Reflexiones de un sábado por la mañana (LXIX)

2009/06/20

Centrarme.

  

Vivo repartido entre dos partidos. Unos dicen que el otro está equivocado siempre y el otro contesta que el primero, sencillamente, no existe.

A punto estuve ayer de leer artículos a favor del uno pero no del todo en contra del otro, de modo que para compensar escuché un par de emisoras del otro que no sabían qué decir del primero.

Por centrarme, dejé quieto el mando en un zapping suicida de las once de la noche de un viernes y encontré allí, en una cadena que se autodestruiría en dos minutos (quizá me quedé dormido) a contendientes que le decían al otro, al de enfrente, al del otro lado, que no planteara tantas cuestiones desordenadas; que hay que tener clara una filosofía antes de tanto concretar. El del otro lado, un concepto cada vez cambiante y más relativo, respondía que de tantas filosofías estamos donde estamos, aunque no se acordó del nombre de la cadena efímera donde estaban discutiendo: Una prueba de que puede que no me durmiera tan pronto como creí al principio. Sí sé que el moderador no cobró su sueldo de trabajo temporal de aquella noche, porque no le dejaron moderar. Tal vez fuera él, el moderador, quien se quedara dormido. A esa hora, los ataques a la falta de existencia del otro, hechos por cada uno y nada alternativamente, si no al mismo tiempo, se hicieran en una prudente voz baja. Siempre es buena la educación del respeto a las horas del descanso.

Pero no me centré, a pesar de que el resultado algebraico de las dos posiciones pareciera dejarme en un centro hueco. Quizá en un agujero cavado por los dos partidos a base de ahondar en los cimientos del otro y hacer tambalear su posición equivocada o su inexistencia, según. Es genial ver que uno habla con alguien que tiembla para decirle que no existe.

Mientras, una tubería de mi casa empezó a tirar el agua como si no lo hiciera de mi lado del contador. Gracias a dos frases ingeniosas de un partido contra el otro, sin necesidad de moderación por supuesto, di un pequeño respingo en el sofá y oí el chorro de agua combatir contra la cortina de la ducha. Acudí para comprobar que no resistiría mucho tiempo (ni la cortina ni mi factura del agua) y llamé a la primera página de ayudas urgentes en la noche, para aguas, puertas, escapes de gases (combustibles pero industriales, supongo) y acudió muy pronto un hombre con pinta de operario.

Antes de las buenas noches, quizá porque antes de mi llamada él veía el mismo programa perdido y sin moderación, su mirada se fue al televisor.

-¿Qué opina usted?, -me preguntó.

-Que mi cuarto de baño se inunda, seguro, -respondí con un intento de ser concreto, de que no debía abrir más vías que la inicial, directa y cada vez más fuerte.

-Me refiero a cómo están las cosas en general, -dijo sin pasar todavía de la puerta ni preguntar por el agua.

Sabía que estaba perdido.

Sólo la intervención de mi mujer, con un rápido cambio de canal desde la cocina, interpuso una imagen de velocidad máxima de dos motos que cruzaban la meta a falta de dos vueltas.

-Ahí no pueden dudar, -dijo el fontanero recién vuelto a una realidad comprensible-. Ahí tienen que saber qué hacer en cada segundo.

Sin que le dijera nada más, pidió permiso para entrar y no dudó en qué hacer, algo muy concreto, para terminar con la avería.

Al secarse las manos tras dejar controlado el escape de la tubería, me extendió una nota por sus servicios.

-Estaba muy claro, no era tiempo de discutir, -dijo muy sonriente-. En cambio, hay momentos en que no para uno de hablar y se le va el santo al cielo…

Hablaba mirando de reojo al televisor que, terminada la carrera, había vuelto por sí mismo al debate apasionado de “tú mucho más que yo, seguro”. Temí lo peor en el importe de la factura.

Mi mujer, atenta con el mando, recurrió a un canal de cocina donde se exprimían sandías para acometer gazpachos frescos y saludables. Fue otro golpe de electroshock que el fontanero aprovechó para volver a lo concreto.

-Son tantos euros con tales céntimos, por favor, -me dijo mientras me entregaba un papelito-. Pero no se preocupe, ya se lo cargan en su cuenta por ser cliente habitual.

Entendí bien lo que quería decir y agradecí la casualidad de llamar a la empresa donde estoy apuntado desde hace años para averías.

Cerré la puerta y caí en la tentación de ver por dónde iba la discusión básica y profunda entre los representantes no moderados de los dos partidos. Iba a sentarme cuando mi mujer, atenta, apagó el televisor. Una decisión, otra, concreta, que me ayudó a centrarme.

 

Tengan todos ustedes muy buenos días.

Anuncios