Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXIV)

2009/07/25

INSTRUCCIONES VERANIEGAS (más bien playeras).

De cómo mirar a las mujeres.

Casi de frente, sin rehuir de sus ojos. Los cuerpos se pasean en verano para tomar el sol, el mar, el aire y las miradas. Que no nos pese a los hombres mirarlas ni les moleste a ellas. Que los dos quedemos satisfechos en esas décimas de segundo en la que nuestros instintos básicos se enamoran.

De cómo instalar las sombrillas.

Que si a favor del viento, que si en ángulo, que si más profunda… Yo la suelo dejar muy bien puesta en la parte de atrás del coche y me voy a pasear con una gorrilla vieja, playa arriba, playa abajo. Es una instalación sencilla.

De cómo meterse en el mar.

Sin más, sin pensarlo mucho, con la ceremonia mínima de agradecimiento y un análisis justo de temperatura, oleaje, resaca de mareas… es un chapuzón, por todos los cielos, un chapuzón.

De qué comer y dónde.

Buscar sitios limpios, que los hay, donde uno agradece un buen tomate fresco y un pescado sencillo. O visitar los mercados, sitios donde la verdura invita a refrescarse por dentro. Buscar digestiones que dejen tiempo despierto para tener tiempo libre.

De cómo tomar el Sol.

En dosis que nos recuerden que el Sol lleva ahí arriba mucho tiempo y que no avisa con irse en los próximos años. Lo de pringarse de crema parece que va en serio. Otra forma es tostarse con el poquito que da el amanecer y la caída de la tarde, que deja la piel sin arrugar y acariciable sin que parezca que te clavan agujas de tejer.

De qué beber.

Lo que se disfrute en cada instante de este tiempo libre. El vino se ha hecho para saber que se está bebiendo. Yo tengo una declaración jurada donde indico que cuando me emborracho me den a beber el peor vino. Gastar el bueno sin enterarse es algo que no he comprendido nunca. En resumen, es llegar a esa línea de las pajarillas alegres que da el alcohol a una velocidad que no me haga estrellarme.

De qué leer.

Siempre hay que arriesgar en verano. Si trincas el primer best seller de los grandes almacenes también puedes acertar, no digo que no. Pero lo suyo es irse al librero y preguntar, dejarte ver un poco lo que te gustaría. Un libro es otra forma de inventar un mundo donde nadie interpreta la historia, sus sonidos y sus colores. Nadie más que uno mismo.

De cuándo mirar la hora.

Cuando se vuelva, si acaso, por no perder el tren.

Tengan ustedes muy buenos días.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXIII)

2009/07/18

Tratamiento recomendado: Vacaciones.

El trato de cansarse a diario contiene un pacto de recuperación. Son los días anuales de quitarse de en medio para enviar el cuerpo a la hamaca y, muy pegadito al cuerpo, el espíritu. El primero se tumba y se llena de líquidos espirituosos y el otro se eleva y se vacía de ruidos terrenales.

Se acepta como un buen trato por las dos partes contratantes y se aconseja dar un buen trato a las partes durante ese espacio de tiempo, en el que se gastan las energías que no sobran y las que faltarán al volver; pero se vive. Ahí se concluye.

-Tú lo que necesitas son unas vacaciones, -dice el recién vuelto de un viaje a un tercer sitio desconocido, habiendo anunciado antes dos sitios falsos donde aún le buscan- un senderito para respirar mientras los pies chapotean arroyos, te agachas bajo las ramas que te dan sombra y te sientas a descansar cuando te da la gana. Y sin guía.

Sí –digo yo- al frenesí de los que quieran recorrer el museo en tiempo récord. Pero que no tiren de mí. Yo tengo cuadros que siempre me pedirán que me siente delante de ellos un buen rato. Y sin guía.

