Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXIX)

2009/10/31

VUELTAS SOBRE LA EDUCACIÓN.

¿Se educa para convivir por encima de cualquier otra consideración?

¿Merece la pena gente desagradable con los demás en cualquier reacción de cercanía, pero eficiente en su trabajo? ¿Por ejemplo un gran cirujano grosero?

¿Soportamos a quien no cumple con su deber pero se levanta a ceder un asiento a la primera anciana que se le echa encima en un autobús?

Parece que nos hemos metido en un período de demasiadas preguntas, porque no hace mucho tiempo aceptábamos que “había” que educarse. Y, por supuesto, había que formarse.

¿Toda nuestra bendición a los estudios y aprendizajes era “porque sí”?

¿Pensamos ahora que había demasiados “porque sí” para nuestras preguntas?

Generaciones que se enfrentan antes que confrontar sus formas de ver la vida. Porque tal vez se trate de eso: Gente que ha luchado y ha cumplido un ciclo: Devolver a la Naturaleza el favor de haber nacido y luchar por ver a sus hijos encarrilados y capaces de repetir, a su modo, lo de aportar trabajo y mantenimiento de las cosas de todos, es decir la tribu es decir la ciudad es decir un país…

A una edad –me repito mucho por haber llegado a una edad- uno se piensa que conoce la lógica del mecanismo social. Los niveles de niños sin caprichos, jóvenes con capacidad de esfuerzo, maduros en plenitud desarrollando labores y viejos respetados y cuidados, constituían una estratificación aceptable por lo aceptada a lo largo de mucho tiempo.

Pero…

Al niño lo peinan como un predelincuente, por las fotos. Y le dejan un ordenador para que no dé mucha jarana. Si dice tacos, hay que ver lo gracioso que resulta.

Al joven se le ponen vehículos de potencia imprudente en las manos y bebidas muy subidas de decibelios que, junto a los grados de la música que le anima, confunde el madurar con satisfacer caprichitos y la búsqueda de un lugar propio con encontrar a oscuras la habitación en la casa paterna sin despertar a nadie.

El maduro se da por cansado y desprecia la desconexión con los jóvenes, a los que reprocha el egoísmo pero envidia la vidorra que se está pegando, de donde nadie queda para avisar de que Esto hay que mantenerlo entre todos.

Nadie se acuerda de que la educación, constante, diaria, de conocimientos y actitudes, es lo único que hace de pegamento. Elimina reacciones violentas y venenosas, porque, al conocer las normas sin hablar tanto de ellas, se emplean como el aire al respirar y nadie tiene que recordárnoslas.

Saber cosas y saber usarlas. Formarnos para relacionarnos.

Para mí, una mezcla de las dos.

Fuera el relativismo: El fracaso escolar es una tragedia que se ha quedado en sainete –ni siquiera en drama- y quien se tiene que formar no le concede el mínimo carácter sagrado que ha tenido durante miles de años.

Transmitir conocimientos es dar el relevo de lo que se ha aprendido y la forma de conservarlo. Dentro de saber dónde está un país está incluido las personas que lo levantaron y quienes ahora lo sostienen. Esa cuestión hay que reivindicarla miles de veces al día para que se nos meta en la mollera que un suspenso al que no se le hace caso es un desprecio absoluto a la formación, al formador y a la dignidad humana, el motivo primero por el que cualquier mostrenco, el más cenutrio de los que dejan la escuela, debería pararse antes de tirar una farola. Y un minuto después, buscar a quien le ayude a elegir un buen libro. Hay y debe haber tiempo para todo.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVIII).

2009/10/24

Y VUELTA A EMPEZAR.

Amstrong Blade, tras superar de nuevo la barrera del tiempo, cada vez más espesa y reacia a permitirle viajar entre universos paralelos, aterrizó de nuevo en su cama, junto a su mujer, Amaranta, que mantenía los veintinueve años recién cumplidos, la edad en la que Amstrong había decidido mantener su relación de pareja con ella.

De nuevo la acarició y de nuevo sonrió al oír de sus labios que “le parecía haber hecho el amor una sola vez en la vida”.

Antes de salir para la oficina, dejó programada la máquina. Decía a su mujer que su necesidad de diálisis obligaba a que nadie tocara los mandos y, cuando ella se quedaba de nuevo dormida, Amstrong se ajustaba al viaje que le haría comenzar de nuevo el mismo día, una y otra vez.

No pensó jamás que en el infinito del espacio se cruzaran infinitas mujeres iguales a Amaranta para detener el tiempo de una maldita vez y hacerle parar. Rodeado de ellas, en una parada que la máquina no le había obligado a hacer nunca hasta ahora, recibió un número infinito de demandas de divorcio por poligamia.

Firmó los papeles que le presentaron y buscó la garantía de la máquina.

El pequeño cuento anterior me lleva a pensar en ciertos roles preestablecidos: El donjuanismo, certificado en poligamia, dirige una obsesión por la juventud y se apoya en unos medios –técnicos o inmateriales, pero al alcance de unos pocos- para evitar la aceptación de la madurez.

