QUEJA.

2009/09/28

Motivo tengo para presentarLe quejas

en un papiro de reclamaciones,

a Quien dice querer con atenciones

infinitas a Su hijo y Va y lo Deja

al juicio y la merced de centuriones.

El alquiler de un local sin pago a tiempo,

sin licencia, sin IVA y al antojo

de unos mercas que vendían en Su templo,

provocó que me mandara al desalojo

y me excedí y le di a uno en un ojo.

Desde allí, al palacio de Pilatos,

me llevaron amarrado y con insultos

unos tipos barbudos y muy feos

que de hipócritas serían fariseos,

y que no contemplarían un indulto.

Y el tal Pilatos, a la hora del tapeo,

se lavó bien las manos, como el culto

romano irrenunciable del aseo.

Los trámites se atascaron, no sé cómo,

y pedí ayuda mientras regaba el huerto

a cubos, ni aspersión ni niño muerto,

y no acudieron ni Él ni su Palomo.

Acabé aquí de anfitrión con los dos brazos

abiertos y clavado en dos maderos,

con dos maderos dándome lanzazos.

Miro arriba y al Jefe me encomiendo

y en respuesta un subalterno rasga un velo,

manda truenos y hace temblar el suelo,

porque al Jefe Lo he pillado comiendo.

Así que me tragué el proceso entero.

Ascendí, esa es la verdad, por mis desvelos,

por méritos y, en las oposiciones,

obtuve tales calificaciones

que saqué mi plaza fija en pleno Cielo.

Y sin rencor, conviviendo en Trinidad

de calma chicha, cetro, corona y manto,

Les digo que, si Se aburren tanto,

Se vengan a Sevilla el Jueves Santo

para verme salir en mi hermandad.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIV)

2009/09/26

Vivir juntos.

No sé en cuántas especies siguen juntas las parejas después de procrear y –más o menos- sacar adelante a los pollos o bichos en general.

Mientras no están juntos, los muchos que no lo están, ¿ligan, conviven, trasnochan?

No hay mucho escrito sobre ello.

Los humanos hablamos de instituciones que disciplinen a las personas, antes que hablar de las personas.

Nos escudamos en normas, tradiciones y reglas que dan estabilidad, pero después jugamos con el aburrimiento si pasa mucho tiempo de convivencia obligatoria.

He oído disparates. Cosas terribles que maridos y mujeres se hacen entre sí. Por no nombrar las que se dicen. Y las muertes, irreversibles, de las que la primera debería sobrar para llevarnos las manos a la cabeza y estrujarla hasta que soltara ideas. Y verdades.

La pareja.

El hartazgo. La obligación antes que la sinceridad.

En un mundo plastificado donde queremos sólo lo bueno de las situaciones, no es fácil ver envejecer a la pareja y encontrar una barriga fláccida (y no sólo una barriga) donde antes había abdominales y una batidora sin necesidad de conexión a la red.

Nos queda, entre otras soluciones que se inventen, la complicidad. Y saber mirar atrás. No es fácil que el deterioro físico le toque a uno y al otro no.

Lo malo es confundirse, creerse capaz de soltar una liana sin haber agarrado bien la otra.

Ir de flor en flor parece divertido. No responder a horarios ni compromisos da una gran impresión de libertad. Pero la libertad hay que saber disfrutarla, como saber gastar el dinero. Mi experiencia es que vale la pena intentar conquistarla junto a alguien.

Es como hacer el amor cuando estás follando. De lo mejor que he vivido en mi vida.

No hago apología del matrimonio, sino de la prudencia. Si alguien se arriesga a decir “te quiero”, que sepa lo que está diciendo.

