Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXIV)

2009/07/25

INSTRUCCIONES VERANIEGAS (más bien playeras).

De cómo mirar a las mujeres.

Casi de frente, sin rehuir de sus ojos. Los cuerpos se pasean en verano para tomar el sol, el mar, el aire y las miradas. Que no nos pese a los hombres mirarlas ni les moleste a ellas. Que los dos quedemos satisfechos en esas décimas de segundo en la que nuestros instintos básicos se enamoran.

De cómo instalar las sombrillas.

Que si a favor del viento, que si en ángulo, que si más profunda… Yo la suelo dejar muy bien puesta en la parte de atrás del coche y me voy a pasear con una gorrilla vieja, playa arriba, playa abajo. Es una instalación sencilla.

De cómo meterse en el mar.

Sin más, sin pensarlo mucho, con la ceremonia mínima de agradecimiento y un análisis justo de temperatura, oleaje, resaca de mareas… es un chapuzón, por todos los cielos, un chapuzón.

De qué comer y dónde.

Buscar sitios limpios, que los hay, donde uno agradece un buen tomate fresco y un pescado sencillo. O visitar los mercados, sitios donde la verdura invita a refrescarse por dentro. Buscar digestiones que dejen tiempo despierto para tener tiempo libre.

De cómo tomar el Sol.

En dosis que nos recuerden que el Sol lleva ahí arriba mucho tiempo y que no avisa con irse en los próximos años. Lo de pringarse de crema parece que va en serio. Otra forma es tostarse con el poquito que da el amanecer y la caída de la tarde, que deja la piel sin arrugar y acariciable sin que parezca que te clavan agujas de tejer.

De qué beber.

Lo que se disfrute en cada instante de este tiempo libre. El vino se ha hecho para saber que se está bebiendo. Yo tengo una declaración jurada donde indico que cuando me emborracho me den a beber el peor vino. Gastar el bueno sin enterarse es algo que no he comprendido nunca. En resumen, es llegar a esa línea de las pajarillas alegres que da el alcohol a una velocidad que no me haga estrellarme.

De qué leer.

Siempre hay que arriesgar en verano. Si trincas el primer best seller de los grandes almacenes también puedes acertar, no digo que no. Pero lo suyo es irse al librero y preguntar, dejarte ver un poco lo que te gustaría. Un libro es otra forma de inventar un mundo donde nadie interpreta la historia, sus sonidos y sus colores. Nadie más que uno mismo.

De cuándo mirar la hora.

Cuando se vuelva, si acaso, por no perder el tren.

Tengan ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXIII)

2009/07/18

Tratamiento recomendado: Vacaciones.

El trato de cansarse a diario contiene un pacto de recuperación. Son los días anuales de quitarse de en medio para enviar el cuerpo a la hamaca y, muy pegadito al cuerpo, el espíritu. El primero se tumba y se llena de líquidos espirituosos y el otro se eleva y se vacía de ruidos terrenales.

Se acepta como un buen trato por las dos partes contratantes y se aconseja dar un buen trato a las partes durante ese espacio de tiempo, en el que se gastan las energías que no sobran y las que faltarán al volver; pero se vive. Ahí se concluye.

-Tú lo que necesitas son unas vacaciones, -dice el recién vuelto de un viaje a un tercer sitio desconocido, habiendo anunciado antes dos sitios falsos donde aún le buscan- un senderito para respirar mientras los pies chapotean arroyos, te agachas bajo las ramas que te dan sombra y te sientas a descansar cuando te da la gana. Y sin guía.

Sí –digo yo- al frenesí de los que quieran recorrer el museo en tiempo récord. Pero que no tiren de mí. Yo tengo cuadros que siempre me pedirán que me siente delante de ellos un buen rato. Y sin guía.

Es la receta que extendemos y firmamos alrededor del quince de junio y que hay que consumir cuanto antes, para volver a regirnos por el horario del curso escolar, ese que nos lleva a examinarnos, revisarnos, ver cómo vamos, tomar el turrón y un poquito después, en vacaciones, redirigirnos de nuevo al tiempo de cerrar los ojos y saber que las estrellas siguen ahí.

También hay quien prescribe un poco de vino la primera noche de libertad condicional legislada. Lo he probado, sale bien, y al día siguiente hablas de cosas muy sencillas mientras una mínima sonrisa socarrona es captada por el espejo, que te la devuelve un poco más acentuada.

