Reflexiones de un sábado por la mañana (XCIII)

2009/11/28

La prostitución.

Miles de puntos de vista.

-El del que no encontraría consuelo si no lo pagara al contado, sin la promesa futura de cambiarlo por amor.

-El del chulo cabrón que ve llegar dinero dentro del bolsillo del pobre diablo que se acerca a su muñeca favorita.

-El del guardia del orden, la ley y las buenas costumbres que hace lo que puede, pero no puede estar las veinticuatro horas del día pendiente de vecinos viciosos atraídos a estas actividades…

Faltaría el del párroco, el del presidente de la mancomunidad de vecinos y las asociaciones de padres de familia. Y todas deberían ser tenidas en cuenta.

Pero siempre, siempre, me falta el de la mujer, o la niña, puestas como cebo para que acuda King Kong y la rapte, juegue con ella y la deje tirada.

Que sí, que aparece con su sonrisa de marketing suburbano. Que con todo lo que lleva, además, tiene que sonreír.

Nunca me he atrevido a preguntarles nada.

Tuve dos abuelos muy valientes. Uno de ellos tenía la calle de al lado lleno de mujeres subastadas para los marineros de urgencias ciegas y violentas, de los que no recordaban las caras de una parada a la próxima de su barco en la ciudad. Muchas de esas mujeres encontraron defensa en mi abuelo para el maltrato que sufrían. No sabían pagar su ayuda de otra forma que en la especie de su carne con especias de perfumes. Mi abuelo rehusaba agradecido y se despedía con un apretón de manos, pero no las trataba con pena ni con desprecio. Él se volvía a su calle.

Hoy, por falta de buenos escritores que defiendan a las prostitutas, el mundo que ocupan se ha archivado detrás del de los fumadores, los compradores de bonos basura y, quizá, algún índice de precios al consumo. Ellas se consumen con menos toques románticos en los pocos artículos que avisan sobre los golpes que reciben.

Pero… ¡de todo hay!, ¡aquí parece que todas han sido arrancadas de una vida decente y obligadas a ganar dinero de una forma humillante!, ¡a saber cuántas están tiradas en la calle por decisión propia!

No me aprendo las estadísticas. Me da escalofrío desde el primero de los datos: Su edad. Y el resto, su procedencia, cómo viven, cómo pierden la escritura de propiedad de su persona.

Ahora las quieren quitar de las calles. Es comprensible: Los que no tenemos que arrastrarnos –todavía- para comer exigimos una dignidad al caminar por la vía pública. Sólo escribo por ellas, sin saber si sería capaz de visitarlas alguna vez que la soledad me acechara tanto, para que me protegieran de su ataque. No reivindico nada, salvo, y por qué no, que nadie las explotara si quieren vivir de redimir a los desheredados de las caricias. Esos que tiran el dinero al suelo y se van sin mirarla, con desprecio a quien les ha echado una mano para liberar las suyas de tanto trajín.

Punto y aparte, una reflexión dentro de la general: Cuando hay lujo, si no hay asesinatos de políticos que todo lo enredan, la cosa se ve con mejores ojos. Aún no he visto reivindicaciones en pro de la expulsión de mujeres envueltas en pieles. Hasta ahora, nos atrevemos con las cenicientas de saldo y esquina -Sabina dixit-. Las que están dentro de un cierto nivel adquisitivo; a nuestro alcance.

Brindo, de momento, por su libertad. No soy capaz de pedirles que se vayan de mi calle. Antes, me haré de valor para largar a un par de vendedores de veneno a los niños en el colegio del barrio. Para todo debe haber un orden en la vida.

Tengan todos ustedes muy buenos días.

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TOROS EN CÁDIZ.

2009/11/22

En un viaje reciente viaje a la capital gaditana (realizado esta mañana) hemos visitado el centro de la ciudad para comprobar el ritmo de rodaje de una superproducción cinematográfica. Preguntado que le hubimos en términos cinéfilos precisos a un sucedáneo de guardia urbano que plantó su nariz frente a las nuestras, su respuesta giró en torno a los siguientes argumentos y en un tono cercano a la apoplejía:

¡Musho detalle, musho detalle, una mierda empapelá, musho detalle!