Tener en el alma la experiencia de mucha vida y poderla saborear con un cuerpo que no envejece está realmente bien como idea. Pero, sin más, afirmo que es inviable. Y los cosméticos garantizan que el/la del espejo nos sonríen durante un breve tiempo cada día, pero no pueden hacer más.

El hecho nos lleva a intentar –lo he planteado más de una vez y me quedan muchas- reflejarnos en la mirada de quien comparte con nosotros muchos días llenos de cosas mejores que otras.

Hay mujeres sabias que me dicen que aprenda a valorar los años que mi pelo ha aguantado sobre la cabeza, y que lo agradezca. Y, si puede ser, que pierda el menor tiempo posible en echarlo de menos.

También hay algún amigote que se para a recordar y a agradecer los buenos tiempos. Sólo les suelo hacer caso si, al contarme sus batallitas, tiene un gesto, entre consciente e inconsciente, de complicidad con su pareja. Ahí le suelo dar el mínimo crédito que merece su reflexión.

Achaques, pérdida de frescura: Desgaste. Pues sí, pero en comparación con cualquier máquina que se haya inventado salimos mucho más rentables y nos alimentamos de sabiduría si no nos da por ponernos tristones a base de remiendos y alegrosucciones.

Demasiado nos cuidan en comparación de sólo unos años atrás. Estamos más protegidos, aunque siempre pongamos una cruz en “eterna juventud” al pedir servicios sanitarios públicos.

Esto es lo que hay, sin perjuicio de –lo digo para todos- avisar a los jóvenes de que son unos pobrecitos engañados a quienes el torrente de energía que no manejan ni controlan los puede hacer volar sin repostar. Les aviso para que no griten de dolor ante la primera arruga. Y que la vean junto a quien comparten su vida. Para que les dé la risa y se lancen a la cama juntos. Y dormir después abrazados, que suena cursi, pero es un instante de felicidad que ni el más capullo de los dioses ni el más vaina de los demonios han conseguido deshacer.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVII).

2009/10/17

Qué pena de muerte.

Si algo es noticia/novedad, nos llama a su comentario para que su interés no decaiga pronto, o mejor, para que se exprima el máximo contenido en opiniones y debates. Trae una fecha de caducidad escondida, que se activa con la dejadez, el aburrimiento o, mucho más generalmente, el cansancio que produce hablar de lo mismo.

Menos mal que hay quien tiene paciencia y tenacidad. Gracias a ellos los asuntos que sabemos –todos- que son importantes, no se pierden en discusiones de un día, con acaloramientos que dejan paso a la sección de deportes.

Oigo hablar de la torpeza reciente para aplicar una inyección letal, que deja al descubierto que en cualquier lugar se encuentra el esperpento. Por esa noticia entro a opinar en contra de la pena de muerte porque –insisto tras dejarlo claro en el título- no hay pena mayor para el que la sufre ni para el que la aplica, el mismo ser humano.

Hemos glorificado a demasiada gente después de dejar de vivir. Y, menos mal, magnificado hasta que se tome en serio el hecho de abortar, para que se reconozca que es, ante todo, una tragedia con límite el respeto a la libertad de la mujer, según mi criterio. Pero no hemos valorado todavía lo suficiente quitar una vida con la ley soplando a favor.

Hay ya demasiadas muertes inevitables. Tanto jugar a beber por beber y esnifar por aguantar de pie la bebida, tanto conducir para llegar antes al final de la vida, consiguen una mortandad que, vista desde fuera como especie, nos informa bien del valor real que no le damos a la vida.

Demasiadas como para añadir las que se hacen en países que se llaman democráticos y generadores de estados de derecho.

Argumentos: Uno sólo. Si se mata a un inocente, uno sólo, ya no hay más que hablar. No me sirven de nada exámenes de ADN que se aprueban en septiembre, en lugar de la convocatoria que coincide con una ejecución. Aunque esas notas sean brillantes y digan que no, que el sacrificado no tenía nada que ver con los cabellos, la sangre o la piel de la víctima. Si no se le ha matado, se le puede intentar devolver algo del tiempo que ha vivido recluido. Si se ha hecho, no hay nada que hacer.

No nos queda más que reconocer errores de educación. No hemos sido firmes con generaciones de caprichosos, de vagos y de egoístas que afloran como los vinos, con los años, pero hechos vinagre fuerte.

Está, por supuesto, la reacción en caliente contra el asesino despiadado. Ese que no sabe respetar y nos destroza si nos quita a quien queremos. Pero vivir protegidos por un Estado nos hace ceder en confiar en el sistema judicial y en el ejecutivo. No en el ejecutor.

Es probar que no somos como ellos, quizá, otro argumento. Es, casi seguro que sí, exigir el cumplimiento íntegro de las condenas. Ningún crimen execrable debe salir gratis. Por puro respeto a la víctima y a las personas que le querían. Por puro respeto a la vida, nuestra primera obligación. Incluso la de los criminales.

Aún con lo anterior, por valorar la vida humana sin letra pequeña,

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Bitácora de un zombie gaditano.