Bien es verdad que estas recetas se expenden en boticas de este lado del mundo, donde la vitalidad exprimida deja gotitas de tiempo libre, pero hay que ser agradecidos, aprovecharlas y disfrutarlas.

Es cosa de no dejar caducar los días de oír el mar temprano. No tiene contraindicaciones y la ayuda de un buen libro y un paseo lo elevan a la categoría de recuperador universal del alma.

Como la vida que tenemos es la que hay, mientras se pueda hay que darse unos días de vacaciones. Para cualquier diagnóstico del ánimo. Por todos nosotros.

Felices vacaciones.

Y tengan todos ustedes muy buenos días.


INSPECTOR NILLO. TRES SOBRINOS Y UN FUNERAL.

2009/07/16

Los tres hermanos eran sospechosos. Ambos (¿sendos?) tres podían haber asesinado a Vassili Dudotski, el gran Conde Duque de la Estepa.

Él los había recogido del arroyo las doce veces (cuatro cada uno, por tres, es fácil) que habían caído; unas por torpeza, otras por no llevar gafas, pero siempre, siempre, porque el juego, las mujeres, y los juegos con mujeres los acababan llevando a la ruina, poniendo números rojos en sus cuentas, como el vino, el color de su ejército… y ahora la alfombra, manchada de la sangre de su tío adoptivo y común, Vassili.

Todo el pueblo, hasta los que recibían su baño anual aunque no lo necesitaran, salieron a la calle con antorchas, si bien apagadas porque era mediodía.

Gritaban indignados por el asesinamiento de su protector, un hombre que nunca había hecho daño a nadie de lunes a jueves. Era el hombre que los había protegido del hambre y de las listas de éxitos, sobre todo de aquellas “canciones del verano”. Nunca lo olvidarían.

El Komitsario Torpóv, famoso por causar verdaderas catástrofes cada vez que había que evacuar un edificio, sabía que no podría contener la turba callejera, ávida de tomarse la justicia por su mano, izquierda al tratarse de soviéticos antiguos. No lo dudó y formateó la radio de carbono de su suegra hasta enviar un correo electrónico a la central de policías mundiales, donde le pusieron en contacto con el inspector Nillo, inspector de policía, que vivía por entonces en el campo; en un campo de fútbol, en el vestuario de los árbitros, a los que cedía los domingos las perchas. Llevaba una vida tranquila y ordenada, siendo considerado como un número uno, en una calificación del uno uno, pero al final siempre le daban los casos más difíciles. Le tenían entretenido y mientras no rompiera nada…

Se presentó en la comisaría y diez minutos más tarde volaba hacia el aeropuerto, donde tomaría el taxi que le llevaría a San Burgosburgo. Desde allí, un barco le ayudaría a cruzar las montañas y pronto estaría en Calatayanski, la pequeña aldea de la provincia de Zharagotzaya, en pleno centro de la Estepa Polvorónica. Dos días más tarde, Nillo llegó al pueblo y en una entrevista televisada con el Komitsario, se hizo cargo de la situación.

Desabrochó los grilletes a los sospechosos y los sentó para interrogarlos. Era su especialidad. Para eso había nacido. Los interrogatorios de Nillo llegaron a ser emitidos en series de sellos para correos, por lo pequeños, baratos y pegajosos.

El primer sobrino, sobre el que caían las sospechas más directas, era sólo medio tonto. Nillo decidió hacerle la mitad de las preguntas y rellenar él mismo la otra mitad. No se notó la diferencia y decidió investigar a otro hombre cercano al difunto/muerto/ asesinado/cadáver/fiambre, quiero decir el occiso, no sé si me explico.

Nillo lo observó; rubio, joven, bien parecido, no parecía un criminal. En voz baja, un guardia le aconsejó que dejara de mirar al recién nacido que bautizaban cerca y le indicó que dirigiera la mirada hacia Estrechenko, un hombre sospechosísimo. Nillo se fue pa él:

-He viajado trece mil quinientos kilómetros y dos décimas para resolver este caso. Como no me entere bien y pronto del nombre del asesinante, te endoso un atragantón tal, que hasta en mi pueblo va a estar pasada de moda tu ropa cuando te despiertes. Y mira que somos antigüitos en el vestir en Móstoles.