Requerido en pormenores, el indomable servidor público interino bramó:

¡Los toros, que san ido por contridonde los americanos labían disho que se fueran! ¡Y esa muhén daí (señalando a una mujer que sólo llevaba esperando media hora una ambulancia), pos medio conneá que sá quedao, aunque de una piesa grasia a Dió!

Ya finalmente cosido a preguntas que requerían un análisis fino de la situación, el Robocop de Cádiz se explayó:

-Pa mí que el asunto es de tráfico… yamentendéi.

-Drogas durísimas, yerbajos a granel para quemarlos junto al picón del braserito…

-Que no, caraho, que no: Que el primer cabestro ha visto que por donde le indicaban había un peaso de señal de dirección prohibida y ha reculado en el sentido correcto de la señal, rectificando, eso sí, la trayectoria prevista de los yankis estos, que tó lo dehan a improvisasión. Así les va…

Dejamos al futuro ministro de Interior atendiendo a otro grupo de ciudadanos en su siguiente rueda de prensa y echamos a andar en busca de empanadas de atún, otro de nuestros objetivos del domingo gaditano exento de playa.

Mientras, según noticias, la manada de siete toros, siete, charlaba de sus cosas junto a la playa de la Caleta, a una prudente distancia del público gaditano, que  calculaba con precisión los descuentos a solicitar al gran chef de Casa Tino en la tapita de rabo de toro lo menos semana y media.

Como colofón, acudimos a un agradable concierto celebrado en la plaza de la Catedral, eso sí.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCII)

2009/11/21

GRIPES.

En efecto, el Sistema se ha gripado. Un motor que funciona con sangre tenía que atascarse más tarde o más temprano.

Lo de la lucha de clases, cansino para tanto discurso incompleto, ya es anécdota para el ultra liberalismo y sus defensores se ríen con menos miedo de ella en las complacidas tertulias.

Lo de la globalidad, como el último jersey de moda que llevan, es algo simpático de enarbolar y, dado que siempre hay tiburones para morder y triturar, se le deja el trabajo sucio a los que de verdad sostienen las desigualdades, los esbirros.

El capitalismo es la forma técnica de llamar al modo de ganar siempre los mismos, y cada vez más.

De nada sirven los infinitos cálculos que demuestran que hay –habría- medios para que la Humanidad, sin excepción, viviera con dignidad.

Pero nadie se fía.

Incluso, yo entre ellos, los que enarbolan repartir al menos los excedentes para los que no tienen nada, ceden en más de una discusión a base de frases hechas:

-Siempre habrá pobres y ricos,

-Es la condición humana,

-Lo mío me lo he ganado…

Son un clásico.

Lo difícil pero deseable sería hacer ver hasta qué punto consumimos y adquirimos –y al revés- lo superfluo. Mucho más allá de producir esquilmando el futuro del aire y del agua, heredados limpios, nos conformamos con que el fin de la civilización justifica los medios. Esa civilización, medida cada día en términos de productos adquiridos para distinguirnos, llega a muy poquita gente, quizá nacida en la tierra de donde nos llevamos su silicio, su carbono o su gasolina a precios de vergüenza.

¿Cómo parar?

De momento, siempre me respondo que compartiendo más. Por las bravas y de modo inmediato, no es la primera vez que defiendo canalizar ayuda –dinero, comida- a través de las ONG. Creo en ellas y confío en su actuación. Y no todas son grandes ni muy bien organizadas. Las hay que trabajan en proyectos pequeños y aislados, pero con eficacia.

Pido además que, ahora que se democratiza una enfermedad –no sé si por motivos aleatorios de una tribu de virus- nos volvamos a mirar a quienes viven en el constante miedo a que nadie les socorra. Ninguna pedrada nos duele más que la recibimos por sorpresa, cuando más protegidos creíamos estar.