2009/10/12

Lo que de verdad pasó es que, tanto pasar, tanto pasar de despertadores, se me pasó la hora y me dormí bajo el paso a nivel. Y, de paso, que un camión me pasó por encima. Y así estoy ahora, me siento como semimuerto total en vida, porque el camión iba hasta la gorra de fertilizantes nitrogenados, lo cual que mi cuerpo se piensa entrar en descomposición a un ritmo muchísimo más lento que Berlusconi. Aún así, para empezar cada mañana paso de la ducha al riego y del enjabono al abono. El primer día no ha estado malota la cosa. A ve si más adelante puedo despegarme el traperío der pellejo.

1. Aceptación del hecho.

Para yo creerme las cosas, desde chico se las contaba a mi amigo er Tato, a mi vecina Rosi o a mi director espiritual, don Antonio, un salesiano.

Descarté a la Rosi, porque se casó el viernes, en una boda preciosa de la que salí tan borracho que me dormí bajo el paso a nivel. No la odio, pero no la llamo de momento. Además ella ya tiene su vida.

Descarté a don Antonio, porque a él también lo pilló un camión, pero hasta la gorra de adoquines de acera, y difícilmente me iba a prestar atención. A lo más, habría podido estar catalepsialesiano.

Así que llamé ar Tato.

-Quillo, que soy yo, pero pa mí que una mihita muerto, -le dije sin rodeos.

-Me eshiio una camizeta por lo arto y gedamo, quillo, en la plasa Mina, -dijo mordiendo argo, quizás cuatro peras verdes.

-Que no, cohone, que no; que mehón en el antiguo cementerio, dónde va a pará, -le dije entre reproches y llamadas a la coherencia.

-Voy –dijo claramente. Él se traga hasta cinco peras verdes “tela de fási”.

Se trajo a mi madre, que me peinó la mar de bien y trajo a su vez un traje para usar en los funerales, pero no me pude quitá el del viaje. Er Tato es fino y me ahorró el sofocón de dar la noticia de mi propio óbito transit mundi.

-Mira, niño, no hacía falta que te pusieras tan caprichoso si lo querías estrenar. Ya están avisados los vecinos, agüeli Paca y los primos. Que dice tu padre que con lo despistado que eres, a ver si se te olvida acudir y nos dejas compuestos y sin muerto.

Quedamos para el lunes temprano. Yo le dije que quería algo sencillito y ella me sonrió y me dijo que igual que los cumpleaños. Mientras, er Tato y yo nos sentamos a tirar piedras al agua desde el muelle, aunque el del trasatlántico dijera que una se coló adrede por una ventana redonda. Mentira.

2. Ceremonia.

-Que sí, que macuerdo de todo y de todos ustedes, no se creái que ando acarahotao. Se trata, en esencia, de un proceso de ralentizatis moribundi, un frenaso bioilógico que la Madre Natura se ha propuesto iniciar tomando mi cuerpo serrano como conejillo de Indianápolis. Vamos, digo yo -dije a modo de respuesta a la primera pregunta de la rueda de prensa que tuve que dar al entrar por la puerta.

-¿Qué te parece el féretro?- preguntó Rosi. La Rosi, aunque recién casada, se había llegado por el bloque pa empaparse bien de tó. Por la noche tenía pensao ella darle un recital al marío, para que no se le pusiese tristón.

-Lo acabo de probá y es confortable, mullido, amplio y me parece que lavable. Lo digo porque aún no controlo por completo mis funciones existenciales y he depositado en mi nueva morada algo de lastre de mi anterior existencia.

-¿Quieres decir que ya no vas a comer nada jamás, quillo? –preguntó un amigo de la oficina, José Milla, uno con el que yo siempre tenía el detalle de compartir los bocadillos que le ponía su madre pal recreo.

-No lo sé, -respondí profesional, echando la cabeza pa un lao, pa que mi madre me cosiera bien una oreja que se me descolgaba del otro-. Tiempo ar tiempo, que por lo visto esto de la diñansa en vida va para largo. Ahí está er Drácula pa confirmarlo.

El resto de la velada, mucho más distendido, trató sobre pólizas de seguro de vida, planes de pensiones y demás productos financieros a implantar en las entidades de crédito, pero buscando a un público objetivo distinto.

3. Principio de reorganización vital.

Después de que se largaran pa su casa los vecinos y algún que otro cotilla, me acosté. Estaba muerto de cansancio. En serio que lo digo. Acepté lo del ataúd en medio del salón y le dejé mi cuarto a mi hermano er shico, er LoloChano.

Sin podé todavía desprenderme de la ropa que llevaba el día de la boda, llamado por el forense el día de camiones, en lugar del día de autos, no me puse er pijama pero me puse un vasito de agua al lao, porque la lengua se me puso como una esponja sequerona, como tirando a lija del siete.

Al amanecer, porque todo llega, intenté levantarme como si tal cosa. Y eso ya no iba a ser así, por la cara como siempre. Ni hablá der peluquín.

-¡Niño!, ¿ande va? – me dijo mi madre mientras me ponía una mihita de aceite yonson por los huesos-. Esto lo he consultado con don Fernando, tu médico desde shico, y me ha dicho que, como las lavadoras y las motos, te tiene que poné lubricante previo para echarte a andá en tu nueva condición de cacho de carne transitorio.

