EN PUNTO DE PARTIDA.

2009/12/26

-¡Sin empujar!, -le dije al ruso ese, el tal Pentakriftof o como se llame. ¿Pues no va y me pone en la esquina? Poco menos que defenestrado, Jorge, tú lo tienes que entender, negro, que los dos hemos sido peones de centro de toda la vida. Y, bueno, nos hemos comido, bloqueado y saltado al paso miles de veces, ¿no?, pero siempre nos hemos estrechado las manos cuando nos han sacado del cuadrilátero. Yo no te guardo rencor. Ni a ti ni al que siempre va a tu lado, ese peón de dama que me da a mí que tiene un lío con la susodicha. Que no, amigo, desengáñate, con esa hoy uno y mañana otro. Con decirte que ayer mismo, revueltos en la caja, me enteré de que el alfil izquierdo, sí, ese que sólo parecía tener ojos para su caballo, entiéndeme, pues venga a contonearse dentro de su casilla, sí, pero que puso a la dama en un plan que, en las dos primeras partidas, se salió a destiempo. Vamos, estaba claro que estaba salida desde que yo, precisamente, hice los honores de la partida en mi punto de ídem. Y hoy, fíjate, aquí en la esquina, hablándonos a gritos, a ti te lo cuento porque oye, los negros sois más tradicionales: Ahí el que es el primero se muere el primero, pero yo, mírame aquí, delante de la torre, que parece mentira que aquí en Barcelona llamen torres a las casas de la avenida Diagonal, pero entiende tú a esta gente, pues te decía que a esta torre le tienen manía los de urbanismo y cualquier día viene una excavadora y a ver quién me defiende a mí ¿El rey? Esa es otra. Este monarca se enrosca en sí mismo y ahí me las den todas, a mí que siempre he sido el que ha dado su vida por él, delante, como el Clint Eastwood de guardaespaldas, ¿te acuerdas?, pues ahora dime tú qué pensión te queda cuando no puedas demostrar que te has movido en toda la partida mientras veías morir a todo un ejército. ¿Quién se va a creer que no me arrinconado ahí, sin no digo ya dos sino un único paso adelante? Por cierto, Antonio, el peón que sustituyó al que se llevó firmado la niñata aquella del público, me ha dicho que cuidadito con el alfil que tienes detrás. Un chivato, amigo mío, un chivato. Ese no se mueve en línea recta en su vida. Es verdad que no cambia de color, pero no duda en sacrificar un peón por quitarse de en medio. Bueno, te dejo, que tengo aquí un caballo loco que, si me descuido, en un salto se me pone delante. ¿No te digo? Imagínate, si ya estaba parado, ahora estoy poco menos que clavado, porque el Rey, a poco que tu dama ha amenazado con comérselo, se ha acochinado en la esquina, detrás de mí, y de ahí no lo saca nadie, antes abdica, y es lo que yo le digo, le digo “Majestad, pasito a pasito, como os movéis, seréis pasto del Yulnikov, ése ruso también de enfrente”. Pues en vez de escucharme, llama a otro alfil para que se me pusiera delante y a la izquierda. Total, para no aburrirte, que me echo a dormir y se acabe como sea la partida. Por cierto, ahora que te veo cerca, aquí en la mesita junto a mi rincón, te han dado fuerte ¿eh? ¿Quién ha sido? Ah, sí, Demóstenes, precisamente el que ha cogido mi puesto en el centro del tablero. ¡Buenoooo!, un trepa, un trepa de cuidado. ¿Y con zancadillas? Ya te digo. ¡Toma batacazo!, ¡quitaos de encima, majestad, por favor!, ¿ahora sí pedís mi ayuda? ¡A ver quien se enfrenta a esa fiera de negro! Vos no estáis para tanta posturita de barra de bar. ¡Madre mía, que se lo ha comido! Problemas de pareja ha habido y habrá siempre, no te digo que no, Jorge, pero dime ¿dónde estaba su mujer cuando la otra se le ha echado encima?, ¿ein? Y como te dije yo: Con el alfil ese detrás, sin dar la cara, como el que avisa si viene alguien. Ahí se lo llevan, ni un entierro como Dios manda… En fin, parece que viene ahí el que recoge las cajas. A ver si nos vemos en un campeonato de barrio, donde la gente juega con menos prisas y nos ponen a cada uno en su sitio. Adiós, Jorge, moreno. ¡Eh, sin avasallar!, que ahora, revueltos para guardarse, todos son buenas palabras. ¡Dita sea!