Es la receta que extendemos y firmamos alrededor del quince de junio y que hay que consumir cuanto antes, para volver a regirnos por el horario del curso escolar, ese que nos lleva a examinarnos, revisarnos, ver cómo vamos, tomar el turrón y un poquito después, en vacaciones, redirigirnos de nuevo al tiempo de cerrar los ojos y saber que las estrellas siguen ahí.

También hay quien prescribe un poco de vino la primera noche de libertad condicional legislada. Lo he probado, sale bien, y al día siguiente hablas de cosas muy sencillas mientras una mínima sonrisa socarrona es captada por el espejo, que te la devuelve un poco más acentuada.

Bien es verdad que estas recetas se expenden en boticas de este lado del mundo, donde la vitalidad exprimida deja gotitas de tiempo libre, pero hay que ser agradecidos, aprovecharlas y disfrutarlas.

Es cosa de no dejar caducar los días de oír el mar temprano. No tiene contraindicaciones y la ayuda de un buen libro y un paseo lo elevan a la categoría de recuperador universal del alma.

Como la vida que tenemos es la que hay, mientras se pueda hay que darse unos días de vacaciones. Para cualquier diagnóstico del ánimo. Por todos nosotros.

Felices vacaciones.

Y tengan todos ustedes muy buenos días.


INSPECTOR NILLO. TRES SOBRINOS Y UN FUNERAL.

2009/07/16

Los tres hermanos eran sospechosos. Ambos (¿sendos?) tres podían haber asesinado a Vassili Dudotski, el gran Conde Duque de la Estepa.

Él los había recogido del arroyo las doce veces (cuatro cada uno, por tres, es fácil) que habían caído; unas por torpeza, otras por no llevar gafas, pero siempre, siempre, porque el juego, las mujeres, y los juegos con mujeres los acababan llevando a la ruina, poniendo números rojos en sus cuentas, como el vino, el color de su ejército… y ahora la alfombra, manchada de la sangre de su tío adoptivo y común, Vassili.

Todo el pueblo, hasta los que recibían su baño anual aunque no lo necesitaran, salieron a la calle con antorchas, si bien apagadas porque era mediodía.

Gritaban indignados por el asesinamiento de su protector, un hombre que nunca había hecho daño a nadie de lunes a jueves. Era el hombre que los había protegido del hambre y de las listas de éxitos, sobre todo de aquellas “canciones del verano”. Nunca lo olvidarían.

El Komitsario Torpóv, famoso por causar verdaderas catástrofes cada vez que había que evacuar un edificio, sabía que no podría contener la turba callejera, ávida de tomarse la justicia por su mano, izquierda al tratarse de soviéticos antiguos. No lo dudó y formateó la radio de carbono de su suegra hasta enviar un correo electrónico a la central de policías mundiales, donde le pusieron en contacto con el inspector Nillo, inspector de policía, que vivía por entonces en el campo; en un campo de fútbol, en el vestuario de los árbitros, a los que cedía los domingos las perchas. Llevaba una vida tranquila y ordenada, siendo considerado como un número uno, en una calificación del uno uno, pero al final siempre le daban los casos más difíciles. Le tenían entretenido y mientras no rompiera nada…

Se presentó en la comisaría y diez minutos más tarde volaba hacia el aeropuerto, donde tomaría el taxi que le llevaría a San Burgosburgo. Desde allí, un barco le ayudaría a cruzar las montañas y pronto estaría en Calatayanski, la pequeña aldea de la provincia de Zharagotzaya, en pleno centro de la Estepa Polvorónica. Dos días más tarde, Nillo llegó al pueblo y en una entrevista televisada con el Komitsario, se hizo cargo de la situación.

Desabrochó los grilletes a los sospechosos y los sentó para interrogarlos. Era su especialidad. Para eso había nacido. Los interrogatorios de Nillo llegaron a ser emitidos en series de sellos para correos, por lo pequeños, baratos y pegajosos.