Me encantó la denominación para mi nuevo status. Mi madre le ha puesto siempre nombres a las cosas como nadie. De hecho, cuando vi que se ponía temprano a gorpeá los filetes pa la comida, me dijo “es que están mu sorollone, como acartonao, y les doy una palisita pa que se aflojen y se vengan a las buenas. Después, dos kilos de papas fritas alreó y palante.”

Otra cosa pal estudio: “A ver los sabores. A ver cómo me las avío yo si ahora un gahpasho de mi mare me sabe lo mismo que una ensaladilla soviética. Ya lo veré a la hora de la comida”, me dije.

Cuanti que vi que no me crujía casi ná, me alisé la ropa de seudocadave ambulante y me fui pal INEM.

4. En el entramado social.

-A la cola, paño de cosina andante, -me soltó el que tenía el número 277 en la cola del paro.

Cuando iba a añadir, mu lleno de grasia él, que “hay musho vivo por ahí”, me miró, le miré y me regaló el número y un cupón de los siego que también terminaba en 7. Pa mí fue toda una premonisión, aunque al lavarme el pantalón por primera vez tras mi metamorfilasis, se quedó hesho un jigopaza y no lo pude cobrá, seis meses después.

En la ventanilla, la señorita me dio quince impresos de solicitud y dos veces el pésame, uno pa familiares y allegados y otro pa mí personá e intransfiriable, algo novedoso tanto para ella como para mí. Pero ni rellené ná de pronto ni ná ni ná: Yo mabía enamorao en cuestión de segundos y ella, al no darse cuenta, me volvió a matar. Yo sé lo que me digo.

Me llevé los papelillos autocopiativos pa mi casa, a ver si entre el LoloChano y yo los pudiéramos cumplimentar cuanto antes, para volver a esta oficina y entrarle a la chavalilla con un par de coplas finas. Yo es que soy, era, no sé si seguiré siendo, un chirigotero clandestino, nada de finales en er Teatro Falla. Yo por las calles.

Toa la tarde me tiré poniendo mi nombre, mi estado civil, mi estado de descomposición, y mis cualificaciones profesionales. Yo, que nunca había dado mucho gorpe en vida, sarvo en las broncas guapas de la punta San Felipe, me encontraba en mi nuevo estatus cumpliendo con un cometido administrativo a velocidad de vértigo.

En medio del papel número dos, el LoloChano va y me pregunta que cómo se llama la chavalita.

Y yo, que siempre he preguntao má que un fiscal examinando de trivial, aproveché pa hincarme un cuchillo de cocina en el bazo y otro en el brazo, aprovechando la coyuntura. Por carahote y prudente.

El LoloChano me cosió der tirón con tansa de pescá y quedé mejón que antes. Bajé par patio y, en efecto, vi cómo había mejorao mi revé en el padel. Yo antes lo daba mu serrao y ahora tenía yo má soltura, como si el brazo se quisiera ir solo palante.

Despué subí pa seguí con el trabajo, tomarme una fruta –de las podrías que mabían dejao- y dormirme. Al día siguiente, yo el primero en la cola pa ve a la niña bonita.

4.Algún atasco administrativo.

Más temprano que un domingo con cuñao aficionado al senderismo, me desperté con ciento cincuenta golpes en la puerta.

Bien engrasao de aceite yonson en rodillas y demás goznes, me levanté, abrí la puerta y me dio por sonreírle con los buenos días al que venía, precisamente, a preguntar por mí.

Después de la cuarta guantá, lo senté en el sofá y pareció volver en sí. La sangre a las venas tardó una mihita más.

-¿Y usted qué sa creío?, ¿ein?, -me sortó pegando la espalda al sofá como si su piel fuera la prolongación misma del escai verde del cinco plazas de ver la tele.

-¿Quesquiere que le diga? Pues una serie de cosas que, teniendo que sucedé, va y le acontecen a uno, -le dije intentando que mis ojos no se alternaran en las órbitas y se mantuviera cada uno en la suya. Aunque él hacía lo mismo.

Volvió a lo del desmayo y me llegué al cuarto de baño para darme una capita de maquillaje suave. Al terminar, hasta yo grité de miedo. Se levantó mi madre, con una mano de lujo pa retocá y me dejó mejón que ar primo Fonsi el día de su tercera y penúltima boda.

Al volver del desmayo, el tío, con dos cafinitrinas y un sumo de piña en el cuerpo, me dijo que era del seguro.

-¿Seguro?, -le dije.

-Seguro que del Seguro; le aseguro que sí.

Y con el tonteíllo der juego de palabras entre el verbo, el adjetivo y el sustantivo gracias a la poliflaxia, se le fue quitando argo der soponcio y entró má sangre en su cara. Ya parecía menos de los míos.

Cuando se vio sentraíto, me sortó:

-Aclárese usté. O dentro o fuera. Cashondeíto el presiso.

Me quedé como estoy en el momento. Pa añadí dramatismo y credibilidad, me tiré de los pelos con resultado de arrancación en varios mechones. No sirvió de ná: Esta gente del Ocaso se la saben toas.