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Reflexiones de un sábado por la mañana (XCVII)

2009/12/26

Cultura para todos.

Punto de partida simple: más allá de la música clásica concebida por los genios del Barroco o pintura y literatura del siglo de Oro, a ver quién unifica “lo cultural”.

A ver quién lo define sin bronca. Sin elevar a unos y atacar a otros.

¿Son incontestables los que tienen el teléfono directo con las Musas?

Cultura como enseñanza básica y universal parece aceptada. Mandamos a los niños a estudiar y gastamos en ello mucho esfuerzo. Pero no lo defendemos. Ahí está el problema.

Transmitir lo conocido que sea útil parece también aceptado como lógico: Hay que mantener las máquinas y los sistemas de organización. Somos demasiados como para no tener semáforos, por ejemplo. O café en las máquinas de los bares.

Pero, ¿y el saco sin fondo ni forma que supone “saber cosas” o “ser útil”? Definir lo cultural al margen de estas preguntas no parece fácil. Ni aceptable.

Se coge ese saco vacío y se va metiendo en él un puñado tras otro de costumbres y conocimientos “que forman parte de nuestro patrimonio histórico”, o bien las tendencias más atrevidas e innovadoras de artistas que no siempre son reconocidos como tales. El problema que planteo deriva a una mezcla de arte, dinero e independencia. Como es lógico.

Considerar la difusión cultural una obligación del Estado es inevitable. La enseñanza básica es un recurso universal para evitar el analfabetismo, ese monstruo que excluye a los ciudadanos de estar al tanto de leyes y manejos. Pero, sin duda, la mínima coherencia de mi artículo la busco en la condición de obligatoria de dicha enseñanza.

No se puede obligar a nadie a salir de la barbarie. Sin embargo, sobraría una generación sin alfabetizar para estar perdidos, para que nuestro camino andado se fuera al guano y sin retorno.

Pido cultura para todos pero pido capacidad de analizar, hablar de lo que se sabe y preguntar sobre lo que se ignora, que cuesta más. Propongo empezar, cada día, por apagar un poco la tele en esos instantes donde nos toman, con razón, por tragalotodos incapaces de, por lo menos, aburrirse en soledad.

Como lo simple, tiene su rendimiento inmediato: Es necesario que, como se ha conseguido siglos antes de la televisión, nuestro cerebro se plantee un esfuerzo individual, más allá de lo dado por hecho que suponen las imágenes. Así, aislarse en la lectura un rato cada día nos da criterio, para que nuestra opinión valga cada vez más. No se pueden votar las leyes que no se han leído. O no deberían.

Leer el Quijote no significa despreciar los villancicos antiguos. Poder elegir en cada momento es lo principal que se busca si no estamos enfrente de una pantalla que nos conduce a unos sueños siempre fabricados de antemano.

Y estar al loro, en la onda, tampoco obliga a nadie a quemar enciclopedias.

Ese poquito cada día, propongo así, suavemente, para saber jugar con más de una baraja. Una de ellas, la inmensa colección de conocimientos puestos en nuestras manos. Hagamos por merecerlos.

Como siempre, les deseo que pasen todos ustedes muy buenos días.

Y en estos días, que no falte: Felicidades.


LA CAUSA.

2009/12/20

-Me siento responsable por mi olvido, -declaró el doctor en el juicio-. Se trata de un tipo muy sensible. Le conozco bien.

-Puede que fuera el desencadenante, -respondió el juez.

El día de su cumpleaños Hyde no recibió regalo alguno. Ya no volvió a confiar en nadie jamás. No se tragó que el doctor Jeckyll se olvidara de la fecha.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCVI).

2009/12/19

Cansancio. Hartazgo. Separación. O no.

Si no empiezo con preguntas, no sé para qué intento responder.

¿Por qué se separa tanta gente que se ha casado, unido, emparejado, comprometido?

Quiero entender si la respuesta al fin de una pareja se basa sólo en lo que las hormonas –como la gasolina- manda y gobierna en los cuerpos de las personas, hombres y mujeres, y los usa para su único fin: fabricar más gente.