Pues debo recordar que la máxima potencia mundial dejó abandonados a su suerte a miles de personas sin hogar cuando se les pinchó la goma del dique con el aguijón del Katrina.

No sé cómo se hacen las cuentas de una nación. Pero sí sé hacer muchas cuentas pequeñas, para que cuadren.

La primera, por la cuenta que me trae, es aprender a pensar en los que no han tenido tanta suerte de nacer por aquí cerca. Devolver la dignidad de mucha gente, a cambio de lo que se pudre en la alacena de una cocina, es una obligación para ya mismo.

Le ruego lo consideren.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


A SU CANTE.

2009/11/16

Su cante, sin suavizante

de los sentidos,

me pone la luna llena

y río de pena

con los latidos

de cada verso acabado

en aire y gemido;

y éso; éso es un verso cantado.

¿Y qué explicación me pides,

que lo quieres compartir?

Cerca del Guadalquivir,

cuerpo y alma, no lo olvides,

quien mejor canta al vivir:

Río de voz cristalina,

letra y rasgado

que se detiene,

y ríen Cepero y Sabina

al ver sus sueños cantados

por Doña María Jiménez.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCI).

2009/11/14

Tristeza de amor.

Se ha cantado tanto a un momento de pasión que la fuerza necesaria para el día siguiente se emplea en el desencanto. Se amó un domingo y el embrujo se desvaneció el lunes por la mañana. ¿Qué pasó?

Se han hecho tantos versos buenos y muchísimos muy malos tomando en vano el nombre del amor que ni siquiera el verso libre puede ayudar siempre.

Hay que parar y mirarse de nuevo a la cara. Y un poquito menos al espejo.

Suena aguerrido decir “te deseo” y no es difícil, buscando bien, encontrar esa frase del momento que prenda la mecha, que despierte la atracción para lanzar los cuerpos a la combustión. Y no he dicho que haya que pronunciar una sola palabra.

Pero vuelvo al día siguiente. Will you still love me tomorrow?, ¿me seguirás queriendo mañana?, pregunta la canción en nombre de los dos.

-Yo ya no estaré recién afeitado, y mi camisa estará arrugada.

-Mi perfume se habrá evaporado, y una de mis medias estará llena de carreras.

¿Se lanzarán a un abrazo?¿Celebrarán de alguna manera el regalo de la noche anterior?

No planteo que las niñas salgan con un certificado de matrimonio en el bolso, para el día después. Pero no me creo que se pueda vaciar del todo de ternura una caricia, por mirarse cansados y resacosos unos cuerpos que horas antes vibraban en un combate sin armas.

La noche desborda, se sabe infinita y hace de anfitrión para que los desconocidos se presenten sin formalismos. Y cualquier potenciador del atrevimiento, en forma de falda corta o pastillazo con cola tira abajo los protocolos.

Pero incluso el más duro, el que más se pueda reír de lo que hoy digo aquí, acompañado de quien mejor cacería obtenga esta misma noche, necesitará sentir que se comunicó, que conectó, que –busquen de nuevo la palabra o el verso- compartió algo más allá de sus fluidos, que normalmente se aconseja hacer envasados, por tanto lío de virus. Hablo de hablar, quizá por lo noble, de desnudar despacio, quizá por lo emocionante, y hablo de rescatar y ser rescatado por –una mínima dosis- de amor. Sí, con dos cojones, de amor. Para que no haya que andar todo el santo día definiendo el concepto, propongo incorporarlo a cualquier ritual erótico. No es tan imposible. Es ponerse.

Y, si no puede ser, al menos un apretón de manos. Es lo menos que esos dos cerebros, ahora despiertos y lúcidos, le deben a dos cuerpos que lucharon afanosamente la noche anterior por grabar en sus memorias un episodio feliz.

Que bueno, que sin compromiso, que sin contratos. Pues claro. Pero sin ternura, eso sí que no. Por ahí no paso.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XC).

2009/11/06

Sobre la corrupción.

