Reflexiones de un sábado por la mañana (CX).

2010/03/27

LA ENERGÍA.

Del diario del pionero grupo ecológico Termitos transmitimos su experiencia tras el petardazo inaugural de una central carbonera en los extramuros de Bomboina:

“Cincuenta días después del potrompomm llegó un equipo muy numeroso de operarios. Traían unos tubos como de hacer churros que hacían “piuu, piuu, piuu”. No debían andar sueltos de presupuesto pues el último del grupo hacía el ruido con la boca y llevaba, en efecto, una manga de hacer churros rellena de una mezcla de limpiacristales y vinagre que podía con cualquier mancha. Se encargó, al igual que sus compañeros, de desincrustar esa pringue tan difícil que dejan los escapes de los reactores en las colchas y la ropa blanca. Nosotros, una vez limpia, doblamos la ropa y la pusimos en los armarios con jabón de olor.

»Después reconstruimos la central con unos ladrillos preciosos, que pegaban con todo porque no eran colores chillones. Y muy sufridos, pues cuando vuelva a salir la central por los aires, con una pasadita de estropajo te quedan como nuevos.”

A continuación, el equipo comparte sus conocimientos:

“Tras el episodio del zambombazo, originado por inaugurar la central en el campo de tiro cedido a la OTAN, mejor divulgamos con el máximo rigor posible:

»En tiempos remotos, algo antes de andar hacia delante, las cosas se movían cuando la Tierra eructaba un continente entero, porque tragarse una falla le producía ardores. Entonces todo el mundo salía volando y se producían alegres encuentros entre esquimales y zulúes, que empezaban regular pero llevaban al café con leche.

»Más calmadito el planeta, quedaban cosillas aprovechables:

-Los Géiseres, chorritos de agüita calentita que chamuscaban de tercer grado a la familia que se bañaba sin querer pasar frío.

-Las cataratas, caída de agua con tanta fuerza que, si te daba en un ojo, de mayor veías turbio. Se utilizaban para tirar por ellas a los protagonistas de las películas malas, quitando la rama de al lado del precipicio.

-Los huracanes. Con su fuerza, unos calzoncillos puestos a secar en Cádiz fueron hallados en la cara del consejero Sabhid Huría de Arabia Saudí, en el momento de besar a la mujer del sultán Bahapresh DiMohama.

-Los maremotos, con olas que promovieron la primera competición seria de surf. El ganador, Muchungo Lotengo, original de Cabo Verde, recibió la medalla en unos grandes almacenes de Terrasa, todavía encima de la tabla.

Hoy sabemos que grandes investigadores de las fuentes de energía sufrieron cortes de suministro de su ministro de energía y debieron lavarse en fuentes, teniendo que oír de los vecinos un “¡Vaya corte!” al aparecer Von Braun con su gel de sales y el culo al aire al caérsele la toallita.”

En su capítulo final, como tesis, el grupo expone:

“Necesitamos el uso consciente y responsable de la energía. No podemos tolerar que unos zulúes dejen la luz encendida con la excusa de “era un trasplante difícil”, y en Europa o USA no podamos enchufar la tele a las cuatro de la mañana para ver el fascinante episodio número 600 de “Volveré para depilarte, Esmeralda, querida”. En él, el subcomisario Eduardo Endeseos, secretamente enamorado de la ayudante de maquillaje, arresta al protagonista para que nunca más le humille comparando su pistola con la de Clint Eastwood. No contamos más para no quitarle el interés.

Nuestro compromiso con el uso racional de la energía debe seguir dando ejemplo al resto del mundo. Que bastante da uno ya para el Domund.”

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Superhéroes (4).

2010/03/26

ROCKMAN.

Me llamo Rockman, el hombre de piedra. Soy inexpresivo, bailo mal y fracaso en los guateques, pues mi nombre lleva a la errónea conclusión de ser un tipo lleno de ritmo. Nada de eso. Pero veamos mi ficha en detalles, desde el principio.

Mi padre, nacido en Peñíscola, tenía piedras en los riñones desde que le transplantaron los de un obrero de la construcción de muros para separar ministerios. Como consecuencia genética, mi cuerpo se compone básicamente de guijarros juntos, arena para los desplazamientos al estilo egipcio y algo de agua si me pongo duro, lo que ocurre cuando algún supervillano (los supersevillanos me caen bien, no confundirse) me ataca a mí o al resto de la Humanidad, seguidores del Manchester aparte.