Cada día me pregunto si somos el juguete macabro para entretenimiento de un ser superior. Y a cada separación de una pareja que sonreía junta mi desolación aumenta.

¿Por qué un hombre con una mujer a la que dice haber querido, con la que ha tenido hijos, de pronto se encandila con el cuerpo de otra, quizá no más rutilante, quizá con menos cualidades?

Lo mismo si el descalabro lo origina la mujer. Aquí no deja de sufrir ninguno de los dos.

Y dale con las preguntas:

¿Se identifica la libertad con el hecho de folletear sin tener hijos? ¿Ha llegado a ser sinónimo de fracaso el sexo sometido al cuidado posterior de una familia?

¿O nos hemos dejado conducir durante demasiado tiempo a un esquema indiscutible?

La cuestión fría es que nadie conoce tantas debilidades de una persona como la que ha compartido su cama, su vaso y su pasta de dientes.

Y nadie más puede por tanto ser tan cruel. Lo terrible es exhibir esas ventajas en foros públicos, en programas televisivos donde se descuartiza al que confió su alma a quien sería su confidente, en principio para siempre.

He llegado a oír que se produce asco en las dos personas que han vivido mucho tiempo juntos. Una palabra que degrada, que humilla e infravalora, que anula lo vivido, cuando ha podido haber buenos momentos compartidos que, ahora, en el momento de dejar de convivir, quedan más que anulados para acabar en la basura.

Si se procreara sin permanecer juntos después, ¿sólo echaríamos abajo un modelo de sociedad? ¿o cambiaría la forma de concebir la protección de los débiles, los hijos?, ¿quizá la producción de bienes para las casas familiares tradicionales se revolucionaría?

¿Qué merece la pena defender? ¿un modelo o la aventura constante?

¿Por qué tanta creencia de que la aventura de una noche discotequera nos marca como elegidos? ¿Se convence uno de vencer a la soledad después de encuentros furtivos?

¿Compensan esas aventuras y, en definitiva, nos llevan a la revisión constante de la pareja tradicional obligatoria?

Vuelvo: Manías, eructos, manías, cansancios, muermos, manías, cafés preparados de forma distinta, ropa tirada, cervezas con amigos hasta altas horas, poco interés por gastar el tiempo que el sexo exige… ¿Tienen un tiempo máximo de aguante, quizá acorde sólo con el margen que sostiene la juventud?

Yo tengo miedo: No sé si me pregunto a mí o juego a una sociología de salón.

No sé por qué, cuando buenos amigos pasan por crisis o se separan, siento un dolor agudo, una inquietud ante la idea de dejar de ver a uno de los dos. He concebido la idea de verlos juntos a todas horas, con muchas opiniones comunes, elaboradas con esfuerzo por ambos a lo largo de mucho tiempo de roce.

Si yo, que no vivo con ellos más que en el tiempo libre, tengo miedo, ¿qué pasa con los niños que dejan de ver a sus padres de un día para otro?

¿Ceder? No propongo tragar sapos para mantener una pareja.

Pero ¡ojo!, sí exijo, como exijo jugar en serio, el mayor esfuerzo en construir la pareja.

Todos valemos para ver y dejarnos ver de noche, recién maquillados, con una copa y una sonrisa.

La cuestión es, sin renunciar ni un segundo a la dignidad, seguir valiendo al día siguiente, con la resaca, el maquillaje corrido y los calzoncillos por el suelo.

Viene a ser como levantarse a las cuatro de la mañana si llora un niño: Que no siempre sea el mismo. Por ahí se empieza.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


ELEGIDO.

2009/12/12

Beberelio de Antares, el pionero de los detectives, fue contratado por el Rey Moscadoro II de Francia para que descubriera al culpable del ataque a la persona del príncipe Dislocado Delkodo quien, el mes anterior, antes de la hora del aperitivo, había sido encontrado enjabonado en su propia habitación.

Beberelio, acompañado de su ayudante Obdulio de Trávala, un estudiante de champú de la recientemente creada Universidad de la Mugre de Baviera, se dirigió a los aposentos del príncipe para recoger información. Quince segundos más tarde, los que pudo aguantar dentro, cogía aire como un loco de la primera ventana del pasillo, la que daba a las pocilgas del castillo, sintiendo renovar sus pulmones comparativamente hablando.