Si lo que se quiere es ver un ratito al día a alguien despampanante, bien vestido y sin cara de cansancio, hay que llamar a una agencia y aprender a volver a casa sin que nos espere nadie. Otra opción es esperar a que tu pareja esté arregladita del todo y mirarla entonces, no mientras se está depilando. Es decir, buscar y rescatar lo bueno sin que nos lo den siempre hecho. Aprender a querer con los defectos y, en muchos casos, por ellos. Huir de lo perfecto en la pareja.

Y mirarse a los ojos, no lo olvidemos. Que no es tan fácil como parece.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


EL TITANIC ¿QUÉ PASÓ ALLÍ? ¿EIN?

2009/09/24

Las aguas estaban frías, dicen. A saber. El barco era insumergible, pero sólo si se colocaba al revés. En su posición natural le entraba agua por las ventanas número 234 y 652, a pesar de los cartones. (Cáp. XII, Pág. 45 y sgtes del Libro “Yo hice un barco grandísimo”, Ed Oleaje, bolsillo. París, 1.909).

En cuanto al casco, no se puede decir que no fuera duro. Y más por detrás, donde suele ir la popa, parte construida con abundante pasta de garbanzos, de esos que cuando salen muy difíciles no hay diente que los machaque.

Ahora viene lo del glaciar. Pues sí, la cosa del peñasco helado y afilado tuvo muy mala sombra. Y muy mala fortuna además, porque el cabo Tarate Jenns tenía asignado el turno de limas para achatar los hielos desde las siete de la tarde hasta las cuatro o cinco de la mañana. ¿Y qué hizo el hombre este? Pues prácticamente nada. Limitarse como mucho a morir congelado porque según sus compañeros “se le olvidó la chaqueta en el camarote” Y él no se ponía jamás el abrigo sobre la camisa directamente, porque “le picaba”. Tarate no avisó del filo, el filo rajó el barco y el barco se hundió lenta y majestuosamente.

Mientras, se celebraron concursos de chapuzones y empujones varios, sin que diera tiempo a entregar los trofeos a los ganadores. El capitán, que se saltó el protocolo y se echó al coleto dos tragos, directamente de la botella, de un orujo “fuerte pero de los que no dejan resaca”, intentó sin éxitos escribir en su diario con un bolígrafo de tinta líquida.

El segundo de a bordo quiso decir unas palabras pero un trago de agua se le fue por mal camino y no sirvieron de nada las palmaditas que le dieron en la espalda, bajo el océano y de noche.

El resto del equipo directivo del grandioso paquebote no terminó ni el postre de la cena. Alegaron estar desganados, los unos, y que las natillas “estaban aguadas, como sin consistencia” según los otros.

Capítulo aparte merece la forma en que la música y otras bellas artes estuvieron a la mayor altura en esta catástrofe:

Los músicos de a bordo Cris Malone y Fiodorov Sinskitri, virtuosos, tiraron al agua directamente al resto del quinteto, unos pandereteros borrachos que no llevaban el compás.

Conscientes de que se aguaba la fiesta, impermeabilizaron los contrabajos, y envasaron al vacío los violines y la viola. Finalmente envolvieron en plástico los siete tambores de la batería principal de la orquesta.

Ahora bien: Los platillos se perdieron misteriosamente, pero ochenta años después se supo que se los llevó Madame Pétula Duddle, para molestar en la ópera durante el resto de su vida: Ella los hacía sonar y se levantaba a saludar desde el palco, ante los aplausos por ser una de las que se escapó de la tragedia.

En cuanto al piano, se recogió del fondo del mar Negro el 4 de abril de 1.944. Dentro se encontró una demostración rigurosa del teorema de Arquímedes.

Hablemos ahora de las riquezas encontradas dentro del barco. Según el listado oficial del capitán Peter Minar, los objetos aprovechables para hacerse millonario con sus ventas eran los siguientes:

– Unas gafas azules sin cristales que pertenecieron a la reina Catalina de Rusia, aunque no “de manera directa”, pues todo los bienes de sus súbditos eran considerados “suyos o de ella” desde que nacían, y las gafas eran de Serguei Mostachenco, un carpintero de Vladivostok.