Entre mis poderes figura el de rascarme y producir arenisca instantánea, muy útil para cegar enemigos, llenar cubos para chiquillos en los patios, o hacer difíciles de comer los bocadillos de tortilla en las excursiones al campo. Tengo la capacidad de sustituir paredes que se derrumban hasta que llegan los del seguro, pero odio las goteras eternas sobre mi cabeza, ésas que perforan mi cráneo a lo largo de mucho tiempo, al estilo martirio chino de Fu Manchú.

Me casé con una albañila altísima que se subía por las paredes en cualquier discusión, me colgaba cuadros y perchas en la espalda o me repellaba la boca si mis opiniones no eran de su agrado, así que rompí con ella, harto de que lo hiciera ella conmigo a martillazos. Tiempo después de nuestra separación, aún hay días que viene a recoger mis redondas y planas deposiciones para el jardín de su casa.

Desde que me separé, sólo tengo relaciones con Ágata, Esmeralda y otras piedras preciosas. No lo llevo mal.

En el plano profesional, lo que me ha hecho famoso ha sido cómo me he quedado “de piedra” ante noticias sorprendentes. Si bien la mayoría de los vecinos da gritos o se mesa los cabellos ante calamidades o bajadas vertiginosas de la Bolsa, yo mantengo siempre la misma cara y gracias a ello me he ganado ser el primero al que acuden quienes acaban de presenciar una catástrofe. Los entrevistadores me buscan en incendios, inundaciones o terremotos, y aparezco ante las cámaras con un rostro impasible: están hasta las cejas de histéricos que les aguan la fiesta en riadas o se calientan al salir de un edificio en llamas y dicen inconveniencias. La mayoría de los telediarios me sacan en portada y no muevo ni un músculo mientras resumo con frialdad cualquier cataclismo.

Eso si, lo del refrán es verdad: Soy una mijita tacaño. Soy el que da menos propinas.

Volar no vuelo. Nadar, nada de nada: me hundo a la primera pero presumo con orgullo de formar parte de la mayoría de los edificios públicos de mi ciudad, gracias a dar una parte de mí al principio de su construcción.

No soy, como dicen, responsable de tantos cristales rotos como se me atribuyen. Pero quiera o no, esa leyenda negra, más acentuada en los pueblos de mano de sus niños sobre todo, me persigue como a otros tantos superhéroes. Es mi vida.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CIX).

2010/03/20

Cansancios.

De oír tonterías dichas en la repetición de lo oído sin digestión previa a saber dónde. Y de no tener ya ganas de contestarle.

De sentir la pólvora en cada escopeta cargada antes de responderse. Las parejas no dan la impresión de estar juntos más allá de lo que dicta el guión de las hormonas. Después de la exigente gimnasia, los cuerpos no quieren saber nada. Y los cerebros no ayudan. Es difícil dar el siguiente paso.

De niño no se agota la risa aunque un payaso repita el mismo chiste una y otra vez. Es tan blando, vacío y flexible el saco de la experiencia que se admite cualquier cosa que nos pueda ayudar a rellenarlo. Y aceptamos a quienes nos sientan al lado, sin importarnos sus dientes ni su pañal.

El proceso se desarrolla y se empieza a seleccionar: la personalidad es quien separa lo que va a definir como propio y se hacen amigos por olor, protección o cercanía. Ya las amistades necesitan estímulos y filtran: los aburridos, los tristes, los que ni beben ni bailan, no entran en muchas tribus después de la primera gran criba.

Se busca a los ganadores.

Y mucho más: se huye de quienes nos cansan. De quienes nos piden más, tanto para lo bueno como para lo malo según nuestra escala de méritos, nos cansamos.

Pasa el tiempo y la selección tiene un grado de primer orden: buscamos pareja con más o menos proyectos en común.

Sin quererlo admitir, no llevar proyectos personales al vivir junto a alguien nos lleva al cansancio. Previo aburrimiento.

Y el resultado nos da suficiente excusa para ir cortando relaciones sin más.

