Reflexiones de un sábado por la mañana (LXVIII)

Reuniones sociales.

 

Son las de siempre: Bodas, bautizos, comuniones, entierros, divorcios, desahucios…

Los estados de ánimo deben ir preparados y estudiados al menos en su organización básica y distribución de papeles. Las mujeres son imprescindibles para gestionarlas. Los hombres, una vez fijada su posición, deben moverse lo menos posible y evitar peleas.

Las mesas, con el tiempo, han demostrado su eficacia al ser “variables”. Nada de aguantar toda la celebración a los mismos componentes. Desde la frialdad de las dos que coinciden con el mismo vestido (a una le queda horroroso, pero tiene 20 años) al calentón de los dos graciosísimos que han pillado tres de tres cuartos y se las han trasegado, la experiencia dicta que hay que “mover” las reuniones para que no se gripen como los motores.

A los mayores hay que ponerlos cerca de las mesas principales. Hay carcamales que recuerdan dos o tres cosas al año y una de ellas es lo lejos que le puso el gilipollas de su yerno el día de la comunión aquélla, de no sé qué nieto, aunque tiene una hija única y ésta a su vez un único hijo. Pues todo el año dura  la gramola.

Mucho ojo con los que llegan impares. Alguno, con la cara que lleva, certifica que va a estar solo hasta que Fraga se jubile (sé que exagero) pero otros se arriman para que su período de dos años de trauma por separación pase cuanto antes. Estos últimos son peligrosos y hay que hacer que beban mucho y pronto. Así sueltan rollos pesados, pero conocidos en su desarrollo y en sus respuestas periódicas “ahá, claro, oiiig, ¿será posible?”

En medio de las mesas, sitio de sobra para que las chicas pamélicas y las famélicas circulen como en pasarelas, los camareros como en los zafarranchos de los barcos y los niños como niños, consiguiendo uno o dos cabezazos a los camareros debajo de las bandejas cargadas.

Tras las comilonas, música que debe encargarse a un profesional. Y llamada a la prudencia. ¡Cuántas escoliosis, roturas de caderas y depresiones profundas por fallos en los pasos de bailes no advertidos! Al final, Paquito el Chocolatero devolverá el sentido de unión familiar deseado desde el principio del sarao.

Y la barra libre. No es mala política, pero vuelve a desatar las pasiones, las miradas torvas y las broncas. El decoro se va por el desagüe y quedan los especialistas de siempre en pegarse con  la organización, que les invitan a largarse si les parece oportuno, a palos limpios.

Los protagonistas, ilusionados por un inmediato asalto de lucha libre de gente, dormidos tras refrescarse las ideas en una pila bautismal, o recibidas ostias indoloras, suelen ser los más prudentes. En el caso de la posición inicial y final horizontal total, ni tosen. Pero con todos los demás hay que contar. Nadie es prescindible. Estamos hechos para rozarnos, de eso nos construimos y de estas reuniones salen charlas para una buena temporada.

Este mes tengo un par de bodas. Seguiremos informado.

 

Tengan ustedes muy buenos días.

 

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