– Un par de zapatos acharolados de la maravillosa actriz Sarah Bernard, con los que había zurrado el culete del capitán general René Dellancoime, cada una de las tardes anteriores a las encarnizadas batallas lideradas por el alto mando militar al mando de la caballería de dragones imperiales en excedencia.

– Y tres paquetes de galletas de la época sin abrir.

En cuanto a la estructura general de la construcción del barco, el debate se planteó en los siguientes términos:

“Lo veo muy difícil para limpiarlo a fondo”, según Arcadia Peor, jefa del servicio de baños y toallas del buque. Se especula con que cambió de opinión tras el hundimiento y que entonces sí pudo limpiarlo “en el fondo”.

“En cuanto te entusiasmas con un color bonito para el casco, te dicen que no les queda en fábrica y a empezar otra vez, como si esto lo pagara otro”. Esto era una queja amarga y constante de Lionel Cruce, coordinador de tintes y andamios de la gran ciudad flotante que suponía el Titanic.

“Me he perdido dos veces y no he encontrado mi habitación jamás”. Esta, sin lugar a dudas, era la reclamación más frecuente realizada por parte de los pasajeros. En el colmo del despiste, una señora japonesa juró que sólo al final del asunto se enteró de que su barco era el Tiffany, y que la dificultad de la traductora, que viajaba con ella, las hizo meterse en el primer barco que se encontraron.

Quedaba lo de los campos de deportes. Impresionó encontrar barras de pesas cargadas con doscientos kilos para los ejercicios de cuello. Y en el gimnasio femenino.

Y la biblioteca: Seis libros que suponían, dividiendo bien con decimales, un total de cuatro páginas con quince renglones por pasajero para su entretenimiento, enriquecimiento espiritual y, quién sabe, posible formación profesional posterior. La estancia estaba construida en roble noble y encina porcina, con una superficie útil de un metro cuadrado.

No hemos dicho nada de los baños instalados en los distintos pisos y habitaciones. Pero es que no sabemos nada. No obstante, los rumores sobre prisas, carreras y culos al aire en cubierta, aprovechando el viento a favor, no dicen nada bueno sobre la calidad de las infraestructuras sanitarias del Titanic.

Por último, las historias de amor. Por un lado de las personas que iban dentro como pasajeros, jefes de cocina y jugadores de petanca federados, unas cuatro mil cien.

Y de los que iban fuera, mantenedores, pescadores de caña y timoneles, seis más en total.

Pero hagamos una mención especial para la aventura romántica como ninguna: La que vivieron Leonardo Metacarpio y Teresita de Miñón, que, en su pasión, recorrieron el barco de un lado a otro diez veces, las últimas seis sin ser perseguidos ya por nadie. Y siempre cogidos de la mano. Consiguieron llegar al punto más alto de la parte que no se había hundido todavía y, allí mismo, mantener relaciones sexuales en unas posturas extravagantes para la época de la que hablamos. Los aplausos fueron atronadores, pero la pareja no concedió bises.

A modo de epitafio, mientras los que se salvaron de morir ahogados se alejaban del agujero provocado en el mar (que más tarde sería rellenado con agua del propio mar, haciendo de nuevo navegable la zona) pensaban en lo fácil que habría sido hacer las cosas bien y poner botes salvavidas a un coste más acorde con el nivel medio de vida de los pasajeros. No fue hasta 50 años después de la tragedia cuando se probó fehacientemente que la lista de precios era la que sigue:

Canoa para cinco con timonel 25$

Piragua para tres sin timonel 50$

Barca mediana 100$

Barca grande, tamaño familiar 150$

Barreño individual 10$

Barreño individual con remo 15$

Según los investigadores, una estafa. Y, de hecho, la mayoría se quedó sin vender y se hundió el negocio.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIII)

2009/09/19

Reacciones.