Antes de la segunda sesión de interrogatorio, Nillo tenía el NIF y las declaraciones de la renta desde 1.998 hasta el 2.008 del homicida, hombre sencillo a quien Vassili había humillado en una tienda de todo a un rublo. El culpable, Vladimitir Prontov, confesó así su crimen:

-Aprovechando una de tantas borracheras de los sobrinos, los puse a cantar vestidos de Pavarotti & Friends, tras lo cual ellos también se desmayaron. Endemientras, me lié a palos con Vassili, quien no dejaba de gritarme, entre puñetazo y patada, que mi corbata jamás me haría más alto. Y que yo, sin ayuda, tampoco mearía más alto. No pude soportarlo más y le zumbé con la bufanda de acero flexible.

Cuando fueron a recogerle a la estación de bicicletas, los superiores de Nillo aceptaron de buen grado las botellitas de caviar y las doce latas de vodka que trajo de recuerdo, y dejaron para él, colgando de su pecho, una medalla al mérito de doce kilos, fabricada en puro hielo de la Siberia.



CIRUGÍA ESTÉTICA 1.

2009/07/14

Narices.

Pío Beltrán, 46 años, ha puesto toda la confianza en el equipo quirúrgico del doctor Caracamb (Muchas actrices que juran que lo son, han pasado por sus manos; algunas para ser operadas): El sueño de toda su vida, poder dormir bocabajo, parece estar a su alcance. Llama y pide consulta. A los veinte minutos sueña, anestesiado en la camilla, con una entrevista cercana entre él y su vecina Trini, a menos de quince centímetros de distancia de la interfecta. Está enamoradito de ella desde que se vino a vivir al quinto C. Cuando vivía en el sexto C, estaba enamoradito de la hermana de Trini, Anita, hoy ya felizmente huída con un marinero portugués. Terminados los títulos de crédito del sueño, siente una llamada como de puerta en su cráneo, hecha con tres golpes de nudillos. Despierta y mira un espejo y ve en él la imagen de alguien que se le parece, con su mismo estrabismo. ¡Soy yo! Grita alborozado. Nota un picor en la nariz pero falla estrepitosamente al querer rascarse. “Tendrá que medir la distancia, mucho más corta ahora”, le dicen los enfermeros. ¿Y esta caja para plátanos de la mesilla de noche? “Por si la quiere de recuerdo, se la hemos embalsamado y guardado, ya ve, que somos unos sentimentales” Pío paga en efectivo y corre hacia su casa. Llama a la puerta de Trini quien, al principio, le dice que no compra libros, pero que diez segundos más tarde intenta besarle desde lejos, como siempre. Cuando descubren lo interesante que es hacerlo en corto, incluyendo refregones, corren al dormitorio B del quinto C, dejando tirada en el rellano una caja de plátanos que doña Cayetana, la portera, tira sin remilgos a la basura.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXII)

2009/07/11

Diferencias y saldos.

Lo que queda como resultado es irrefutable. El tiempo ayuda a que se desmorone la memoria de lo que fue real o creímos que lo fue y el presente se llena de saldos que ni explican ni anulan diferencias.

Ayer, más o menos lejano, discutían hombres y mujeres; hoy, siempre invariable el hoy, única realidad de tiempo, esos hombres y mujeres resulta que escogieron el lado peor armado o más lejano al que disponía de más armas que argumentos. El saldo en ideas y en personas es el que hay después de esa elección. Y es irrefutable.

Y por ser único no es peor ­ni mejor que otro, ya no es malo por incomparecencia de un contrario, o puede parecernos bueno gracias a la costumbre, la más cercana de las herramientas del alma para forjarse.

Desde hace años, temo el informe de los extraterrestres sobre nosotros. Incluso el borrador. Seguro que aparecen en ellos múltiples diferencias entre las personas, con sus correspondientes circunstancias que darán explicaciones sobradas de lo que hacemos, y también el saldo obtenido después de cada operación.

Mirarán cómo los más sabios discuten lo más absurdo y desdeñan lo evidente. Una gran diferencia que dejará un saldo de declaraciones, que saldrá positivo, y otro, el de la realidad de hoy, que dejarán pendiente de mejores resultados futuros. Pero les traicionará la fecha del informe, que es la de hoy, siempre hoy.

Puede que su informe sea preliminar, lo que deja abierta la esperanza. Pues bueno.

Algo más claro: Mueren las personas a tiros y a lo más se contabilizan. Es la mínima anotación para dejar de manifiesto una gran diferencia: que mueren en general del mismo lado. Y el saldo que se presenta es el de la estabilidad, el de “al día de hoy la situación está bajo control” (¿control?). Control de quien dispara.

