DERROTA.

2010/06/27

En principio había fuerzas derretidas

por la tarde de calor llena de siesta,

prolongada por el Sol que no se acuesta

en verano, aunque la Luna se lo pida.

Las fuerzas se crecieron al instante

de sombrita refrescante y perfumada,

latigazo a la sangre amodorrada

al pasar unas caderas bamboleantes.

Victorioso de elección entre millones,

me acerqué bastante al sitio establecido

como el punto cero para lo vivido

después de corretear entre empujones.

Supe entonces llegado mi momento

sin el freno, sin correas y sin bridas,

del vaivén, uno tras otro, violento,

como dije, hasta el origen de la vida.

Pero no bastó de nada mi violencia:

no logré mis objetivos principales,

no conté con que hace mucho que la Ciencia

tiene efectos secundarios a los males.

De tal modo, me encontré, frente por frente,

con un golpe de suave resistencia

que no me dejó pasar y, de repente,

reboté para detrás con consistencia.

Me encontré después a muchos de los míos

que en su intento también fueron rechazados

y reían su derrota, resignados

a chocar más de una vez en el estío,

ese generador de escalofríos

sin control y con unos resultados

derivados al final al mar o al río

en unos porcentajes elevados.

Así fue como me supe derrotado

Y me quedé vencido, solo y frío,

sin poder penetrar en lo sagrado;

y frustrado, sin poder hacer un crío.

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Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXIII).

2010/06/26

OBLIGACIONES.

Te las dan desde que te levantas o te las pones tú. Pero haberlas, haylas.

El panadero, antes de que yo coja el autobús, ya ha surtido a medio barrio, entre bares para el desayuno y pequeñas tiendas de alimentación. Después seguirá con los centros comerciales de mayor tamaño.

Si ha ido al trabajo como yo, en transporte público, ha necesitado que el conductor se levante antes para estar despejado y conducir llevando a mucha gente con seguridad.

Si antes de levantarme he pasado por urgencias, para colapsar un poquito más el servicio con mi dolor de tripa, resulta que me encuentro con gente que no se ha acostado a dormir desde hace más de veinticuatro horas, gracias a estar de guardia.

Son muchos eslabones.

Y todos unidos por la fuerza de la obligación, del deber que supone un contrato con una tarea precisa a desarrollar.

No entro en niveles de mando ni de retribuciones. Hablo de cumplir.

Mucho prólogo para algo muy obvio: se rompen demasiados compromisos. Demasiadas promesas. En concreto, un alcalde, un presidente autonómico, ministro o presidente del gobierno central que no cumple sus promesas, no cumple con la obligación que le han impuesto –y que ha aceptado- a base de votos. Promesas escritas en programas electorales y bramadas en mítines.

El castigo en el niño, la negación de privilegios en el adolescente y la sanción grave con más o menos incidencia económica en la mayoría de los trabajadores.

Pero ¿y la sanción a los políticos, aparte de no votarles en el futuro?

¿Dónde están los reproches inmediatos a las gestiones públicas, a los desmanes presupuestarios?

Lo pregunto porque, por más artículos críticos que leo al respecto, no me entero, no entiendo que mecanismo hay para hacer cumplir lo prometido en campaña, en el gobierno o en la oposición.

Puede que ante la sola mención de tal mecanismo tiemblen quienes no sólo no cumplen con su obligación, sino que no tienen otro sitio donde ir.

Si alguien triunfa en su profesión y decide que su capacidad de cumplir con su obligación le anima a entrar en política, ¿tiene sentido?

Para mí sí.

Si alguien, en cambio, atraviesa el escalafón de un partido desde sus primeras pegadas de cartel hasta la organización de los macro mítines, se dedica a lo único que sabe hacer. ¿Me garantiza la capacidad de gestionar los dineros públicos? ¿Puedo impugnar sus servicios cuando vea que no se resuelven los problemas que gestiona?

Me temo que no.

