/15

Saliste a las 18 horas. A las 18h 15m no lo dudé ni un segundo y salté del sofá como un gato. Bueno, como un gato gordo.

No sabía si acudir a la policía, mucho más pacífica que tu madre. O si llamar a los bomberos, más ágiles que tus hermanos porque siempre van juntos los cuatro charlando de sus cosas. Aunque se paseen  por un trampolín.

Decidí que una mezcla de los dos: Protección Civil. Antes de diez minutos, tenía yo el plan de acción en un folio sobre la mesita del café. El sargento civil, un tipo listo donde los haya, decidió darle la vuelta al papel para que se viera la parte escrita. Dos cabos, unos aguilillas, se trajeron sendos perros pastores alemanes que, jugando, se comieron las cortinas nuevas. Animalitos. Unos pocos de minutos los tuvimos oliendo calcetines tuyos de esos tan finos que a mí me dan tanta grima. Se comieron tres pares.

El operativo era ágil, muy fácil de llevar a cabo. En una hora estarías localizada, tú o tu cuerpo inerme. Pensé que la funeraria me haría un precio estupendo –por si acaso pedí catálogos- por ser tú tan joven y tan fotogénica. Seguro que les harías una publicidad increíble a su trabajo en cadáveres mutilados como el tuyo estaría digo yo, a base de disparos y/o cortes con sierra mecánica, según opciones que le expliqué a los distintos grupos, que se dispersaban en las cuatro direcciones desde el buzón del jardín, centro de operaciones…

Cuando apareciste alas 18h 27m con la marca de pan del supermercado de la calle esa que yo no me sé ni el nombre, me metí en casa y dejé que tú dieras las explicaciones. A mí no me iban a entender, María Charito: no sé improvisar.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LII)

2009/02/14

Aprender.

 

La escena de cualquiera explicando cualquier asunto a cualquier público me llama la atención, cualquiera que sea el sitio.

Las caras con que se atiende (o no) a la explicación, me fascinan. Ahí está el meollo.

Dramatizamos hasta para pedir un vaso de agua. Es nuestro punto diferenciador con las demás especies, con alguna que otra sorpresa. Entonamos de mil maneras distintas la misma frase y significa mil cosas diferentes. Lo que desarbola es cómo se recibe el mensaje en cada variante.

El tono de la voz, la forma, el momento en que pasa información por nuestras narices, condiciona y determina, dicta qué sí y qué no se guardará para siempre en el disco duro de la memoria.

Hay tonterías, frases para repetir como cantinelas, que se difunden a la hora de máxima audiencia y se oyen en todas partes durante meses, utilizándola en circunstancias muy distintas. Se aprenden como corazas para no ser tachado de “out”.

Hay poemas sublimes, consejos básicos,  descubrimientos extraordinarios, que se comunican con seriedad, voz cansina o cierta distancia, en las cantidades justas para que se pierdan como un murmullo, sin que arraiguen. Como copos de nieve, se van.

Hoy doy un tirón de orejas a los que no aprendemos si no es por necesidad o por obligación. Estoy cansado de oír cómo se exige que haya buenos maestros y buenas condiciones materiales para la enseñanza. Pero llevo demasiado tiempo sin oír que haya buenos estudiantes. Ni aprendices.

Aprender, se pongan como se pongan, cada uno aprende por sí mismo. A base de esfuerzo, hasta mecanizar movimientos y técnicas, hasta curtir el cerebro (y el espíritu) tanto como los músculos, para poder ver cómo la pereza se va con sus muertos que son Todos aquellos que se engañan pensando que un bienestar concreto en un mundo y tiempo concretos va a durar siempre.

“Llevamos demasiado tiempo viviendo demasiado bien”, repito que me dice de vez en cuando un viejo y buen amigo.

¿Quién nos ha prometido, quién nos ha engañado, que las cosas son fáciles?

Esperar lo mejor y prepararse para lo peor. Sólo es posible con un coraje a prueba de día tras día.

Tengo tantos ejemplos en amigos luchadores que sé que lo que digo es verdad. Ninguno se durmió en casa, aunque alguno casi lo hiciera en la cola del paro. Pero iban todas las mañanas, hasta que encontraban algo. Y así, desde los dieciséis años.

No engañemos a nuestros hijos. No se merecen algo así.

Que aprendan a sufrir pronto, a esforzarse desde el principio. No le demos regalos que no se merecen.

Que lean, que oigan, que discutan. Que aprendan por sí mismos lo que vale algo antes que recibirlo como regalo. Que aprendan por sí y para sí mismos, hasta convencerse de que todo lo que la vida te da sin méritos, se pierde.

Algo parecido a la ruleta.

Que los jóvenes aprendan, al menos, a elegir quiénes les engañen. Algo es algo, algún criterio propio les quedará si hacen eso.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 


Reflexiones de un sábado por la mañana (LI).