La cosa estaba bien clara. Que si yo, por lo menos, tenía el detalle de no pasearme por Cai a toas horas durante una temporaíta, él haría argo por trincá una morterá de parné por lo del accidente nitrogenado. Pero que esta peregrinación, sin haberme yo mismo guardao un luto mínimo, no la consentía la compañía y me iban a dá una mierda empapelá pa indemnisarme. O dos. Pa eso no tenían ellos reparos.

Me quedé como estoy y ni le abrí la puerta pa que se fuera, porque no la sierro nunca. Todavía pasan los vecinos pal ascensor y se ríen con los carsonsillo de mi pare, que le gustan a él verdes y largos. Me encanta cómo los manda al caraho en alemán de Baviera. Es que él estuvo allí un tiempo trabajando. Mu güena paga que la quedao.

Pero seguí allí clavao. No sería fási que la sociedad, incluso la gadita, me aceptara. Noté argo de rigor mortis y me hise cuatro series de veinte repeticiones de flexiones en el suelo. Después estiré para no cargarme mucho los hombros. No sentí ná, pero los pensamientos negativos se fueron a tomá por el ocaso.

5. Más devenires cotidianos.

La vida sigue y mi gente no se podía quedar tor día sentados mirándome a ver si se me caía el cuerpo a pedazos. Ellos tienen sus ocupaciones y yo, metío en la caja me sentía encajonao, aunque mi güeli dijera que yo estaba acojonao. Que también.

La verdad, pa cualquier cosa por mu difísi que parezca que se verifique, la novedá hase mucho. Y los vecinos, güena gente, dejaron de venir a verme al cabo de una semana. Y má cuando mi padre empezó a cobrar a cinco euros la entrada con derecho a tocarme los cohone, por ver si tó permanecía en su sitio.

Porque esa es otra.

Yo intentaba tené mejor pinta pa irme a esperar a la niña administrativa de la oficina de desempleo. Al ver que Bush con diarrea seguía siendo más guapo que yo, me limité a verla desde lejos cuando salía. Pero eso no quería decir que no sintiera yo un escalofrío parribapabajo de mi cuerpo, todavía en propiedá, muy pero que muy paresío al que he tenío con la Rosi antes de que se casara con el capullo del Leandro, que si no lo digo antes reviento. Me cago en el páncrea del Leandro. Pero bueno, lo que tuvo que ser fue y no hay más que hablá.

A lo que vengo a referirme es que, estando yo técnicamente pallá, aunque con pasaporte todavía de pacá, no entendía yo ese reflejo de globo hinchao y duro que es lo que venimos a ser los hombres en la reacción primaria ante una pareja de muslos como la que presentaba la administrativa. Al menos no tan radical como si no estuviera hablando un mixto de vida y no. Un sandwich existencial, que diría mi madre. Así que me puse a pensá.

Ar cuarto de hora, apareció er Tato con su prima Yanni Socorro, una gorfa licenciada cum laude en Física y Química a la que agobié a preguntas.

-Niña, -le dije-, ¿se te piensa tú que lo mío puede sé un si pero no o argo paresío?

-Hombre, mira tú, -respondió-, haría farta sabé si ya te ha tomado arguna sopita, un bistés, argo más sólido, o bien…

-Se ma puesto la mar de respondona, apuntando al norte, como siempre, Yanni, y esto siento decírtelo tan crudamente.

-Tonse, cohone, tú tiene de muerto lo que yo de abadesa. Prácticamente na, -me aclaró.

Se fueron y me quedé sin querer con el culo y la pierna derecha al aire. Trozos de tela se desprendían de mí y corrí hacia casa, detrás del autobús en el que no me dejaron entrar. Algo en este asunto me estaba dando más miedo que un erxamen proctológico realizado, ex aequo, por el doctor Nacho Vidal y su colega Sifreddi.

6. Más sobre lo mismo.

Con la Yanni, y callaíta al principio, se venía su hermana Visi, más gorfa toavía, y con dos lisesiatura terminá, una de ellas en medicina de interiores.

Cuanti que renovó el chicle, me dijo:

-Cusha, musho gusto, vamo a vé, que me huelo yo que la Yanni tiene razón. Anda y quítate lo que te queda de camisa.

Con poco tacto para completar los cinco sentidos, intentó arrancarme la parte del bolsillo de mi camisita blanca de fábrica. Por poco se lleva la misma superficie de pellejo.

Acercó y pegó el estetoscopio y dijo:

-Música guapa, shavá.

Pudimos sacá por fin el emepetrese der borsillito y se dedicó a auscultarme. Ahí, me dije, podía habé argo. Por mú argo que fuese, sería eso: argo.

-No tendré los resultados hasta dentro de unos minutos, -me dijo lóbrega, la mú cabrona, que por sierto, giró la cara e hizo que er viento girara alrededó de su pelo como una ola bailando par sielo. Ohún, me dihe.

Mi madre me llamó por la ventana der patio y me fui parriba.

7. Y la vida ¿sigue?

Pue supongo que será que sí, que la vida sigue su curso, manque sea al estilo Guadiana que ma dao por adoptá. Es decir, ahora vivo, ahora no, ahora sí, pero no… Una guasa.