Mientras me aclaro o no pidiendo una universidad de gestión pública exclusivamente, donde el rendir cuentas se pueda hacer en cualquier instante,

Pasen todos ustedes muy buenos días.


SARAMAGO.

2010/06/19

Querido don José:

Empiezo esta carta al final de su vida, disculpe la antítesis fácil y la tardanza. Es para darle las gracias en términos absolutos, sin derroche de conocimientos literarios que no tendré jamás para analizar sus libros. Ojalá, lo que no me priva de decirle que tengo en mi vida un antes y un después de leer su Ensayo para la ceguera.

Pero fíjese en que sí me atrevo a festejar el hecho de su escritura. Ese atrevimiento suyo al hablar como escribe, de traslado casi directo del pensamiento a sus libros, lo que me hace pensar en que siempre intentó la telepatía con sus lectores. Y que cada línea estuvo más cerca. Todo eso me hace escribirle para agradecérselo.

Querría que nadie se muriera nunca. Los buenos, los maravillosos, porque inventan cosas bonitas y ayudan a vivir. Los malos, los tontos, para que tuvieran tiempo de cambiar. Supongo que siendo perennes encontrarían tiempo suficiente.

En su caso, en su vida, tan valiente, no le echo en cara nada a este respecto de cumplir con su horario. Pero me deja usted más solo de lo que se pueda imaginar, fíjese, con su imaginación tan desbordante.

No le entretengo, que estará usted muy liado con todos los que le presentarán sus respetos en directo.

Me  queda releerle, una costumbre que he empezado a adquirir con los años.

No sé yo si decirle que le deseo la mejor segunda vida posible, porque ando liado con ese asunto de lo Eterno. Pero si lo hay, si se han organizado bien las cosas por Allá, espero que le traten bien, que le dejen trabajar y que encuentre usted la forma de seguir mandando cuentos para que nos lleguen. Alguien habrá que sepa ponerlos en un papel, encuadernarlos y darlos a leer a la gente.

Descanse en paz, un ratito, todos los días. Después, sueñe usted su felicidad, su magia, su imaginación. La que le agradezco que haya compartido.

Un abrazo.


MESTIZAJE.

2010/06/19

Querido Otto:

Llegué ayer de la playa, y te escribo desde nuestro chalet a medias para contarte que me he enamorado de nuevo, como hice contigo en 1999, 2002 y 2006. Se trata de un jefe de tribu de Zimbawe, muy alto y millonario, por lo que no debes preocuparte de que venga en busca de mi dinero. Vamos, el tuyo quiero decir.

Nos conocimos en el mar, como tú y yo, pero no bailando merengue en el Salón, sino en la sala de máquinas. Y en lugar de danzar vestidos de gala, me dio un meneo de los que hacen época al lado del quinto motor, pringados de grasa negra y a una altísima temperatura ambiente. Después, me arrojó sobre un montón de carbón, una fuente alternativa de energía, donde me tiznó a base de maniobras oscuras.

Te cuento esto, Otto, porque tu amor de guante blanco nos llevaba a un punto muerto. No es que me cansara tu constante retozar sobre suave azúcar blanca molida, leche condensada o espuma de afeitar. De hecho, de mis diez mejores traquidos séxiles contabilizo tres de entre los conseguidos gracias a tus técnicas. Pero creo que has llevado tu idea de la supremacía blanca a un extremo que raya en el fundamentalismo.

En realidad, el futuro está en el mestizaje. No es que mi nuevo amor me canse ni nada parecido, pero me parece que, en las dos últimas semanas, ha abusado del hecho de sumergirnos en café solo durante los preliminares del sexo. Me da la impresión de que, antes o después, mi estilo se acercará al de mi prima Lorelai, la que cubrías de nata de arriba abajo durante las vacaciones en Gerona: Desde hace meses, se zambulle en chocolate con sus dos amantes recientes. Y, dice ella, lo bueno que del asunto es no preocuparte por la pureza extrema del color: Hay infinitos matices para el moreno. Y juega mucho el gusto de cada uno, pudiendo añadir más o menos leche o más o menos cacao. La cuestión, viene a decir, es la calidez sin fanatismos. Ella coge a sus dos mozos, los desnuda y, una vez untados, los pone en la sauna dos minutos, a unos cincuenta grados y con bastante humedad en el ambiente. Antes de sacarlos, se tira ella misma de cabeza al tonel y ahí empieza su sesión, que le viene a entretener tardes enteras. A ver si me acuerdo y te mando un DVD que grabaron.