Han muerto cientos de universos y nadie ha parado el mundo para decir su nombre y señalar la diferencia que tenían con otros. Quizá esa diferencia debería ser ya más pequeña. Quizá no había cámaras ni cables suficientes, pendientes como estaban de presentaciones de futbolistas fantásticos.

Pero el día a día sigue. El espectáculo debe continuar.

Al menos, mis respetos por cualquiera que muere sin haber levantado la mano para golpear. Algunos están a muchos kilómetros, pero han sabido enfrentarse a las costumbres, para intentar cambiarlas discutiendo. Y así, elevan la dignidad.

Eso también cuenta para el saldo.

Tengan ustedes muy buenos días.


Dos actos de Ardor Amativo.

2009/07/09

Sube el telón. Acto I. Escena primera. Choza miserable.

Bonifacio del Puerro Olivencia ama con plena locura a Brígida Manoli Frauendorff, la ama todita, mientras que ella lo ama a él un día sí, otro día no sé… provocando anginas de estómago al amante. Como estos avatares sucede que pasan en Nueva Orleáns, el fogoso Bonifacio recurre a la vieja Amita Mohona, experta en gurú que fabrica en una tarde varias muñecas pequeñas clavaditas a Brígida Manoli, pero sin clavarle agujas hasta nueva orden. Véase que en principio intenta clavarle a él:

-Que cuánto le debo.

-Pol sé pa ti, hombre heneroooossso y sabrosón de pielnas, te hago presio espesiá: Ochosientoh milloneh de dólare y no se hable má. ¡Asssúcca! Acepto VISA.

-Si es que me has dejado sin habla, cóñoles.

-Ta bien, dame quinientah peseta de lah antigua en billeteh de dosientah sincuenta. Máh tarde o máh temprano te arrancaré los jalapeños y ganaré musho dinero hasiendo conjuro sensualeh con elloh pah lah niñah dehganaíta de bailongo horisontá.

Fin de la primera escena. Descanso de cuarenta minutos justos. Desfile de zombies que presentan qué se llevará la próxima temporada en harapos.

Acto II. Comienzo de la segunda y última escena.

-Niña fríhida, ¿cómo eh que tú hase na má que la tonta toditas las horas del día?, -preguntan los padres de la hermosa niña, mientras la tarde cae y se rompe la crisma contra el horizonte y encima el Sol la pisotea después. Y así día tras día.

-Ay, que muy enamorá estoy yo, déhenme/váyanse, pero que de nuestro criado W. Serafín del Canadá, muy enamorá que estoy -responde la niña en frases alteradas.

Por la ventana entra Bonifacio, que piensa llevarse a su amada. Pero cuando la quiere empaquetar, aparece W. Serafín con unos aperitivos semi dulces que los presentes agradecen. La niña recupera su posición inicial y se sienta utilizando su culo, como le han enseñado que haga, mientras los amantes se baten en duelo sin estropear los muebles porque se lo piden los padres, y al día siguiente, temprano, se curan las heridas del cuerpo, pero no se cura el anunciado intensísimo ardor amativo de Boni, que pide la excedencia como amante.

Entonces aparece la gurúa Amita Mohona, maldiciendo a la grúa por llevarse su triciclo con palio, entra en la mansión por la chimenea y sin parar de bailar hace encantamientos que siembran cizaña. Momentos después, todos se odian hasta el punto de divorciarse una pareja de loros verdes que no se habían metido en nada.

El público, para compensar, sale haciendo una conga antimuermo y baja el telón, que se queda a mitad de precio.


Superhéroes (2).

2009/07/06

Me llamo Olito, Supermán Olito.

La verdad es que soy estupendo y me lío a salvar viejas que se duermen en la Torre Eiffel, bebés de los andamios, gatos de las antenas parabólicas… qué sé yo, hasta tripulaciones y pasajeros de aviones si no me coge en otro Sistema Solar visitando a mi tía Genara. Y nadie podrá decir que no voy arreglado a la última.

Antesdeayer, sin ir más lejos, tuve un día movidito porque se inauguraron cuatro rascacielos resbaladizos y nada más dar las ocho venga a caerse los limpiacristales y venga a recogerlos antes de dar con el suelo. Y la gente aplaudiendo, y yo con tiempo de mirarme en la parte recién fregada de los edificios, presentándome a las ruedas de prensa con la capa sin una arruga.