El primer sobrino, sobre el que caían las sospechas más directas, era sólo medio tonto. Nillo decidió hacerle la mitad de las preguntas y rellenar él mismo la otra mitad. No se notó la diferencia y decidió investigar a otro hombre cercano al difunto/muerto/ asesinado/cadáver/fiambre, quiero decir el occiso, no sé si me explico.

Nillo lo observó; rubio, joven, bien parecido, no parecía un criminal. En voz baja, un guardia le aconsejó que dejara de mirar al recién nacido que bautizaban cerca y le indicó que dirigiera la mirada hacia Estrechenko, un hombre sospechosísimo. Nillo se fue pa él:

-He viajado trece mil quinientos kilómetros y dos décimas para resolver este caso. Como no me entere bien y pronto del nombre del asesinante, te endoso un atragantón tal, que hasta en mi pueblo va a estar pasada de moda tu ropa cuando te despiertes. Y mira que somos antigüitos en el vestir en Móstoles.

Antes de la segunda sesión de interrogatorio, Nillo tenía el NIF y las declaraciones de la renta desde 1.998 hasta el 2.008 del homicida, hombre sencillo a quien Vassili había humillado en una tienda de todo a un rublo. El culpable, Vladimitir Prontov, confesó así su crimen:

-Aprovechando una de tantas borracheras de los sobrinos, los puse a cantar vestidos de Pavarotti & Friends, tras lo cual ellos también se desmayaron. Endemientras, me lié a palos con Vassili, quien no dejaba de gritarme, entre puñetazo y patada, que mi corbata jamás me haría más alto. Y que yo, sin ayuda, tampoco mearía más alto. No pude soportarlo más y le zumbé con la bufanda de acero flexible.

Cuando fueron a recogerle a la estación de bicicletas, los superiores de Nillo aceptaron de buen grado las botellitas de caviar y las doce latas de vodka que trajo de recuerdo, y dejaron para él, colgando de su pecho, una medalla al mérito de doce kilos, fabricada en puro hielo de la Siberia.



CIRUGÍA ESTÉTICA 1.

2009/07/14

Narices.

Pío Beltrán, 46 años, ha puesto toda la confianza en el equipo quirúrgico del doctor Caracamb (Muchas actrices que juran que lo son, han pasado por sus manos; algunas para ser operadas): El sueño de toda su vida, poder dormir bocabajo, parece estar a su alcance. Llama y pide consulta. A los veinte minutos sueña, anestesiado en la camilla, con una entrevista cercana entre él y su vecina Trini, a menos de quince centímetros de distancia de la interfecta. Está enamoradito de ella desde que se vino a vivir al quinto C. Cuando vivía en el sexto C, estaba enamoradito de la hermana de Trini, Anita, hoy ya felizmente huída con un marinero portugués. Terminados los títulos de crédito del sueño, siente una llamada como de puerta en su cráneo, hecha con tres golpes de nudillos. Despierta y mira un espejo y ve en él la imagen de alguien que se le parece, con su mismo estrabismo. ¡Soy yo! Grita alborozado. Nota un picor en la nariz pero falla estrepitosamente al querer rascarse. “Tendrá que medir la distancia, mucho más corta ahora”, le dicen los enfermeros. ¿Y esta caja para plátanos de la mesilla de noche? “Por si la quiere de recuerdo, se la hemos embalsamado y guardado, ya ve, que somos unos sentimentales” Pío paga en efectivo y corre hacia su casa. Llama a la puerta de Trini quien, al principio, le dice que no compra libros, pero que diez segundos más tarde intenta besarle desde lejos, como siempre. Cuando descubren lo interesante que es hacerlo en corto, incluyendo refregones, corren al dormitorio B del quinto C, dejando tirada en el rellano una caja de plátanos que doña Cayetana, la portera, tira sin remilgos a la basura.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXII)

2009/07/11

Diferencias y saldos.