En fin, Otto, espero que te vaya bien. Desde luego, aparte de mis comentarios, te felicito por el reportaje del suplemento dominical donde aparecías con las tres chicas finlandesas, las trillizas albinas, rodando sin ropa contigo sobre la nieve del Glaciar Briskdal. Recibe un cariñoso saludo desde mi jacuzzi de cacao al 70%.

Tuya, Blanca Moreno de Alba.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXII).

2010/06/19

FIN DE CURSO.

Un compañero me cuenta cómo reúne a sus sobrinos cada final de curso y, según pasan delante de su mesa preparada, recibe las calificaciones de cada uno y las premia en función de sus méritos. A saber, tantos euros el suficiente, tantos con tantos céntimos el notable, etc.

Vi hace unos años lo contrario, perpetrado por un animal que quería, desde su miserable tienda de bebidas, pagar con alcohol cada suspenso de los estudiantes de aquel curso, fuera cual fuera su edad. Afortunadamente, la autoridad intervino con rapidez y eficacia cerrando el garito de aquel tipejo.

El primero de los ejemplos me parece que ha cogido el grado de institución dentro de la familia y la visita al tito alrededor del veinticinco de junio se constituye en una romería.

Pero hay que pararse un poquillo: premiar por hacer lo que hay que hacer no debería ser, al menos, una etapa más del curso escolar. Vamos, digo yo. No recuerdo más fiesta que la del cine de verano cuando yo estudiaba. Y la playa, qué demonios, porque tenía esa suerte. Pero nada más. Lo que había que cumplir estaba cumplido.

Si un estudiante no se da cuenta de que se está formando vamos mal.

A cualquier edad hay que llamar la atención de dónde está el regalo y del trabajo que ha costado que lo reciba. Si, en cambio, el estudiante recibe el tratamiento de pobrecito mío, la lógica de una compensación al final de sus sufrimientos será inapelable.

¿Para cuándo una reválida permanente en el hablar y escribir con corrección?

¿Para cuándo un mínimo de tareas comunitarias para cada chiquillo en lugar de tantos días diluyendo la formación recibida durante el curso?

No quiero una nueva Esparta donde los niños sufran ni un Pakistán donde reciban latigazos por un euro al día. Pero no me valen de nada Sodoma y Gomorra. De nada. La barbarie se asienta sobre la falta de formación y la ausencia de carácter. Si creemos merecerlo todo sin gran esfuerzo desde pequeños, repito que dejamos salir monstruos devoradores imposibles de manejar.

Un niño tiene que saber, cuanto antes, lo que significa su educación. Y lo que cuesta dársela. Y que formarse es su principal trabajo. Durante el curso y después de él.

Menos chuches, menos video consolas y más conciencia de ciudadano. Que no es tan complicado.

Tengan todos ustedes muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXXI).

2010/06/12

MALTRATO. JAURÍAS.

No sé cómo llamar a la capacidad de hacer daño del ser humano.

Supongo que un buen adjetivo logra el estremecimiento buscado cuando hablamos de la muerte de una persona provocada por otra. Si lo acompañamos de un gesto apropiado, una mirada cargada de ira y condenación, el efecto buscado se aproxima.

También debemos contar con un interlocutor proclive, cercano, predispuesto.

Y, por encima de los elementos anteriores, el momento justo. Hacerlo en caliente. Nunca sabe uno cuando va a volver a preguntarnos un reportero por cómo se han matado nuestros vecinos de al lado.