Según te coja el cuerpo, supongo, vale para todo.

Pero entonces los payasos, si se levantaran tristes, no nos harían reír.

Y a los cirujanos les daría corte operar si su timidez se acentuara.

Y los albañiles dejarían de construir su futuro en un día en que no se levantaran con firmeza.

Y los cantantes poco cantarían si no tuvieran mal que espantar.

Y los que se levantasen demasiado tarde, harían que ni la dicha fuera buena.

Y…

No, no; hay que ir a comprar lo necesario, aunque hayamos terminado de comer hace un minuto y no lanzarse a comprar por engullir con los ojos cuando aún no hemos almorzado.

En general, creo que hay que ser profesional en esto de vivir y reaccionar con algo de brío a lo que se nos va poniendo por delante.

También, en general, afirmo que hay un sector que tiene las mejores reacciones, por inmediatas, fáciles de aplicar y eficaces. Son las madres y punto.

Y que, en general, las reacciones generales ante un problema son de rechazo, hastío y contrariedad; después, con ayuda, se van poniendo las piezas para resolverlo.

Concretemos.

Vivir en la calle: El tráfico, un poner, nos hace sentir, como conductores, a la altura de un dragón con una franja de tres metros de ancho en propiedad. Y defender ese territorio es sagrado, por encima de la fluidez de la circulación, hasta reaccionar con la virulencia del invadido, aunque sea verdad en lo que a carriles se refiere.

Pero, en general, en general, reaccionamos con mucha solicitud ante una caída o indefensión de los que van a pie. Quizá el estar fuera de esas máquinas de acero nos identifican más con lo vulnerable de la piel.

Vivir en casa: Rutina, opiniones contrapuestas, falta de diálogo… ¿o de ganas de hablar? que se justifican con cansancio, mientras que si alguien nuevo aparece por la puerta, en general, somos más simpáticos, más comunicativos.

Puede haber intento de tesis en esto de hoy.

Las reacciones son químicas, puede ser. Pero hay una voluntad para controlarlas: La nuestra, por raro que parezca. Siempre, lo he dicho siempre, hay un momentito, un mini instante que nos facilitaría con la práctica no tener la peor de las reacciones posibles.

Si alguien está esperando un abrazo, no es lo mejor soltarle una cara digna de fabricantes de huevos podridos. Bastaría una pequeña pero mínima reacción que pide comprensión para nuestro mal genio. Pero lo mismo sucede si hay alguien que espera un golpe o un desprecio. También da tiempo, en general, a meterse la mano en el bolsillo y respirar hondo.

Ahora aplíquese al que tiene un millón de litros de mierda líquida para verter en el mar, una cerilla en un bosque seco, o un botoncito nuclear. A ver quién lo convence de que no reaccione a la primera, el muy capullo.

Para el resto, propongo el no echar la culpa, en general, a los demás.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


AMOR DE COBERTURA

2009/09/18

La primera vez fue el pronto:

Con sus prendas interiores,

me arrinconó y mis temores

me hicieron quedar de tonto.

Volví a verla, ahora con bata.

Me volvió a invitar al cuarto

y un cuarto amago de infarto

me rompió como piñata.

Pasaron semanas, once

sólo descalza, muy junto

a su cama entonces,

entonces, estuve a punto.

Pensé que me olvidaría

hasta que unos carnavales,

vestida hasta el paroxismo

y, sin lógica, ese día

de fuegos artificiales

le desbordé el organismo.

Para mantener la llama,

ante mi gesto de amor,

ella busca un cobertor

y lo extiende por la cama.

Salvo errores u omisiones,

no hay desertor de cariño

mientras ella sus corpiños

cubra con sus camisones.

Así, aunque sea extraño,

ella soporta el castigo:

llevar puesto todo el año

faja, bufanda y abrigo.

Así yo apaño: con paño;

y ella se queda conmigo.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXII)

2009/09/12

Niños.

