Reflexiones de un sábado por la mañana (CVI)

2010/02/27

CURIOSIDADES.

Tenemos el tiempo medido por las curiosidades y las coincidencias. Hace unos días, el miércoles pasado, al retirar los restos de una noche de cartas falsas, amigotes y mucho humo de tabaco, mi nueva asistenta me tiró toneladas de ceniza –poco más o menos– en plena vista, lo cual me hizo la pascua pues no podría ver nada en cuarenta días.

-Qué metafórico, señorito, -me dijo la muy cabrona-; resulta usted, tan anticrisis como dice (anticristo, le corregí), un resumen de paralelismo casi absoluto con el tiempo en el que estamos, pleno de coincidencias diría yo.

Y, lo quisiera o no, pasé a depender de ella. De momento, se encargó de una limpieza completa de mi casa (una limpieza del alma, señorito, una renovación total, una catarasis) y de llamar a mi despacho en cuanto regresamos del servicio de urgencias de oftalmología con una baja médica (un aislamiento, fíjese qué sigue usted la senda de una purificación, talmente como los anacroquetas esos con barbas largas del desierto, me dijo fregona en mano).

En algunos aspectos no noté cambio alguno, pues nunca recuerdo dónde está el café molido, el aceite de freír o la canela en rama, cuestiones que me iba relatando según reponía los distintos frascos o botes en las repisas recién fregadas, sin olvidar la limpieza del congelador. A esto último, ella lo definía como el lavado del pescado original.

-Y hablando de lavados, señorito, -me soltó después de llenar y vaciar cuatro lavadoras, tender, planchar y guardar su contenido- vaya usted pensando en que por muy cegato que esté, le hace falta un enjuague.

Ni corta ni perezosa, me metió en la ducha y, cuando le dije que mi segundo apellido era Jordán, se partió de risa y me aclaró el champú con el agua de una concha marina que tengo de adorno en el cuarto de baño desde que terminé la facultad.

-No lo he podido remediar señorito, -me dijo con lágrimas en los ojos- mi segundo apellido es Bautista.

Yo también tenía lágrimas en los ojos y ella se dio cuenta: de inmediato me enchufó la ducha a los ojos y gracias al torrente salieron los restos del champú, en forma de burbujas grisáceas.

-Milagro ¿no? –me dijo (los vi)- con sus profundos ojos negros.

La verdad es que el chorrazo de agua limpia, aplicado a mis desprevenidos ojos, hizo lo que antes no supo el oftalmólogo recién levantado de guardia.

Tapé lo que pude de lo que se me ocurrió primero y pedí una toalla. Ella más que dármela, me envolvió en una tela fragante, esponjosa y perfumada, blanca, en la que hundí mi rostro, dejando la huella que grabaron los restos cenicientos.

Yo mismo cerré el grifo y se produjo un silencio enorme, aplastante.

-Bueno pues me voy, -me dijo.

-Bueno, pues le pago los cuarenta días que tenía previstos quedarse, -le dije abriendo los brazos.

Dudó. Un buen rato. Al ver que temblaba por el desprendimiento, me trajo otra toalla y me volvió a envolver.

-Me quedo con usted, -me dijo-. Pero no aquí, en la ciudad. Vámonos para mi pueblo, que allí se cura usted del todo.

Acepté. Aún no veía del todo la luz.

Al llegar, las lluvias habían cortado las tres comarcales que incidían en el cruce que llevaba a su pueblo. Entramos en burro, por una loma.

-Es que está usted llamado para esto, señorito, -me dijo.

En cuanto pasamos por delante de su parroquia, el cura se acercó y me besó la mano.

-Cuantos años sin verle, señor obispo, -me dijo-. ¿Por fin le vuelven las alegrías de celebrar la Semana Santa?

A los que no se ofenden, feliz Cuaresma.

Al resto, que tengan, insisto a todos ustedes, muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CV).

2010/02/20

GANAS DE VIVIR.

Es una obligación, no un esperar a que surja. Si no, que se lo digan a los habitantes, a los supervivientes de Haití.

Pero siempre depende del sitio del mundo desde donde las observes.

Los análisis que leo en los periódicos y en las revistas son sesudos, lúcidos y ordenados. Hay que agradecer a quienes resumen y ponen claridad en el saber y el pensamiento humanos.

Lo que me pasa es que no puedo ser feliz sólo porque en esta parte del hemisferio nos den esa oportunidad.

El consumir cosas buenas y bonitas, beber vinos deliciosos y sentarse con un libro plagado de chispas me da algo parecido al remordimiento.

¿Cuestiones puramente cristianoides?

Tendría guasa.

Busco el sistema operativo no instalado en el alma humana.