Pero nada es perfecto; aun así, seguí la jornada en la isla de Pocagua, nada más saber que el volcán Tripalallama se puso a largar. Me llego, me paso un cepillo por las sienes, dejando un flequillito mínimo y aviso a los del pueblo que voy pallá. Antes del aperitivo ya había yo salvado al alcalde, las gallinas y la población, hecho la entrevista y puesto yo mismo a mi nombre una calle en todo el centro del pueblo. La única calle del pueblo. Antes de salir volando, brillantina y todo el pelo para atrás.

Vuelvo, pico algo en el bar de Mellito y tengo el tiempo justo para coger el metro y reponer en sus carriles dos vagones que daban dentera al chirriar tanto con sus ruedas locas; tal como de chicos hacíamos con las uñas y las tizas largas en la pizarra. Salgo del suburbano con lo menos treinta fotos dedicadas y una señora se disloca el pulgar al intentarme un pellizco. Pero me vuelvo, le lanzo un beso y le mando el gorro a Groenlandia.

Después de un día así, ¿qué menos que un homenaje?, me dice el gobernador. Pues claro, chavalote, le digo jovial sin caer en la tentación de darle una palmadita en la espalda y tener que elegir un nuevo gobernador. Me pongo de paisano para recibir la medalla, y por ser bajito el alcalde me agacho y se me raja el pantalón justo el día en que Serafina, mi asistenta, me había dejado una nota con que no había calzoncillos limpios, “que no se habían secado, señorito”. Para el desavío, me había puesto unas bragas celeste suyas, junto a la camisa. Y yo, lo que Serafina me diga, con los ojos cerrados. En fin, que no todo puede salir bien siempre.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXI).

2009/07/04

Compromiso.

Supongo que puede (podría, debería) ser un motor para que las cosas salgan bien: Las obras con sus fechas, las horas con sus citas, las clases y los recreos con los timbres… pero me da que así se funde con la disciplina.

¿Cómo distinguirlos?

El diccionario ayuda, pero tiene que salir de la barriga: Uno, el compromiso, no se sostiene sin la otra, la disciplina o perseverancia, pero se da antes, en una declaración previa. Por ejemplo la de que te quiero muchísimo. Después habrá que mantener ese envido y hará falta tiempo que sostenga la oferta inicial de amor.

Pero eso parece volver a confundir en una las dos cosas. ¿Por qué?

Puede que porque en el anuncio del compromiso haya un estallido de deseo de que algo salga muy bien, quizá por encima de lo posible, y en la disciplina sólo queda el recordatorio, el martillo machacón que actúa de ángel guardián de las obligaciones.

Difícil pollo el de hoy, pero no mucho más que otras veces.

Nos metemos en mil vidas, bien porque se trata de algo muy llamativo, bien porque no sabemos dónde ir. Pero en cuanto se pasa el noviazgo aparece la exigencia. Entonces, como donjuanes incurables para sea lo que sea, preferimos otra primera cita de nuestra alma con la siguiente llamada a deslumbrarnos.

Tócatela otra vez, Sam.

Lo que pasa es que un día encuentras algo de madurez por ahí rodando y te la guardas en lugar de darle una patadita. Entonces ves que lo mismo una pasión por la música que construir muebles encierran un camino de mejora, un abanico de opciones que llevan a la satisfacción más allá del fogonazo. No te sientes un maestro en poco tiempo, sino que sabes que no basta con ser un aprendiz.

Sin más vueltas, lo grande es enamorarse a dosis desprevenidas de quien también se paró para quererte.

El compromiso te dice que, las más de las veces, es tiempo y calma lo que nos pedimos. Que cuesta hacer la compra y la colada con quien después tendrás que seducir previa bronca por las notas de los niños.

Pero hay que poder sostener la mirada, por muchos años que pasen.

Hagan la manida prueba, que siempre es determinante. Cojan un reloj y mírense a los ojos sin desviar la mirada ni un instante durante un minuto. Ni un segundo más. Vale la pena.

Tengan ustedes muy buenos días.


Bitácora de un buscador de tesoros.

2009/07/01

Prólogo.

Yo era hombre de lavabos y fregaderos. Los desatascaba sin miedo y la gente me abonaba las facturas, aunque fueran con IVA. Pero vi una oportunidad de cambiar de vida el 2 de enero de 2009 y me presenté voluntario a explorador. Mi nombre es Adelmo Flete, pero pronto mis compañeros de aventura me lo cambiaron.