Yo en la caja no estaba a gusto. Habían pasao unos pocos de días y, como había empezado a comer otravé, yo me notaba como ensanchao. Y otra cosa: El pestazo, que, por mucha ducha sobre el traje pegao, se difuminaba y la mugre interió no había quien la quitara. Totá, que mi mare, con la güeli, se me esharon en lo arto y me dieron una pasaíta a base de estropajo que dio con mi cuerpo serrano por fin a la lú pública. Allí me quedé, en pelota y nitrogenao, pero más carvo que el primogénito de los dos maniquíes del escaparate de Eutimio Sastre.

Hora y pico se estuvieron con los resfregones y me llevé un par de cate por reincidí sin queré en lo de apuntá pa los Pirineos sin las manos. Así que me eché una toallita por lo arto y busqué un pijama cómodo. Por fin una prenda limpia que ponerme.

Después llamamos al barbero paque recompusiera las dos greñas que quedaban y pareciera aquello un cerebro en lugar de un sembrao de lombrices.

Pero no estaba yo mu convencío todavía de está pa este lao en lugar de pal otro. A mí er cachondeíto de lo ambiguo me parecía interesante, pero inquietante.

A lo justo de sentarme en er sofá pa ve er partío der Cadi en la tele, llaman a la puerta abierta y son er Tato, el LoloChano, la Yanni y la hermana, la medicona.

-Que lo tuyo ha sío una reacción química vacilona, de esas que ponen a la gente a ralentizá el ritmo cardíaco, que paresen Induráin, quillo, aunque le dén un susto de muerte.

-Ole tu jigo, -le dijo mi madre-, ¿er de ante o er de despué, shosho?

-Mire, a ve si tengo tiempo esta tarde, después de operar, y vengo y la arrastro por los pelos. De momento, atienda: El susto lo llevaba er niño por ver a su ex casada con el Leandro, que hay que tené gana. El segundo, transitorio, pero no meno intenso, al verse vení encima un camión la ottia de grande y sin poderse mové. De ese segundo, se jiñó vivo y se quedó amorsillaíto y sin respiración. Y la tercera fase consitió en la conservación del “como le cogió” a base de un nitrógeno mezclado con suolfato de pestelina, un compuesto que hace pensá en la muerte, pero de mushos días, y que, sin embargo, conserva mú bien el pescao fresco. De ahí el conjunto físico químico existencial en el que se ha quedao el niño durante unos días.

-¿Y la oreja que le cosí yo? ¿Y el brazo que le cosió el hermano, aquí presente?

-¿Un camión de catorce toneladas líquidas de carga y ni una oreja cortá? Ustedes es que lo queréi tó, cohonatos. Anda, mira como ya no necesita ni el aceite yonson ni ná.

-Po yo sigo mu así como encogío.

-Po cómprale otra vé (sí: me enterao de que se la vendiste) la habitación ar LoloChano y deha de dormí en medio metro, que te va a cree que tan dao un chalé cuando entre en un probadó. Y, por cierto, que según veo con pijama de poca resistencia textil, hay cuestiones donde las brújulas no tienen ná que hasé..

Otro cate de mi güeli vino a recordarme que estaba yo muy bien sentado en el de escai, pero señalando la lámpara del salón aún de brazos cruzados.

7. Algunas conclusiones.

Todos nos quedamos muy sorprendidos con la parrafalda de la Visi, una mostruo. El resumen venía a disí que se mabía rejuvenecío argo el pellejo y que el corazón se mabía puesto tranquilo. A mí, que además no era mu nervioso y que tenía concentrados todos los disgustos en menos de hora y media de aquer día tan raro. Despué de aplaudihle a rabiá, invitamos a tor mundo a pescao frito.

Empecé a mirar mejor a la Visi. Yo la tenía por la má gorfante del barrio, como tór mundo, pero pa mí que, con la bata blanca y el pelo recogío tenía la niña un argo, lo que fuera, que me hizo cruzá las piernas lo mejor que pude. No sirvió paná.

Después de la sobremesa, a base de helado de natifresa con galleta, apareció, no se sabe cómo, la administrativa de los muslos ñanñan.

-A mí no me güerva a presentá kilo y medio de solicitude de trabaho cada uno con un dato distinto y con “no sabe” en la casilla de estado civil.

Y me tiró los papeles debajo del sofá. A donde no se llega ni con la fregona.

Se fue dando un portazo. Por lo menos arguien cerraba la puerta.

Rápidamente, de súbito y de repente, la Visi se dehó caé dos botones de la bata blanca pa que yo viera el escaso contenido entre la bata y ella.

Mi mare y la güeli nos dieron dos cates a cada uno y se sentaron en medio.

-Po aunque sea una peaso de cabrona la niña esa del paro, tú mañana te llega otravé y rellena tú solo los impresos, pichatonta, que tu hermano se hartó y puso tontera na má.

Mirando a la Visi, me dijo:

-Esta con ventisinco y dos carreras y tú con veinticuatro y ni un sprint. Ponte a dá er callo o te va durá meno que los tres dígitos en mi cuenta corriente.

Nos despedimos en la escalera, a lo justo pa que no nos pillara mi agüeli y me puse a trabahá en una ferretería a la semana siguiente.