La pregunta mía de hoy aquí es ¿qué hicimos la primera vez que vimos a ese tipo pegar una paliza a su novieta –hasta ayer su mujer, hoy cadáver- por mancharle la rueda de la moto? ¿Qué edad tenía entonces? ¿eran dieciséis años?

La madre del chico le dijo claramente a la chica que él no era malo, que era su genio.

La madre de ella le dijo claramente a la chica que en la vida hay que saber aguantar, que hoy la gente se separa por una mosca de más en la sopa.

Y los vecinos no quisimos ni queremos saber nada. Que todos tenemos problemas suficientes como para meternos en casa de nadie.

Y la policía, que no tiene agentes suficientes para poner un vigilante por familia.

Y los jueces, que no ven suficiente dramatismo en la representación que le escenifican algunas mujeres como víctimas, de donde ellos no pueden por tanto inducir el mal trato.

Es la primera vez que ocurra, mujeres, la primera, la que tenéis que denunciar. Para que nunca haya una segunda para vosotras ni una primera para ninguna más.

¿Está bien claro?

Traducid vuestro mundo, aprendedlo solas, no dejéis que nadie os diga cómo se lee una carta ni cómo se llevan las cuentas del banco.

Basta de jaurías con un macho dominante; somos, a lo más, una familia basada en un contrato de dos, de una pareja, en igualdad absoluta de condiciones. Y los contratos, si se incumplen, hay que denunciarlos a la primera. Para que cada parte se ponga en su sitio.

No es fácil que nos convirtamos en héroes urbanos atacando a los maltratadores. No se nos puede pedir ir armados. Para eso está la policía, que debe proteger con eficacia a las personas, mujeres en su mayoría, de ésos que creen que hacer daño es una gracia o una forma de convivir. Quizá lo vivieron en casa desde pequeños, quizá no se lo advirtieron al empezar a convivir con otra persona. Pero seguro que no se lo hicieron ver a tiempo: se ha llegado demasiado tarde demasiadas veces para salvar vidas.

Tengan, todos ustedes, muy buenos días.


Reflexiones de un sábado por la mañana (CXX).

2010/06/05

LECTURAS.

Sin mucho preámbulo, coges un libro, lo abres (ojo a los detalles técnicos) y quieres escudriñarlo. Hacerte con él entre las sinopsis, los prólogos, los comentarios y, como mucho, los dos o tres primeros párrafos.

¿Está tan claro lo que dicen respecto a enganchar al lector a las primeras de cambio o perderlo de vista?

Para mí no. Ni hablar.

Hay párrafos, páginas y capítulos magistrales en el centro y al final de muchísimos libros.

Hay cambios de ritmo, de acción y de reflexión, tan grandes, tan afilados e inesperados, que justifican y compensan el tiempo que como lectores les damos a cambio al autor.

No digo que sea siempre así. Quizá, moderado tal el acaloramiento inicial, deba plantear leer mucho más que la primera página. Lo justo, al menos, para superar el o los momentos críticos que toda historia escrita nos plantea.

Pongo un ejemplo espinoso por si alguien quiere comentarlo (eso implicaría leer esta página hasta más de la mitad): La Cruz de San Andrés, premio planeta a su autor Camilo José Cela. Independientemente del follón judicial en torno a un posible plagio, a mí me parece un libro que hay que leer hasta el final. Y me parece genial. En conjunto, por lo bien escrito y lo bien narrado. En detalles, por la cantidad de pequeñas y profundas reflexiones que se dejan ver a lo largo de todo el texto.

Concluyo que sería un crimen dejarlo antes del primer capítulo y, además, quererlo valorar, ya sea para bien o para mal. No he visto a nadie mirar sólo un ángulo de cuadro alguno. Se acercan, se alejan, se mueven, se fijan. Pero lo miran palmo a palmo.

En fin, espero sus lecturas y su opinión.

Mientras, pasen todos ustedes muy buenos días.