Todo empezó por el principio, en el origen del comienzo. Sin duda.

Por la ferretería donde yo adquiría el citado día un tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27 (podría haber mandado a mi chiquillo, pero estaba de exámenes) pasó un tipo al que se le veía la nariz, nada más.

Mientras el dueño de la ferretería, Abigaraldo Barreiros, tiraba al suelo una docena de llaves inglesas para escuchar al recién entrado, yo le metí el tubo blanco del seis por el cuello de la camisa al tipo que decía que su baño se inundaba (¿qué podría saber un personaje como aquél, tan delgado, de su propio baño?), y también me dispuse a escuchar al hombre misterioso recién llegado tras su nariz.

El tipo, envuelto en un amplio paño semigris (aceptaría un blanco roto o gris perla si existieran esos colores) habló de tesoros, de tesoros inmensos.

Hasta el del tubo blanco del seis llamó a su mujer por el móvil para quedarse a escuchar. Antes de salir del comercio, su mujer, que venía con él, dio la vuelta al letrero de la puerta para que la gente leyera “Cerrado, sí, ¿qué pasa?”.

Ese día que cambió mi vida.

Fin del primer capítulo.

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Dentífrico Mascamás, el único que le garantiza el tubo lleno “sin aire al final, como otros tantos”. Además –compruébelo en su domicilio- deja los azulejos como una patena. Mascamás, su pasta de dientes, muelas y loza fina.

Capítulo I.

De lo que el hombre relató.

“Soy uno de los hombres más valientes que conozco. Me llamo Rabindranaz Barahado, sin más, y nací en una ribeeeera del Arauca vibradooor. Soy hermano de la fuente, soy hermano de mi hermana y de mi hermano Salvadoooor, tatán tan chan.”

Cuando el hombre de la nariz prominente comprendió que nos parecía un chufla, cambió el tono de la voz y pasó de un matiz producto de vegetaciones nasales al de un monaguillo veneciano de cuarenta y dos años. Exactamente lo que era.

“Vivo en busca de aventuras. He vivido tantas que no me acordaría si no las hubiera apuntado. Y la última de todas, de una intensidad desbordante para cualquier cagamandurrias, impensable si no se es durísimo, nos hará sacar un buen montón de riquezas, por lo que pienso viajar a recogerlas; deduzcan de la anterior persona primera del plural que necesito formar una caravana de hombres, mujeres y camellos valientes. Hablo del desierto de Pacharán”.

Hasta la mujer del comprador del tubo blanco se quedó callada, como si eso fuera fácil.

Estábamos apoyados en el mostrador el dueño, el dueño del tubo, su mujer (callada todavía), el hombre misterioso y modesto y yo. Allí reunidos, discutimos sobre si decidíamos quedar para reunirnos y discutir qué hacer. Ante nuestros gestos de pavor, Rabindranaz sacó un machete más afilado que la lengua de Quevedo y lo clavó en el mostrador de madera: No soportaba que ninguna cucaracha se le paseara por delante.

Antes de la cena, los cinco estábamos conjurados en una promesa común: Coger cuanto antes la furgoneta del vendedor, darle un agüita, colocarle unas cortinas y llenarla hasta arriba de tupper wares para largarnos al desierto de Pacharán a buscar esas riquezas tan infinitas.

Quedamos en salir al día siguiente, después de desayunar.

Fin del Capítulo I.

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Si se le caen los pelos, recójalos, que no serán tantos. Si ocurre igual con las lentejas antes de ponerlas en remojo, proceda también a recogerlas, de tres en tres si acaso para terminar antes. Pero si lo que se le escapa de las manos es un paquete de kilo y medio de azúcar molido, puro polvo dulce que estalla hacia todos los rincones de la cocina, no lo dude y deje de agacharse: Compre una Chupatod, la aspiradora que le permitirá comparar un aire antes y después de haber encendido su Chupatod, de cómo filtra. Verá a su cuñada con mejores ojos, gracias a la desaparición de esas partículas que se quedan por medio en las comidas de Navidad. Chupatod es su aspiradora.

Capítulo II.

De cómo nos colocamos en la furgoneta y emprendimos el viaje.