Dos meses después, me encontré con el Leandro, mala suerte, en una cafetería. No macordaba de que era mi cumpleata y él traía un regalito, que resultó ser un DVD. Lo abrí y era el thriller, del Maikeryason. Como acababa de cerrar la ferretería, le di con una escoba de palo hasta que vino a recogerme la Visi.

Er día quince tenemo la vista pa intentá no i a juicio.

En fin.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXVI)

2009/10/10

Tráfico ciudadano.

El último de los diálogos que oí tras un frenazo múltiple pero sin cracks ni papabúm posteriores, fue más o menos el siguiente:

-¡Mamostias, que se caigan los cuernos pa que te crezcan otros seis cuanto antes!

-¡Jiñatinta, que el tonto que te dejó salir esta mañana a la calle ya está en la cárcel, por crímenes contra la Humanidad!

O similares. Junto a un concurso de claxon dirigido por un guardacoches ex maquillador de la familia Manson el día de Halloween.

Tengo que no es tan fácil evitar los problemas de tráfico. Miles de horarios se enfrentan a otros tantos socavones y estrechamientos en las calles por las obras y los tiempos de los semáforos están hechos a un ritmo de samba. Mejor de conga.

Pero tiene que haber algo sagrado. El peatón. Para mí, tanto para el viejo, el niño, la madre o el cartero de a pie. Y algo falla si no se les pone, a todos, en primer orden de protección.

No es algo trivial, sino terrible. Sin negar las imprudencias de ancianas que empiezan a cruzar cuando el muñequito verde se larga para descansar un minuto, la velocidad en las calles con semáforos muy próximos a las esquinas es excesiva, con la pinta de ser inconsciente, de no necesitar un control. Y sí hace falta.

Las estadísticas no nos conmueven. Quizá una muerte aislada, bien publicada, nos lleva a pararnos en la noticia. Pero no nos perturban cientos de peatones arrollados en las calles, que ya no volverán a bajar a la farmacia a por una aspirina. Que para eso han bajado algunos y no han vuelto. Confiados en conocer su calle, no miran a los lados. Y despistados por la recta de la que vienen, a muchos coches no se les tira del bocado antes de girar en esquinas de barriadas llenas de comercios, donde la calle hay que pisarla tanto como la acera.

Desde aquí me cago en la leche que mamaron las mamaítas jóvenes que, para cruzar una calle, lo hacen entre dos coches y lo primero que asoman entre ellos es el cochecito con el niño dentro. Sin parar de fumar y de charlar de sus cosas con otra mamaíta.

Y en la que le dieron a los que dejan a niños con balones sueltos cerca de los bordes de las calzadas, a punto para ser perseguidos por los niños, sus dueños, que no miran sino recuperar su tesoro.

Despistes, sí, pero sin retorno ni arreglo en muchos casos.

Tenemos que convivir con máquinas de miles de kilos que se mueven como arietes, aunque su aspecto sea el de una carroza brillante que nos lleva cómodamente en su interior. Ellas a motor por su lado, nosotros a pie por el nuestro. Pero hay que cruzarse, ahí está el sencillo dilema.

¿Y si a los peatones nos quitaran puntos de viandante para evitar que nos pongan los de sutura?

Veo un cierto futuro de transporte colectivo más extendido y seguro en las ciudades. Pero pido un mayor cuidado para los peatones.. Bastante peligro hay de que te caiga un ladrillo de una obra para que, además, te traten como a una pelota de tenis por cruzar una calle.

Son demasiados accidentes. Hay que mirar para cruzar las calles. Desde dentro y desde fuera del coche.

Una sola vida que no se pague al frenesí de vivir como vivimos merecerá la pena. Como ejercicio, procurar ir por las calles más atentos a todo lo que pasa en ella, por ejemplo, sin la radio metida en las orejas. Es un poner.

Mientras, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (LXXXV)

2009/10/03

Madrid 2016.

Un sueño terminado en un despertar con decepción. Mala suerte. Mi pena por Madrid, seguro que una opción magnífica.

¿La mejor?

Puede que se –si se valora con honestidad- haya demasiados factores para establecer quién es la mejor. En cambio, -si no hay demasiados intereses oscuros- la puntuación decide en función de unos baremos puestos a priori. Pues vale.

Pero es que…

Hablar de Madrid es hablar de progreso y es hablar de saber vivir en la calle. En Río de Janeiro necesitan muchas víctimas al día y alguna que otra en sus carnavales, para poder estar un par de millones juntos, en la vía pública. En Madrid no existe la obligación de sacrificar tantas vidas. Y su alegría, me temo, es la transmitida al mundo oficialmente: la de unas cuantas bellezas mulatas al ritmo de una música insistente y machacona. La gente de Madrid ha sobrevivido a muchas batallas y sabe organizarse mejor en un tinglado de exigencias milimétricas.

No tengo criterio para pensar en otra candidatura. Son muchos años y se pierde la perspectiva, alego eso de las vueltas que da la vida.

Pero tengo una preocupación de más calado, queriendo decir poco ingenua.

¿Ha habido un juego de todo a una carta en el aspecto económico?