Indagó en posadas, ventas, pensiones y casas de vinos, donde nadie podía imaginar tanto odio y atrevimiento como para llevar a cabo un acto de tal calibre. Pero en la última de las infectas tascas visitadas, en un rincón oscuro, sentado en una mesa pegajosa y vestido de harapos criaderos de moscas, un hosco y rechoncho ex soldado apuraba una jarra de cerveza.

El tipo, un tal Chendoratto de Moravia, no levantó la mirada ante la patada en la boca que recibió como saludo de Beberelio, para quien algo olía mal en este asunto.

Cuando el viejo soldado pudo despegar su mano de la jarra, era demasiado tarde para intentar agarrar la espada que le habían robado dos horas antes, al entrar en el tugurio.

-Está bien, hablaré, pero sólo si lo hacéis en mi idioma, -rezongó Chendoratto.

-Habla, cuenta, relata, detalla, expón, discursea: Dinos, -inició Obdulio, con una sonrisa arrebatadora que distribuyó por todos los parroquianos del antro, recibiendo una bota en la oreja y dos ramos de flores de un grupo de mercenarios.

-Se trata de una conjura para derrocar a Moscadoro, -dijo Chendoratto bajando la voz-. Es un grupo que tiene que ver con unos investigadores españoles fundamentalistas religiosos y amigos del agua limpia. Odian a los protestantes porque se les anticipan siempre en las protestas y quieren hacer una limpieza general. Se hacen llamar los seguidores del Arkan Gel, un tipo que presume de tener blanco hasta el dinero. No sé nada más.

-¿Dónde puedo –podemos, rectificó de inmediato el novato de mierda, ante la mirada de pérdida de protagonismo de su mentor- encontrar a esos secuaces? Hablamos de un hombre en cuyo cuero cabelludo han sido halladas varias cucharillas de plata de café tras el aclarado al que fue sometido para librarle de la espuma que le rodeaba.

-A mí no me toca el prelavado hasta dentro de dos años y medio, no puedo saber qué ocurrió ni cómo se habrá quedado el pobre muchacho. Insisto, no sé nada más de este asunto. Pero puedo deciros algo de dónde hallar ahora al príncipe. Buscad una casita del bosque de Hindauro, la habitada por el Guarro Eremita, ganador de cuatro concursos de suciedad tras las orejas antes de los diez años de edad. Vive entre árboles, cambiando de hogar cada vez que su choza se obstruye por falta de limpieza general. Se considera un hombre sabio, sólo él lo considera, y se ofreció a devolver al príncipe heredero a su maloliente estado habitual en menos de dos semanas. Su precio es de quinientas rupias turcas diarias, más un fijo de salida.

Beberelio y su acólito, que lo dejó pasar antes para que se llevara las telarañas pegadas en el pelo, salieron de la estancia abucheados por no llevar ni un solo agujero en las calzas.

Montados en una vaca de raza molinera, se dirigieron al bosque provistos de un saco de manzanas para negociar.

Antes del atardecer, pudieron oler qué dirección tomar para encontrar al eremita y su protegido. Además, una hoguera para tiznar ramas y ennegrecer la cara y las manos comenzaba a arder aún sin demasiada fuerza, pero indicaba el lugar buscado.

-He sido encargado por el Rey para descubrir quién os ha llevado a tal estado de limpieza, alteza, no os dé pereza contarme los detalles, -dijo Beberelio al bajar de la vaca por la parte menos afortunada, intentando después que el rabo del animal cargara con las consecuencias de su mal descenso.

El príncipe, que rehusó estrechar la mano del detective, invitó a los presentes a sentarse en el suelo, esquivando en lo posible los depósitos aleatorios de animales y humanos esparcidos aquí y allá para ambientar la vuelta a la sepsis más absoluta.

-Me parece un acierto contar con vos, Beberelio, pues vuestra fama de guarro os precede y no han sido pocos los bailes que se hacían eternos en nuestros salones y que, gracias a vuestra presencia, terminaron en un pispas. No puedo, en cambio, ayudaros a descubrir al o a los culpables. Sólo recuerdo haberme desmayado cuando vi acercarse una esponja. De todo lo demás, soy paciente no recordador de los hechos.