2009/02/07

Amor en tiempos de cólera.

 

Empiezo con el que decía “No prestes dinero a un amigo o perderás ambas cosas”.

Y sigo con el que soltaba “Amigos, amigos y negocios aparte”.

Para zampar que vienen tiempos en los que, si no mezclamos la comprensión con la ayuda real a los que tenemos cerca, mejor que no los comprendamos.

Es tiempo de solidaridad.

Vienen rachas de familias que no van a poder salir hacia delante sin echarles una mano. En un tiempo en los que la indignación legítima, que siempre nos provocará maldiciones a los gobernantes, deberá dejar paso a pensar en las personas que salen perjudicadas.

En el sistema capitalista donde se puede derrochar sin medida y defraudar sin control, se necesita un residuo, un montón de gente que se arruine. Eso por definición. Ya he dicho que los grandes economistas lo llaman “autoajuste del mercado”. Ahora insisto en cómo nos ayudaremos las personas, una por una, independientemente de las medidas macroeconómicas inmensas y siempre acertadas o erróneas a tomar.

Hablé con un amigo que considero extremo en su forma de pensar. Pero empezó hablando de cómo organizarse para ayudar, y que la única forma de ayuda a las familias puede  y debe ser que los que caigamos en el lado seco tendamos una mano a los que se están ahogando. No puso en primer lugar al Sistema ni al Estado en sí.

¿No debería cuantificarse mejor la situación económica de un país, tras tantos presupuestos generales? ¿No sería el primer trabajo de un ministro de economía saber cuánto tiempo se necesita para cuadrar las cuentas? En tal caso, a mí me podrían decir cuánto tiempo exactamente debo cobrar menos para que otras familias, simplemente, no se vengan abajo.

Por supuesto que soy consciente de que vuelvo a la utopía. Pero no hay otra forma: La cobertura para el desempleo no va a ser bastante, en tiempo y cantidad, para los que están perdiendo sus ingresos o los han perdido ya. Hay que pedir cuanto antes una o las que sean pagas extras de menos, un crédito sin intereses al Estado, que ya nos devolverá, de los que mantengamos el sueldo fijo, el inamovible cobro frente a la desolación de una casa sin fin ni principio de mes.

Prestemos solidaridad en tiempos donde la avaricia desmedida y el juego con papelitos que suben y bajan de valor en un juego con trampas, provoca el destierro de muchas personas. Viven cerca de nosotros, son tangibles. Seamos inmediatos. Nada de vueltas de hoja: Ahí está mi nómina, señor ministro de Economía y Hacienda, haga usted los cálculos que yo respetaré y tome lo que sea preciso, el tiempo que usted calcule, y preste a quien lo necesita mientras los tiempos ayudan a que tenga trabajo otra vez.

Pensemos que no nos hace falta más de lo necesario. Lo que sobra, que reponga la hucha de la solidaridad.

Sr. Ministro, sea claro, contundente e inmediato. Eche usted las cuentas. En el apartado de menos ingenuidad, no estaría de más que en estos tiempos se revisaran algunos gastos oficiales que son de vergüenza, y que, sin más, supondrían varios meses de supervivencia para mucha gente. La cólera dejaría paso a la comprensión y al amor en forma de colaboración y ésta en recursos compartidos. Que nos duela, coño, que hablo en euros.

Mientras, no se me ocurre nada más.

Tengan ustedes muy buenos días.


ANIVERSARIO.

2009/02/04

El matrimonio Fernández Gabinoaga, para celebrar el quinto aniversario de su boda, emprendió un crucero por el Mediterráneo a bordo del JJ Sister, un barco lleno de oportunidades para hacer un viaje agradable.

Primer día de travesía.

Se sentaron juntos a comer y al poco rato el marido se había levantado dos veces de la mesa, una para recalentar el filete y pedir más patatas fritas, y la otra, definitiva, para llevarse la bandeja a la sala de proyecciones, donde daban una muy buena de Clint Eastwood.

Se encontraron junto a la enorme piscina de olas y al poco rato la mujer había  salido dos veces del agua, una para buscar el gorro de baño y otra para pedirle al socorrista que le ayudara a colocarlo, lo que llevó a ayudarle antes a recogerse el pelo y desistir de nadar más y acabar tomando un refresco en la barra.

A la hora de la cena, establecido como un buffet libre, ambos llenaron varios platos de lo que pensaban que le gustaría comer al otro. Después de un buen rato, encontraron una mesa vacía y cada uno ofreció lo que había amontonado en los platos. Tras inspeccionar los contenidos y comprobar que ninguno había acertado en nada, salieron a pasear a cubierta.

Al poco rato, los botes salvavidas de babor y estribor anunciaban cada uno por radio haber recogido a un pasajero tratando de llegar a nado a ninguna parte, según declaraciones de cada uno por su lado.