Agradeceré a priori cualquier valoración graduada del 1 al 1.000 de la cantidad de demagogia que, a sabiendas o no, suelte hoy por aquí, aunque no debería ocurrir.

El asunto es el dinero público ¿no? El que ponemos entre todos con impuestos más o menos confiscatorios para unos, ejemplo de modelo de vida para otros. Pero el dinero es de todos.

Y resulta que, al que lo trinca sin pudor, resulta que no lo devuelve.

Pero ¿esto qué coño es?

Vamos a ver: Si la forma jurídica de coger en directo dinero que no es de uno se traduce por presunta apropiación indebida de fondos, malversación de caudales en lugar de pagar las obras y servicios públicos y falsificación de documentos en lugar de trampa tras trampa, me parece bien. Yo me adapto a cualquier nomenclatura políticamente imbécil. Pero, insisto, ¿por qué no devuelven la yesca? ¿Cómo es que el mayor crimen tras el ataque a las personas, el defraudar la confianza colectiva, no desemboca al menos en la devolución de lo trincado?

Estoy harto de ver que la realidad pura, dura y caradura, directa y abyecta, del representante público que se queda con dinero ídem resulta que cumple unas penas de cárcel mínimas, por debajo de las solicitadas y encima no repone hasta el último céntimo de lo que ha desviado a su bolsillo.

No puedo concebirlo.

Cualquier dinero recaudado tiene el carácter sagrado de la puesta en común del esfuerzo individual y la infinita carga de confianza. No olvidemos los tiempos en que un general que fracasaba en una misión era sacrificado al regresar ante su rey. Aceptaba así haber defraudado una confianza ilimitada en su capacidad, lo que le había llevado a vivir rodeado de privilegios.

No es posible que las noticias se carguen de gilipolleces relativas a corrupción para tenernos entretenidos a base de especulaciones y ninguna, ni una sola, haya girado en torno al balance final de lo rapiñado y lo repuesto. Resulta descacharrante.

Trabajo en una empresa donde cada gestión, por mínima que resulte, está identificada por una persona, su clave y su contraseña. Y me consta que así se funciona en muchas más, algunas de ellas públicas: Con un registro informático de cada decisión con repercusiones patrimoniales. Como conclusión, no me entra en la mollera que no se realice una auditoría por sorpresa, de manera esporádica, para establecer en ese momento el cuidadoso ejercicio de la administración y aplicación de los caudales públicos. Al menos, que fuera verdad el adagio de mi amigo Antonio: “Las cuentas claras aunque el dinero no aparezca”… de momento. Pero que esté en algún sitio diez minutos más tarde.

No es de recibo que en un mundo informatizado para ordeñar vacas no cuadren los números de ningún balance. Los auditores tienen la obligación de preguntar el menor pormenor de una factura y quien la ha pagado debe sabérsela de memoria. No hay más que hablar.

No olvidemos que miles de proyectos de futuro que saldrían adelante con inversiones públicas dejarán de llevarse a buen término por la intervención de un sinvergüenza que se inventa una empresa fantasma para generar facturas y  hacerse rico. La justicia debería ser inexorable e inmediata. Si hoy pesco a un jeta con los bolsillos sobredimensionados, antes de mañana ese pájaro está firmando una orden de transferencia a favor de la Hacienda Pública cuyo importe contenga el nominal de lo trincado y un buen puñado de plusvalías que no se merece y que suponen la cancelación del progreso de mucha gente y la pérdida de calidad en los servicios públicos. Su cabeza, en términos decapitativos, no me interesa. No vale para nada bueno. Y, por los motivos expuestos de traición a la solidaridad mínima y básica que supone administrar con seriedad los impuestos, no le perdono. Ni lo haré jamás. Al menos que tenga un par de cojones y se lance a robar como se ha hecho siempre y no meta más la mano en el bolso de los pensionistas, los parados y la educación.

Midan ustedes el índice de demagogia. Yo todavía estoy maldiciendo cada céntimo robado por esta pandilla de canallas.

Pero, eso sí, tengan todos ustedes muy buenos días.