Cenaron en silencio los cuatro hombres y Beberelio y su ayudante volvieron igualmente callados a la Corte a lomos de la vaca, de la que bajaron uno por cada lado, pero sin dejar de aterrizar en blando gracias a recientes sembrados de diferentes estilos, que adornaron de inmediato sus botas.

En lugar de irse a dormir, Beberelio decidió apagar todas las luces y dar un paseo por las distintas estancias del castillo.

Con el único ruido producido por los intentos vanos de Beberelio de ir dejando en las paredes lo que ensanchaba las suelas de sus botas, fue acercándose a las habitaciones más cercanas a los reyes y los nobles que habitaban la Corte.

En una de las estancias de la torre del norte, pegó el oído a la pared y oyó la conversación entre unos nobles de olor desconocido.

-Estábamos seguros de que sería él. De todos modos, nuestro príncipe perdido en este país mugriento debe ser proclamado rey antes de la medianoche de mañana. Después será tarde. Sólo nuestra secta está llamada a hacerlo

Quien hablaba era un extranjero, sin duda. ¡Se trataba de una rebelión, golpe de estado o algo grande en sí mismo!

-El oráculo decía claramente que el agua dejaría ver la cara de nuestro heredero. –continuó el noble-. Quién falló fue el que predijo lluvia para ese día.

Así que se trataba de ver el rostro de un joven, se dijo Beberelio, un hombre que nunca pensó que sería capaz de dar una vuelta de campana hacia atrás y volver a caer de pie, pero que de hecho lo hizo al recibir la mano de Obdulio en su hombro con un ¿qué tal, maestro? junto a un rictus que quería ser simpático.

-Vámonos de aquí ahora mismo, -susurró el detective- o nos ahorcarán después de meternos en aceite hirviendo.

En su camino a oscuras hacia sus aposentos, sonó un trueno que hizo saltar a los dos hombres varios escalones de una vez. Una tormenta feroz se iniciaba sin avisar y el relámpago iluminó su camino hacia los jergones de paja. Al llegar, unas ratas se hicieron a un lado y les dejaron un hueco. Sin embargo, Obdulio se levantó de nuevo como un resorte.

-He dejado caer mi sombrero de cuero y lo quiero, maestro; vuelvo enseguida.

Equivocado entre los múltiples pasillos del gran castillo, Obdulio tropezó, rodó varios tramos de escaleras y cayó de cabeza en un tonel de líquido viscoso y olor parecido a unas flores que llegaron sin marchitar a su nariz. Una vez.

Como pudo, salió del tonel con el sombrero puesto y, cegado casi en su totalidad y con cierto escozor en sus ojos, dio con una salida que le condujo al patio de armas. Allí, una tromba de agua que salía de las gárgolas que desaguaban las almenas lo aplastó y obligó a sentarse en el suelo.

Antes de que pudiera abrir los ojos, varias lanzas le apretaban el cuello.

-Así que eres tú, dijo un noble al acercar su inapagable antorcha de aceite al rostro del joven.

-Pues claro que soy yo, -dijo el muchacho-. Siempre he sido yo.

La aguda observación metafísica del joven no fue valorada en su justa medida, pero el portavoz del grupo le resumió, en menos de hora y media bajo el aguacero, que él, un chufleta metido a aprendiz de detective, era el llamado a liderar la llamada Alianza Para Poder Limpiar Europa, la APPLE, y que él y nadie más debía capitanearla. Que al principio pensaron que lo normal sería encontrar a su líder entre la nobleza y de ahí ese pequeño malentendido con el príncipe, que ya se recuperaba junto al sabio en el bosque. Y todo lo demás.

Informado que se hubo Beberelio del destino al que estaba llamado su pupilo, y habiéndole mirado el rostro por primera vez, encontró armoniosas sus facciones y juró por sus rodillas que se daba un aire a su tío Propendo de Tarragona, pero no quería entretenerle ni un minuto más.

Una vez cobrado el finiquito por su trabajo, y devuelto el príncipe a su domicilio habitual junto al Rey, en unas condiciones antihigiénicas superiores a las habituales, Beberelio, que no era mala persona, comentó al Rey la que se le venía encima.

-Majestad, vienen tiempos detergentes, os lo aviso. Debéis estar alerta o cualquier día de éstos se os ducha una dama y la tenemos liada si se va con esos locos seguidores del Gel. Es mi deber ponerlo en vuestro conocimiento.