Para conducir, en posición pentagonal relevadora o de permutación rotativa para los cinco asientos, de modo que cada uno, con carnet en vigor, se hiciera cargo de setenta mil kilómetros seguidos. El primer turno le tocó al dueño de la ferretería, al que despegaríamos del volante en las paradas. Para dormir se celebrarían sorteos semanales.

Salimos después de la compra en Merca Chifle, con la furgona rellena de lonchas de todo tipo, botellas de agua y servilletas de papel, sin olvidar la seda dental y el abrelatas.

Cogimos por detrás de la parte norte del país más raro que había en el continente africano y supimos que íbamos bien al preguntar a una señora que hacía punto bajo una sombrilla con publicidad de una Caja de Ahorros de Ceuta. A continuación, una línea recta en la dirección “Palante, todo seguido”.

La primera noche en el desierto nos reunimos para desentumecer los brazos del vendedor y oír por fin algunos detalles de nuestra aventura.

Fin del Capítulo II.

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Si está harto de ganar kilos, no juegue más en la Lotería del Gordo. Desde hoy mismo, participe sólo en sorteos patrocinados por Phamélic & Cía, la compañía internacional que no ha dado un euro en premios en los últimos diez años, consiguiendo la desesperación más absoluta en los que compran sus participaciones, que entristecen y adelgazan. No lo olvide, Phamélic & Cía.

Capítulo III.

De cómo lo inesperado pasó a ser lo habitual.

-Por mi madre que es la primera vez, -dijo Rabindranaz, acurrucado con los demás bajo el único paraguas, impreso con publicidad de una panadería segoviana.

Se había puesto a llover en el desierto de Pacharán y la arena empezaba a empapocharse, lo que nos obligó a cobijarnos dentro de la furgoneta.

-Pues lo mejor en estos casos es buscar un sitio alto y pedruginoso, -dijo la mujer del cliente-, que añadió: -Me llamo Consuelo, que no me parecía prudente seguir sin presentarnos, y mi marido es lo más antisocial y tímido que darse pueda.

Como la furgoneta se hundía, nos pusimos a empujar para sacarla de las arenas movedizas y el resultado fue el siguiente:

Todos menos yo empujaban hacia delante agarrando las puertas laterales abiertas y con la primera marcha puesta. Y yo empujaba las puertas traseras cerradas. Los dos equipos delanteros se hundían pero notaban una compensación por su esfuerzo al comprobar que quizá no se movieran, pero tampoco retrocedían. Las ruedas traseras, en su girar frenético sobre las arenas empapadas, me cubrieron de arriba abajo en un minuto y, cuando paramos exhaustos, avancé para conocer nuestra posición y provoqué un susto de muerte en el resto de los expedicionarios. Allí comenzó mi leyenda, que terminó al día siguiente, con una ducha.

Unha Renero, Unha Renero!, -exclamó Rabindranaz, soltando el paraguas, que salió volando hacia el horizonte profundo y negro de la infinita noche del desierto.

-¡Aigg, qué asquízimo!, -soltó Consuelo.

A pesar de la poca luz, pude verme reflejado en el retrovisor y caí desmayado.

Fin del Capítulo III.

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Si no tiene hambre, no moleste. Si lo suyo es de zampabollos, meriende Gallitina, la galleta compuesta de harina, agua, más agua, azúcar y carne de gallina molida. Si sus hijos vuelven al hogar tras el colegio, déles Gallitina y acuéstelos o se caerán de sueño, pues la densidad de nuestras galletas, indicadas para las digestiones de las boas constrictor de Brasil, los dejarán traspuestos no menos de doce horas. Si protestan, usted les baja las persianas del cuarto. Gallitina, no lo dude.

Capítulo IV.

De cómo resolvimos la cuestión.

El guía fue el primero en faltar. Y Emilio, que dijo su nombre después de dos semanas compartiendo aventuras, saltó como un resorte y se fue a por él. Mejor lo cuento cronoloflísticamente ordenado:

Después de lo del chaparrón nos pusimos a secar y salimos con viento fresco del sur hacia nuestro objetivo, que se presentía cerca. De hecho, nos salieron cantes propios de la tierra de cada uno y desembalamos las palas y los picos. Pero un jarro de agua fría nos esperaba para provocarnos una contractura en el alma. Un deginse espiritual, quiero decir.

Al derretirse el cuentakilómetros, nos detuvimos junto a una papelera para tirarlo en el bidón amarillo de reciclaje y, al levantar la vista, vimos el primer letrero: “Zona cercana a la primera gruta llenita, pero llenita de tesoros hará cosa de un mes. Ya está vacía. Ni se paren. Sigan hasta la siguiente.”