Lo que queda como resultado es irrefutable. El tiempo ayuda a que se desmorone la memoria de lo que fue real o creímos que lo fue y el presente se llena de saldos que ni explican ni anulan diferencias.

Ayer, más o menos lejano, discutían hombres y mujeres; hoy, siempre invariable el hoy, única realidad de tiempo, esos hombres y mujeres resulta que escogieron el lado peor armado o más lejano al que disponía de más armas que argumentos. El saldo en ideas y en personas es el que hay después de esa elección. Y es irrefutable.

Y por ser único no es peor ­ni mejor que otro, ya no es malo por incomparecencia de un contrario, o puede parecernos bueno gracias a la costumbre, la más cercana de las herramientas del alma para forjarse.

Desde hace años, temo el informe de los extraterrestres sobre nosotros. Incluso el borrador. Seguro que aparecen en ellos múltiples diferencias entre las personas, con sus correspondientes circunstancias que darán explicaciones sobradas de lo que hacemos, y también el saldo obtenido después de cada operación.

Mirarán cómo los más sabios discuten lo más absurdo y desdeñan lo evidente. Una gran diferencia que dejará un saldo de declaraciones, que saldrá positivo, y otro, el de la realidad de hoy, que dejarán pendiente de mejores resultados futuros. Pero les traicionará la fecha del informe, que es la de hoy, siempre hoy.

Puede que su informe sea preliminar, lo que deja abierta la esperanza. Pues bueno.

Algo más claro: Mueren las personas a tiros y a lo más se contabilizan. Es la mínima anotación para dejar de manifiesto una gran diferencia: que mueren en general del mismo lado. Y el saldo que se presenta es el de la estabilidad, el de “al día de hoy la situación está bajo control” (¿control?). Control de quien dispara.

Han muerto cientos de universos y nadie ha parado el mundo para decir su nombre y señalar la diferencia que tenían con otros. Quizá esa diferencia debería ser ya más pequeña. Quizá no había cámaras ni cables suficientes, pendientes como estaban de presentaciones de futbolistas fantásticos.

Pero el día a día sigue. El espectáculo debe continuar.

Al menos, mis respetos por cualquiera que muere sin haber levantado la mano para golpear. Algunos están a muchos kilómetros, pero han sabido enfrentarse a las costumbres, para intentar cambiarlas discutiendo. Y así, elevan la dignidad.

Eso también cuenta para el saldo.

Tengan ustedes muy buenos días.


Dos actos de Ardor Amativo.

2009/07/09

Sube el telón. Acto I. Escena primera. Choza miserable.

Bonifacio del Puerro Olivencia ama con plena locura a Brígida Manoli Frauendorff, la ama todita, mientras que ella lo ama a él un día sí, otro día no sé… provocando anginas de estómago al amante. Como estos avatares sucede que pasan en Nueva Orleáns, el fogoso Bonifacio recurre a la vieja Amita Mohona, experta en gurú que fabrica en una tarde varias muñecas pequeñas clavaditas a Brígida Manoli, pero sin clavarle agujas hasta nueva orden. Véase que en principio intenta clavarle a él:

-Que cuánto le debo.

-Pol sé pa ti, hombre heneroooossso y sabrosón de pielnas, te hago presio espesiá: Ochosientoh milloneh de dólare y no se hable má. ¡Asssúcca! Acepto VISA.

-Si es que me has dejado sin habla, cóñoles.

-Ta bien, dame quinientah peseta de lah antigua en billeteh de dosientah sincuenta. Máh tarde o máh temprano te arrancaré los jalapeños y ganaré musho dinero hasiendo conjuro sensualeh con elloh pah lah niñah dehganaíta de bailongo horisontá.

Fin de la primera escena. Descanso de cuarenta minutos justos. Desfile de zombies que presentan qué se llevará la próxima temporada en harapos.

Acto II. Comienzo de la segunda y última escena.