Puede que hasta ahora fuera demasiado tajante lo de esperar a que la muerte se encargara de separar lo que habían unido unos perfumes suaves sobre pieles llenas de electricidad.

Ahora me parece demasiado trivial calcular la duración de la pareja a priori. Al menos, deberíamos dejar que ella, la pareja, decida por sí sola.

Legañas en lugar de ojos llenos de rimel y lijas en lugar de mejillas, las dos cosas por la mañana después de una noche mágica, deshacen lo que unieron muchas miradas y caricias incendiarias.

Quizá, por buscar, si es que hay que buscar, haya quien no tenga que quedarse nunca a dormir y aparecer, cada noche, recién salido de la ducha, con la coraza, dejando a Mr Hyde en casa, sin afeitar, junto a su corazón.

Para no cansar con explicaciones.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CVIII).

2010/03/13

COMISIONES.

-Hágase la comisión, -dijo el Señor… presidente.

Y la comisión se hizo, y vio el Señor… presidente que la comisión era buena y le plugo y se regocijó en ella hasta el punto de que, mirándola, vio el Señor… presidente que su creación de la Nada, hasta ahora imagen y semejanza suya para todas las decisiones pendientes, podría dar un paso cualitativo hacia cualquier dirección gracias a las comisiones.

Después del séptimo día del séptimo mes de inoperancia absoluta de la comisión, el Señor… presidente se levantó la voz a sí mismo y se dijo:

-¿Qué alternativa podría darse a primero mi autocontemplación, segundo a la inoperancia de esta creación mía, la comisión, y tercero al problema que se iba a resolver con la creación de la citada y primera comisión, cuyo objetivo ya no recuerdo en absoluto?

Sin darse cuenta de que el ordinal primero invitaba a pensar en un número superior a uno como la consecuencia más lógica en su capacidad creativa.

No lo dudó el Señor… presidente y creó una comisión, esta vez con la finalidad clara de enfrentarse a la inmovilización y obtención de resultados de la primera comisión, lo cual le infería un carácter de control, inyección de dinamismo y capacidad de comunicación de lemas, proclamas, exhortos y eslogans que por sí mismo no habría sido capaz de idear.

A base de comisiones, donde el resultado era al menos la propuesta -no siempre en firme, pero sí con unas sólidas bases planteadas- de crear al menos una comisión transitoria que se encargara de organizar el impresionante aparato directivo, director y ejecutivo del Real Cuerpo Superior de Comisiones, se estableció la costumbre de fijar un día a la semana para que las comisiones se sentaran a comentar, escuchar y discutir sobre la jerarquía, la antigüedad y sus derechos, así como la composición de las mismas, llegando así a la procreación de comisiones, un fin elevadísimo en sí mismo, por lo eximio y sublime del acto de procrear, sin despreciar de entre las siempre útiles subcomisiones en busca de algo sólido y nada desdeñable, la comisión mixta, un híbrido consecuencia de los tiempos y las enriquecedoras mezclas, el mestizaje de opiniones y finalidades, extraordinariamente útiles en el huir del anclaje de las ideas.

Y vio lo anterior, y, pagado de sí mismo, el Señor… presidente se hizo espíritu y vagó por entre las distintas comisiones, donde punto sí, punto no, los problemas eran analizados cada vez con mayor espíritu analítico y esfuerzo concienzudo si este adjetivo fuera apropiado, lo que pasó a ser en cuanto el Señor… presidente lo incluyó en varias comunicaciones sobre la marcha del trabajo de las distintas comisiones.

Hubo anécdotas, nada triviales algunas al principio, como las inicialmente llamadas obreras, que se fueron venciendo a la epidemia de pancartitis aguda, de difícil curación, y otras de un marcadísimo carácter capitalista o financiero y eran aquellas que planteaban que las comisiones cobraran comisiones por su trabajo. Y no fueron mal vistas por el Señor… presidente.

El resto del Universo, desde entonces, permanece a la espera.

Y yo, en ese trances, les deseo que tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexión pura.

2010/03/07

Ringgg. Ringgg. ¡Riiiiiinggg!

-Dime, digo, ¿quién soy? ¿quién llamas?

-Soy yo, ¿quién si no?

-Lo sabía, pero quería oírmelo decir.

-¿Cómo estoy?

-Bien, ya lo sé.