Es decir:

¿Se han echado al monte las finanzas de Madrid -instituciones varias- pensando en compensar tantísimo gasto público en poner la ciudad de caramelo con los ingentes, contantes y sonantes ingresos de las grandes promotoras de los Juegos?

Los derechos de transmisión y la publicidad, las ventas y la llegada de visitantes, ¿se habían contabilizado en el activo un poco antes de lo previsto?

No soy quien para recriminar esta audacia. Creo que cualquier político, de cualquier signo ideológico oficial, habría apostado lo que han apostado los madrileños, incluyendo la camisa. Y es que, insisto, no había mejor candidatura. Eso es un respaldo para soñar con los pies en el suelo.

No alcanzo a pensar en los puntos asignados para que en la votación final se quede fuera Madrid. Hoy por hoy, la logística de instalaciones, de las sedes centrales y de muchas periféricas, están –estaban- listas para ser operativas, con adaptación inmediata para su uso olímpico.

Pero es a los madrileños –quiero suponer en general- a quienes envío mi sencillo consuelo. No porque vayan a librarse de unos atascos de tráfico de tres o cuatro semanas, sino porque se va la oportunidad de probar cuál es la mejor forma del mundo entero de indicar dónde está una calle a alguien que llega por primera vez. Unas calles llenas de coches y ruidos para trabajar, pero también de edificios que cortan la respiración, monumentos dignos de ver y una cierta grandeza humana que sabe que se ha nutrido de gentes que venían de todas partes.

El COI se lo pierde.

Mientras si nos presentamos o no,

Tengan todos ustedes –especialmente los madrileños- muy buenos días.


Superhéroes (3)

2009/10/01

Soy Tequilla, Batman Tequilla, aunque desde el colegio se me conoce como Joselito Pepe Marmadiuk. Tengo ticuatro años y mis poderes son variados y nada repetidos:

-Veo la mar de bien de noche al lejos. Al cerca, como llega uno cansado, pongo un poco la tele y no la puedo ver. ¡Pero la cosa es por rechazo cultural a los programas, no de origen oftalmológico! Fijarse en el giro lingüájico, que es la mar de bueno.

-Las fotos que saco a los pasos de la madrugá sevillana, tanto de hermandades antiguas comolas que tienen tallas más modernas, son portadas del ABC cofrade desde que yo era adolescente tonto.

-Las ratas no se meten conmigo desde que entré en un congreso alcantarillero, cogí por las orejas a la Ratita Presumida, al Mickey Mouse, al Fievel y al ratón Pérez, la directiva completa; y los puse firmes. Ahora me mandan un queso por Navidad.

-Al tirarme desde las azoteas, planeo (planifico) si me voy a enganchar con la ropa tendida, y entonces planeo (vuelo sin motor) con mi capa en una curva calificada de “tela de difícil” por quienes entienden de esto, y así bajo despacito y suave, como si yo mismo propulsara –que no es el caso- chorros de aire verticales como los aviones de despegue vertical. Pues no señor; es cosa del almidón y del planchado: Se lo debo a mi asistenta, que tiene una mano de oro y no he salido a tirarme de un tejado jamás con una arruga.

-La fuerza de mi brazo es muy grande. Y es que bajar la basura bien ecologicada, con los envases, los vidrios, el papel y la orgánica en bolsas separadas, y además con mis cuatro hermanas y mis padres en los hombros, ha llegado a curtir mis músculos hasta ser capaz de dirigir una orquesta con una farola llena de cemento en las manos sin perder el compás.

-La cara de asco que pongo en lo poquito que se me ve de rostro la tengo desde el día de mi comunión. Mi tío Jorge, un gracioso, se comió la tarta casi entera, incluyendo buena parte de la bandeja. Después, nos pasamos toda la tarde en el hospital esperando a que saliera y rezando el rosario en latín. No se me ha quitado el rictus y menos mal que me pongo el antifaz.

-Duermo cabeza abajo, pero porque me viene bien para la circulación; de tantashoras sentado rellenando informes se me ponen los tobillos como globos. Que aquí sólo se habla de pegar cogollas a los malos con volteretas y saltos.

-Y lo de desaparecer de un instante a otro. Eso, lo confieso, es mérito del cámara, que es un profesional. O del equipo que tira de la cuerda que me atan a la cintura, unos tíos bien entrenados.

-Mis actuaciones contra los pérfidos se basan en la rapidez, la estrategia, la táctica felina, el conocimiento de sus debilidades y un bote de pimienta que llevo detrás de la oreja para cuando después de atarme me quieren vacilar y cantarme en voz baja canciones del verano en lugar de quemarme las cejas como se hacía antes.

-Soy socio del Cádiz. Quizá uno de mis poderes de más riesgo.

-Cuando salgo por la tarde, de paisano, para no descubrirme me contengo y sólo doy a los malos patadas en las espinillas, si son adolescentes, o en los muslos a los delincuentes más veteranos.

Por supuesto, mi título de súper héroe, con sus particularidades señaladas, está convalidado y homologado por la normativa Chimenetti de la Comunidad Económica Europea, a pesar de las reticencias frente a los estudios norteamericanos. Gracias a eso, en verano, no hay chiringuito donde se cometa un atropello. Ya me encargo yo de evitarlo.