Que pidan cosas. Si gritan, si patalean… no sé, pero que consuman.

Que se les compren cosas: Juguetes, más juguetes, tantos que ni dé tiempo a abrirlos. Tantos, que haya que dárselos a otros niños que no pueden comprarlos. Curiosa la paradoja: Quizá vuelvan, para que jueguen con ellos y los disfruten, a las mismas manos de niños que los fabricaron en condiciones de esclavos. ¿Quién sabe? ¡Da tantas vueltas la vida!

Que interrumpan, que no dejen hablar, que hay que estar pendientes de ellos en todo momento.

Supongo que el porcentaje de atención constante a nuestros hijos es decreciente, con un mínimo sagrado. No dejo que un niño que aún no anda se quede sólo, pero no me meto en medio de un grupo de chicos de diez años para hacerme el moderno y contar mis chascarrillos, o evitar que discutan. Tienen que aprender a resolver sus conflictos y pocos casos debe haber donde los adultos tengan que intervenir.

Porque un día, por unas vacaciones de nada, te pones a observarlos, un poner, en la playa. Con un par de manos y bastante arena y agua como materia prima, las horas se les pasan sin que se acuerden de tiestos tecnológicos, programas de televisión más o menos adecuados (muchos idiotizantes) ni golosinas pringosas. Dejas tu libro descansar un poco de crítica inmisericorde y te dedicas a ver a unos niños haciendo su papel de niños. Bien es verdad que en el transcurso de la jornada hay gritos, peleas, castillos y canales subterráneos que se derrumbarán con la subida de la marea, pérdida de palas y rastrillos y balonazos. Algo muy parecido a lo que pasaba cuando a un niño no se le pedía que fuera otra cosa. No hará de esto demasiado tiempo.

Sus formas, su estilo, su campo de comprensión, no ha cambiado tanto. Pero se ha puesto a su alcance una caja de Pandora para que se les complique la vida lo más pronto posible. Y confundir por dejadez que entren a pensar en problemas que no son suyos, rompe esquemas que llevaban miles de años funcionando, más bien que mal.

Confieso que mis hijas, en tiempo de colegio, no se quedaban tarde, jamás, a ver la televisión. Tenían un horario. Y no había más que hablar. Hoy tienen el sentido de lo que no hay que discutir, “porque es así”, y gastan sus energías en llevar a cabo sus proyectos profesionales y de vida. No hubo que gastar broncas inútiles ni griteríos huecos que llevan a la confusión de no saber qué merece un conflicto.

Tres normas, por no decir menos, que sean sagradas. Ellos lo aceptan y lo agradecen. Nos agradecen que les protejamos -no aislemos- y les evitemos presenciar la violencia sin control, el desorden en comidas y descanso, el derroche y el despilfarro de tirar un lápiz que aún pinta o un balón que aún bota.

Ya lo habré mencionado alguna vez, pero igual que no consulto al recién nacido si quiere o no tomar el pecho de su madre, tampoco dejo que un chico de doce años coja una botella de vodka en mi presencia, y en la de su sonriente padre, y me diga que se la lleva a su primera fiesta. Aunque tenga que dejar de hablarme con ese padre tan progresista, que comparte cosas de hombre con un niño, sin reflexión, ni capacidad para asimilarla.

Tiempo habrá, debe haber, para que no metamos a los chiquillos en fregados que no son suyos. Si lo permitimos, les hacemos un daño irreparable.

Y, lo siento, insisto: Cuando pregunten que por qué él no puede ir a la fiesta de vodka a su edad, sólo tengo, a esa edad, la respuesta que di en su día “Porque lo digo yo, que soy tu padre”. Y apechugar con un par de días de rostro mohíno. Después, al tercer día, siempre vienen a abrazarte. Basta estar ahí, a su lado, cuando haces falta.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXI).

2009/09/05

Necesidades.

