VIDA DEL PROFETA SHAMÓN DE ALEJANDRÍA.

Su nacimiento confirmó, de entrada, el embarazo de su madre. Fue llamado Ojuyáh, “el que faltaba”[1].  La fiesta de su bautismo duró hasta las tantas y cantó su tío.

Desde los dieciocho años, hombres y mujeres buscaban refugio bajo su techo. El precio de su pensión era adecuado para aquellos tiempos, y sólo cobraba por adelantado a todos los que llegaban.

Cuando alcanzó edad para elegir a los jueces y guardianes del Templo, provocó tal pucherazo que la mesa electoral se rompió del peso de la olla, con seis mil votos en un poblado de ciento doce habitantes. Salió proclamado hombre sabio, guardián perpetuo y capitán del equipo de Copa Davis.

Soltero al nacer, su padre le insinuó planes de boda antes de los 42 años, murmurándole salmos sagrados. No se le dio un plazo de 72 horas para pensarlo y lo echaron de su casa, el padre ocupó su cama y el perro pasó al prototipo de sofá.

Libre de presiones, se casó con Shasmina, mujer ambidextra y suave de piel, que le abrió su corazón por una leve angina de pecho, en su quirófano (prototipo), haciéndole una sutura maravillosa, en forma de “S”, que dejaba claro que iba por él.

Tuvieron hijos cada vez que Shasmina parió. Y eso fue, dice la leyenda, nunca.

A pesar del paso de los años, Shamón no dejó de dar consejos a todo el que los necesitaba. Viendo que así no daba ni uno, empezó a darlos para el bricolaje, el sexo tras los veinticinco (ese misterio) y el reparto de tierras. Así, así, fue labrándose su leyenda de hombre santo.

De tierras muy lejanas llegaron sabios para consultarle los problemas más intrincados y oscuros. Sólo tenemos escrito dos de los más conocidos, recogidos en los cantos de aquellas tierras. En los cantos rodados, donde se podía escribir mejor. Uno trata de un profesor de espada corta del ejército romano del siglo II A.C., Romerus Recius, ante una alarmante baja de los matriculados en su curso. El sabio fue contundente: “Aplaza los pagos de tu matrícula”, le dijo. ¿Cómo pagarte la solución que me has contado? “Al contado”, respondió Shamón.

En otra ocasión, un rey del Congo, con todo su séquito, estaba sequito. El chaparrón que cayó a continuación fue considerado un milagro, al acabar con la sed real. Sólo mil doscientos argumentaron que en esa tierra llueve once meses al año, y fueron invitados a picar piedra santa para el vigésimo templo en honor de Shamón.

Los habitantes que le adoraban (doce personas) propusieron comenzar a escribir… su biografía. Viendo claro lo que querían, hizo su equipaje y, de incógnito junto a sus numerosos familiares y allegados, se quitó de en medio en la madrugada del quinto día del mes del Katta Maarhán, cuando el ojo de la Luna tiene “orzuelos provocados por las malas noches”, según el poeta. La ciudad se quedó sin funcionarios hasta el nivel de subjefe de ventanilla. Cuando al amanecer echaron abajo las puertas de roble de su palacio, sólo hallaron una carta dirigida a su amado pueblo:

Amigos, conocidos, y ciudadanos chusqueros todos: He decidido, seguro que igual que vosotros, que mi etapa a vuestro lado ha concluido. Igual que la vigencia de la moneda usada, la Chircha. Dieciséis devaluaciones son muchas. Os dejo mi colección de picos y palas sin estrenar, convencido de vuestra capacidad de reconstrucción de un halagüeño futuro. Vuestro, siempre, Shamón.


[1] cambiando su nombre a Shamón en cuanto quisieron embargarle su chalet en Conil.

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