De pura rabia mora arranqué el letrero y lo llevé a la furgoneta. Hasta un cuarto de hora estuvimos diciendo palabrotas. Yo veinte minutos, lo confieso. Dije hasta aquello de “ajolá se le arañen las ingles con un peine de coral” que decía mi abuela. Pero seguimos nuestro camino.

Y en eso, cuatro días más tarde, vimos al grupo organizado. El guía, al vernos tan hechos unos ascos, no tuvo otra ocurrencia que ofrecernos su viaje con descuentos. Ahí Emilio, viendo cómo los turistas de edades variadas, pero la mayoría de la tercera edad, se llenaban sus sacos de oro, plata y jarrones para la entrada, se puso los nervios en blanco y preso de un ataque de ojos comenzó a golpes de rueda de repuesto con el guía.

-Que hay para todos, ostialajoder, imite usted a lo que ve y no se ensañe conmigo. Por Dios y por la Virgen del Ganges, que parece usted la Montiel recién levantada.

Agarramos a Emilio, le pusimos un sedante (ayer, un mes después de aquello, sigue sedado, como la seda) y sacamos un saco cada uno para llenarlo de tiestos dorados, plateados y bronceados.

Fin del Capítulo IV.

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Su respuesta sexual no es la que era, ¿verdad? Pues a partir de hoy, diga “sí, por favor, béseme usted por fin” y disfrute de la vida. En el caso de que dé el paso, utilice preservativos Ponloenfirm, con lo se asegurará no meter la pata, sino un apéndice bien distinto, desprovisto de imprevistos. Ponloenfirm, su marca de la felicidad. Pero antes diga que sí, que ya no es usted ningún niño.

Capítulo V.

Dormido Emilio y guardado el equipaje, con el guía menos enfadado porque le dimos una propinilla, la vuelta se prometía feliz: En lugar de senderos atascados de arena, dunas de arena y caminos inexistentes por culpa de la arena, encontramos una autopista. Lo curioso fue que no amanecía ni a tiros.

Hasta que nos quedamos dormidos.

Al amanecer siguiente, estábamos descargando el lote de tesoros (en sacos comunitarios a repartir) en la puerta de atrás de la ferretería.

Con el último saco, vimos que no nos faltarían tubos blancos para lavabos y fregaderos en los próximos doscientos años.

Llamamos al guía por el móvil para cagarnos en sus tataraparientes hasta el siglo IX, pero él se nos adelantó antes de que marcáramos:

-No sé qué pasa. Creí que esta vez sería diferente: En la Zona Chachi todito es tesoro valioso y brillante. Una vez arramplado, de pronto se va la luz, amanecemos en casa y lo que saco del saco es, a lo más, chatarra. De las cuatro veces, al menos una me salió una colección de alfombras. Algo es algo. Lo siento y váyanse al carajo. Buenas tardes.

Con Emilio sentado y sin hablar, nos reunimos de vez en cuando para tomar café y charlar sobre lo ocurrido. Rabindranaz, que se ha cambiado el nombre por Teodoro, no para de tirarle los tejos a Consuelo, al ver que su marido no toma la iniciativa. Pero ella trae a su consorte a todas las reuniones.

En la reunión de hoy, después de migar las galletas en el café, ha aparecido una mujer misteriosa a la que sólo se le veía la nariz. Hemos dado un respingo.

-Vengio del palaisio de Visir Arishnagoud, para reinstalar tuberíaes. Quiero pedir presio para siento vintidós mil metrios de tubos blancos, rediondas, es desir, tubo rosca blanco del seis, pero con doble ancho de boca redonda para la sinfiletera de la bocamanga del fregadero A-27. ¿possible aquí?

-Puede que el tesoro no fuera directo, -dijo Teodoro, sin dejar de mirar las piernas de Consuelo.

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Si lleva media vida queriendo ver las piernas y su prolongación a su secretaria, pero no le ha sido posible dada la correcta posición al sentarse de la dueña de tales piernas, haga que frieguen su suelo de mármol con Brillaspej. Con Brillaspej su personal usará obligatoriamente gafas de sol, usted no adivinará qué mano llevan en el póquer, pero podrá por fin tener la deseada panorámica de los maravillosos muslos de su personal de confianza, Conchita, una obra de arte, seguro. Brillaspej.