-Gracias, gracias, buen Beberelio, -dijo el Rey entre lagrimas de risa, la única agua que había tocado su rostro en mucho tiempo-. Id en paz.

Partió Beberelio del castillo, en busca de otras aventuras, y, en el primer cruce de caminos que se encontró miró hacia atrás para despedirse de su alumno, Obdulio, quien levantó su mano sin que nadie a su lado cayera de inmediato.

A un leve golpe de estribo, su vaca tomó la dirección de un destino desconocido, quién sabe si lleno o no de peligros y misterios. Se colocó su gorro con suavidad para no molestar a sus piojos y puso a su vaca al trote. Había dejado de llover y un viento lleno de polvo protegía su figura.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCV)

2009/12/12

Confianza.

“Si se tiene en los demás, es una esperanza firme”,

“Si sólo se tiene en sí mismo, desborda la seguridad y se desvía a la presunción y la vana opinión hacia uno”.

En el trabajo, donde vives más de la mitad de tu vida, te mueves en función de la fuerza que te dan tus compañeros. Desde el ladrillo que pones en la confianza de la línea recta trazada por el capataz, al documento que imprimes con la tranquilidad de la grabación correcta de quien comparte tu aplicación informática. No hay mayor seguridad que la que te da un equipo de trabajo. Lo saben los deportistas y lo sabe mejor que nadie un bombero que se adentra en lo inesperado de una catástrofe.

Pero, ¿y si hablamos de más gente? Me refiero, sin más, a vivir en comunidad, ciudades y naciones. Parece que, sin llegar a cumplirlas todas, aceptamos las leyes como pautas del juego de convivir, pero da la impresión de que, como mucho, lo aceptamos dentro de un recinto: El nacional, por el tinte patriótico.

Y, por fin, ¿y si hablamos entre dos países distintos?

La Comunidad Europea, convencida de su condición de centro del mundo, plantea una jurisdicción común, que acabe paralela al Mercado de la moneda única. Sin embargo, la Comisión Europea se estrella ante las soberanías nacionales, llenas de resquemores.

La ventaja en esta empresa la tienen estados que se formaron como uno solo a pesar de su extensión igual o mayor a Europa, donde la historia de cada tribu asentada dio para crear un matiz de tal intensidad que creó suficiente distinción incluso de las más cercanas. Los idiomas se radicalizaron de su origen común, latino o indoeuropeo, y el clima, las guerras y la propia belleza de los parajes cercanos se encargaron también de olvidar los Estados Unidos de Europa, proyecto acariciado tan sólo por conquistadores antes que embajadores.

El sentido de nación que reside en USA, país de construcción estatal casi simultánea en comparación con Europa, le da una compacidad de la que emerge su riqueza y su posición en el mundo. Se autoproclaman vigilantes de la paz mundial con similar desparpajo al enarbolado por los grandes reyes y emperadores antiguos, europeos, pero con medios globales y de un paternalismo exasperante. Y en volandas de una confianza si no tan absoluta sí entendida como legítima.

¿Hay que unirse sólo para ser más fuerte frente a posibles enemigos?

Concedo, no concluyo, que ceder privilegios de un país a la espera de alianzas futuras es difícil de entender.

Por debajo de las sonrisas de los embajadores, las reuniones en la cumbre sirven para fijar al débil, y una vez en el punto de mira venderle su economía, es decir, su futuro. No se confía en un mercado tan libre como se proclama y las reglas deben ser las del que manda.

¿Es posible pues, la confianza entre gente de distinto idioma, raza o forma de vestir? Se da como inconcebible. No en un momento concreto: La verdad es que se condena a priori, alegando exceso de ingenuidad. El elemento económico, la empresa, sustituye relaciones internacionales inexistentes.

¿Y entonces? Entonces se vuelve a esgrimir la guerra preventiva.

¿Qué se podría hacer?

En pocas palabras: Desmonten de una maldita vez los megacontratos de armas y soluciones farmacéuticas, un poner, y pongan como prioridad real la cooperación entre culturas. Si los talibanes no fabrican rifles y nadie se los vende, será más fácil sentarlos para saber qué quieren, aparte de seguir viviendo a costa del trabajo de sus mujeres. Si se les quiebra la confianza en su fanatismo religioso, no son nadie. Si se les enfrenta sólo con armas, nos vienen con esa paparrucha de la inmolación de unos pringados y ya tenemos, además, héroes o santos, según.