Quiero que todo reviente para ponernos en una cola infinita, sin maquillajes ni extractos de cuentas corrientes y ser capaces, uno por uno, de afirma qué y qué no nos merecemos ser y tener.

¿Por qué seguimos adorando el capitalismo si sabemos que es un monstruo grotesco que necesita un enorme sacrificio de pobreza para que unos cuantos lleguen a la cima y se coronen como los héroes modernos?

¿Por qué demonios tuvieron que degenerar en dictaduras “del proletariado” los intentos de controlar los bienes para que intentaran ser comunes?

La condición humana, dicen. Agarrémonos a lo que tiene de bueno.

Y, contra viento y marea, levántate por la mañana y ten ganas de vivir. Es lo que de verdad tienes como tarea. No se te ocurra negar ese milagro. No te pongas tonto, no dejes de valorar cada latido y cada bocanada de aire. Pero a mí, por lo menos todos los días, me tienen que distraer y llevarme al trabajo, repetir frases y cumplir con faenas.

Que así sea cuanto antes con los tahitianos.

Vuelvo a los grandes pensadores. Ellos analizan programas que son nuestros comportamientos. Pero aceptan, al menos una gran mayoría, el orden natural de las cosas del mundo que vivimos. Es lo que hay y que cada uno baile con la pareja que le ha tocado. Busco a diario a quienes protestan contra el desorden establecido.

No podemos dar por hecho que cientos de miles de personas se levanten de una mala noche sin la menor intimidad de un cuarto de baño con agua limpia.

Hay que ayudar a esta gente que nos da lecciones de ganas de vivir en condiciones insoportables para un ser humano. Incluso los más pobres a los que se llevó por delante el terremoto sabían lo que era unos mínimos en lo que a cobijo y comida se refiere. Y así, tener un mínimo de ganas de vivir.

Es mi obligación mínima: Recordarles y seguir la reconstrucción de sus vidas.

Por aquí, por donde hay a quien agarrarse, propongo renovar las ganas de vivir de manera constante y obligatoria.

Para empezar, tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CIV)

2010/02/13

CANCIONES.

Una historia, un microrrelato con música, un mundo muchas veces redondo donde nos invitan. Me gustó esa definición de una canción.

Supongo que la mayoría nacen de querer compartir ideas, literatura al fin y al cabo, y cantada. Pero esta clase de análisis no saca nada del alma, no dice qué sentimos al oír una copla bien dicha.

Está, quizá, el ritmo como gran elemento diferenciador. Se cantan letras enormes, profundas, llenas de belleza, entre los truenos de guitarras eléctricas, con estruendos de tralla metálica, mientras que envueltas en dulces violines se oyen tonterías huecas, mensajes vacíos, con letras que buscan retorcer el tópico de la belleza, de la atracción entre amantes que se hacen intragables.

Una canción y una garganta. Pues claro que sí: las versiones. Hay quien ha escrito canciones sin saber que lo hacía para otra voz. Ejemplos hay para todos los gustos y yo propongo uno enorme: My life, una canción de The Beatles que ha encontrado en la voz de Bette Middler su sitio definitivo para sonar. Seguro que cada uno tiene sus cien ejemplos.

Una canción y su momento. Esto merece la pena: viene un amigo a verte, con ganas de marcha, de pasar un buen rato y a ti no se te ocurre otra cosa que endosarle una cantata de Bach antes de ponerle siquiera una cervecita. Seguro que –menudo lujo- tienes una gran cantidad de canciones para recibir a tu amigo con un poquito de volumen de más, a modo de trompetonas cuando entraban los reyes.

Música para estudiar, para enamorar, para trabajar… eso me fastidia. Ya es un privilegio que nos trasladen a un mundo mágico como para además pedirle tanta utilidad, tanta finalidad práctica. Como prueba de que hago una sola cosa a la vez, me paro a escuchar con atención las letras de las canciones.

Lo decía casi al principio… Y la copla. Un caso para estudiar sin pararse. Seguro que cada país canta sus leyendas propias, pero las de mantilla y trabuco, puñal en la liga y clavel en la boca, jugando siempre entre la parodia y la tragedia, ha sido y es un mundo aparte y redondo.

O los cantautores, para llevar a la modernidad el oficio de trovador, que ya no puede contarnos de las hazañas de Roldán, pero sí rescatarnos del aire viciado de las ciudades, quitándoles hierro.

Una canción es un regalo. Una historia más redonda que completa. Un estribillo para que la idea se quede fijada. Un final cadencioso, para dejar un buen regusto.

Como ejercicio, que no será corregido, les invito a leer la letra de MEDITERRÁNEO, de Joan Manuel Serrat. Es un himno incomparable a la vida y a la libertad. Es el paradigma de una canción.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


CONVENIOS.

2010/02/12

Planifiqué mi matrimonio con Yasmina al detalle.