-Niña fríhida, ¿cómo eh que tú hase na má que la tonta toditas las horas del día?, -preguntan los padres de la hermosa niña, mientras la tarde cae y se rompe la crisma contra el horizonte y encima el Sol la pisotea después. Y así día tras día.

-Ay, que muy enamorá estoy yo, déhenme/váyanse, pero que de nuestro criado W. Serafín del Canadá, muy enamorá que estoy -responde la niña en frases alteradas.

Por la ventana entra Bonifacio, que piensa llevarse a su amada. Pero cuando la quiere empaquetar, aparece W. Serafín con unos aperitivos semi dulces que los presentes agradecen. La niña recupera su posición inicial y se sienta utilizando su culo, como le han enseñado que haga, mientras los amantes se baten en duelo sin estropear los muebles porque se lo piden los padres, y al día siguiente, temprano, se curan las heridas del cuerpo, pero no se cura el anunciado intensísimo ardor amativo de Boni, que pide la excedencia como amante.

Entonces aparece la gurúa Amita Mohona, maldiciendo a la grúa por llevarse su triciclo con palio, entra en la mansión por la chimenea y sin parar de bailar hace encantamientos que siembran cizaña. Momentos después, todos se odian hasta el punto de divorciarse una pareja de loros verdes que no se habían metido en nada.

El público, para compensar, sale haciendo una conga antimuermo y baja el telón, que se queda a mitad de precio.


Superhéroes (2).

2009/07/06

Me llamo Olito, Supermán Olito.

La verdad es que soy estupendo y me lío a salvar viejas que se duermen en la Torre Eiffel, bebés de los andamios, gatos de las antenas parabólicas… qué sé yo, hasta tripulaciones y pasajeros de aviones si no me coge en otro Sistema Solar visitando a mi tía Genara. Y nadie podrá decir que no voy arreglado a la última.

Antesdeayer, sin ir más lejos, tuve un día movidito porque se inauguraron cuatro rascacielos resbaladizos y nada más dar las ocho venga a caerse los limpiacristales y venga a recogerlos antes de dar con el suelo. Y la gente aplaudiendo, y yo con tiempo de mirarme en la parte recién fregada de los edificios, presentándome a las ruedas de prensa con la capa sin una arruga.

Pero nada es perfecto; aun así, seguí la jornada en la isla de Pocagua, nada más saber que el volcán Tripalallama se puso a largar. Me llego, me paso un cepillo por las sienes, dejando un flequillito mínimo y aviso a los del pueblo que voy pallá. Antes del aperitivo ya había yo salvado al alcalde, las gallinas y la población, hecho la entrevista y puesto yo mismo a mi nombre una calle en todo el centro del pueblo. La única calle del pueblo. Antes de salir volando, brillantina y todo el pelo para atrás.

Vuelvo, pico algo en el bar de Mellito y tengo el tiempo justo para coger el metro y reponer en sus carriles dos vagones que daban dentera al chirriar tanto con sus ruedas locas; tal como de chicos hacíamos con las uñas y las tizas largas en la pizarra. Salgo del suburbano con lo menos treinta fotos dedicadas y una señora se disloca el pulgar al intentarme un pellizco. Pero me vuelvo, le lanzo un beso y le mando el gorro a Groenlandia.

Después de un día así, ¿qué menos que un homenaje?, me dice el gobernador. Pues claro, chavalote, le digo jovial sin caer en la tentación de darle una palmadita en la espalda y tener que elegir un nuevo gobernador. Me pongo de paisano para recibir la medalla, y por ser bajito el alcalde me agacho y se me raja el pantalón justo el día en que Serafina, mi asistenta, me había dejado una nota con que no había calzoncillos limpios, “que no se habían secado, señorito”. Para el desavío, me había puesto unas bragas celeste suyas, junto a la camisa. Y yo, lo que Serafina me diga, con los ojos cerrados. En fin, que no todo puede salir bien siempre.