-Buenos días, señora, con permiso… un poquito de blablablablá sobre lo bonita que tiene usted su casa y vamos a lo que importa ¿cree usted que es mejor contratar el seguro de vida Palmalinstant o mejor el Palmaplaz, teniendo en cuenta –a la vista está- su estupendo aspecto?

Si la señora se achanta, sólo pensará en cuál es mejor para el que vende, que entiende más, “vamos, digo yo”.

Pero, ¿y si un día alguien le pregunta al agente de seguros sobre la necesidad de tener o no cualquier seguro de vida? Suele suceder que desaparecen el vendedor y la sonrisa que traía pegada a la cara. Al mismo tiempo.

Ahora abstraigo, como si nada.

Creamos un sistema de vida y se nos vienen ganas de mejorarlo primero y adornarlo después. De un techo que nos cubra llegamos a querer un ático con solarium o un hotel de cinco o seis estrellas. De hecho, nos consideramos una de ellas cuando entramos alguna vez en un hall y nos llevan las maletas. De alguien que nos cure un hueso roto hacemos lo posible para que acabe planchándonos nuestras arrugas y coloreando nuestras canas.

Y ahora, de pronto, surge preguntarse qué es imprescindible y qué no lo es.

Ha habido dinero para muchas cosas y hablo de subvenciones. A España ha llegado un río de dinero con un caudal desbordante y sólo parece haber inundado bolsillos con agujeros. Nos preguntarán qué ha pasado con un tejido industrial que tenía que haber creado empleo y no sabremos responder. O quizá digamos que algunas necesidades (ordenadores para chatear en los colegios, libros gratis generalizados) se han cubierto en forma de alfombra: para acabar por los suelos y ser pisoteada.

Y ahora hay que escoger. No hay autónomos, se consume mucho menos y no se genera el movimiento de dinero corriente necesario para que funcione nuestra forma de vivir. Consecuencia: Que caigan, como siempre, los débiles. Así ha ocurrido desde la primera crisis, aquella cualquiera en la que sabemos que somos los escogidos para sobrevivir por razones evidentes: Somos más guapos, más cultos, vestimos mejor… No hay duda posible.

En España puede que sepamos qué hacer para ser competitivos, pero cierta desgana soberbia nos lleva a querer sólo los empleos delicados: Se prefiere ser distribuidor de productos agrícolas antes que cultivarlos, porque da mucho el Sol. Pero eso no es posible en gremios como la fontanería o la carpintería, oficios despreciados salvo cuando se nos rompe una cañería un domingo. Entonces queremos al mejor. Esa es una necesidad indiscutible. Como la de un policía si nos atracan.

Es difícil elegir qué se hace necesario y qué no según avanzan los tiempos. Yo soy de los que dicen que comer se mantendrá. Y querría explicaciones sencillas de porqué nuestros campos no están organizados para albergar más y mejor empleo, hasta cimentar el prestigio de quienes cultivan nuestros alimentos. Teniendo en cuenta las buenas comunicaciones, nadie acabará sintiéndose aislado del glamour de las ciudades.

Los coches, los muebles, la ropa… Imprescindibles: Cosas que hay que fabricar. Y para ello hay que tragar la dura puesta en marcha, hasta competir con calidad y hacer ver que lo fabricado aquí es preferible porque está bien hecho.

El atasco surge con las multinacionales y los sueldos de miseria. Duro asunto. Pero mantenernos con chiringuitos/restaurantes, pensiones/hoteles, es insuficiente. Porque los que gastan en eso lo hacen por necesidades creadas que no son básicas en tiempos difíciles: Si no tengo para vestir me lo quito de tomar el Sol en España y ya volveremos otro año. Además, la ropa me la compro aquí, en Girilandia, que es más barata, aunque sea peor.

Siento hablar en voz alta más que reflexionar. Gracias por escuchar.

Y tengan todos ustedes muy buenos días.