La cosa va de confiar más en los demás. No es fácil. Pero de ahí a limitarse a mandar tropas a donde no confiamos en que nos reciban bien, va un trecho.

A lo mejor no nos fiamos de nosotros mismos. Algo le habremos hecho y ahora que se quejan los reducimos, siempre, al eje del mal y terrorismo, sin más.

¿Y nuestra actuación? ¿cómo la calificamos?

Mientras tranquilamente me ayudan con sus respuestas a estas dos cuestiones,

Pasen todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (XCIV).

2009/12/05

OPINIONES.

Acto I, escena primera. Reunión de amigos. Copas y risas en tiempo para disfrutar. Tiempo libre para sentirse a gusto. En frío, un asunto de relieve –noticia, carga grande de actualidad y moda- supone que una opinión se deja caer.

La primera escena ha terminado: Por arte de magia, se han vuelto a abrochar las corazas y se dejan las copas sobre la mesa o el mostrador. Ya no soy quien sonreía, ahora soy quien defiende esa postura que a ti también te ha cambiado la cara.

Causas y azares:

Porque no lo entiendes,

Porque lo he vivido,

Porque ponte en mi lugar,

Qué sabrás tú…

El in crescendo viene con el camino hacia abajo dibujado.

¿Inevitable? Por supuesto que no. Qué va, nada de eso. Pero es que…

Política, siempre la política. Quizá lo que más se discute en nuestro tiempo, sin exponer, quizá, que se trata de defender un modelo social (cualquiera de los dos grandes, intervencionista o liberal) que hace aguas (cualquiera de los dos). Sin ser consciente de cuanto tiempo hemos vivido como espectadores lo que hoy nos empuja a ser protagonistas en primera persona de grandes cambios.

Lo malo es la energía que se gasta en defender que nosotros, acostumbrados a ello, tenemos un derecho por encima de todo: vivir bien.

De fútbol y toros no se charla como antes, en tertulias dramatizadas. Tienen ambos asuntos un rancio olor a agua estancada. Ahora la violencia verbal y desatada en los estadios impera sobre cualquier tertulia donde se defiende un estilo de juego.

Pero, en definitiva, ¿por qué cuesta tanto tragarse que alguien no comulgue con nuestras maravillosas y fundadas opiniones?

Para mí que a algo hay que aferrarse. Dicen de la religión, que si esto y lo otro –yo entre ellos- pero ¿y lo bien que funcionaba como algo fijo a lo que agarrarse? Ahora, este nihilismo transitorio nos da más miedo que el infierno, aquél que nos movía para ser buenos. Tiene  guasa.

No tenemos tantas ideas claras y comunes para convivir. Y rechazamos la salida espontánea del desacuerdo por miedo a ser expulsado de una tribu, por poco sólida que sea. Pero que es la única que da sentido a lo “nuestro”. A que son los míos.

En la educación se da otro muro de impacto directo. Falta la firmeza para no ceder ante las primeras rabietas y después se alude a la falta de respeto como un mal de origen desconocido. No hay una línea única, contundente, que establezca la diferencia entre “por aquí sí y por allí ni hablar” para que cualquier niño siga una senda sencilla y sin dudas.

Aquí, amigos míos, hay que escuchar. Un aluvión de noticias no forma tanto como informa. Ni mucho menos. Y está la cosa de, parece ser, irse acostumbrando a sentarse de nuevo a charlar. Y a pactar. Y a ceder, por supuesto. Desde hemisferios islámicos  versus los católicos, hasta la sencillez de padres e hijos.

Me repito a veces que la solidaridad, tragar sapos alguna que otra vez, va mucho más allá de ser una cualidad virtuosa o cristianizable. Se trata de un modo único de convivir a mi modo de entender el mundo.

Y para ir poniendo la primera piedra, hay que socavar nuestro metro cuadrado, ése que nos parece incontrovertible. Pues no. Hay que escuchar al que te dice algo que no te gusta. La verdad, esa cosa tan intangible, suele aflorar por pura decantación. Los argumentos se depuran y depuran, desechan las malas intenciones y cristalizan en verdades como puños. Las que acaban siendo para todos.

Tengan todos ustedes muy buenos días.