Estudié con mis criados cada habitación de hotel en los viajes que hicimos una vez casados y las del palacio donde viviríamos.

Pero Alma, la madre de Yasmina, siempre encontraba la ocasión para quejarse.

-Una suegra difícil, quizá demasiado inoportuna… -me dijo mi consejero más fiel y siniestro, Omar Negro.

-Quedas despedida, -le dijo por teléfono.

Entendí que emplearía toda su habilidad para que el incidente se resolviera dentro de la más estricta confidencialidad. Pero hubo cotilleo y mis restantes noventa y nueve suegras, sindicadas, no pararon de hacer preguntas sobre las condiciones de la jubilación anticipada de Alma, el finiquito y, por supuesto, la situación de sus respectivas hijitas en el clasificación general del legendario Harén de la Centuria. Tuve que readmitirla.

-Al menos no eres un desalmado, -me dijo Yasmina mientras soltaba velos por los pasillos que conducían a su habitación. Con la música de fondo, se mezclaban risitas que escapaban de bocas con pocos dientes.

Desde entonces, no sólo con mis futuras esposas firmo acuerdos prematrimoniales.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CIII).

2010/02/06

PRÓRROGA.

Ayer mismo, sin ir más lejos, cambié mi habitual indumentaria casera, restos varios de chándals con más o menos gloria a sus espaldas, por la de un conquistador de barra y vaso largo, hielo hasta el borde y ron miel hasta menos de la mitad. Pelo húmedo, sin llegar a pegarse al melón, pantalón de raya impecable, camisa sin corbata con cuello fuera de una chaqueta atrevida sin estridencias y unos zapatos que apenas me apretaban.

Eso y la postura.

Sin ser acrobática, mi posición relativa con respecto al mueble bar de casa era osada. Mantenía un equilibrio dinámico, cambiante según la intensidad de la lumbalgia.

En cuanto a la luz de la habitación, un saloncito con instalación eléctrica moderada en sus resultados, se podría calificar de suficiente, acogedora y nada deslumbrante según los rincones y los puntos de vista.

Amodorrado por la tardanza, detalles como el de encenderse sin aviso el maldito televisor con un chirriante concurso, cortocircuitado con un par de grescas de gente rarísima, me sobresaltaron en más de una ocasión hasta que encontré el mando a distancia bajo una catarata de cojines y le quité la pila. No quería más sorpresas consistentes en que alguien, después de un anuncio sensato de lejía luchadora contra los gérmenes, se callara ante una acusación de adulterio múltiple sobre una contertulia que respondía con una sonrisa y un “me cisco en tus muertos” de manera inmediata.

Dominados los apartados de aspecto y ambientación, quise medir al milímetro la impresión a causar.

Busqué por debajo del sofá el teléfono inalámbrico y allí estaba. Estaba seguro de que había sonado por ahí al mover los muebles para enchufar el equipo de música. Aliado con don Carlos Gardel, emití por los aires una música que tenía que ser embriagadora unida a los cincuenta centímetros cúbicos de mi colonia regalo de Reyes de hace un par de años.

Tecleé el número de su móvil y, entre las estridencias de una música apocalíptica, mi mujer, el día de fin de curso escolar, me dijo que llegaría tarde, que a mí, enemigo de las discotecas, no me había llamado para no comprometerme. Con lo tranquilo que estaría yo leyendo en casa, envuelto en retales de prendas deportivas. Calentito. Cómodo.

Y me mandó un beso.

Desmonté el tinglado, cerré el mueble bar con cuidado de la bisagra de una de las puertas, cogí mi libro y al par de horas me acosté.

Cuando sonaban las dos de la mañana, sentí un beso en la nuca.

-Vaya, vaya, cómo huele mi Adán esta noche, -me dijo.

Me volví sin encender la luz dando a entender lo difícil que sería conciliar de nuevo el sueño.

-Claro, como tú vienes de una fiesta… -dije con acentuado tono de modorra, cansancio y sensación de abandono.

Ella no encendió la luz, pero en la penumbra pude observar su cadencia en el streap tease. Primero la falda, después una bota, a continuación un pequeño resbalón con ruido de perchas en el suelo y finalmente un sujetador lanzado con broches hacia mi ceja derecha, que no sufrió daños ni se quejó.

Al meterse en la cama, vampiresa y felina, su rodilla impactó con limpieza en mi estómago, fría y compacta, para hacerme emitir un gemido que ella interpretó como siempre: como la acogida de dos amantes fieles, expectantes siempre, sin concesiones a las pausas que imponen los achaques. Con un pacto que se prorroga, después de tantos años, un día detrás de otro.

Yo, por supuesto, ya no llevaba puesto ningún chándal antiguo.

Tengan, se lo deseo toda la vida a todos ustedes, muy buenos días.