-Hace mucho que no me llamo. ¿Qué ha pasado entre mí y yo?

-No lo sé: Cada vez que marco mi número, cuelgo. No puedo evitarlo.

-Hasta hoy…

-Sí, hasta hoy.

-Pues dime ¿es que ya no me quiero como antes?

-No es eso, tonto, es que yo tampoco levantaba el auricular al saber que yo me llamaba.

-Eso me lo digo para no hacerme enfadar, zalamero, que eso es lo que soy, un zalamero.

-Tengo que comprender que el monólogo conmigo se hace difícil, respondo antes de que me preguntes. Soy muy predecible.

-Es inútil, lo intento pero no avanzo conmigo. Lo dejo.

-Por favor, no quiero que me vaya. No quiero olvidarme de mí.

-Es tarde para lamentarme. Adiós.

-Adiós. Cuelgo.

-No, cuelgo yo.

-No, yo.

-Me echaré de menos.

-Yo también. Adiós.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CVII).

2010/03/06

ÉPOCAS.

En mil novecientos sesenta y cuatro había que declarar el amor. En mil novecientos setenta, liberarlo. En los noventa, hacerlo. A partir de ahí, la Literatura y el Cine buscan una vuelta a cien años antes, para volver a empezar.

Para la guerra, algo parecido: Se declara la guerra, se le da el aura de método para la liberación, se dispara todo lo que se pueda y, una vez saturados sus argumentos, se vuelve a una política parecida a la de hace unos cien años.

La explicación de este paralelismo parece que va muy cercana al vender. Vender sentimientos que se dejan crecer, madurar, llegar al esplendor y dejar morir, sin saber bien cómo ni por qué, para volver a empezar. Pero vender, vender el alma en cada una de las fases descritas.

Hasta los imperios vienen a ser descritos en las fases que van del auge a la muerte. Durante ese tiempo, se proclaman verdades para elevar el ánimo y fabricar más verdades. Se venden las ideas para llenar el pecho de valor. Y, en el momento de máximo fanatismo, tomar un camino cualquiera como el mejor. Algunos tienen la desfachatez de explicarlo como el único posible.

Y las épocas toman nombre y se adaptan a sus slogan de turno.

Y nos alineamos para que nada sea absoluto, empezando por dogmas religiosos, flexibles para mantener siempre la autoridad moral. O políticos, para sobrevivir igual que sobre una balsa de aceite.

Lo que era impensable ahora no está de moda.

La belleza se viste de rojo y desprecia los azules pálidos de la primavera pasada, porque hay que renovarse. Pocas mujeres, pocas, se atreven con abrigos del año pasado, gastados por ser vistos en más de una fiesta. Salvo, claro está, que no tengan más que un abrigo. Ahí no hay alternativa para alternar.

Si se aclaran las ideas, no se empobrecen y se llega a un conjunto pequeño de ellas que acaban siendo básicas. Así llegan antes los acuerdos, con menos trabas.

Si además de básicas tienen relación con la dignidad del ser humano, las épocas y sus modas no tienen fuerza para deshacerlas. Si se aferran a justificar cualquier actuación, se disuelven como azucarillos y hay que aguardar otra época, otra fase de maduración. Entonces habrá que ver qué dicen los vendedores del poder, los que salen a la calle para llenarla de proclamas, llegando al mitin vacío y chillón. O si surgen trovadores que griten que la mentira anda suelta. Y que sigue siendo mentira.

Si ayer mismo un niño ha sido capaz de ver arder a un mendigo y hoy se le ha olvidado, hemos acelerado y descompuesto hasta el cinismo. Si por ser una época de cansancio de argumentos nos dejamos llevar por el relativismo en cada momento, ya no habrá más épocas: Habremos llegado mucho más allá de la barbarie y habremos desperdiciado tantas vidas entregadas a la búsqueda de lo sublime, eso que se siente en cualquier momento en que nos enfrentamos a la falsedad. La que nos tiene agarrados por donde más duele.

No es fácil, pero siempre hay por donde empezar: Antes el silencio que decir que una atrocidad es cosa de chiquillos. Los chiquillos tienen que saber que el respeto es sagrado. A cualquier edad. En cualquier época.

Tengan todos ustedes muy buenos días. Sin distinción: ni de persona ni de la época.